viernes, 17 de junio de 2011

EL HUEVO DE LA SERPIENTE

“Observa a toda esa gente.  Son incapaces de una revolución.  Están muy humillados, muy temerosos, muy oprimidos. Pero en 10 años, para entonces, los de 10 años tendrán 20, los de 15 tendrán 25.  Al odio heredado de sus padres, ellos añadirán su propio idealismo e impaciencia.  Alguno se adelantará y pondrá sus sentimientos en palabras.  Alguno prometerá un futuro. Alguno hará sus demandas. Alguno hablará de grandeza y sacrificio. Los jóvenes e inexpertos darán su valor y su fe a los cansados e indecisos.  Y entonces habrá una revolución.  Y nuestro mundo se hundirá en sangre y fuego (…) exterminaremos lo inferior y aumentaremos lo útil.” .- Doctor Hans Vergerus, El Huevo de la Serpiente

En 1933, el partido Nacional-Socialista, en cabeza de su máximo líder Adolfo Hitler, ascendió al poder en Alemania. Eran épocas de crisis para la democracia alemana: desempleo por las nubes, inflación desbordada, economía en  ruinas (Gran Depresión mundial), tributos por la derrota de la primera guerra, etc…  La desesperanza estaba a la orden del día en el ambiente de aquel pueblo que, más que vivía, supervivía.  En ese terreno, abonado de miseria y humillación, germinó la planta carnívora del nazismo, que ofreció dulce néctar a las masas teutonas y, una vez las tuvo en sus fauces, cerró sus pinzas para no abrirlas nunca más.
Fue todo un trabajo de seducción: el arte de la propaganda elevado (envilecido, degradado) a su máxima expresión: banderas, himnos, consignas, enemigos públicos y, cómo no, un gran mesías. Revueltos los anteriores ingredientes, junto a dos cucharadas del primer párrafo, constituyeron la funesta receta que desembocó en dos  de los hechos más terribles (vergonzantes, vergonzosos) de la historia: la barbarie por antonomasia del género humano: la Segunda Guerra Mundial, y su capítulo más horrendo: el holocausto judío.  Todavía, de hecho, no terminamos de hacer catarsis al respecto, así algunos no hubiéramos siquiera nacido en 1945, cuando finalizó la guerra.
Grande lección aprendida. O, por lo menos, esa es la esperanza de todos los que apostamos por la civilización, por la evolución inteligente de la especie, por la sumisión del primitivo y agresivo cerebro reptil a costa del complejo neocortex: el cerebro racional.  Pero esperanza perdida si leemos a los voceros de la caverna en nuestro país. Referente a un frustrado tercer mandato de Álvaro Uribe, su ex-asesor presidencial José Obdulio Gaviria, en su artículo de El Tiempo  del 31 de mayo titulado “Mantenerse fiel a los principios”, escribió: “la Corte Constitucional interrumpió abruptamente su ejercicio del liderazgo e impidió que los colombianos le otorgáramos otro mandato para que pudiera redondear la faena político-militar contra el terrorismo.” Y, refiriéndose a la intervención del periodista Daniel García-Peña en un foro reciente: “Pero, ¡no se imaginan el remate! Apoyó con entusiasmo el regreso del presidente Santos a las políticas "civilizadas y negociadoras de los anteriores gobiernos".”  Suficiente…
Otra vez la atávica fórmula del plomo a discreción; la que hemos usado, sin éxito, durante más de 40 años.  Pero lo más concluyente acerca de la naturaleza, sin duda reptil, del escribidor de las anteriores sentencias, es el desprecio a los anteriores gobiernos por el hecho de intentar utilizar, además de la lucha armada, políticas "civilizadas y negociadoras”. Deplora el hecho de que esos gobiernos no pudieron acabar con el problema de la guerrilla, en los cuatro años que tuvo cada uno para hacerlo, al tiempo que enaltece al gobierno Uribe que sólo tuvo ocho (exclusivamente guerristas, por lo demás).  Lo singular es que, para acabar con el problema, Uribe, tuvo el doble de los demás gobiernos, como no es difícil de notar; es el único gobierno que no tiene a su favor la manida excusa de la falta de tiempo.  Y, ¡vaya!,  tampoco pudo. A pesar de la infalible ofensiva militar. Supongo que a José Obdulio no le apodaban Aristóteles en sus años escolares.
Ingmar Bergman escribió y dirigió la película “El Huevo de la Serpiente”.  La historia se desarrolla en la Berlín de 1922,  ad portas de la intentona de golpe de estado por parte de Hitler. En ella, se dejan entrever los primeros gérmenes de una siniestra revolución. Heinz Bennent , encarna al malévolo doctor Hans Vergerus, precursor de espantosos experimentos con seres humanos.  Las víctimas, después de horrendas alucinaciones y otros síntomas, acaban suicidándose.  El perverso científico, aprovecha el estado mental colectivo de los germanos y sus penurias económicas, para empujarlos a servir de conejillos de indias voluntarios para sus experimentos.  En su discurso final, instantes antes de su muerte, Vergerus compara el inevitable y previsible advenimiento de un nuevo régimen, que acabará con la democracia establecida, con la experiencia de ver el huevo de una serpiente: detrás de su translucida cáscara, es posible ver a un reptil completamente formado que pronto emergerá (y atacará).
Contrario a lo que pasó  en Alemania, aquí en Colombia, después de las dos incubaciones victoriosas de las elecciones presidenciales de 2002 y 2006, pudimos ver, a través de  la delgada cáscara del sentido ético de algunos congresistas, la amenaza reptilesca en un tercer huevo (¿no han oído ustedes por ahí algo referente a tres huevos?).  Por fortuna, ese tercer huevo sí fue destruido; y con él la temible serpiente y su letal ponzoña. Se frustró, así, el plan de un grupo de salvajes que consideran, aún hoy, que la solución a todos los problemas del país consiste en destrozarnos a garrotazos unos a otros como cavernícolas.  El razonamiento del pitecanthropus.  Dicho sea con el perdón del pitecanthropus.  Y del doctor Darío Echandía,  por el plagio.
Estos trogloditas disfrazados de intelectuales, ostentan el mismo inexistente respeto por la vida humana que mostraba Vergerus: los conejillos de indias aquí eran simplemente ejecutados con tiros de gracia en la nuca y luego vestidos de insurgentes. Otros más, despojados de sus hogares, eran llamados, eufemísticamente, migrantes.   El resto, los sobrevivientes, pero no pertenecientes a la guardia personal del mesías o a su corte de obsequiosos lacayos, éramos considerados la bigornia: una especie de pandilla o vaya usted a saber qué diablos quería decir, con esa palabreja de relumbrón, nuestro Robespierre de hojalata. 
Ah, se me olvidaba: ¿saben ustedes  cómo murió el doctor Vergerus, el médico sádico de la película?  Les cuento: se suicidó masticando una cápsula de cianuro. Curioso ¿no?

viernes, 10 de junio de 2011

EL PROCESO

“K. Pensó que tenía que poner fin al espectáculo: “presénteme a su superior” dijo.  “Cuando él lo desee, no antes”, dijo el guardián al que llamaban Willem.  “Y además le aconsejo”, añadió, “que vuelva a su habitación, que se quede quieto allí y que aguarde a que se decida algo sobre usted.  Le aconsejamos que no se pierda en ideas inútiles; lo que debe hacer es concentrarse, porque se le obligará a grandes esfuerzos.””  El Proceso, Franz Kafka.

