sábado, 17 de septiembre de 2011

MIDNIGHT IN BOGOTÁ

“La música siempre nos hace recordar un tiempo que nunca existió” 
 Oscar Wilde 
De antemano sé que voy a ser crucificado por lo que diré aquí sobre la música. Bueno: sobre ciertos tipos de música. Está bien, iré más lejos: sobre ciertos ruidos que algunos consideran música. Por dos razones no voy a meterme con la definición de todo lo que encierra, como tal, el concepto “música”. Primero por sus inabarcables manifestaciones (por poner un ejemplo extremo: las arañas saltarinas macho –según minuciosos estudios-  se valen de cantos de seducción para atraer parejas sexuales; cantos que elaboran frotando partes de su abdomen y que acompasan con una especie de taconeo de sus patas.  Su potencial compañera sexual, al carecer de oídos, juzga el performance del macho por medio de vibraciones).  Y segundo, porque no soy músico: si para un erudito de la música es imposible comprender la complejidad de los intrincados hilos que unen a los géneros musicales creados por la humanidad, imagínense lo que será para un lego como yo. Baste decir que la música es una manifestación evolutiva muy primitiva que debe estar grabada en las más profundas capas cerebrales y, por lo cual, ha estado presente en todas las culturas conocidas.  De hecho, la compartimos con las especies más disímiles  en el árbol genealógico de la vida, como ya vimos arriba.

Hablaré, entonces, de la música en un sentido más convencional: la música popular, la que oímos en la radio, la que bailamos en las fiestas (o intentamos hacerlo, como es mi caso).  Recuerdo cuando a principios de los 90 en Bogotá, mis años más bailarines (es un decir), era posible oír, en las discotecas de moda y en la radio, una amplia gama de géneros musicales: en la radio sonaba el merengue de Juan Luis Guerra, la salsa de Willie Colón, el rock de Bruce Springsteen, el pop de Michael Jackson, el reggae de Bob Marley. Y en la discotecas igual: Bahía, Mr. Babilla, Massai, Keops, tenían –unas más que otras- una variedad semejante, y sus modestos disc jockeys se aseguraban de incluir un par de canciones lentas cada tanto, las que daban, bien una pausa para quienes querían disfrutar de un trago en la comodidad de la mesa, bien una oportunidad de oro para los enamorados que aspiraban a un momento romántico con su potencial conquista. Ahora todo eso ha desaparecido: la noche bogotana -al menos en las discotecas a las que me invitan mis amigos- es regentada por un par de géneros musicales a cuya servidumbre es necesario someterse para no correr el riesgo de hundirse en el ostracismo nocturno, en el destierro rumbero; en lugar de mesas y bonitas discotecas la gente se agolpa en colosales bodegas; los románticos se han extinguido para dar paso a petulantes pavorreales que no tienen nada que decirle a sus perspectivas de pareja (pero tampoco lo necesitan: las canciones de uno de los géneros a que me referiré más adelante hacen el trabajo por ellos: explícitas solicitudes sexuales, meticulosas descripciones de actos íntimos, y los más indecorosos vituperios a las mujeres -que terminan por acomplejarlas - abundan en sus letras).
Lo sé: estoy cayendo en la misma trampa en la que han caído todas las generaciones de la historia de la humanidad: creer que todo tiempo pasado fue mejor.  Precisamente en torno a ese tema gira la trama de la película “Midnight in París”, escrita y dirigida por el genial Woody Allen: el protagonista, un escritor que sueña con el París de los años 20, repentinamente encuentra una vía de acceso para viajar a esa época.  Allí, además de departir con sus héroes, Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Salvador Dalí, se encuentra con la sorpresa que los vivientes de los años 20 añoran la Edad de Oro de París (1890).  Más tarde logra viajar también a ese año, sólo para comprobar que Gauguin, y Degás –con quienes comparte mesa- preferirían vivir en la época de El Renacimiento. Finalmente llega a la triste de conclusión que los vivientes de El Renacimiento seguramente anhelarían estar en la corte de Kublai Khan. Y así sucesivamente. 
No puedo negar que ese mensaje me llegó, pero  pasaré por alto un momento a “Midnight in Paris” y analizaré, sin esas prevenciones, a las nuevas formas que nos acompañan en la noche bogotana (después, saquen ustedes sus propias conclusiones).  Empezaré con la música electrónica. Si bien al principio me quejaba tímidamente de la monotonía y la exagerada duración de la canción de música electrónica que siempre ponían en todas partes, después me enteré de que se trata de varias piezas, algunas de las cuales (o todas, no sé muy bien) tienen incluso nombre.  Es decir: no es, como yo creía, una misma canción larguísima que está sonando desde 1913 (año de nacimiento de este tipo de música), sino que son varias.  Y algunos aficionados a ellas tienen la temeridad de asegurar que diferencian cuándo acaba una y cuándo es otra canción la que empieza. Pero ahí no acaba todo: de hecho aprendí (la teoría lo aguanta todo) que este género musical tiene a su vez subgéneros: house, trance, dance, rave, jungle, eurodance, etc… Al parecer, según también supe, la música electrónica fue un género de culto en diferentes partes del mundo hasta finales del siglo XX, momento en el cual se popularizó (y aquí es en donde estriba lo más extraño de la situación: en que se popularice un género de música reservado para unos cuantos iniciados que eran capaces de imaginar –con éxito- música donde sólo había ruido).  Hoy, además, existen estrellas de la música electrónica llamados DJ’s, cuyo papel se limita a poner discos, levantar los brazos al son (?) de la música (??), y aullar como un bobo de pueblo: wwooooowwwww –y poner a aullar a la concurrencia; quien no lo haga estará perdido-.  Estos DJ´s son adorados como dioses y cada uno de ellos tiene la curiosa peculiaridad de ser el mejor del mundo: siempre nos está visitando el mejor DJ del mundo (cualquier cosa que eso signifique), llámese como se llame.

El otro ritmo que domina a los noctámbulos bogotanos (aunque también a los diurnos, no olvidemos a las emisoras) es el reggaetón.  La primera vez que supe de él fue en mi propia casa.  Alguien se apoderó del equipo de sonido y, de repente, éste empezó a vomitar un ruido infernal. Consciente de que ya no poseía mi venerable tocadiscos (con lo que descartaba que, por error, se estuviera tocando algún LP a 78 revoluciones por minuto), corrí alarmado al aparato para averiguar qué eran esos estridentes chillidos dignos de un zoológico en emergencia, pero mi amigo trató de tranquilizarme: esta música suena así, me dijo.  Me alarmé más: era de no creerlo.  Tratando de buscar algo que salvara la canción, me concentré en la casi ininteligible letra. Adivinando trabajosamente lo que decía, recordé que la piqueria vallenata y la trova paisa tenían improvisaciones semejantes, si bien no tan extraordinariamente malas. Pero aún la mínima defensa que aventuré sobre la letra -teniendo en cuenta que era imposible hacerlo sobre la música, dados sus repetitivos estampidos- no tenía ningún fundamento: ni siquiera se trataba de improvisaciones: eran “composiciones”, debidamente trabajadas, premeditadas.  He aquí una muestra que tomé al azar en Youtube: un fragmento de una canción llamada “A mí me Gustas Tú”, interpretada por  L’Omy (?)
Desde que estábamos chiquitos/ Te acuerdas cuando comíamos Alpinito/ Zapatico cochinito 1 2 3/ Cambia de piececito/ Desde que estábamos chiquitos/ Cuando jugábamos en el parquecito/ Físico e´ pelaito/ Mente de grandecito” ¿Mente de grandecito? No lo creo. Complementémosla: no seas tan chamboncito/ jálale al respetico/ dedícate a otro trabajito/ déjanos tranquilitos.
Aún sabiendo que no es ni de cerca lo peor que puede ofrecer el reggaetón, a su lado Ricardo Arjona es Rubén Darío.  Lo increíble de todo es que eso gusta.  Sobre todo a los jóvenes quienes –creo- conscientes de la tortura a que nos someten a los más viejos con esos ruidos estrepitosos, han resuelto, para darnos una ventaja en el cortejo -ya que ellos, por su juventud, se ven mejor físicamente- contagiarse de los principios estéticos de las estrellas del reggaetón. Pero lejos de imitarlos en su estilo pandillero de vestir, nuestros jóvenes, hoy, optan por usar los jeans con la pretina de éste situada a mitad del muslo, de donde emerge un gigantesco pañal que asciende hasta un poco más arriba del ombligo.  Por si no fuera suficiente, prescinden de peinarse y, en cambio, piden que les den un tratamiento de gallinas, cuando éstas son matadas a escobazos. Inolvidable detalle de estos espantapájaros abandonados para con los que no soportamos el fragoroso esnobismo de su música.  Ahora, si es verdad que esta música les gusta y no están interesados en indemnizaciones, sino que se visten de ese modo porque están convencidos de que así se ven bien, tendremos que dedicarles, también a ellos, otro pedazo de nuestra composición: lávate las orejitas/ o por lo menos no el cerebrito/ pareces un mendiguito/ ve a que te cambien el pañalito 

