sábado, 25 de febrero de 2012

BUENOS MUCHACHOS

"Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón,  siempre quise ser un gángster". Henry Hill, Buenos Muchachos.

En estos últimos días, tanto el expresidente Uribe como algunos de los integrantes de su corte (los que quedan; ya muchos han abandonado el barco), han estado hablando –trinando, escribiendo, delirando- más de lo normal. La causa no es otra que la polémica orden de captura contra Luis Carlos Restrepo, otrora Alto Comisionado de Paz, en torno al asunto de la falsa desmovilización de la Compañía Cacica La Gaitana de las FARC, en el que Restrepo tuvo, supuestamente, participación; orden que finalmente fue dictada este jueves por la juez 62 de garantías, pero no por el asunto mencionado, sino -aclara la juez- por no presentarse Restrepo ante la justicia colombiana.

Ha llovido tinta sobre el tema de Restrepo en la prensa; muchos columnistas se preguntan –yo también- por qué una persona que - según los parámetros del hombre moderno occidental- aparentemente lo tiene todo, se mete en semejante lío que lo tiene en la condición de prófugo de la justicia. Es decir, un psiquiatra exitoso (de acuerdo a lo que he leído; no me consta), con algunos libros escritos, con buena reputación y buena situación económica –supongo-, decide medírsele a ese berenjenal de ser Alto Comisionado de Paz en esta locura de país (bueno, al fin y al cabo es psiquiatra) y, de colofón, se envuelve en una falsa desmovilización con la que habría que llevar al límite absoluto el concepto de la presunción de inocencia para poder absolverlo (hasta Judas Iscariote tendría una oportunidad, si a eso vamos).

Y ustedes estarán de acuerdo conmigo en esto último si ven, como yo vi, gracias a la columna de Daniel Coronell en Semana, el video en el que se realiza la mencionada desmovilización: aparte de la impecable limpieza de los uniformes y del excelente estado de los accesorios (vi unos binoculares a los que lo único que les faltó fue tener aún pegada la etiqueta del precio), lo que más me llamó la atención fue la inverosímil homogeneidad de los morrales que todos los “desmovilizados” cargaban; como colegiales el primer día de clases. Creí, al ver el video, que en cualquier momento caería una regla o un borrador de uno de esos maletines escolares.

Tal vez una explicación a los actos de Restrepo y otros uribistas nos la proporcione el experimento realizado en 1961 por Stanley Milgran, psicólogo de la Universidad de Yale. El experimento –a grandes rasgos- consistió en reclutar a un grupo de ciudadanos comunes y corrientes y establecer si esos ciudadanos, bajo la presión de la autoridad, eran capaces de cometer las atrocidades que cometieron millones de alemanes comunes y corrientes (soldados nazis) durante la Segunda Guerra Mundial: torturar y matar gitanos, judíos, rusos…

En el experimento, los participantes oficiaban como sánduche entre el experimentador y un aprendiz –en realidad un actor contratado por los experimentadores- que debía responder correctamente a unas preguntas. Si el aprendiz respondía correctamente no pasaba nada, pero si se equivocaba en la respuesta el participante debía bajar una palanca que supuestamente propinaba una descarga eléctrica al aprendiz, quien al iniciar el experimento había anunciado, delante del participante, un padecimiento cardiaco (a los participantes no se les comunicaba que realmente el acto de bajar la palanca no proporcionaba ninguna descarga eléctrica). A medida que el experimento avanzaba la descarga se hacía cada vez más potente, y los libreteados gritos del aprendiz –situado en otro cuarto, fuera de la vista del participante- aumentaban proporcionalmente hasta el punto de rogar que suspendieran el experimento y lo sacaran de allí.  Llegados a esa posición, la inmensa mayoría de los participantes expresaban su inquietud por los resultados del experimento y por la suerte del aprendiz del otro lado de la pared.  El experimentador –representado por un sujeto vistiendo una bata blanca-, sin embargo, les comunicaba que debían seguir adelante con el experimento. ¿Resultado?: el 100% de los participantes continuaron al menos una etapa posterior a la primera queja del aprendiz; y el 65%, a pesar de sus objeciones de conciencia, siguieron hasta el final; hasta cuando los gritos de los aprendices se transformaron en los estertores previos a la muerte. (Sin embargo, -y esto es muy importante- hubo un 35% que se negó a seguir).