Vi recientemente una película llamada “Enterrado”. En ésta, un hombre es enterrado vivo y trata desesperadamente de comunicarse, a través del único medio posible –un celular dejado junto a él por sus secuestradores-, con la dependencia en que se encuentra la persona que puede ordenar su rescate; cosa que a la postre no sucede y el personaje muere asfixiado.  Por suerte no tuve que gastar la pequeña fortuna que conlleva el programa completo de ir al cine hoy en día (transporte o parqueadero, tiquetes de entrada, golosinas), porque me pareció pésima. La vi en la comodidad del sofá de mi casa, donde uno duerme casi mejor que en la cama.  Sobre todo películas malas. Y me pareció tan mala porque, además de su única locación claustrofóbica (un ataúd), lo único que ocurre, durante los setenta y un minutos de duración, es que el espectador es testigo de lo que ya sabe de sobra: de la incompetencia de los operadores telefónicos de todo el mundo; y  de las idiotas y desesperantes retahílas pregrabadas de los call-centers.  
Si se trataba de lograr un efecto de exasperación y terror, concluí que no lo lograron, puesto que es fácil revivir a diario la aventura del protagonista, sin gastar un peso en palomitas de maíz, y sin el consuelo de finalmente morir y dar por terminada la pesadilla que supone realizar un trámite, telefónico o personal, con cualquiera de esas hidras de 100 cabezas llamadas corporaciones.
Asumo que todos ustedes habrán tenido, en algún momento de sus vidas, que resolver cualquier asunto comercial, financiero u operativo con, digamos, su empresa de telefonía móvil o el banco en donde tuvieron la mala ventura de abrir su cuenta corriente.  Delicioso ¿no? De antemano se  sabe que las dos únicas opciones de contacto (operador de call-center  u oficial de servicio) son casi tan amables como inútiles.
Primero viene la gesta de los turnos.  Si es personalmente, el lego llega a un babélico laberinto de filas donde, en el mejor de los casos, logra hacerse de una ficha asociada a confusas sucesiones.  Éstas están representadas por disparatados códigos alfanuméricos expuestos en diminutas pantallas, repartidas en un imposible ángulo de visión de 180 grados. Por otra parte, si es un call-center, el interlocutor resulta ser una porfiada máquina, que repite sin cesar las ambiguas opciones de acceso a la información requerida.  La oscuridad de la ruta de decisión, siempre deriva en la escogencia de la alternativa menos abstrusa de todas: el operador.  Muchas llamadas o filas frustradas más tarde (se corta la llamada después de 15 minutos de apretar botones, o era otra la fila que se debía hacer), la atención es invariablemente proporcionada por un funcionario que no puede hacer absolutamente nada con respecto a ningún problema.  Sólo repite, una y otra vez, independientemente de los argumentos que se le esgriman (y con una enorme sonrisa),  la primera respuesta que dio.  Como un androide programado para parecer amable y feliz.  E idiota.
Ese es el truco: socavar la paciencia del usuario hasta el límite de la renuncia al reclamo.  Porque después vendrán otras cosas peores: envíos de cartas, con muchos anexos engorrosos de conseguir, que habrá que dirigir a elusivos funcionarios de mayor rango. Al final, el desgraciado reclamante, se siente tal como se sentía Joseph K., el protagonista de la novela El Proceso, escrita hace casi cien años por Franz Kafka: enfrentando a fantasmagóricas instancias; siguiendo enigmáticas instrucciones; y completamente indefenso ante una enorme conspiración invisible en su contra.
Y ahí se queda la cosa: en un proceso empantanado, surreal, de pesadilla; donde se traspapelan solicitudes; en el que salen a relucir infames cláusulas de contratos que, como resultado del modo de vida contemporáneo, resignados usuarios son empujados a firmar por pura necesidad; en el que la absoluta inasequibilidad para razonar con un funcionario que tenga un mínimo de poder de decisión, no sólo demuestra el desprecio por el cliente atrapado e impotente, sino que lo somete al ignominioso destino de tener que tratar con esos maniquíes parlantes del Departamento de Servicio al Cliente.
Lo único que queda claro de todo esto es que, a esas cada vez más grandes y poderosas corporaciones, lo único que les interesa es atiborrar sus arcas de utilidades a como dé lugar.  El cliente les interesa  en la medida en que sea una fuente de ingresos y, por lo tanto, una vez amarrado contractualmente, es tratado de la forma en que, desde ese punto en adelante, será concebido: ¡como un perro!

sábado, 4 de junio de 2011

EL SÉPTIMO SELLO

“Examinen fragmentos de pseudociencia y encontrarán un manto de protección, un pulgar que chupar, unas faldas a las que agarrarse. Y, ¿qué ofrecemos nosotros a cambio? ¡Incertidumbre! ¡Inseguridad!”  Isaac Asimov
“Propiamente leída, la Biblia es la fuerza más potente para el ateísmo jamás concebida.”  Isaac Asimov