Y a todas estas, ¿recuerdan a la araña saltarina del primer párrafo? Pues bien, olvidé mencionar que, aprovechando su mayor tamaño,  el juzgamiento que hace la hembra acerca del performance del macho es  radical: si es bueno habrá apareamiento, pero si es malo la hembra tomará la vocería de las hembras de todas las especies del reino animal y dará una nueva interpretación a las románticas invitaciones a comer: ya que fue invitada a comer, engullirá miligramo por miligramo al macho. Ese es mi sueño: que en un concierto del DJ David Guetta la gente salga del trance (ojo: no confundir con la música trance) en que la sumen las hipnóticas insistencias pendulares de la música electrónica, valore su lamentable performance,  y la emprenda contra la diva del tornamesa. Comerán David Guetta a la chimichurri, saciarán el hambre, y saldremos todos de un fanfarrón más en este mundo. Aunque, ciertamente, después me pongo a pensar en lo desagradable que puede resultar para cualquiera un sancocho de pata del reggaetonero “Daddy Yankee”. 
Sin embargo, a pesar de todo lo que he afirmado acerca de esos dos géneros musicales, y como dije antes, me sigue quedando la duda que nos planteó Woody en su película: ¿será que en un futuro añoraré el reggaetón o la música electrónica? Tengo dos consideraciones al respecto. Primera: que me preocupa el hecho de que la contrariedad que me producen  estos géneros me ha hecho glorificar canciones que en la década de los 90 consideraba apenas mediocres (o incluso malas). Segunda: recordar que algunos ritmos, que ahora gozan de gran prestigio, estuvieron condenados a la oscuridad durante décadas, tal como yo condeno ahora al reggaetón y a la música electrónica. El vallenato, por ejemplo, según nos cuenta la gran autoridad en la materia Alfonso López  Michelsen, nació de la conjugación de los valses vieneses que se tocaban en los matrimonios de la alta sociedad cesarense con los ritmos indígenas y africanos que, a su turno, interpretaba en la cocina la servidumbre, a efectos del mismo acontecimiento.  Al final de la celebración, patrones y empleados se reunían (lo que era llamado colitas) y amalgamaban las dos músicas.  Aún así, la música vallenata estuvo proscrita de los altos círculos del país, e incluso del Club Valledupar, hasta entrada la segunda mitad del siglo XX.  Hoy, sin embargo, no hay quien se considere caché que no haga su obligatoria peregrinación anual al Festival Vallenato: políticos y empresarios se dan allí cita y entonan, sin ningún tipo de vergüenza, viejos cantos compuestos por los mismos trovadores que ellos marginaron durante años. Igual pasó con el tango, un género de malevos del arrabal cuyo baile es, actualmente, paradigma de elegancia en el mundo. 
Curioso ¿no?  En esa misma línea el notable científico e historiador Isaac Asimov escribió: “Espera mil años y verás que se vuelve preciosa hasta la basura dejada atrás por una civilización extinta”.  Tiene sentido, pero ahora que escribo esto y mi vecino da, a la vez, una fiesta en su casa, amenizada en este momento por “Zun Zun Rompiendo Caderas” -canción interpretada por (¡ojo!) “Wisin y Yandel”-  se despejan como por ensalmo todas mis dudas al respecto. Tanto, que me da hasta para corregir al gran Isaac (tal vez la única oportunidad de hacerlo que tendré a lo largo de toda mi vida): cuando un arqueólogo de una civilización futura encuentre entre las ruinas de la nuestra un DVD de reggaetón o uno de música electrónica, vea y oiga (que vergüenza) cómo nos divertíamos y todavía lo considere precioso, no habrán, para entonces, pasado mil años: tal vez tres mil (millones).

Ver y Oír Zun Zub Rompiendo Caderas
http://www.youtube.com/watch?v=6eLCa4d9Urc

miércoles, 7 de septiembre de 2011

EL CÓDIGO DA VINCI

"Pluralitas non est ponenda sine neccesitate" (la pluralidad no se debe postular sin necesidad) William de Ockham

“El gato dentro de la caja está vivo y muerto a la vez”  Paradoja del Gato de Schrödinger

Unos vieron la película, otros leyeron el libro; en cualquier caso, la novela “El Código Da Vinci”, con sus 80 millones de ejemplares vendidos y su traducción a 44 idiomas, se convirtió en un Best Seller sin precedentes en su tipo de literatura.  En la obra se presentan teorías con tintes extravagantes: la relación sentimental entre Jesús y María Magdalena,  la conspiración urdida por el Opus Dei destinada a garantizar, tanto la supervivencia del linaje de los merovingios a través del Priorato de Sión, como el encubrimiento de la divinidad de la Magdalena y su descendencia.  Estas teorías, condimentadas con Hombres de Vitruvio, sucesiones de Fibonacci, Caballeros Templarios, Santos Griales y Últimas Cenas, conforman el marco perfecto de las llamadas teorías conspirativas, tema que trataré hoy a propósito de dos de ellas muy coyunturales: el asesinato de Galán (la ratificación de la condena a Santofimio) y los atentados del 11 de septiembre de 2001 (décimo aniversario de su acaecimiento).

Todos hemos oído teorías de ese tipo, que consisten en atribuir las verdaderas causas de un hecho a complots de grupos poderosos actuando en la sombra en lugar de atribuírselo a las causas comúnmente aceptadas.  Las hay desde la supuesta farsa del viaje a la Luna, hasta el ocultamiento de las actividades del área 51 en E.E.U.U. (incluido el accidente de un supuesto OVNI y la captura de extraterrestres por el ejército americano), pasando por hipótesis de todos los pelajes acerca de los más disímiles temas: histéricas, como la abducción de humanos por extraterrestres;  ridículas, como la que asegura que Elvis (o Marylin o Michael Jackson o Hitler o Bin Laden) sigue vivo o que –por el contrario- Paul MacCartney murió y fue sustituido por un doble; infames, como la que proclama que el holocausto judío fue una patraña montada por los hebreos con el fin de adueñarse de tierras palestinas; intrigantes, como la que afirma la existencia de una zona –el Triángulo de las Bermudas- en la que los sistemas de navegación de las naves enloquecen y suceden más siniestros aéreos o marítimos que en ninguna otra parte del globo; risibles, como la que abandera la idea de que la Tierra es hueca y en su interior vive una civilización más avanzada (que accede a ese lugar a través de unas aberturas en los polos, cuyas fotos -que prueban su existencia- esconde la NASA); inverosímiles, como la que asevera que el VIH fue un encargo de la Iglesia Católica a ingenieros genéticos con el fin de castigar el homosexualismo* (inverosímil, sí: una cosa es que toda la rabiosa resistencia a esa orientación sexual se quedase en letra muerta, y otra que se autocastigasen de esa manera los prelados); otras, un poco más verosímiles, como la que declara que la adición de flúor en el agua se hace con la intención de que esta sustancia se acumule en la glándula pineal de los individuos, causando así un pobre desarrollo mental (verosímil, sí: siempre y cuando esta adición se haya hecho mayoritaria  y sistemáticamente en la cafetería del Congreso de la República).


*En la época en que me hablaron de esa teoría, el SIDA era, casi exclusivamente, relacionado con las prácticas homosexuales.

Si me preguntan si creo en este tipo de teorías, tendría que hacer una distinción; porque pienso que las hay de dos clases: unas en las que sí creo, más del tipo de las que involucran estrategias de manipulación de masas, como la famosa y antigua -data de hace más de 2000 años- panes et circenses (pan y circo), y otras en las que no creo, pues las considero descabelladas y basadas en supercherías sin fundamento, como la inmensa mayoría que mencioné más arriba (aunque ciertamente hay miles de preguntas sin responder que, por no ser experto en los respectivos campos, se quedan así: sin responder; por ejemplo: el hecho de que la bandera estadounidense –según se ve en las mismas fotografías provistas por la NASA- ondee en la Luna, donde se supone que no hay atmósfera).