La obediencia ciega que puede ejercer la autoridad queda demostrada con ese experimento. Advirtiendo que en Colombia hay leyes específicas que no exculpan ese tipo de comportamientos asociados al temor reverencial, hay que reconocer que algo de eso pudo pasarles a Andrés Felipe Arias, Luis Carlos Restrepo, Jorge Noguera -y otros- durante el gobierno de su jefe Álvaro Uribe, quien, tratando de justificar los actos que los tienen rindiendo cuentas ante la justicia, y casi que por todo argumento de defensa, los ha calificado de buenos muchachos.

O bien, la explicación la podría proporcionar Martin Scorsese a través de su película titulada justamente así: Buenos Muchachos. Basada en la novela Wiseguy (chico listo) de Nicholas Pileggi, Buenos Muchachos nos muestra la historia de unas personas (en realidad unos rufianes) que consideran que la gente buena, esa que trabaja todos los días, se preocupa, y tiene “salarios de mierda”, está loca, muerta; no tiene cojones. Son unos pendejos, pues ellos, los chicos listos, se saltan todo, tal como nos lo revela Henry Hill, el protagonista: “a los policías, a los abogados, a los jueces”. Tienen, esos chicos listos, su propio modus operandi, sus propios códigos morales y sociales; su forma peculiar de relacionarse entre ellos y con el resto de la comunidad: las leyes no representan nada para ellos.

Hay, entonces, a la luz de la película –y de lo que vemos todos los días en este país-, personas que se resisten a vivir una vida promedio; que se ven seducidos por los cantos de sirena de cualquier artificio que los haga elevarse por encima de los demás. Y si algunos escogen el crimen organizado para hacerlo, otros escogen el poder –el abuso del poder-. Estos últimos, además, se sienten tan a salvo cuando lo regentan (casi que lo detentan, como en este caso que nos ocupa hoy), al abrigo de un Gran Jefe, autoritario y con apariencia omnipotente, que terminan por cruzar la delgada línea que limita con la ilegalidad: se sienten intocables.

O bien –tercera opción- le creemos a todos esos uribistas lo que dicen a su favor: que los engañaron miserablemente; que abusaron de su candidez; que en el caso de La Gaitana nunca pasó por sus cabezas que unos respetables guerrilleros pudieran decirles mentiras, y  que no advirtieron, personalmente, y durante varias horas, lo que todos los demás advertimos a través de un video de dos minutos; que en el caso de AIS pecaron por inocentes en un país de gente honesta y respetuosa de las leyes; que los hijos del expresidente jamás pensaron que era con hampones con quienes se relacionaban, pues aquí las cárceles son innecesarias; que unos funcionarios de tercer orden, por su cuenta y riesgo, hicieron unos seguimientos telefónicos ilegales a espaldas de ingenuos directivos de agencias de seguridad del Estado; que militares de bajo rango orquestaron los falsos positivos mientras sus superiores, ignorantes de todo, no notaban la inexistencia de los operativos correspondientes.

Lo que no se entiende muy bien es como Restrepo, desde la clandestinidad, con todas esas tretas de que fueron víctimas los uribistas, propone que volvamos a elegir a esta pléyade de ilustres pánfilos, de probos mentecatos, de honorables bobalicones que, por su candor, no clasificarían ni para alcaldes de la ciudad de hierro.

En Buenos Muchachos, la película de Scorsese que mencionamos más arriba, el título deriva de la forma en que un mafioso daba buenas referencias de otro mafioso: es un buen muchacho. Un buen muchacho era uno de los suyos; uno que era bueno. Pero bueno en el sentido de respetar los particulares códigos morales y éticos de la pandilla. Y uno de los códigos fundamentales se lo transmite Jimmy Conway –uno de los jefes- al protagonista, Henry Hill, después de que lo sacan de la cárcel: “nunca traiciones a un amigo y mantén la boca cerrada”. Uribe, como dijimos, también califica a los suyos como buenos muchachos. Y ha demostrado ampliamente –se le abona- que respeta la primera parte de ese fundamental código.

Ahora, por la tranquilidad del resto de colombianos, sólo le falta cumplir la segunda parte. 

Vínculos



Buenos Muchachos (ojo: contiene el final de la película) http://www.youtube.com/watch?v=HhZGfJro-jk

lunes, 20 de febrero de 2012

LA VIRGEN DE LOS SICARIOS

“Por la gracia de San Judas Tadeo, que estas balas de esta suerte consagradas, den en el blanco sin fallar, y que el difunto no sufra. Amén.” Oración de los sicarios, La Virgen de los Sicarios, Fernando Vallejo.