Harold Camping de 89 años, biblia en mano, es el pastor detrás de la histeria colectiva desatada recientemente por un nuevo, irritante y, por supuesto, fallido vaticinio del fin del mundo. Aunque, bueno, en realidad no sé si deba irritarme, o más bien compadecerme de los pobres incautos que –increíblemente- siguen cayendo en este tipo de trampas (el mencionado pastor logró recaudar 80 millones de dólares entre los creyentes del sombrío pronóstico).  Y digo increíblemente, no porque crea que la estupidez en el mundo retroceda (ya decía Einstein que era la única cosa, por cierto, infinita), sino porque, en plena era de la información, ya todo el mundo debe haber asistido al menos a dos o tres falsos positivos en torno al final de los tiempos.
Lo más desesperanzador es que los charlatanes que dirigen estos movimientos, ni siquiera tienen que acudir a argumentos nuevos.  Espeleólogos, como son, de los miedos que subyacen en las profundidades de la psique humana, acuden a trilladas tesis: incremento de catástrofes naturales, códigos cifrados de arcanos oráculos, mensajes crípticos de libros sagrados, manifestaciones del más allá, y todo un basurero de tonterías que a veces costaría trabajo pensar que las creyeran niños de kínder.  Alguien decía que la ignorancia no es sólo la falta de conocimientos, sino el exceso de información absurda con la que muchos rellenan sin piedad sus cerebros.
El miedo irracional a la muerte, a no saber que sigue después, es lo que puede explicar en parte esos fenómenos.  Aún así, no se entiende cómo un grupo de personas adultas prefiere pagar fuertes sumas de dinero a sectas que sostienen sus explicaciones con necedades, y no acudir a análisis más razonables que se consiguen gratis en la internet.  Ante pruebas más lógicas, como las que nos presenta un científico tan respetado como Isaac Asimov, la gente suele mostrar el escepticismo que realmente necesitan para esas otras ocasiones.
Para Asimov, los cataclismos son azarosos, pero no necesariamente se reparten equitativamente en el tiempo: son cíclicos. Y hay veces en que estamos en el ciclo malo. Para ilustrarlo, pone el ejemplo del año 1985, particularmente destructivo por parte de la naturaleza: la catástrofe de Armero aquí en Colombia, el terremoto de Ciudad de México, y otros más en Chile, China y URSS.  Pero además, atribuye la falsa impresión del creciente aumento en el número de desastres a dos fenómenos contemporáneos: la superpoblación y la globalización de las comunicaciones.  De entre los muchos ejemplos que trae a colación en su artículo “Los estragos de la naturaleza”, el cual recomiendo ampliamente, escogí dos.  El primero: el más violento terremoto de los E.E.U.U., desde que se tienen mediciones, sacudió el medio oeste del país en 1812, destruyó 150.000 acres de bosque y cambió el curso del río Mississippi en varios lugares.  Sin embargo, por ser, en esa época, una zona casi deshabitada, no se reportó ni un solo muerto.  Si ocurriera el mismo terremoto en la actualidad, resultarían muertas miles de personas. Segundo ejemplo: un feroz terremoto aconteció en China en 1556 y enterró a la friolera de, ojo, 830.000 personas.  Y en Europa ni se enteraron.  Y mucho menos en América,  seguramente, porque, entre otras cosas, no hubo ningún chinito asustado que pudiera mandarnos un trino advirtiéndonos del suceso.
Supongo que en 1985, con la gran cantidad de desastres naturales acaecidos y la proximidad de un año con una cifra magnética: 2000, hubo terreno fértil para que los embaucadores tomaran el libro del Apocalipsis, y empezaran a hacer retorcidas analogías de los acontecimientos de 1985, con las profecías allí presentes.  En dicho libro, que por cierto no han leído los diseñadores de calcomanías de “Dios es amor”, el cordero degollado abre los siete sellos, lo cual origina una aterradora cadena de eventos que traerá calamidades sin cuento a la humanidad que no ha sido elegida -o sellada- para subir a los cielos (como la liberación de los cuatro jinetes justicieros).  Pero lo más pavoroso sobreviene con la apertura de el séptimo sello: pestes, bombardeos estelares, plagas, tormentas de fuego, y fieros enfrentamientos entre una mujer y fabulosas bestias multicéfalas, que recuerdan  los momentos en los que uno, por el fragor de la batalla en la pantalla, se despierta en el teatro al que acudió a ver una de esas largas y aburridas películas tipo El Señor de los Anillos, en los que no se sabe quién está a favor de quién ni en contra de quién.
El genial director y guionista de cine sueco Ingmar Bergman no pudo expresar mejor estos fenómenos en su obra maestra El Séptimo Sello.  En plena edad media, un caballero andante y su escudero regresan a su tierra   después de 10 años de pelear en las Cruzadas.  Lo que encuentran es una zona asolada por la Peste Negra, y a los sobrevivientes interpretando esas circunstancias de enfermedad y muerte colectivas, como una de las señales bíblicas del Apocalipsis.  La mayúscula carga simbólica de la cinta, hace posible que el caballero juegue una partida de ajedrez con La Muerte, bajo la amenaza que, de perder, ésta se lo llevará a él y a quienes lo acompañen.  En la historia, hay un marcado contraste entre el caballero, asaltado por dudas acerca de la vida después de la muerte y la existencia de Dios, y su escudero, más mundano y materialista.  Durante la larga partida de ajedrez, el caballero logra distraer a La Muerte -que a la postre resulta vencedora- mientras huye un grupo de sus acompañantes: un joven matrimonio y su pequeño hijo.  De esta manera, hace la buena acción que le da sentido a su vida y espera con tranquilidad que La Muerte se lo lleve, junto al resto de los que están con él, a bailar la danza final.
Teniendo en cuenta que todos, tarde o temprano, danzaremos la macabra melodía, sería bueno llevar una vida a mitad de camino entre la que llevaba el caballero y la que llevaba su escudero.  Un equilibrio en el que, además, imperen los comportamientos éticos basados en el respeto al prójimo; tratando de gozar de las cosas buenas de la vida sin tantos remordimientos y culpas, pero conservando cierto misticismo que le dé sentido a la misma.  Sería mejor eso que hacerles caso a esos timadores terroristas de todos los pelajes, que pescan en el río revuelto oscurantista de la ignorancia y el miedo.  Y no me refiero sólo a los energúmenos cristianos que esgrimen el libro del Apocalipsis como arma extorsiva, sino a todos los demás defraudadores que usan, con los mismos fines, profecías mayas, predicciones de Nostradamus y supercherías por el estilo. (La única señal apocalíptica que me hace dudar un poco es la destrucción de Babilonia, la gran prostituta.  Puesto que Babilonia se convirtió en sinónimo de gran ciudad, caótica y lujuriosa, no puedo dejar de pensar en una señal del Apocalipsis cada vez que transito por las calles de la Bogotá contemporánea)
Si La Tierra no es embestida por un asteroide gigante en los próximos cinco mil millones de años, lo más probable es que, como dice Carl Sagan en su libro Cosmos, sea devorada por El Sol, convertido para entonces en un gigante rojo.  Así que, si antes la humanidad no ha desaparecido por cuenta del holocausto nuclear, de cambios en las condiciones atmosféricas, o de cualquier otra causa natural o provocada por la mano humana, ese será el verdadero fin del mundo.  Aún si lográramos mudarnos de planeta, llegará el momento, dentro de muchos miles de millones de años más, en que todo lo existente en este universo se apretujará en un agujero negro: el Big Crunch.  Y todos nosotros,  nuestra descendencia, nuestros carros, televisores, teléfonos celulares, casas, joyas y demás pertenencias que tanto nos afanamos por conseguir, quedarán, revueltos con los demás seres vivos, astros del universo y hasta los sellados del Apocalipsis, reducidos a la singularidad de un minúsculo punto de energía, donde cesará incluso la dimensión del tiempo: el final de los tiempos, literalmente.  Y ningún predicador, ni usted, ni yo, ni nadie existente o por existir, podrá hacer absolutamente nada al respecto.  Lo lamento.

sábado, 28 de mayo de 2011

LA REINA DE LOS DIAMANTES


“Llegamos a Ciudad de México (…) Como lo dije en una memorable ocasión reciente, aquí he escrito mis libros, aquí he criado a mis hijos, aquí he sembrado mis árboles”.  Regreso a México, Gabriel García Márquez

En 1953, se rodó en E.E.U.U., bajo la dirección de John Brahm, la cinta La Reina de los Diamantes.  La película cuenta la búsqueda del célebre diamante Hope (el Corazón del Océano, la suntuosa joya de la película Titanic, está inspirada en éste).  Según la leyenda, el diamante, con un peso original de de 115 quilates, fue robado del ojo de una imagen de la diosa hindú Sita. Después, cambió muchas veces de dueños (el rey Luis XVI de Francia entre ellos), hasta que fue cortado por un joyero que le dio sus dimensiones definitivas (con un peso de 45 quilates). Posteriormente, y antes de seguir cambiando constantemente de manos, fue adquirido por el coleccionista de joyas Henry Philip Hope, de donde derivó el nombre con el que, en adelante, se conoció. Se trata del diamante más famoso de la historia, y la leyenda incluye, por supuesto, maldición de por medio: los sucesivos tenedores de la gema, con cuya ostentación se sentían por encima del bien y del mal, después eran víctimas de aterradoras desgracias.
Más allá de la leyenda, supongo que es mejor tener un diamante que no tenerlo (y no quiero, con esta afirmación, apropiarme de la irrefutable sentencia con que ha contribuido, a la filosofía universal, uno de nuestros pensadores más brillantes y citados).  Pero no está nada claro si es bueno presumir de un diamante que no se tiene. O de lo que uno crea que es un diamante. Y en eso somos insuperables en Colombia. 
Lo digo por la ridícula comedia representada recientemente  en los medios,  por cuenta de la nacionalidad colombiana de un hijo bastardo (nacido en E.E.U.U.) del austríaco Arnold Schwarzenegger. No sé si cómica o grotescamente, El Tiempo, el principal medio escrito de Colombia, tituló así la noticia (no es broma): “Esposa de colombiano es la madre del hijo de Schwarzenegger”. Da para risa.  O para llanto. Según la disposición en  la que uno se encuentre.  Es como si, por alguna razón misteriosa, ese retorcido e insignificante  hecho fuera motivo de orgullo nacional. 
Lo singular, es que el único vínculo con Colombia, el esposo de la madre del niño,  fue la parte burlada de la historia: creyendo que era su hijo, lo registró como colombiano.  ¡Qué vaina!: perdió lustre nuestra cacareada malicia indígena frente a una modesta malicia austríaca.  Al señor Baena, el colombiano, el padre engañado, le metieron un gol, como se dice coloquialmente.  La madre es guatemalteca y el niño, a pesar de lo que diga un papel, es colombiano en la misma medida en que es, gracias a su vinculación contractual con el Newcastle, británico Faustino Asprilla. Por otra parte, si el hijo de la esposa guatemalteca de un colombiano, el famoso niño (¿gringo?) (¿colombiano?) (¿austríaco?) (¿guatemalteca?) es, en realidad,  hijo biológico de Schwarzenegger ¿es eso motivo de orgullo? Recordemos que el famoso actor, aparte de ser una montaña de músculos,  nunca se ha caracterizado por su talento.  Que fue gobernador de California, argumentarán algunos. Eso no dice nada: aquí fue presidente Andrés Pastrana. Y allá Ronald Reagan.  Y George W. Bush.  Además, hablamos del hijo, no de él.  Sería como estar orgullosos de Fernando Botero Zea por el simple hecho de ser hijo del pintor Fernando Botero.  Y ya conocimos la calaña de Botero Zea.
No puedo citarla porque, afortunadamente, no me tocó oír la barahúnda que, seguramente, a propósito del asunto de marras, armó Mr. Julito en su emisora, abanderada de difundir, ad nauseam, noticias alusivas a efímeras escalas aéreas que han hecho en el país hermanos de candidatos a astronautas de misiones espaciales de tercer nivel. ¿Será sólo por subir rating que lo hacen en la emisora? Es triste que esa sea un arma para hacerlo, pero es aún más triste que dé resultado ¿O será que, también, en “la mesa de trabajo” creen, al igual que mucha de su optimista audiencia, que de ese modo exorcizan su condición de colombianos vergonzantes?  Sí: porque, gústenos o no, este no es un país de mostrar: está infestado de ladrones y asesinos.
Esas prácticas, que exaltan exageradamente los patriotismos o nacionalismos, son un engaño – y un autoengaño a la vez-. Y consiste en exhibir un puñado de estiércol como si fuera el diamante Hope.  O en buscar  anodinos ejemplos de pacotilla para inflarnos artificialmente como país, y tratar de darnos una importancia mundial que no tenemos. Y ese, seguramente, no va ser el camino para conseguirla: no quiero ni pensar la impresión de país de juguete que proyectamos, al formar semejante alboroto por una nimiedad como esa. A la larga es una actitud de acomplejados. Como tratando de llamar la atención, a toda costa, acerca de la imaginaria superioridad de nuestros conciudadanos: “dime de qué te jactas y te diré de qué careces.”
No digo que no estemos orgullosos de, por ejemplo, Gabriel García Márquez, nacido, criado y sufrido aquí en Colombia y ganador de un premio Nobel de literatura. Aunque, a veces,  él mismo se sienta mexicano o, más ampliamente, latinoamericano.  Pero, insisto,  esa constante metedura de gato por liebre no conduce a nada digno. (En todo caso, habrá que dedicarle una columna, más específica, a los dañinos nacionalismos que, por inofensivos que parezcan –lo de García Márquez, por  ejemplo­-, si se alimentan astutamente,  desembocan en histéricos fenómenos mesiánicos: Uribe en el menos grave de los casos. O Hitler, en el más extremo.)
Noticias y chismes de este tipo seguirán siendo el común denominador de altisonantes avances de noticieros y de absurdos titulares de periódicos.  Así continuaremos disfrazando la brutalidad de nuestra sangrienta realidad, con baratijas de grandeza, con limosnas de heroicidad. Y, de ese modo, nos seguiremos quedando, como dice el refrán, “con el pecado y sin el género”. Con la maldición y sin el diamante.