Y así como creo que Julio César entregaba gratuitamente trigo y entradas para los espectáculos circenses al pueblo, con la intención deliberada de desviar la atención ciudadana de la política, también creo que Hitler y sus secuaces nacionalsocialistas presentaron al pueblo alemán el chivo expiatorio de los judíos, sobre los cuales aquél descargó toda la rabia y las frustraciones por la derrota de la Primera Guerra Mundial –con los asfixiantes aprietos económicos que ésta trajo consigo- y por el apabullante desempleo que asediaba a Alemania en la década de los 30. Fueron, aquellas, conspiraciones orquestadas por los respectivos gobiernos de Roma y Alemania, con el fin de perpetrar determinado stau quo favorable a ciertos grupos privilegiados –de hecho ese tipo de conspiraciones ocurren todo el tiempo hoy en día por parte, también, de gobiernos, multinacionales y medios de comunicación-. 

No obstante todo lo anterior, hay unas pocas del corte de las que cité más arriba en las que –apartándome del valioso principio de la navaja de Ockham- me inclino más por la explicación conspirativa plural que por la explicación más sencilla.  El asesinato de Kennedy es una de ellas. Diríase que la explicación más simple –y según el principio de la navaja, más probable- es aquella según la cual Lee Harvey Oswald actuó solo, movido por sentimientos antinorteamericanos.  Sin embargo, los enormes intereses que mediaban entre la permanencia o no de Kennedy en la Casa Blanca, no pueden hacernos más que dudar: mafiosos gringos y oligarcas cubanos habían perdido millones de dólares con el ascenso de Castro al poder en Cuba, dólares que querían recuperar por medio de una invasión a la isla (a la que Kennedy se oponía); por otro lado, las industrias militar, siderúrgica y aeronáutica tenían desmedidos intereses en participar en la guerra de Vietnam (también era cuestión de millones y millones de dólares), guerra a la que Kennedy también se oponía. Entonces: descontento de mafiosos, plutócratas, militares…temo que esta vez la navaja no pudo cortar las barbas de Platón.

En cuanto a los dos casos que nos conciernen, los atentados del 11-S y el crimen de Galán, creo que hay uno en cada orilla. Por el lado del 11 de septiembre, es sabido que la versión oficial divulgada por el gobierno de Estados Unidos presenta cientos de inconsistencias encontradas por los más diversos personajes: desde antinorteamericanos recalcitrantes como Red Voltaire Thierry (quien a propósito del tema escribió el libro “La Gran Impostura”), pasando por el cineasta Michael Moore con su documental “Fahrenheit 911”, hasta reputados profesores como David Ray Griffin, autor de “Desenmascarando el 11-S”.  Las denuncias, a su turno, van desde poderosas sociedades corporativas -que involucrarían a la familia Bush y a la familia Bin Laden- a las que, por tener significativos intereses en la industria de hidrocarburos, les convendría una excusa para iniciar una guerra en Oriente Medio, hasta ataques de naves extraterrestres contra el Pentágono.

Con todo, si bien se esgrimen hipótesis que hacen distinciones entre los términos técnicos acerca del fenómeno que vimos al derrumbarse las Torres Gemelas (se habla de colapso o implosión; uno de los dos efectos no sería compatible con las colisiones y posterior incendio, sino con una demolición controlada), o se manifiestan dudas -en esa misma línea- en torno a la posibilidad de que con los incendios se alcanzara una temperatura suficiente para derretir en tan poco tiempo las columnas de acero de la armazón de las edificaciones, o se abunda en cuestionamientos acerca de la idoneidad en la navegación aérea por parte de los terroristas, o se recurre a una larga lista de interrogantes adicionales que harían pensar que pudo tratarse de una conspiración auspiciada por el propio gobierno de Estados Unidos -como aseguran algunos-, la ausencia de filtraciones de chivatos que -por supuesto- resultarían de una operación tan vasta y compleja, le restan credibilidad a esa teoría y refuerzan la menos plural y más comúnmente aceptada, que devela una conspiración tramada por el grupo fundamentalista Al Qaeda (que, por lo demás, se atribuyó el hecho).

El caso del asesinato de Galán, a su turno, parece estar en el otro lado: una conspiración que, en su momento, involucró a la mafia, a la plutocracia colombiana y la alta dirigencia política del país (a cambio de pensar que la mafia hubiese actuado exclusivamente por cuenta propia).  Lo de la mafia no requiere de ninguna explicación adicional diferente a decir que Galán (el Nuevo Liberalismo) le había declarado la guerra desde los tiempos del asesinato de Lara Bonilla.  En cuanto a los otros dos factores, para nadie es un secreto que esa misma mafia se infiltró en la vida empresarial colombiana y permeó totalmente la política nacional: unos y otros, empresarios y políticos, dependían de sus nuevas relaciones con el dinero ilegal y no les convenía que las organizaciones criminales se vieran trenzadas en una guerra frontal contra el Establecimiento, cuyo más notable general estaba encarnado en el candidato sacrificado.  Otra vez el mortífero coctel: mafia, plutocracia, poder. Pero aquí, como en el caso Kennedy, y a diferencia del caso Torres Gemelas, existió un agravante: sí hubo delatores. Y muchos. 

Algunos, sin embargo, han cuestionado la credibilidad de los testigos: Santofimio Botero, el principal político acusado de instigar al capo del narcotráfico, Pablo Escobar, para que cometiera el crimen, calificó de mitómana a Virginia Vallejo, expresentadora de televisión y examante del mafioso, cuando ésta aseguró haber estado presente en la reunión que decidió el atentado, y que lo revelaba a él (Santofimio) como principal inductor del mismo (“mátalo Pablo”). Adicionalmente, John Jairo Velásquez (“Popeye”), jefe de sicarios de Escobar, también atestiguó, en ese mismo sentido, en contra del político opita y –también- su declaración fue puesta en duda por parte de la defensa de Santofimio con el argumento de sus antecedentes criminales.

No obstante, el hecho de poner en entredicho los anteriores testimonios, arguyendo la dudosa reputación de sus emisores, no ayuda mucho a Santofimio: él mismo ha visitado la cárcel en dos ocasiones anteriores a esta: en los 80, siendo Representante a la Cámara y en los 90, relacionado con el Proceso 8000.  No parece una persona muy creíble que digamos, si es que sólo vamos a conferir credibilidad a testimonios de acuerdo a las calidades de quien los emita. Y mucho menos si tenemos en cuenta esta tercera –y definitiva- encarcelada, fruto de un fallo de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, que ratifica la condena a 24 años a que fue sentenciado Santofimio por el magnicidio de marras, y que había sido revocada por el Tribunal Superior de Cundinamarca.

Entonces, definitivamente sí creo en esta conspiración.  Y no estoy solo.  A diferencia de teorías conspirativas en las que uno estaría acompañado únicamente por orates o por locos de atar, en esta me acompañan columnistas tan prestigiosos como Héctor Osuna, quien, bajo el seudónimo de Lorenzo Madrigal, escribió recientemente en El Espectador: “La piel aún se me pone arrozuda cuando recuerdo el extraño ímpetu con que corté una conversación de amigos para decir: el presidente del 90 no será Galán, ¿por qué?, ¿tú ya no crees en él?, me preguntaron, sí creo, respondí aturdido, pero lo van a matar”. Y termina con esta pielrojesca sentencia “Veinte puestas de sol más tarde sobrevino la fatídica noche de Soacha.”  Y también Antonio Caballero, quien escribió en Semana: Y dice la Corte (Suprema), revocando su fallo absolutorio (del Tribunal superior de Cundinamarca), que "para negar el indicio del móvil, el juzgador acudió a una no probada regla de experiencia, según la cual no es factible que se utilice el homicidio para dirimir las contiendas políticas. Tal aserto desconoce nuestra realidad nacional...", para después concluir: “En efecto: parece como si los magistrados del Tribunal Superior de Cundinamarca no tuvieran ni idea de dónde están parados.”