“Ello me lleva al punto relativo al abuso mental de los niños. En un número de 1995 del “Independent”, uno de los periódicos líderes de Londres, había una fotografía bastante tierna y emotiva. Era tiempo de Navidad. El cuadro mostraba a tres niños disfrazados de Reyes Magos representando la Natividad. La historia que acompañaba al artículo describía a un niño como hindú, otro era musulmán y el otro cristiano. Supuestamente, el punto enternecedor de la historia era que todos ellos participaban de la Navidad.

Lo que no es dulce ni enternecedor es saber que dichos niños tenían cuatro años. ¿Puede usted describir a un niño de esta edad como musulmán, cristiano, hindú o judío? ¿Hablaría usted de un niño de cuatro años como economista-monetarista? ¿Calificaría a un niño de cuatro años de neo-aislacionista o de republicano liberal?”
Richard Dawkins

Informó el diario El Espectador que el excomandante paramilitar Diego Fernando Murillo, alias Don Berna acusó al exsubdirector del DAS José Miguel Narváez de ser el determinador del asesinato del periodista Jaime Garzón, preparado éste por el fallecido paramilitar Carlos Castaño. Esas noticias ya no sorprenden: los asesinatos por parte de agentes de seguridad, a bandidos o inocentes, son corrientes en este país. Lo que sigue sorprendiendo –aunque tampoco debería- son otras curiosidades que se encuentran en el cuerpo de esas noticias: “Don Berna, -dice El Espectador-aseguró que después del asesinato del periodista y dado el clima social que había generado la noticia, Carlos Castaño le hizo jurar sobre una Biblia que “jamás hablaría ni comentaría nada sobre el tema”.

Ahí están, un par de asesinos a sangre fría –un par de genocidas-, garantizándose por medio de dios que no se van a delatar.  Y lo hacen no a través de cualquier dios, sino que se sirven de Yavéh y Jesucristo, los dos principales protagonistas del libro sobre el que juró Don Berna a Carlos Castaño. Libro que si bien constituye un verdadero manual de asesinatos, vejaciones y venganzas, también contiene el mandamiento divino de “No matarás”, además de todo el concepto del amor (Amaos los unos a los otros…) promulgado por Jesucristo. No obstante, para estos dos angelitos, Don Berna y Castaño, parece que el “No jurarás su Santo Nombre en vano” mata al “No matarás”. En su particular cristianismo oficia como garante el segundo de los mandamientos grabados en las Tablas de la Ley recibidas por Moisés en el Monte Sinaí, mas se ignora olímpicamente el quinto: parece obvio que se teme más a las rabietas vanidosas de Yavéh que a la eliminación de una de sus ovejas.

Estas peculiaridades ya las tocó el colombiano Fernando Vallejo en su novela La Virgen de los Sicarios (llevada más tarde al cine): en una Medellín tomada por asalto por los fenómenos de las mafias y el sicariato, un escritor de mediana edad se relaciona sentimentalmente con un joven sicario, quien le revela la singular idiosincrasia que caracteriza al grupo social en que se desenvuelve. Alexis –tal es el nombre del joven- resuelve cualquier desacuerdo con su pistola Beretta. Su gatillo fácil es semejante al de los dos siniestros personajes que mencionamos más arriba; y cuando va a realizar uno de sus trabajos, que no son otra cosa que asesinatos por encargo, se encomienda  a María Auxiliadora y a San Judas Tadeo, mostrando una devoción tan sólida e incoherente como la que selló la tranquilidad de Carlos Castaño en el asunto del homicidio de Garzón.

Pero no se piense que Alexis, Castaño y Don Berna son rarezas que sirven de materia prima para columnas de desconocidos aprendices de escritores. No, extrañamente ese comportamiento no es tan inusual como se podría pensar. Todos nosotros, de una u otra manera, solemos tener razonamientos y tomar acciones semejantes a las de ellos. No es raro ver en los estadios de fútbol a católicos repasando el colosal inventario de santos y vírgenes de esa religión, pidiéndoles por la victoria de su equipo, y luego ver a esos mismos católicos batiéndose a cuchillo con la hinchada opositora; sabemos que muchos mahometanos vuelan en átomos a otros seres humanos –y a ellos mismos- en nombre de Alá; no pocos judíos salen de la sinagoga directamente a realizar negocios que honestamente no pasarían el filtro del “No robarás”.