miércoles, 18 de mayo de 2011

EL GATOPARDO

“Indudablemente es más fácil enfrentarse con la desgracia, con el deshonor, con la perdición del alma, que con el hambre prolongada”  El Corazón de las Tinieblas, Joseph Conrad
El presidente Santos (que parece haber despertado de un largo sueño), reconoció la existencia de un conflicto armado en Colombia, cosa que había negado sistemáticamente  el gobierno anterior (del que él mismo hizo parte activa).  Al parecer, la intención de Santos, al reconocerlo, no fue otra que la de darle sentido a la ley de víctimas, cuya naturaleza busca restituir a los colombianos afectados por la delincuencia no común.
Al respecto, fue entrevistado radialmente Álvaro Uribe con el fin de conocer su opinión. Aparte de incitar a los entrevistadores retándolos a que le tocaran temas sensibles de su administración (AIS por ejemplo), para los que el ex presidente siempre tiene explicaciones referentes al candor de sus ex-subordinados (impolutos y transparentes políticos profesionales colombianos), se mostró notoriamente indignado por la decisión de Santos.
Para Uribe es inconveniente –e impresentable- que una situación que él califica como simple terrorismo (¿o capricho?), se le reconozca como conflicto armado pues, según él, se abre una puerta al status de beligerancia para estos grupos alzados en armas (según juristas reconocidos, ningún grupo subversivo colombiano reúne, ni de cerca, las características para clasificar a dicho status: no tienen control sobre una zona específica del territorio nacional: son trashumantes, para sólo poner un ejemplo.)  Todo esto, a pesar de que uno de los entrevistadores le recordó que el conflicto (o como quiera él llamarlo) data de la bicoca de hace 40 años largos.
Con su “afán de patria” y “angustia de patria” (siempre de patria), Uribe argumenta que la situación colombiana difiere de la de muchas naciones vecinas: no son lo mismo los denominados insurgentes que luchaban contra sanguinarias dictaduras de América latina, que estos grupos terroristas dedicados al narcotráfico, la extorsión y el secuestro, que disfrazan sus fechorías con la forma de lucha armada insurgente. Y ciertamente tiene un punto ahí: las guerrillas idealistas colombianas, surgidas en la segunda mitad del siglo pasado, han degenerado en gigantescas bandas criminales al mando de un grupúsculo de facinerosos mezquinos y sin escrúpulos.
Hasta ahí de acuerdo con Uribe. Pero una cosa es el hecho de que unos cuantos jefes guerrilleros  ordenen masacres, se lucren de  negocios ilícitos, y tengan a sus hijos estudiando en Suiza, y otra cosa es no ser capaz de identificar en dónde se origina la materia prima del grueso de las tropas que éstos dirigen.  Y es en este punto en el que hay que reconocer que hay un conflicto armado, y que éste tiene su génesis en el hambre y en la falta de oportunidades (salud, vivienda, educación: empleo) para llevar una vida digna.  Situación que empuja a muchos (otros simplemente tienen vocación de delincuentes) a aceptar el único empleo posible: guerrillero.  Con toda la subversión de valores que ello implica: aceptar el asesinato, el robo, la tortura y el secuestro como algo cotidiano.
Entiendo los motivos, pero no comparto la salida de la lucha armada subversiva.  Hay otros caminos democráticos, ya transitados por otros, que pueden conducir a lograr una democracia decente.  Pero la lucha armada ya está ahí, y hay que combatirla militarmente en el corto plazo.  Pero en el largo sería insensato seguir usando la misma estrategia bélica a la que hemos acudido, sin éxito, durante más de 40 años (“Es estúpido esperar resultados distintos haciendo siempre lo mismo”. Eso decía Albert Einstein, un tipo más inteligente que, digamos, Julio César Turbay).  Hay que quitarle la materia prima a esos perversos fabricantes de violencia: hay que acabar con la miseria.
Y está el otro lado de la moneda, el otro grupúsculo también fabricante de violencia: los dueños de los grandes conglomerados empresariales, es decir, los dueños del país.  No menos inescrupulosos que los jefes guerrilleros, estos cacaos, con  el fin de garantizar su voraz e insaciable concentración de riqueza, seducen a la clase política colombiana a la manera que se haría con cualquier ramera.  Y mucha de la clase política responde, también, así: como  lo haría cualquier ramera.
Lo anterior, unido al ya corriente hábito de la inmensa mayoría de los políticos colombianos de saquear al erario, hace que en Colombia exista una democracia nominal.  Los derechos ciudadanos  (salud, educación, pensión,  etc…) están escritos en la constitución; existen en derecho, pero no existen de hecho. 
Ahí es donde, entonces, se equivoca Uribe al reducir el conflicto a terrorismo simple.  Para algunos actores del conflicto sí lo es.  Claro: es un negocio.  Y muy bueno.  Pero para otros su justificación está en la lucha contra una plutocracia amangualada con cleptocracia, disfrazadas las dos de democracia. Contra la dictadura de super millonarios y ladrones.
Todo indica que esta espeluznante conspiración alcanzó un nivel casi todopoderoso durante el segundo cuatrenio de Uribe, cuando, por cuenta, entre otras cosas, de la reelección, tambaleó el Estado de Derecho con la eliminación de los contrapesos de poder necesarios para garantizar los derechos individuales.  Ahora se están destapando muchas ollas podridas, y lo paradójico es que Uribe fue elegido por una aplastante mayoría que esperaba un cambio: en las costumbres políticas, en la excesiva burocracia (fundiendo ministerios, por ejemplo) y, sobre todo, acabando a toda costa, por medio de una ofensiva militar costeada con el concurso de nuevos impuestos de guerra dirigidos a la clase pudiente, con la ley del terror a la que nos tenía sometidos la guerrilla. Todo, detrás del espejismo de la victoria militar.  Cambio que se produjo (¿sí?)  y desembocó en la reelección de Uribe, espoleada por la clase política y los grandes conglomerados, montados ambos en ese caballito de batalla.
Hay una novela escrita en 1957 por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en la que la aristocracia de Sicilia, dadas ciertas circunstancias, acepta que sobrevenga un cambio, pero con el único fin de perpetuarse como tal.  A partir de ese momento, ese fenómeno se conoce como gatopardismo: "Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi" : "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".  La novela se llama “El Gatopardo