Totalmente de acuerdo: en un país donde padres explotan, venden, matan, violan, abandonan a sus propios hijos, sería estúpido suponer que peligrosos criminales que militan en la política no acudieran a la sangre para quitar contrincantes del camino. Y a pesar de que faltan muchos culpables por condenar en el caso Galán, este, el de la condena a Santofimio, es un paso gigante en contravía de la habitual impunidad que campea en el país. Por lo tanto, creo que es mejor que sigamos interesándonos en este tipo de conspiraciones reales, a cambio de las tonterías que nos ofrecen canales pseudo-culturales como Discovery Channel o History Channel.  A quién le importa ya si Jesucristo era gay o si Tutankhamon fue empujado de su carruaje y se fracturó el cráneo.  Con eso no arreglamos este estercolero en el que vivimos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

EL SENDERO DE LA TRAICIÓN



“Mientras el espíritu se halle esclavizado, el cuerpo no podrá ser nunca libre. La libertad psicológica, un firme sentido de la autoestima, es el arma más poderosa contra la larga noche de la esclavitud física. Ninguna proclama de emancipación lincolniana o carta de derechos civiles johnsoniana puede aportar totalmente este tipo de libertad.”.. I Have a Dream, Martin Luther King Jr.

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.” Martin Luther King Jr.



Tres razones que comparten elementos comunes me impulsaron a escribir esta columna: la primera, el hecho de que en la anterior toqué el tema del racismo; la segunda, una noticia proveniente de Sudáfrica que se acompaña de una fotografía francamente ofensiva con el género humano; y la tercera, una ley que aprobó por unanimidad la Cámara de Representantes el martes pasado, y cuyo trámite en el Congreso ignorábamos la mayoría de los colombianos.

Como está bastante fresca la primera razón, pasaré directamente a la segunda. Sudáfrica, país salvajemente golpeado por el racismo a través del infame Apartheid, aún conserva grupos extremistas inspirados en la segregación racial.  Uno de sus exponentes más notorios era el fallecido, Eugene Terreblanche, líder del Movimiento de la Resistencia Afrikáner, AWB.  Pues bien, inspirado en dicho líder, un ciudadano decidió –según informó el martes el diario sudafricano Sunday Times- abrir un perfil de Facebook con el nombre de Eugene Terrorblanche, en el que exhibe una fotografía de un hombre blanco que, fusil en mano, posa su pie sobre el cuerpo abatido de un niño negro, al mejor estilo de las orgullosas fotografías de los safaris de los años cincuenta en Kenia, en los que cazadores orgullosos posaban ante las cámaras pisoteando a sus piezas de caza más preciadas (leones, jirafas, leopardos).



Una vez vi la foto, recordé instantáneamente aquella película de finales de los ochentas: “El Sendero de la Traición”, dirigida por Costa-Gavras. Aunque el argumento lo he olvidado casi por completo, recuerdo con toda claridad la monstruosa escena en la que uno de los protagonistas (perteneciente a una especie de facción del Ku Klux Klan), en compañía de otros secuaces –todos a caballo y provistos de rifles-, liberan de sus ataduras a un joven negro a quien habían secuestrado, con el fin de permitirle que intente una huída a pie por un terreno boscoso y, luego de unos segundos de ventaja, emprender una persecución con el objeto de cazarlo como a un coyote.

El hecho de que Eugene Terrorblanche, el abyecto perfil de Facebook, contara al momento de la publicación de la foto con 590 amigos en dicha red social, tiene que hacernos preguntar hasta cuándo vamos a seguir transitando el sendero de la traición del género humano. Porque ese tipo de manifestaciones vergonzosas para algunos, pero ni siquiera vergonzantes para otros, no son otra cosa que la traición del género humano hacia sí mismo. Por otro lado, el hecho de que muchos de sus 590 amigos hubiesen marcado la fotografía con un “I like it”, nos hace temer que a dicho sendero aún le queden muchos desafortunados transeúntes dispuestos a seguir recorriéndolo. (Ahora bien, estoy hablando desde la suposición de que, como afirmó en su defensa el autor de la fotografía, todo se trató de un montaje: le habrían pagado al niño para que posara.  Ese sólo hecho en sí es espantoso -por lo que quiere transmitir la fotografía como mensaje-.  No obstante, hay quienes sostienen que no hubo tal montaje: la cacería se habría producido y, por lo tanto, lo que descansaba bajo los pies del cazador, era el cadáver del niño.  En ese caso…como se dice popularmente: apaga y vámonos).

Esto nos lleva a la tercera razón: el Congreso colombiano aprobó, también el martes, la ley que castiga la discriminación que, aunque se suele asociar sólo con la raza, abarca gran variedad de asuntos: credo religioso, ideología política o filosófica, orientación sexual, etnia, nacionalidad.  Aplaudible. Y aunque en Colombia no hemos sufrido los excesos en materia racial que han azotado a países como Sudáfrica, y ni siquiera –por lo menos en la historia reciente- hemos sufrido los despropósitos que increíblemente perduraron hasta entrada la segunda mitad del siglo XX en E.E.U.U. (la tierra de la libertad), cuando, por ejemplo, en los buses se reservaban asientos para blancos y se designaban otros en la parte trasera para los negros, aunque no los hemos sufrido en esos extremos, digo, sí es evidente en todo el territorio nacional la existencia de discriminación de muchos tipos. Desde el gorila que oficia como bouncer en la discoteca de moda y que, siguiendo instrucciones de una administración elitista, se regodea en no dejar pasar a una joven negra con el argumento de que “esta noche tenemos fiesta privada”  (probablemente en desesperada venganza por otra discriminación que el mismo bouncer, a su vez, por esa misma u otra condición, ha sufrido), hasta los fenómenos de bullying en los colegios, dirigidos a estudiantes originarios de otras regiones del país o con tendencias homosexuales, por citar sólo dos ejemplos.

Gran paso del país hacia la verdadera civilización, hacia la meta que debemos tener como género humano: el triunfo de la razón sobre la insensible genética.  No obstante (porque casi todo tiene un pero) hay factores que nos pueden dañar la fiesta. La amplitud de la (interpretación de la) ley, la incertidumbre acerca de la verosimilitud de su aplicabilidad, en un país donde la impunidad campea, presentan serias dudas acerca de su utilidad práctica.  Para empezar, la propensión a la trampa y al leguleyismo del ciudadano colombiano puede acarrear un sinnúmero de extorsiones de todas clases (laborales, sociales, familiares).  Un empleado despedido por ineptitud, pero perteneciente a alguna minoría, podrá esgrimir la ley de marras en su defensa para ser reintegrado; un desadaptado que se vea permanentemente envuelto en riñas de tragos, pero incluido en uno de los grupos protegidos, podrá invocar en su favor la legislación que lo protege para evitar ser expulsado de un club nocturno; un estudiante mediocre que no es aceptado en una institución educativa, pero propietario de una característica comúnmente segregada, podrá cobijarse en la nueva norma para acceder al colegio o universidad que lo rechazó.

Pero ahí no acaban los problemas que tendrá que sortear la ley.  Para nadie es un secreto el paquidérmico funcionamiento de la justicia en Colombia.  Si bien es cierto que la Acción de Tutela se ha constituido en valioso instrumento para los menos favorecidos que antes veían impotentes cómo se conculcaban sus derechos, también es cierto que el abuso de este mecanismo (para resolver auténticas tonterías o como instrumento de presión y chantaje por parte de avivatos) ha creado congestión en el sistema.  La avalancha de acciones que pueden originarse cuando el Presidente sancione la nueva ley -y ésta entre en vigencia- contribuirá a lentificar aún más al ya de por sí flemático aparato de justicia colombiano. En el probable maremágnum de demandas que sobrevendrán, coexistirán nimiedades con casos verdaderamente importantes que antes de la nueva ley podrían haber hecho tránsito con menor dificultad.

Y hay más.  No sabemos cómo será la reglamentación de la ley, y como ésta definirá la tenue línea entre bromas y comentarios no malintencionados, y genuinos ataques o insultos. Entonces, so pena de convertirnos en delincuentes o criminales, ¿habrá que abolir de nuestras conversaciones sociales los chistes sobre pastusos? (chistes que los mismos pastusos disfrutan);  ¿quedarán proscritos algunos apodos con los que se identifican más que con sus propios nombres algunas personas? (llamar al “Negro” Perea de ese modo, por ejemplo); ¿deberemos autocensurarnos al emitir opiniones a propósito de determinadas costumbres? (digamos, el comentario que hice más arriba acerca de la propensión de los colombianos a la trampa).

