En mi última columna afirmé
que hay una estirpe mafiosa, compuesta por grandes empresarios, que resulta mucho
más peligrosa que aquella más familiar a nuestra prefiguración habitual de
mafia. Y lo sigo sosteniendo. Sólo que cuando ataca la otra mafia –la
mediática, la evidente- lo hace de forma más espectacular. Lo que, a su turno,
favorece el hambre sensacionalista de los medios masivos, quienes, de ese modo,
pueden dar rienda suelta a su repetitiva función de libreto mínimo y ganancias monstruosas
con la tranquilidad de no estar pisando el terreno minado de ningún poderoso:
el anonimato del terrorismo no sólo ofrece ventajas al terrorista.
Lo digo, obviamente, por el
atentado de que fue objeto el exministro Londoño. La repetición vacía de las
imágenes televisadas del exministro caminando ensangrentado, acompañadas de las
revelaciones más estúpidas, hacen parecer interesantes las especulaciones que
otros cándidos opinadores nos
atrevemos a hacer (los verdaderos autores intelectuales de los atentados deben
morirse de risa en reuniones en que se leen en voz alta los ríos de tinta -o de
bits- que corren en estas
circunstancias).
Que fue la extrema derecha,
que, con ello, sabotearía la viabilidad del marco
legal para la paz. Si Londoño, el principal objetivo del atentado –y quien por
poco pierde la vida en éste-, no fuese casi un símbolo de esa orientación
política, y uno de los principales líderes de opinión encargados de torpedear
la iniciativa del gobierno, la hipótesis tendría sentido. Aunque casos se han
visto. Que fue la extrema izquierda (esto es, las Farc), que, así, demostraría
un poder bélico perdido en la última década. Razonable, sólo si esa jugada no
pusiera en bandeja de plata los argumentos del otro bando, enemigo de un
proceso de paz con las Farc. Aunque –es verdad- los salvajes razonamientos y
procedimientos de las Farc dan fe de su torpe manejo estratégico.
Sin embargo, suele suceder
que manejos que a todas luces parecen torpes o incongruentes son, en realidad,
habilísimos. Y no tienen nada que ver
con izquierdas o derechas, sino con algo mucho menos complejo, más primitivo;
algo que está grabado en nuestro genoma, heredado de nuestros antepasados,
exitosos acaparadores que, por haberlo sido, lograron transmitir su material
genético y legar estas generaciones de seres increíblemente mezquinos: la
avaricia. Así que esa idea romántica –aunque no menos detestable- de que estos
actos de violencia corresponden a una lucha de ideas es ingenua. Lo más probable
es que la motivación de los autores intelectuales tenga que ver más con su
modesto plan de quedarse con todo. Con absolutamente todo. Es la guerra
desigual de los pocos poderosos contra los muchísimos indefensos.
Y para eso –como en
cualquier guerra- todo vale. Desde conspiraciones caníbales hasta alianzas con
los enemigos en el papel. De manera que la amenaza que representa la superficial
disidencia de un elemento vanidoso, que quiere pasar a la historia a pesar de
su casi cantado fracaso (como todo lo vanidoso), alcanza para generar mensajes
disuasorios por parte de los enemigos de la paz (“Juan Manuel: esas vainas no
se hacen ni en broma”). O dicho de un modo más realista: de los amigos de la
guerra, de los parásitos de la guerra, de los que viven de la guerra; de los
insaciables acumuladores de bienes provenientes del simple hecho de que los
demás nos matemos unos a otros.
No importa si es el
terrateniente que ve con temor el advenimiento de políticas sociales que den al
traste con su negocio especulativo; o el guerrillero que avizora el final de su
negocio de narcotráfico en envidiable posición; o el militar retirado que ofrece
servicios de seguridad o comercializa dotaciones militares; o el extorsionista
o secuestrador que ya no contará con un ejército ilegal que respalde la
continuidad de su negocio. El fin es uno solo: conseguir mucha plata, muy
rápido y con pocos riesgos; las ideas y las etiquetas son lo de menos. Y también
los medios para llegar al fin: terrorismo de bombas y de muertos inocentes, la
fórmula más efectiva y fácil para estos matones, carroñeros a su vez de la
matanza sistemática, gradual y silenciosa de los otros mafiosos, los grandes,
los de cuello blanco: porque de la enorme desigualdad en los ingresos y las
oportunidades, propiciada por las élites indolentes, nacen los criaderos de que
se nutren las otras mafias.
Y, claro, entre los medios
para conseguir el fin figuran, como poderosa arma de distracción y manipulación,
los grandes conglomerados de comunicación; El
Tiempo nos trae en su editorial del día después del atentado (titulado
“Todos Contra el Terror”), esta infantil moraleja de cuento de hadas -para
tranquilizarnos y evitar que pensemos-: “Si de algo sirven episodios anteriores
es para predecir que, tarde o temprano, el brazo de la justicia acabará
alcanzando a los delincuentes y que sobre ellos caerá implacable el peso de la
ley.” Supongo que así como alcanzó ese largo brazo a los asesinos intelectuales
de Álvaro Gómez hace 17 años. O de Galán hace 23. O de Gaitán hace 64. O de
Uribe Uribe hace casi 100.
No parece serio eso del
implacable brazo de la ley. Lo que más bien se puede predecir es que los
verdaderos autores del atentado seguirán en la sombra. Y nuestra vida seguirá
sumida en el embotamiento de las distracciones del fútbol, la moda y la
televisión. Con todo esto -y ya que hablamos de fábulas- no estoy diciendo otra
cosa diferente a que el rey va desnudo. Así como en el cuento de Andersen todos
veían que en realidad el rey iba desnudo, así también aquí todos vemos cosas que
sabemos y preferimos callar: la más importante: que hay unos poquísimos dueños
del país para los que los demás trabajamos en condiciones esclavizadoras (unos más que
otros, por supuesto).
Lo peor es que (hay que
decirlo) el resto, los no mafiosos, defendemos también -mezquinamente- la
posición de relativa ventaja que hayamos logrado obtener y dejamos que el resto
se las arregle como pueda; conducta que sigue en la misma vía hasta que la
pauperización social y económica nos alcanza (cuyo brazo sí que es largo –cada
vez más-; y, por cierto, implacable). Mientras tanto, la furia acaparadora, también
presente en nuestros genes, la practicamos sin los filtros del razonamiento, la
solidaridad y la ética, componentes salvadores en otras sociedades mejores. Las
otras motivaciones que aparentemente nos mueven (como, digamos, la religión)
son meras coartadas para interpretaciones leguleyas en materia ética y moral
que nos descargan de culpas. De modo que, mientras las cosas sigan así, los no
mafiosos no diferiremos mucho de los mafiosos. Sólo que ellos seguirán teniendo
las bombas. Y las leyes.
Como siempre, mi querido Pame, impecable.
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