lunes, 9 de mayo de 2011

EL CARTEL DE LOS SAPOS

“Mi libertad termina donde empieza la de los demás”
Tomás de Aquino

Es 14 de febrero y 7 cuerpos acribillados son encontrados en las afueras de una bodega.  Hipótesis de las autoridades: ajuste de cuentas entre traficantes. Lo anterior se desarrolla en el marco de un país tomado por la mafia: la complicidad de la  clase política y las autoridades es evidente; los homicidios han aumentado 78%; 30.000 personas han resultado envenenadas por la fabricación pirata de la sustancia traficada; 100.000 más han sufrido graves alteraciones del organismo por la misma causa; 45.000 han sido detenidas por su relación con el negocio.  Los grandes capos, a su vez, se pasean en lujosos carros con voluptuosas mujeres y son el prototipo a imitar por los jóvenes que quieren dinero fácil. Además, imponen un estilo de vida envidiable para muchos y sus tentáculos han penetrado al poder público. ¿Medellín, Colombia 1989? No. ¿Sinaloa, México 2011? Tampoco.  En realidad se trata de “La masacre del día de San Valentín” en Chicago, E.E.U.U. 1929, y la sustancia, alcohol.
Era La Prohibición.  La ley Volstead, de 1920 prohibió producir, traficar o expender bebidas alcohólicas (que no consumirlas). En el lapso de 9 años E.E.U.U. presentaba las cifras arriba citadas. ¿Qué pasó después? Ante el abrumador fracaso de la guerra contra el alcohol, el presidente Roosevelt derogó la ley, y las cosas retornaron casi enseguida a su estado anterior. Hoy, se consigue alcohol de  calidad en todos los estados de La Unión, su expendio está regulado; el número de casos de ceguera o muerte por adulteración es despreciable, al igual que el de los presos por  traficarlo o expenderlo;  los asesinatos entre miembros de bandas traficantes desaparecieron junto con éstas.
¿Qué pasaría si hacemos ahora lo mismo con las demás drogas? Aún  hay mucha resistencia.   Para no hablar de religión y moral (tema de un debate estéril, dada la subjetividad de su naturaleza), está lo de la violencia: algunos actos delictivos son cometidos por consumidores de drogas ilícitas, lo que es registrado y recalcado por autoridades y medios de comunicación. No obstante, casi ningún consumidor comete actos delictivos. Y eso no se registra.  La relación causa-efecto es, por tanto, débil.  Es una falacia.  Podríamos empezar a relacionar a delincuentes que consumieron cafeína (un alcaloide, que puede causar ansiedad e irritabilidad) antes de su fechoría. Seguramente arrojaría un porcentaje mayor. O hamburguesas. Sin embargo a nadie se le ocurre que una cosa lleve a la otra.  ¿Por qué no pensar, por ejemplo, que alguien incompetente, que sólo sabe robar, deriva esa frustración hacia el consumo de drogas y no al revés?
En contraste, las mafias, que existen gracias a la prohibición, sí generan una increíble violencia. Y costo penitenciario. Y corrupción a todos los niveles con el dinero sucio.
¿El aumento en el consumo? Parafraseemos a Escohotado: en China, cuando fue legal, el consumo de opio bajó; en E.E.U.U. La Prohibición no redujo ni en un 30% el consumo de alcohol; en Holanda, donde la venta de marihuana es legal, el consumo de esta hierba bajó, y en las otras drogas, más duras, cuya persecución es casi nominal, hay menos casos de sobredosis con respecto al resto de Europa.
En cambio, es un hecho que hacia principios del siglo XX los principales consumidores de drogas eran personas mayores que lo hacían para divertirse. Una vez esas sustancias fueron ilegales, su status cambió y los mayores consumidores empezaron a ser adolescentes: por estrategia genética un individuo joven debe entrar pisando fuerte al mundo de los adultos. Para mostrarse. ¿Y qué mejor oportunidad que desafiando a la ley o transgrediendo las normas? Esa actitud hace que los excesos  de consumo (donde reside el verdadero peligro para la salud) se multipliquen en esta población mentalmente más vulnerable, en contraste con el controlado consumo de aquellos adultos de los albores del siglo pasado, entre los que no se presentaban apenas casos de sobredosis.
Y está lo de la calidad.  Los consumidores actuales, debido a la prohibición, tienen una oferta de productos de pésima factura. Su carácter clandestino facilita el descontrol en los ingredientes, en las condiciones de higiene o en su nivel de toxicidad (como el alcohol en 1929). ¿No sería mejor que las drogas, como se hace con el tabaco, fueran sometidas a controles de calidad, en su empaque se advirtiera sobre los efectos nocivos de su abuso, se regulara la cantidad máxima de ciertos ingredientes y pudieran comprarse en entornos seguros no ligados al bajo mundo? De todos modos se podría escoger consumir drogas más tóxicas, pero creo que estaría más relacionado con el poder adquisitivo que con el gusto. Entre los bebedores actuales casi nadie quiere tomar alcohol antiséptico con gaseosa (aunque la borrachera es rápida y barata). Todos aspiran a tomar, digamos, Whisky escocés de 12 años.
Finalmente queda la parte del Derecho.  Por principios generales, no es congruente prohibir a nadie ejecutar un acto que no involucre perjuicio a un tercero.  Consumir drogas afecta sólo al consumidor.  Y si afecta a su entorno familiar, lo hace en la misma medida que puede hacerlo practicar deportes de alto riesgo, que puede derivar en traumatismos fatales; o consumir en exceso grasas trans o azúcar, que pueden ocasionar accidentes cerebro-vasculares o diabetes.  Y nada de eso se prohíbe. La prohibición de drogas es intromisión del Estado en la vida privada de los ciudadanos. Y muchos representantes de éste se inmiscuyen: la doble moral de lo políticamente correcto.
No soy consumidor de drogas ilícitas, pero reivindico el derecho de los ciudadanos que han decidido, en pleno uso de sus libertades individuales, consumirlas. Algo que a nadie más le incumbe. Sapo llamamos en Colombia a un delator. De ahí el título de la novela del colombiano Andrés López: “El Cartel de los Sapos”, que versa sobre narcotraficantes que delatan a otros narcotraficantes a cambio de rebajas en sus condenas.  Pero también llamamos así a quien se mete en lo que no le importa. Algunos políticos, esos que quieren hacer proselitismo barato a partir de oportunistas cruzadas moralizantes y de predicamentos puritanos que, en muchos casos, ni siquiera ellos mismos cumplen, son los que conforman el verdadero cartel de los sapos.