Como vemos, no son pocos los escollos que tendrá que eludir la nueva ley para que no se convierta en otro farragoso ornamento legislativo.  Depende de legisladores que hagan bien su trabajo y de ciudadanos que dejen de lado esa proclividad al fraude -que consume nuestro proyecto de sociedad- el que la nueva ley (o su intención) sea la señal para, llegados a la encrucijada, prescindamos del sendero de la traición, la ignorancia, los prejuicios, y tomemos el más laborioso -pero también más virtuoso- camino que nos lleve a convertirnos en verdaderos homo sapiens (hombre sabio). En verdaderos seres humanos.

viernes, 26 de agosto de 2011

SI DIOS FUERA NEGRO

“Si Dios fuera negro -mi compay- todo cambiaría/
Fuera nuestra raza -mi compay- la que mandaría/
Negro fuera el Papa /
Y negro el ministro/
Los angeles negros/
Negro Jesus Cristo -compay-“

Si Dios Fuera Negro, Roberto Angleró

Navegando por las ediciones digitales de las últimas revistas Semana, en la sección Monólogo de Antonio Caballero, di con una caricatura muy interesante que había pasado por alto. En ella se presenta a un oligarca (un plutócrata) vestido de traje que, sentado en una poltrona que descansa en una predecible alfombra persa, sostiene en una de sus manos el consabido trago de whisky a la vez que se pregunta (realmente lo hace su otra mano a través suyo, aunque el cuestionamiento se hace extensivo a él como miembro de algún grupo) por qué llaman mano negra a un conjunto de dedos blancos (y palma y dorso y muñeca).

El asunto encierra un ejercicio semiótico sugestivo. En occidente, en la tradición judeo-cristiana, estamos habituados a asociar el color negro o la oscuridad con lo malo (aunque, casi siempre en menor medida, también haya sucedido en otras culturas).  Explicaciones hay muchas: desde la caída a los oscuros infiernos del ángel más prestigioso del cielo y preferido de Yaveh debido a su belleza (Lucifer, que significa paradójicamente “el portador de la luz”), hasta la maldición de Noé a los -más oscuros de piel- hijos de su nieto Canaán, condenados a ser esclavos de las progenies de sus otros nietos.  No obstante, ese ignaro y atroz argumento no tiene siquiera el más mínimo asidero histórico-religioso: para los disonantes cognitivos que creen que lo que dice la biblia debe cumplirse a pie juntillas, allí no dice por ninguna parte que la descendencia de Canaán tuviese la piel más oscura -como se ha pretendido dar a entender-, por lo que es de suponer que esta adición debió surgir cuando empezó el tráfico negrero, como una justificación al brutal acto (el mito camítico). El caso es que siempre que vamos a referirnos a algún suceso o concepto que tenga connotación negativa, acudimos al negro y sus sinónimos o derivaciones: lunes negro, fuerzas oscuras, lista negra, mercado negro, pronóstico sombrío, etc…Y, por supuesto, mano negra.

Como “La Mano Negra” primaria se conoce a una organización anarquista creada a finales del siglo XIX en Andalucía, cuya función era perpetrar todo tipo de actos violentos con fines intimidatorios.  Es de suponer que también existía una institución similar en Italia, si nos basamos en la novela “El Padrino” de Mario Puzo, en la que una de las muchas bifurcaciones de la Mafia Siciliana, y que actuaba en la Little Italy de los albores del siglo pasado en Nueva York, tenía a su vez una rama llamada “Mano Negra”, que se encargaba de “extorsionar a las familias y los comerciantes bajo amenazas de violencia física”.  Muy católicas Italia y España al fin y al cabo. Y en la no menos católica Colombia de mediados del siglo XX surgió también una organización subterránea, denunciada por Alfonso López Michelsen, y a la que, desde luego, se bautizó como “Mano Negra”.

Esas organizaciones están generalmente conformadas por los plutócratas que manejan los hilos de sus países o regiones, bien sea por las “buenas” (a través del contubernio con la corrupción política) o por las malas, a través de violentos grupos extremistas al margen de la ley.  Lo curioso es que esos plutócratas, en Colombia, generalmente son blancos, no negros.  Lejos de importarles mucho el asunto racial tipo Ku Klux Klan (aunque también, además de todo lo demás que difiera de su propio arquetipo: creencias religiosas, orientación sexual, “ideas” políticas), lo que realmente los mueve –en la actualidad- está asociado al tema económico: control (robo) de tierras, resistencia a las conquistas laborales, oposición a ultranza a las reivindicaciones sociales.

Si bien es irresponsable pretender que el Estado oficie como un padre benefactor que satisface todos los caprichos de una sociedad a costa de endeudamientos crecientes e insostenibles, tampoco es justo, en este, el país de la inequidad en la repartición de la riqueza por antonomasia, permitir que grupúsculos terroristas sigan gozando de unas prerrogativas criminales, mientras otros  grupos de ciudadanos de la misma nación se mueren de hambre. (Increíblemente, incluso Estados Unidos parece ir en esa dirección por cuenta del Tea Party: una mano negra a plena luz del día -si es tolerable el oxímoron, como diría Borges-).

Como consecuencia de los atentados con bomba en Bogotá de hace unos meses -dirigidos aparentemente a la familia de Álvaro Gómez para presionar el cese en las investigaciones sobre su asesinato- el Presidente Santos habló de dos manos negras actuando en Colombia: una de izquierda y otra de derecha.  Después de las declaraciones los dos bandos ideológicos (la izquierda y la derecha) se rasgaron las vestiduras. Era apenas predecible: los dos bandos opinaron que Santos estaba equivocado.  Y yo creo lo mismo: que el presidente está equivocado, pero no por las razones que esgrime uno u otro bando, pues también creo que los dos bandos lo están. 

Y pienso que Santos se equivoca porque, ex profeso o no, esos asuntos meramente semánticos o simbólicos se confunden con lo conceptual.  Llamar izquierda o derecha (o extrema derecha o extrema izquierda) a grupos que son simplemente criminales y asesinos –terroristas- es un despropósito que mancilla el Pensamiento de una u otra corriente (si es que es posible hacer una clasificación en ese sentido que no sea tremendamente vaga y subjetiva).  Porque, ¿qué puede tener que ver un acto terrorista de esa índole con lo que pensó Carlos Marx o con lo que concibió Adam Smith? No, no son respetables ideólogos  señor Presidente: son simples criminales. 

Los dos bandos ideológicos (la derecha y la izquierda), se equivocan por su parte en que, ya entrados en gastos con la afirmación de Santos, es notorio que no son buenas señales sus airadas protestas y el hecho de darse por aludidos y aferrarse a un negacionismo estúpido: el que una ideología sea respetable y, además, sea probablemente la mejor opción para el país, no evita que  homicidas y delincuentes se arroguen la representación de esa ideología para cometer todo tipo de desafueros, y que de hecho “militen” aquí o allá.  Negarlo es una especie de complicidad; lo acertado sería asumir las acusaciones como un punto de partida de investigaciones internas que arrojen luces sobre la verdadera composición de la organización, cualquiera que sea su tendencia.

Y además está lo simbólico: aquello de la denominación mano negra.  Sin querer llevar –no se trata de eso- a extremos ridículos el lenguaje políticamente correcto (como referirnos al fenómeno en términos de extremidad superior que no refleja el color), creo que en algunos casos, como este, debíamos dejar los sofismas o eufemismos que estigmatizan –por asociación de ideas- a determinados grupos humanos, máxime cuando son a menudo minoritarios y víctimas de otros grupos dominantes y opresores. 

Llamemos al pan, pan y al vino, vino, como dice el refrán.  Así que, esos grupos no son manos de ningún color (apelativos que incluso podrían hasta conferirles algún tipo de misterioso glamour): son simplemente grupos terroristas, criminales, delincuentes, asesinos.  Grupos que para lograr sus egoístas objetivos son capaces de perpetrar los actos más siniestros. (Y la palabra “siniestro” viene de izquierdo, y está asociado a malo porque en el mundo hay muchos menos zurdos que derechos ¿Lo ven?).