martes, 3 de mayo de 2011

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS



“Cuando el zorro oye gritar a la liebre siempre llega corriendo.  Pero no para ayudarla” Hannibal Lecter
Estamos acostumbrados a oír numerosos casos de asesinos en serie que, la mayoría de las veces, suceden en otras latitudes. Sin embargo, a veces no advertimos que Luis Alfredo Garavito y Pedro Alonso López tal vez no sean los únicos asesinos en serie colombianos.  Un criminal de este tipo, un asesino en serie, se define por tres características principales: modus operandi repetitivo, perfil similar de sus víctimas y una firma que los identifica.  Luego, en Colombia, no tenemos sólo dos, sino miles. Y están a la vista de todos, vanagloriándose de sus triquiñuelas y mofándose de nosotros. Como lo haría Ted Bundy, el astuto psicópata norteamericano que aterrorizó a Washington y Seattle en la década de los 70.
Estos asesinos en serie colombianos, matan gente de la manera más diversa: de inanición, por desatención en salud o propiciando enfrentamientos bélicos entre esa misma gente.  Sin embargo, su modus operandi sí es distintivo y repetitivo: el robo sistemático al erario público, que es la causa primaria de todas esas formas de muerte. ¿El perfil de víctimas? Todas de naturaleza similar: clase media o baja (masivamente).  Y para redondear el perfil, se aseguran de que sepan que fueron ellos, y nada más que ellos, quienes perpetraron el hecho.  ¿O acaso no tendremos, una vez finalizados, una placa conmemorativa de los trabajos de la calle 26 en Bogotá que nos informe y recuerde la identidad de sus autores? Además, no cometen sus fechorías por necesidad y, al parecer, son incapaces de sentir remordimientos o compasión. Como los psicópatas que son.
Todo esto me recuerda la novela (llevada después al cine) de Thomas Harris: “El Silencio de los Corderos”.  En ésta, el asesino (Jame Gumb, apodado Buffalo Bill por investigadores de Kansas City), captura a mujeres voluminosas, las retiene y las somete a un régimen de hambre que les suelta y ablanda la piel.  Posteriormente las mata y desolla para, finalmente, confeccionarse un traje con la piel de las víctimas. De otro lado, la investigadora del F.B.I., Clarice Starling, para atrapar al asesino, se ve obligada a pedir la ayuda de otro psicópata (confinado este): el psiquiatra Hannibal Lecter, cuyos crímenes son, acaso, más atroces que los del mismo Buffalo Bill.  Lecter ayuda a la detective a realizar un perfil psicológico de Buffalo Bill, pero al mismo tiempo penetra en la psiquis de Clarice y la induce a revivir recuerdos traumáticos de su infancia. En uno de ellos, Clarice se ve a sí misma impotente por salvar a los corderos que llevan al matadero y cuyos chillidos de terror la persiguen sin tregua en su mente.  Lecter le pregunta que si atrapando al asesino ella podría acallar los chillidos.
 Es casi imposible no vislumbrar la metáfora de la clase trabajadora colombiana dejando la piel en sus labores diarias para que, luego, una apreciable tajada de sus exiguos ingresos vaya a parar (vía IVA o Retención en la Fuente, por ejemplo) a la caja menor de inescrupulosos fanfarrones que la utilizan para procurarse no sólo trajes, sino suntuosos apartamentos, lujosos carros, banales cirugías estéticas y otros excesos inconcebibles.  Mientras, el pueblo sigue gritando como los corderos de Clarice: al pie de sus casas colapsadas por los deslizamientos (provocados por la irresponsabilidad administrativa); en el umbral de hospitales inoperantes; en los recintos de medicina legal, adonde llegan, por igual, los cadáveres de todos los caídos en esta guerra fratricida cuyo único origen es la monstruosa vanidad de unos pocos.
Lo de los corderos es bastante diciente: al final, nosotros, el pueblo colombiano, no somos más que un rebaño dirigiéndose estoicamente al matadero. Pero a la vez podemos ser (todos) Clarice.  Podemos atrapar a estos asesinos en serie y silenciar los desgarradores chillidos de corderos condenados que diariamente vemos en los noticieros o leemos en los diarios.  Votemos responsablemente; protestemos con vehemencia; exijamos la renuncia de funcionarios incompetentes o deshonestos; dejemos esa pusilanimidad a un lado que no permite un cambio social que necesitamos urgentemente; condenemos sin piedad (incluso socialmente) a estos antisociales.
 Y, les aseguro, no necesitamos a ningún Hannibal Lecter que nos ayude.

lunes, 18 de abril de 2011

UN MUNDO FELIZ

"Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar a una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre."       Aldous Huxley



Todos hemos leído alguna vez esos estudios en los que los colombianos figuramos, siempre, entre los pueblos más felices del planeta (lo que sea que esto quiera decir). Y también, hemos oído a conocidos nuestros afirmando que habitamos “el mejor vividero del mundo”. Descartado el sarcasmo, y después de ver la emisión diaria de noticias o de hojear un periódico nacional, queda únicamente la pregunta: ¿por qué alguien, que no sea un criminal, creería algo así?

Paralelamente hemos oído hasta la saciedad el manifiesto según el cual somos la democracia más sólida de Latinoamérica. Hemos sido, de acuerdo al lugar común de discursos presidenciales, ejemplo regional de respeto a las instituciones y bla, bla, bla…


Es extraño que a pesar de ese panorama de pueblo autoproclamadamente feliz y respetuoso del mejor sistema político (o menos malo, como decía un resignado Churchill), vivamos en el infierno de pesadilla que nos revelan diariamente las noticias. Pero: ¿no será que el asunto es justamente ese: que no es a pesar de sino precisamente por?

En su inolvidable (y profética) novela “Un Mundo Feliz”, Aldous Huxley nos presenta a una sociedad anestesiada; conformada por autómatas que no tienen ocasión de ser infelices; han sido programados genéticamente para hallarse cómodos con su ubicación en la escala social y con el trabajo que les ha sido asignado; cualquier brote de inconformismo o error en la programación es invariablemente sofocado por un poderoso aparato farmacopeico legal en el que brilla, especialmente, la administración recurrente de la versátil droga soma. Cuestionar dogmas, disentir de las normas establecidas, o preguntarse acerca del sentido de la vida, no es posible en esta sociedad. Al mismo tiempo, tal organización, es virtualmente perfecta desde el punto de vista de orden público: no se registra delincuencia ni crimen. De otro lado, están los salvajes que habitan “La Reserva”, un sitio aislado y no civilizado, donde las costumbres son, en muchos sentidos, contrarias.

A veces parece que en Colombia convivieran las dos sociedades de la novela, conservando lo malo de cada una y prescindiendo de lo bueno. Así puede explicarse el contrasentido de vivir en el supuesto mejor vividero del mundo, que a la vez es un pantano de violencia, miseria y desolación, saqueado por indolentes criminales cuya indiferencia a sus propios desmanes raya en la perversión patológica.

Hay que ver los casos de AIS o el escándalo de la 26 en Bogotá o el robo continuado a la salud –¡a la salud!-, y que, sin embargo, se quedan pálidos ante otros ya descubiertos o aún ocultos. Pero también hay que ver la pasividad de todos ante estos crímenes (entes de control, ciudadanía y, en menor medida, prensa).

No es descabellado preguntarse por qué, si compartimos una historia y unas características socio-políticas parecidas al resto de Latinoamérica, tuvimos sólo una dictadura en el siglo XX frente a innumerables de nuestros vecinos. Quizás sea porque no ha habido necesidad: estamos bien como estamos. No pensamos, o no queremos pensar: lo hacen por nosotros cuatro o cinco vanidosos bufones al servicio de sus egos, que cada mañana pontifican lo políticamente correcto en un programa radial; no disentimos, o lo reprimimos por cualquier medio, voluntario o no, recordemos lo que pasó con Uribe cuando se volvió anatema criticar, así fuera constructivamente, al gobierno; tampoco vivimos: nos viven nuestras vidas de vergonzosas ovejas de un manso rebaño, algunas de las cuales, al llegar al borde del abismo, se transforman en feroces fieras que en su impotencia (o ignorancia), no atacan al inescrupuloso pastor y la emprenden en contra de sus iguales.

¿Qué pasa con nosotros? La protesta a los habituales regímenes corruptos en el resto de Latinoamérica se ha hecho sentir. Y lo ha hecho hasta el punto en que se necesitaron sanguinarias dictaduras para acallarla. Aquí no. Aquí campea la todopoderosa conspiración conformada por una plutocracia perversa e insensible y una clase política criminal, capaz de venderle al alma al Diablo con tal de garantizar sus oscuros intereses. Asombra que, después de nuestra lamentable historia, no ejerzamos una democracia decente y, en contraste, elección tras elección, premiemos a los mismos delincuentes de cuello blanco de siempre con nuestro voto cobarde e irresponsable.