Oir canción "Si Dios fuera negro"  Rubén Blades & Roberto Angleró

http://www.youtube.com/watch?v=XZ7l7pTlxZA&feature=related

viernes, 19 de agosto de 2011

LA REBELIÓN DE LAS MASAS

“Pretender la masa actuar por sí misma es, pues, rebelarse contra su destino, y como eso es lo que hace ahora, hablo yo de la rebelión de las masas” La Rebelión de las Masas, Ortega y Gasset

El vandalismo que se tomó por asalto a Londres, Birminghan y otras ciudades inglesas dista mucho de ser un caso aislado.  Antes –aunque con un carácter más pacífico- el fenómeno 15M había invadido a Madrid, La Coruña, Barcelona y otras ciudades españolas con movimientos como ¡Democracia Real Ya! O Indignaos.  Lo anterior, a su vez, se dio cuando todavía el caos de la llamada Primavera Árabe ponía a temblar a los gobiernos de la zona: las revueltas de Túnez y Egipto, sumadas a disturbios en Libia, Argelia, Jordania, Marruecos y una larga lista de países árabes, habían costado la permanencia en el poder de tiránicos dirigentes, y obligado a otros a prometer drásticos cambios enfocados a políticas más democráticas.

Por otro lado, factores como la crisis del Euro, la degradación de la calificación triple A de E.E.U.U., la amenaza de desaceleración de economías emergentes y de enorme influencia planetaria como la china, los temores generalizados de recesión mundial en momentos en que los mercados no se han recuperado todavía del anterior ciclo, hacen que todos los disturbios señalados antes, enmarcados en esos violentos altibajos que han caracterizado a la economía global en los últimos lustros, nos presenten un mundo en estado de convulsión que probablemente prefigure un nuevo orden mundial y un cambio de proporciones gigantescas en el modo de vida contemporáneo.

Elementos comunes que acompañan a las anteriores circunstancias no son difíciles de detectar.  Por un lado, está la avasalladora interconectividad que singulariza a las relaciones actuales: las redes sociales y fenómenos de espionaje y sabotaje ultramodernos, como Wikileaks  y Anonymous, son ejemplos perfectos. Por otro lado, está la locura derivada del ciego carnívoro que ha resultado ser el imperio del libre mercado llevado a extremos mezquinos, que con sus insaciables y atolondradas dentelladas devora instituciones e ideas políticas y ha terminado por dar al traste con un Estado de bienestar que prometía la reivindicación de la dignidad humana (referido, por supuesto, a un Estado de bienestar que nutra sus arcas a través de impuestos, no de deuda). A cambio de ese Estado de bienestar, tenemos desempleo creciente, sobre todo en la franja de los más jóvenes, aumento de la fisura entre los muy ricos y el resto de la población, y poder casi absoluto de las grandes multinacionales.

Si aceptamos las ideas expuestas por el filósofo español Ortega y Gasset en su libro “La Rebelión de las Masas”, encontramos allí al hombre masa, cuya aparición en el siglo XX constituyó una verdadera rebelión de éste sobre la antigua concepción de la vida. El hombre masa, para Ortega, se caracteriza por un conformismo con su modo de vida: el progreso tecnológico, la abundancia derivada de éste, lo mantiene en una situación de confort que lo hace alinearse con comportamientos y concepciones superficiales acerca de la vida (desde el punto de vista de su relación con la sociedad y consigo mismo).  Es un niño mimado que desprecia a toda forma de autoridad, toda posibilidad de trascendencia como ser humano e incluso aquello que le permite su parasitario y anodino modo de vida.  Es una especie de autómata destinado a saber mucho acerca de algo, y ufanarse de ignorar olímpicamente el resto de dimensiones del saber humano. Su realidad consiste en aprovechar las facilidades que le da el entorno, rebelándose contra la propia civilización que le da esas mismas facilidades, pues pretende dirigir, con base en la caprichosa veleta de sus conveniencias, su propio destino, al margen de todo el andamiaje cultural, ético y espiritual sobre el que se asienta esa misma civilización: un bárbaro afortunado.

Pasando por alto el fantasma de Humberto Eco (“Apocalípticos e Integrados”) que merodea retrospectivamente en el texto de Ortega, notamos una engañosa paradoja entre lo visualizado por Ortega y los sucesos -a los que nos referimos al principio- de los comienzos de esta segunda década del siglo XXI.  Aunque para Ortega el término hombre masa no tiene nada que ver con estratos sociales (es simplemente una actitud ante la vida, el hombre masa puede ser el presidente de una multinacional, como ya veremos), a lo que estamos asistiendo ahora en Europa, los países árabes y quizás pronto E.E.U.U., es a una rebelión (ya en el sentido mas motinesco, de la palabra) de las grandes masas oprimidas que ya no están conformes con su entorno y, por lo tanto, pierden sus características de hombre masa en ese aspecto, aunque conserven otras de sus características: su superespecialización, su ignorancia, su frivolidad.

A la luz de Ortega, podríamos decir que la actual crisis está alimentada por el apoderamiento del liderazgo del mundo por parte del hombre masa  (un liderazgo, desde luego, raquítico, quebradizo, voluble.  Involuntario en tanto liderazgo en sí, y más bien utilizado para conseguir su hábitat de hombre masa). Ese hecho, hace que sujetos de esas características abonen el terreno para el avance del llamado capitalismo salvaje, donde encuentran su zona de confort: son ricos y poderosos, se han vuelto o pueden volverse, y eso les basta (¿Espiritualidad? ¿Misticismo?... ¡Bah!: dales un convertible y asunto arreglado).  La indiferencia ante el otro, el que no se le parece, hace su aparición, porque simplemente no le importa: desprecia a sus congéneres que no son iguales a él, que no comparten su misma zona de confort de avaricia, frivolidad, mezquindad, insensibilidad.  Su sentido de la ética (el del líder, o más bien, el de la nueva figura del líder) se ha transformado y no le permite solidarizarse con sus semejantes, que, mientras tanto, se hunden en la desesperanza, la pobreza, el desempleo, la humillación, la indignidad y la rabia de ver desde abajo la grosera ostentación de los de arriba. Y ese desequilibrio entre los individuos y grupos sociales, por la conformación misma del esquema, se traslada indefectiblemente al comportamiento de la Economía.

La interconectividad, por su parte, redondea el trabajo. Para algunos –los tercermundistas- el descubrimiento de otros niveles de vida diferentes al suyo, a través de los nuevos instrumentos de comunicación, da una nueva perspectiva  acerca de las novedosas conformidades a las que puede acceder el hombre masa; mientras para otros –el mundo desarrollado- el paulatino proceso de pauperización de la propia situación –no en vano alguien decía recientemente que el primer mundo desarrolló su propio tercer mundo-, hacen que ésta ya no sea de confort, muchísimo menos comparada con la jactanciosa y omnipresente exhibición de los poderosos a través de los numerosos canales de comunicación de hoy día (amén de la extraordinaria capacidad de convocatoria que esos mismos canales de comunicación otorgan ahora a los no poderosos, y que se convierte en una verdadera bomba de tiempo).

Son, entonces, dos rebeliones de distinta naturaleza y a cargo de dos tipos de masas diferentes en su definición. Contradictorias, pero, al fin y al cabo, complementarias e inevitables. El hombre masa ha engendrado el germen de su propia destrucción.

jueves, 11 de agosto de 2011

MEMENTO

                                                                                                        "La mujer del César no sólo debe serlo,
                                                                                                                         sino parecerlo”   Julio César

Los que hayan visto la película Memento estarán de acuerdo conmigo: tiene uno de esos buenos guiones  que se ven muy de cuando en cuando. Si tienen la oportunidad de verla por primera vez, háganlo: no se imaginan cuánto los envidiamos aquellos a los que ya sólo nos queda el consuelo de repetirla.  Como asumo que algunos no la han visto, únicamente mencionaré que Leonard (el protagonista), después de supuestamente sufrir un bestial ataque en su casa a manos de un intruso –en el que resulta muerta su esposa-, termina aquejado por una rara condición (amnesia anterógrada) que le impide a su mente fabricar recuerdos nuevos; en consecuencia, Leonard recuerda todo lo referente al tiempo anterior al ataque, pero para recordar acontecimientos recientes se ve obligado a recurrir a fotografías, a afanosas notas que almacena en los bolsillos y a información más importante que se tatúa en el cuerpo.  Lo anterior no solo lo ayuda a saber dónde está, para dónde va, que va a hacer y demás actividades cotidianas, sino que constituye un recordatorio permanente de su máxima motivación en la vida: la venganza: matar al asesino de su esposa.