Somos un pueblo dormido, de espaldas a la realidad. Recibimos dócilmente, como en la novela citada antes, cientos de formas de soma y castigamos, a manera de advertencia de otros destinos más siniestros (como le sucedió al Bernard Marx de la novela), con el ostracismo social o político a los que se atreven a disentir. Condenamos, con nuestra apatía política, a “La Reserva” a un grueso número de colombianos, aislados en muchos sentidos pero peligrosamente cerca en otros.

No estaba equivocado Estanislao Zuleta cuando dijo: “Amamos las cadenas, los amos, las seguridades, porque nos evitan la angustia de la razón”

LA MURALLA Y LOS LIBROS

 "Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: «Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ese destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ese borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá». "   La muralla y los Libros, Jorge Luis Borges

Ahora que volvió a aparecer el ex presidente Uribe, por cuenta de la elección a la alcaldía de Bogotá, y repasando por “su virtud en sí misma ”  la obra La Muralla y los Libros de Borges, no pude menos que pensar, una vez más, (lo sé: soy repetitivo), en las simetrías de la realidad.  Se me dio por extrapolar la historia del primer emperador chino, Shih Huang Ti, con la de nuestro reciente (¿puedo llamarlo así?) emperador Alvaro Uribe.  Tal como para Shih Huang Ti un acto de seguridad para su imperio (la construcción de la colosal muralla china) y otro de oscurantismo (la quema de todos los libros anteriores a él) fueron los atributos por los que es recordado, así mismo creo que esos dos  serán los asuntos por los que será recordado Uribe: seguridad y oscurantismo.
Hay consenso en la formidable tarea realizada por Uribe de rescatar al país del cerco al que lo tenían sometido los grupos ilegales. La abyecta espiral de violencia e inseguridad, (descartando Conquista, Colonia, Independencia, Patria Boba, guerra de los Mil Días, La Violencia) desarrollada durante 12 gobiernos consecutivos, empezando por el de Valencia, cuando se creó la primera guerrilla moderna, y terminando con el de Andrés Pastrana, donde ésta se enseñoreó en casi todo el territorio nacional; ésa abyecta espiral de violencia, digo, estuvo al borde de sumir a Colombia en el infierno del colapso de la legitimación del Estado y la desaparición del Statu Quo institucional.

Y sí: Uribe le devolvió la confianza a un país (urbano) que temía salir de su zona de relativo confort: la ciudad. (¿Relativo? Sí: recordemos el secuestro de los 15 residentes del edificio Miraflores en pleno sector residencial de Neiva;  o el de los diputados del Valle). A la vez, esta tranquilidad se proyectó al exterior.  Sabemos que lo urbano es lo que más cuenta en términos de imagen internacional. Y cuando vienen los altos ejecutivos de las empresas mutinacionales a evaluar sus proyectos de inversión, no van precisamente a almorzar a una finca en los alrededores de Puerto Salgar.  Van al parque de la 93. Pero a veces querían ir a Chía y no podían.  Con Uribe pudieron ir allá y a otros destinos más osados. Y más exóticos.
Ese fue su legado de seguridad.  Sin embargo, Uribe, tal como en una de las conjeturas de Borges acerca del extraño proceder del emperador chino, pareciese haber querido anular sus logros en materia de seguridad contraponiéndolos a sus imposiciones oscurantistas: muy a su manera quemó los mismos libros que quemó Shih Huang Ti. O el predicador dominico Girolamo Savonarola, organizador de la célebre Hoguera de las Vanidades (donde quemó todo lo relativo a la soberbia y vanidad: vaya ironía, teniendo en cuenta la proverbial megalomanía del ex presidente de marras).
Y digo que a su manera quemó libros, porque no de otra forma se explican las enigmáticas conductas que caracterizaron casi todos los días de su largo gobierno. Uribe presionó el nombramiento de un procurador de declaradas ideas medievales y cuya laya intolerante nadie pone en duda (el mismo que, también, quemó libros en su juventud en un acto del que, aun hoy, teniendo en cuenta su carácter dignatario, se jacta con asombroso cinismo).  Durante el gobierno de Uribe, además, después de un efímero avance, se dio un retroceso generalizado en la legitimidad de las instituciones: prostitución del congreso y desprecio por las cortes, por poner los dos ejemplos más significativos.  Adicionalmente, se estimuló, a través del lobby a proyectos de ley específicos, la intromisión del Estado en la intimidad de los ciudadanos: prohibición de la dosis personal de la droga, ataque al aborto inducido, desconocimiento de la igualdad de derechos civiles independientemente de la orientación sexual etc…  Todo lo anterior, para no hablar de la satanización de la oposición (política, intelectual)  ni de los desafueros del aparato de seguridad del Estado. Con ese panorama final de país anacrónico, uno no puede menos que preguntarse si esa no fue la imagen dramática de “un rey desengañado que destruyó lo que antes defendía”.  Igual que Shih Huang Ti.
Por otro lado, el hecho de que, como dice Borges, “quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes” no nos exime  de intentar dar con una respuesta que justifique el tamaño despropósito de destruir lo defendido.  Las explicaciones referentes a enconadas venganzas personales para uno de los propósitos o mezquinos o intolerantes intereses personales para el otro, las rechazo por su excesivo carácter trivial.
Hay que seguir indagando, pero tal vez nunca sepamos a ciencia cierta la naturaleza de ese sinsentido.  Tal vez al final no haya nada que conjeturar.  Tal vez (Héctor Abad: perdóname la anáfora) lo mejor que nos haya quedado de esos dos cuatrenios, sea lo que nos quiso decir el ex presidente Uribe y nunca dijo. O lo dijo y lo perdimos.  Tal vez lo mejor sea, para decirlo con Borges, ese hecho estético de la inminencia de una revelación que nunca se produjo.

PERIODISMO Y LITERATURA

“El escepticismo es el deber más elevado, y la fe ciega el único pecado imperdonable” Thomas Henry Huxley


Estuve en la conferencia "Literatura y Periodismo", una de la muchas que componen el Hay Festival 2011. Alejandro Santos Rubino y Pablo Ordaz eran los conferencistas. ¿Cómo me pareció? Bueno: pensé que iban a reafirmar la simbiosis de esa relación -incestuosa para muchos-. No: la aniquilaron. Para Santos, periodismo y literatura tienen orígenes diferentes. El primero se basa en hechos objetivos, mientras que la segunda lo hace en inventos.  El uno registra, mientras la otra crea. Ordaz, por su parte, está de acuerdo, pero, además, vincula al oficio de periodista, como diferenciador adicional, a la premura del cierre, y al (así sea por referencias) sonido de los linotipos.
Tajante el uno y romántico el otro. Pero no estoy de acuerdo con ninguno de los dos.  Para empezar, y mas allá del problema semántico con el que resolvieron la cuestión con un reduccionismo fácil, me parece que el periodismo es, a la larga, literatura.  Para empezar, y así refuto la tesis central de Santos, la realidad es una masa informe que interpretamos, por medio de nuestras mentes.  Pero que también, y al mismo tiempo,  creamos (de forma única y personal). La copiosa e incesante información que captan nuestros sentidos es clasificada y editada.  Luego nuestro cerebro produce, literalmente, un contenido.  Es un truco evolutivo que permite economía en las decisiones.
Por otro lado, muchas investigaciones demuestran que las percepciones son adecuadas por las experiencias, emociones y expectativas de la persona (v.g. las diferentes versiones de los testigos de un mismo hecho).  Los sentidos, funcionan de forma diferente entre las especies.  Un perro no vive el mundo ni remotamente igual a un humano: su mundo es más olfativo que visual. Incluso entre la misma especie: para un daltónico, por poner el ejemplo más pobre que se me ocurre, la realidad es diferente.
En consecuencia la interpretación (registro) de la realidad, y el invento (creación) caben en el mismo saco: son lo mismo. La objetividad y exactitud de los hechos, de la que habla Santos, simplemente no existe. Ellos mismos, sin hacer alusión directa al libro “Absalón, Absalón” de William Faulkner, se refirieron al fenómeno de un mismo hecho contado por 14 personas diferentes.  14 puntos de vista distintos y un solo hecho verdadero.  Casi más complicado que la Trinidad.  Consideremos esto: un hombre pesa  una cosa aquí en el Ecuador, otra ligeramente distinta en el Polo Sur y en Júpiter más de lo que pesaría en La Tierra un toro de lidia (bueno, el hombre o el amasijo de carne y huesos triturados que resulte del colapso de su humanidad por cuenta de la enorme fuerza de gravedad allí presente)
Los hechos objetivos, en los que, según Santos, se basa el periodismo son, en realidad, interpretados de manera diferente por cada persona.  Así que son, si se mira bien,  invenciones.  Y las invenciones, base de la literatura según Santos, son basadas en hechos terrenales: experiencias propias o ajenas del autor.  No provienen de otra dimensión.  (Pensemos en “Crónica de una muerte Anunciada” o “A Sangre Fría”)
En cuanto al argumento de los linotipos expuesto por Ordaz (también habríamos podido incluir putas y borracheras), sólo podría decir que esas nostalgias combinadas con comentarios de pretendida irreverencia son una fórmula usual –y mediocremente funcional- de ese tipo de conferencias.  El público sucumbe a ese paupérrimo encanto y lo valida dócilmente con robóticas risotadas.  Los linotipos habrán tenido una vida de ¿noventa años? ¿Cien? Ya son anacronismo para los periodistas actuales.  Pero también lo eran hace tres mil años cuando Homero escribió “La Odisea”, el primer trabajo periodístico de la historia conocida.  El periodismo es contenido, no máquinas. Sería equivalente a definir como drama sólo lo escrito con pluma, pues así se escribió “Hamlet” ¿Y la premura del tiempo? Tampoco.  Si alguien se apresura en la terminación de un libro por el cierre de entregas para un concurso de novela, ¿el material muta de novela a reportaje? No ¿verdad? Así de allí no resulte “El Quijote” precisamente. Y si “Noticia de un Secuestro” no tuvo fecha de cierre, mal podríamos decir que no es un trabajo periodístico.
El asunto es más complejo que hechos objetivos, cierres y linotipos: ellos mismos, Santos y Ordaz, navegando entre los traicioneros meandros de las incongruencias ideológicas que tenemos todos, hablaron del triunfo mundial (hoy) del periodismo editorializado (hasta hubo una apología al reportaje editorializado por parte de Santos: ¿y la cacareada objetividad?)
En conclusión, creo que periodismo y literatura tienen un origen común: la realidad interpretada y creada.  De hecho pienso que ni siquiera son dos cosas: es una sola. Tal vez periodismo (no el concepto global que tengo de este, sino la limitada dimensión presentada en la conferencia: vinculado a hechos escuetos, linotipias y cierres de edición) es literatura hecha por escritores aprendices. O fracasados.  Es literatura insípida.


martes, 1 de febrero de 2011

TEMA DEL TRAIDOR Y DEL HEROE

Tal como en el cuento de Borges de idéntico título al de esta columna, pareciese que en Colombia una misma persona pueda encarnar esos dos, usualmente, excluyentes epítetos. Esa persona, como no es muy difícil de deducir a estas instancias del acontecer nacional, no es otro que el presidente Santos.

El año pasado asistimos a una de las campañas presidenciales más singulares de la historia reciente: hubo momentos en los que el partido que a la postre resultó perdedor, se encaramó en las encuestas amenazando con convertirse en un fenómeno ”bola de nieve” imparable. Los resultados fueron contrarios y buena parte de los colombianos quedamos (me incluyo) temiendo por un continuismo que nos deparaba un futuro nada esperanzador. Pero no ha resultado así.

No bien posesionado el nuevo presidente, y para sorpresa de muchos (vuelvo a incluirme), inició un mandato caracterizado por el sometimiento a la democracia, equilibrando los tres poderes (a través del respeto al judicial y de la –más complicada- dignificación del legislativo). En adición, logró grandes avances diplomáticos con Ecuador y casi hizo olvidar los problemas con Venezuela, cuyo presidente lo había calificado de mafioso después de advertir, en mayo del año pasado, de una inminente confrontación bélica en la zona si Santos salía elegido. No habíamos acabado de asimilar lo anterior, cuando anunció las leyes de víctimas y de tierras, reivindicando así a un grueso número de colombianos expoliados sistemáticamente durante las tres últimas décadas. Todo esto sumado al clima que ha caracterizado las relaciones con la oposición y a otras prácticas innatas (vistas así ahora) del ejercicio democrático, a las que desde hacía 8 años estábamos desacostumbrados, configuran uno de los mejores arranques que se recuerden en la Presidencia de la República.

Lo curioso de todo esto es que nada de eso esperaba nadie. No lo esperaban los que votaron por otros candidatos. Tampoco lo esperaban los que votaron por él, muchos de los cuales, esperanzados en el continuismo, depositaron votos endosados por su antecesor: Álvaro Uribe. Es bien sabido que en política el determinismo no funciona, pero esta especie de negativo de Uribe que resultó ser Santos lo hace un traidor con todas sus letras. Y, sin embargo, ¡vaya paradoja!, el tipo termina convertido en el héroe nacional. O por lo menos es lo que se colige después de conocer su abrumador porcentaje de popularidad que rebasa, incluso, al obtenido, en idéntico período, por Álvaro Uribe y al que todos creíamos imbatible.

Este aparente contrasentido puede ser una invaluable lección para todos. El país, sitiado por la violencia, se exasperó hasta tal punto que no le importaron las prácticas maquiavélicas que se llevaron a cabo durante 8 años. “El fin justifica los medios”: haz lo que tengas que hacer pero sácame de esta situación, parecía pedirle a gritos el país a Álvaro Uribe. Delegar esa omnipotencia sólo sale bien en las películas de James Bond. La vida real cobra esos desenfrenos. Y los ciudadanos pagan con su libertad, tal como lo ha demostrado la historia del mundo y, especialmente, la corta y violenta historia latinoamericana, atestada de pintorescos y sanguinarios tiranos. Hicimos –salvo valientes excepciones- lo de los tres monos: no vimos, no oímos, ni dijimos nada. Aunque por motivos nada místicos.

Sin saber si las cosas seguirán así, lo cierto es que, hasta ahora, se ha demostrado que las cosas se pueden mejorar sin romper los diques (valga la metáfora más que nunca) del cauce democrático. La insurgencia puede seguir combatiéndose, a la par que se respeta a la oposición y a los otros poderes. El reto es hacerlo, también, al tiempo que se actúe efectivamente contra la inequidad económica y social, contra la lentitud e ineficiencia de la justicia, contra la corrupción, y contra la delincuencia organizada (causas, todas ellas, a la larga, de la insurgencia).

Obviamente no todo es color de rosa: 10 minutos de cualquier noticiero nacional (independientemente del amarillismo patético de algunos) nos revelan un caos social y ético generalizados, que nos hace preguntarnos en qué clase de manicomio de pesadilla vivimos.

En consecuencia, hay muchísimo por hacer, y Santos puede seguir siendo el héroe que se convirtió en tal por ser un traidor. A veces desconfiamos: por supuesto, somos colombianos. Y lo que nos es corriente es que una cosa que esperábamos que saliera bien, salga mal; y no al contrario. A eso hay que sumarle la reputación de tramposo que para algunos tiene Santos, afortunadamente confirmada al iniciar su mandato. Y digo afortunadamente, porque si bien todo esto puede ser una trampa más para lograr otros propósitos ocultos, hasta ahora el timo efectuado a los continuistas nos ha beneficiado. De modo que, por favor presidente, siga así. Siga con su engaño. Siga metiéndonos, como decía el genial Cortázar, liebre por gato.