Pero ¿por qué la recordé? Sencillo: la recordé porque caí en cuenta de que nosotros no recordamos: sufrimos de un tipo de memoria antérograda en muchos órdenes de nuestra vida cotidiana de colombianos. No hablemos de política, porque en ese campo las explicaciones de la rara condición sobran. Pienso, más bien, en el caso de “Bolillo” Gómez.  Es sabido que en el deporte (y más en uno que despierta tantas pasiones en tantos países –Colombia incluido- como el fútbol) las victorias coyunturales suelen tapar largos historiales de fracasos (no en vano se ha llegado a asimilar la emoción de un gol anotado por el equipo de los amores con un orgasmo).   No obstante, es asombroso el hecho de que nos hayamos visto, una vez más, ante la tesitura de la conveniencia o no de la continuidad de Gómez al frente de la dirección técnica de la Selección Colombia: ¿tendremos que tatuarnos el cuerpo con un “no más Bolillo”?

Sabemos que no es la primera vez que “Bolillo” se mete en problemas: recordemos cuando, al regreso del mundial del 94, sin advertir que los micrófonos de la rueda de prensa a la que a acudió estaban abiertos, y refiriéndose a los periodistas presentes, dijo: “algún día voy a matar a un hijueputa de estos”.  O cuando en plenas eliminatorias al mundial del 98, en Barranquilla, se fue a las manos con un aficionado* que le reclamaba, con la consecuencia de que terminó con el ojo tan colombiano como le quedó el suyo -derivado de los puñetazos de “Bolillo”- a la mujer que lo acompañó a una discoteca en el norte de Bogotá el fin de semana pasado. Reacciones intolerables en un personaje público. Es como si un presidente de la república resolviera decirle a un subalterno que le va a romper la cara, marica.

*Aunque realmente, mientras el aficionado se fue a las manos con “Bolillo”, éste sólo alcanzó a irse a  los ojos con el aficionado.

¿Se nos olvidaron, entonces, –entre muchos otros- los anteriores incidentes?  Si bien a raíz de lo ocurrido he leído los absurdos más increíbles (como el de comparar a Bolillo con el pederasta Garavito), es indudable que este señor no tiene el manejo necesario para desempeñar un cargo de esa categoría; un cargo que se ve sometido a tantos cuestionamientos y presiones y el que, en adición, cada uno de los colombianos vivos se cree en la capacidad de desempeñar mejor que ninguna otra persona. ¿Por qué insistir, entonces, en un técnico que fracasa recurrentemente en la parte profesional y que no tiene siquiera un buen manejo en su dimensión personal? Ojalá hubiese una explicación a ese fenómeno de parte de de los directivos de la Federación Colombiana de Fútbol, diferente a las especulaciones sobre componendas, comisiones y compadrazgos con las que nos ilustran a diario los taxistas. (Aunque con esos directivos… Nuestra amnesia anterógrada –que sufrimos hace décadas- no nos permite acordarnos –por ejemplo- de aquel Miguel Ángel Bermúdez, especie de pistolero de la Federación, que resultó acusado de abuso sexual por una de sus subordinadas en 1994).

Por otro lado, las conquistas de “Bolillo” en materia deportiva se reducen a una sola clasificación al mundial como director técnico y a dos como asistente técnico,  que en las condiciones en que éstas se dieron (clasificaban la mitad de las selecciones en competencia) no son la gran cosa. Encima de todo, los tristes papelones en los mundiales respectivos lo terminan de hundir en el enorme charco de los técnicos mediocres o malos. Lo peor es que eso se olvida al primer fracaso de otro técnico al frente de la Selección. ¿Y qué tal su descarado nepotismo? (recordemos cómo prefería alinear a su hermano Barrabás –de dudosas calidades técnicas- a cambio de jugadores más talentosos como, digamos, aquel Harold Lozano).  Pero eso se olvida al primer partido ganado con “Bolillo” al frente de la Selección. ¿O Sus terquedades? (insistir en la estrategia “sin balón” del inofensivo Aristizábal). Eso también se olvida. Es sólo en el momento en que sobreviene uno de los acostumbrados y estrepitosos descalabros deportivos, o el momento en que “Bolillo” se sale de la ropa y se muele a golpes o a insultos con alguien, cuando buscamos en nuestros bolsillos las desperdigadas notas que registran sus desafueros pasados, sus historiales de numerosos reveses deportivos.

Todos esos olvidos (su mediocridad, su nepotismo, su terquedad, su atarvanería con periodistas y aficionados, su rosca) es lo que creo que en realidad le cobramos hoy, cuando, bruscamente, lo recordamos todo (a nadie le ha importado un pepino la suerte de la víctima de los golpes). Es nuestra venganza. Es por eso que le caemos en gavilla como una manada de hienas hambrientas que ven renguear  a un suculento jabalí mal herido (tal vez otro animal haría un mejor símil).  Porque, aunque lo que hizo “Bolillo” el fin de semana (sopapear a una mujer) está muy mal, la saña con que ha reaccionado la opinión pública (imagínense: ¡Garavito!) me parece desproporcionada (aparte, pues, de unas cuantas voces discordantes al extremo: una senadora opinó que ella podría ser merecedora de esos sutiles correctivos masculinos).

De hecho, confieso que me compadecí al oír los entrecortados sollozos de Barrabás en la radio pidiendo que no crucificáramos a su hermano.  Y tiene razón: un error lo comete cualquiera.  No obstante, podríamos hilar más delgado pensando en lo que hubiera podido pasar si se le hubiese ido la mano (literalmente) a “Bolillo” en su mandoble y, como consecuencia de un mal golpe contra el pavimento, la mujer hubiera muerto esa noche.  Aunque seguramente no hubiera sido su intención, ya estaría –como el exboxeador Carlos Monzón, que tampoco la tuvo cuando mató a su esposa- en la categoría de asesino de mujeres; así de tenue es la línea que divide un error no fatal, una golpiza, de un homicidio. 

Sea como sea, una figura pública está permanentemente expuesta al escrutinio general, y sus acciones tienen unas consecuencias de más largo alcance que las del resto de anónimos ciudadanos.  Así que lo mejor es que pongamos las cosas en su debido contexto: hay que aceptar esa renuncia; y ese hecho, aparte de las acusaciones de agresión por parte de la víctima o las de oficio a las que haya lugar, será su castigo (sí, señor Higuita; sí, senadora Liliana Rendón); hay que aceptar esa renuncia en aras del cambio de mentalidad con respecto a la levedad con que se trata en este país el problema de la violencia intrafamiliar; en aras de sentar un precedente en cuanto a las responsabilidades de los actos de los personajes públicos; en aras de sacar al fútbol colombiano del exasperante circulo vicioso en el que gira locamente hace lustros; hay que hacerlo, repito, pero dejemos en paz a ese pobre sujeto –me incluyo- que ya suficientes problemas tiene.  Pero, además, sólo por si acaso, no sobraría que hiciéramos una visita masiva a la tienda de tatuajes.

Ñapa: esto del fútbol colombiano es un paupérrimo circo que repite una y otra vez sus desgastados y patéticos números.  Fue por eso que me atreví a hacer una predicción sobre la excusa que sacarían, periodistas y cuerpo técnico, una vez eliminados del mundial Sub 20. Parte de la predicción falló por un providencial penalty, fina atención del árbitro del compromiso Colombia-Costa Rica, a favor de los locales; pero la otra parte, la referente a la excusa del bajo rendimiento, sí se dio y, por lo tanto, los invito a leer lo que publiqué en mi estado de Facebook unas horas antes del partido, para que, a continuación, lean el titular del periódico “El Heraldo” del día siguiente.  (En realidad esto de los vaticinios en Colombia es de lo más fácil, por eso aquí hay tantos adivinos y clarividentes de profesión.  Si no me creen que es muy sencillo, hagan la prueba: tomen con sus dos manos la cabeza de algún conocido suyo, entrecierren lo ojos y con voz trémula digan las siguientes palabras: “te robarán en el futuro cercano”.  A renglón seguido, esperen tranquilamente la llamada de asombro de su conocido en menos de 48 horas.)

Publicación en el estado de Facebook: "Ya está la excusa perfecta para cuando llegue la eliminación de Colombia en el sub 20: el problema de Bolillo, que, aunque no sea el DT, sí "afecta a nuestros muchachos como grupo" Así que ya hay una alternativa a las que estaban preparadas: el balón, la lluvia, el árbitro, la posición de Saturno y Urano etc.."

Titular de El Heraldo del día siguiente:
http://www.elheraldo.co/mundial-sub-20/renuncia-de-bolillo-g-mez-afect-a-la-selecci-n-sub-20-eduardo-lara-32952

domingo, 7 de agosto de 2011

DEL BIG BANG AL HOMO SAPIENS

“El fenómeno de cambios pequeños, pero con efectos grandes, es también común en la vida diaria. Del gran emperador Julio César se cuenta que en cierta ocasión, habiendo decidido perdonar a uno de sus altos oficiales acusado de traición, envió a los que debían juzgarlo el siguiente lacónico mensaje: Liberarlo, no ejecutarlo”. Los encargados de transmitirlo, para la mala fortuna del acusado, introdujeron sin querer una mutación letal en el texto: una translocación de la modesta coma. El mensaje quedó así: “Liberarlo no, ejecutarlo”.” Del Big Bang al Homo Sapiens, Antonio Vélez

Esta vez le tocó el turno a una obra de divulgación científica. Mientras leía el capítulo 1 del libro “Del Big Bang al Homo Sapiens” del colombiano Antonio Vélez, entre conjuntos de cromosomas, aminoácidos, bases nitrogenadas y otros ingredientes del sancocho primordial de la vida, me encontré con esta analogía citada por el autor “En consecuencia –afirmaba cierto biólogo-, en el gobierno de la vida, el ADN ostenta el poder legislativo y las proteínas el ejecutivo. El judicial (…) lo ostenta el nicho ecológico o medio ambiente”. Lo que entendí es que el ADN tiene las instrucciones (por ejemplo: hay que hacer una mano), las proteínas sintetizadas llevan a cabo esas instrucciones (la hacen, dentro de los rangos permitidos por el ADN: ahí se determina la forma, el tamaño y otras características) y el medio ambiente es el que al final decide si ese diseño sirve o no sirve para lo único que son diseñados todos los órganos de un ser vivo: ayudarlo a sobrevivir hasta que pueda transmitir su material genético. No obstante, de cuando en cuando hay errores en el ADN, algunos de los cuales resultan beneficiosos para el individuo y otros perjudiciales, dependiendo del entorno. Esto último ha permitido, primero que haya vida, y segundo que se dé el fenómeno de la especiación, que a su vez ha permitido que de una simple bacteria provenga una máquina tan compleja como el ser humano. Todo lo anterior a través de millones de años, en los que la lotería del cambiante medio ambiente ha jugado un papel fundamental: pequeños cambios frecuentemente producen efectos grandes. Y grandes cambios pues ni se diga: recordemos el asteroide que colisionó con la Tierra hace sesenta y cinco millones de años y cuyo impacto levanto una nube de polvo que tapó el Sol suficiente tiempo para que se extinguieran los exitosos dinosaurios, que se habían pavoneado por el planeta durante cien millones de años (cien veces más de lo que llevamos nosotros, como especie, en él).

Teniendo en cuenta, además, la afirmación que hace el autor en la introducción del libro acerca de la sencillez desconcertante del modelo darwiniano –yo también siempre lo he creído así-, me pareció que la anterior analogía podía aplicarse a casi todos los órdenes de la vida (hagan la prueba y verán). Fue así como, de pronto, supuse que podía considerar la analogía inversa: aplicar los fundamentos darwinianos a los fenómenos socio-políticos.

Pensemos, por ejemplo, en el caso de Túnez. El 14 de diciembre pasado Mohamed Bouazizi, un humilde vendedor ambulante de frutas, fue interrumpido en sus labores diarias por una agente inspectora que lo instaba a desmontar su negocio. Al no tener otro medio de subsistencia, Mohamed opuso resistencia con la consecuencia de que la inspectora le largase una violenta bofetada; acto seguido, los ayudantes de ésta le propinaron una feroz paliza. Humillado, Mohamed acudió -sin éxito- a otras instancias. Presa de la desesperación, resolvió rociarse con un líquido inflamable y prenderse fuego al frente de la gobernación de su ciudad. El resto ya lo conocemos: revueltas, movimientos en las redes sociales y desorden generalizado, fenómenos que terminaron acabando con 23 años de régimen tiránico de Zine el-Abidine Ben Ali. Después siguió Egipto, Yemen; Jordania etc…

Si bien la legislación de Túnez seguramente contemplaba la prohibición de las ventas ambulantes (lo que sería el ADN en la analogía), y la inspectora era una de las encargadas de hacer cumplir la ley (haría el papel de las proteínas) a un pueblo resignado durante 23 años (que configuraría el medio ambiente), supongo que el ingrediente de la cachetada y la golpiza no estarían contemplados ni siquiera en la, seguramente, arbitraria legislación tunecina. Es una pequeña mutación en el ADN de la nación que seguramente no se presentaba por primera vez, pero que unido a los sutiles pero incesantes cambios causados por la interconectividad y otras características que confieren las redes sociales (anonimato, inmediatez, capacidad de convocatoria), unido al ultrajante tratamiento a que se había visto sometido todo un pueblo durante más de dos décadas y, finalmente, unido a la autoinmolación del desvalido vendedor, desataron la rebelión.

Adaptémoslo a Colombia, donde esta semana se destacaron dos sucesos. Por un lado las desconcertantes reacciones que han tenido lugar en torno a la medida de aseguramiento del exministro Arias: las copiosas manifestaciones de regodeo por la medida no se compadecen con el hecho de que para algunos no es muy claro si el tipo es en realidad un delincuente peligroso que debe permanecer encerrado (aunque probablemente sí lo es). Y toda la confusión es porque se dio un cambio en el medio ambiente: del Uribismo del todo vale, pasamos al Santismo del –al menos en apariencia- imperio de la democracia. No sabemos porque lo hace Santos (¿convicción? ¿vanidad? ¿manipulación?), pero su discurso conciliador cambió el ambiente y, por tanto, aquellas proteínas abusivas, despóticas y arrogantes que mutaban caprichosamente el ADN de nuestras leyes, aquellos machos-alfa que pateaban el culo a su antojo a los asustados betas o a los indefensos omegas, se encontraron de pronto con que la naturaleza ya no les era tan hospitalaria (y también es por eso que vemos a un encolerizado Uribe rugiendo por tuiter y enseñando su despoblada dentadura de león decrépito).

Por otro lado están los australophitecus del siglo XXI: los conservadores y los representantes de las iglesias, quienes, con su irresponsable posición frente a la posibilidad del aborto por razones excepcionales y su mezquina oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo, hacen que Colombia se vea rezagada en esa carrera emprendida hace miles de millones de años por organismos unicelulares, y cuya meta es, hasta ahora, el homo sapiens. Como bien lo anotaba alguien recientemente, el aborto legal no ha aumentado el número de abortos en Colombia, pero sí ha dejado menos mujeres muertas.


Esas mojigaterías hipócritas y ese poder criminal de la iglesia y la religión en la vida de las personas, constituyen un medio hostil para el desarrollo de una vida digna.

En cuanto al matrimonio entre personas del mismo sexo, el artículo que lo impide en la constitución está en abierta contradicción con el espíritu de la propia constitución, que declara la igualdad de todos los colombianos (no se preocupen, no cometeré la solemne tontería de agregar “y todas las colombianas”): el mencionado artículo es una malformación del código genético que debemos extirpar, so pena de que su resultado sea un engendro monstruoso que luego crezca y se lancé al Senado por el partido conservador.

La noticia es que el medio ambiente está cambiando.  Y cuando lo hace es, a veces inatajable, tal como lo demostró la Corte con su sentencia, y tal como lo sugieren las nuevas condiciones en los países más desarrollados del mundo (Noruega, Suecia, Holanda) y hasta en España, de donde heredamos todas estas taras genéticas y donde esas mutaciones dañinas van en vía de extinción (y hasta en México, el país de los meros machos; y hasta en Argentina, tierra de malevos y cuchilleros). Aquí, en cambio, estamos en las cavernas por cuenta de los ¿dije australophitecus? No: me equivoqué: dinosaurios del siglo XXI.

No obstante, y a pesar de las agónicas pataletas de extremistas en otras latitudes (Le Pen en Francia, Tea Party en E.E.U.U.), el gigante asteroide de la apertura mental se dirige a la Tierra. De modo que, señores dinosaurios José Galat, José Darío Salazar, Procurador Ordóñez, representantes de las iglesias Católica, Ortodoxa Griega, Anglicana, Metodista, Evangélica: ¡corran por sus vidas!