Como dije en una columna anterior, creo que el tiempo en que las religiones sirvieron como reguladoras sociales –si es que alguna vez existió tal cosa- ha pasado. Si bien el amontonamiento en el que vivimos desde muchos siglos atrás hace que miremos con recelo a los grupos humanos ajenos al nuestro (por religión, nacionalidad, género,  raza, estrato social, edad, colegio, barrio…), todo indica que urge un nuevo enfoque, un movimiento global en contravía de racismos, patrioterismos, regionalismos, y muchos más ismos intolerantes que malogran los intentos por hacernos cada vez más civilizados.  Los avances –todavía inmensamente insuficientes- en la sociedad estadounidense en torno al racismo son una diminuta luz de esperanza indicadora de que, por formidable que sea la tarea, en el largo plazo se podrían, si no eliminar, al menos neutralizar esos dañinos fenómenos, entre los que destaco a las religiones como los más dañinos de todos.

Las religiones han sido las causantes de los desmanes más atroces imaginables. Así, si nos centramos en el catolicismo –por razones prácticas que dicta la naturaleza de los lectores habituales de esta columna-, las cosas van desde la Inquisición, con sus centenas de miles de asesinatos -por torturas, incineración, y otras sutilezas por el estilo-, hasta los Torquemadas modernos personificados en sacerdotes, militares, terratenientes, políticos, empresarios, amas de casa, y cualquier otro hijo de vecino que no duda en satanizar, condenar y, muchas veces, ejecutar a cualquiera que piense diferente de las supersticiones e imbecilidades con las que le atiborraron el cerebro en su más temprana infancia; y, por supuesto, personificados también en esos grandes humanistas de Don Berna y Carlos Castaño. La licencia para matar que dan las religiones ya la quisiera para sí el mismísimo Agente 007.

Con todo, a pesar de las evidencias que permanentemente caen del cielo -más copiosas que el mismo maná- muchos insisten en exculpar a las religiones con, por ejemplo, el argumento del carácter arcano de sus doctrinas: no serían éstas aptas para cualquiera, y su interpretación estaría reservada para una clase iniciada. No obstante, con eso hay varios problemas: primero: la humanidad ha demostrado su masiva estupidez (aclarando que pienso que el adoctrinamiento temprano en cualquier tema es la principal causa de ese fenómeno), por lo que exponerla indiscriminadamente a esos misterios –en casi cada casa hay un libro al que se le da el carácter de sagrado-  equivale a garantizar que se dicte una cátedra de Energía Nuclear Avanzada en el pabellón de terroristas de una penitenciaría federal en Estados Unidos; segundo: los maestros, o guías encargados de descifrar y adaptar los oscuros dogmas, han demostrado ser peores que su ignorante y necesitado rebaño: para poner sólo un ejemplo: ¿con que cara hablan de compostura sexual los innúmeros curas pederastas del catolicismo?; tercero: la selectividad preferencial que, de acuerdo a la conveniencia del momento, dan a los dogmas de cada religión sus practicantes, se convierte en poderosa arma para justificar acciones que, de no contar con ese salvoconducto, cualquiera pensaría dos veces antes de realizar… Sin embargo, a pesar de que las anteriores consideraciones son pan de cada día en nuestras vidas, es un hecho casi incuestionable que en el proceso de acabar con los ismos intolerantes se destacarán algunos como los que más resistencia van a oponer en esta (perdónenme el sarcasmo) cruzada: las religiones. 

Sé que muchos contraatacarán defendiendo su propia religión desde su propia trinchera, argumentando la veracidad excluyente de sus dogmas.   Otros esgrimirán el argumento de que toda esta visión igualitaria –sin los ismos- volvería muy aburrida la vida. Y estoy de acuerdo: todos –casi todos- a veces gozamos ridiculizando a los que son diferentes; como también haciendo chistes que burlan a las altas jerarquías (después de todo son, en teoría, dignas del mismo respeto que cualquiera); o sintiéndonos –dueños de un etnocentrismo a veces criminal- la joya de la corona de la creación.

Sí, pero creo –por otra parte- que ninguno de los lectores habituales de esta columna (para no hablar de los, -literalmente- dueños del mundo) tenemos la autoridad ética de opinar al respecto. Que un intelectual opine que un mundo más uniforme  es tedioso, sólo por el afán fatuo de mostrar su brillante humor negro, no significa que esa sea la ruta equivocada. Creo que la autoridad en ese sentido no la tiene un vanidoso ebrio que escampará su borrachera de whisky y caviar en una cómoda cama con sábanas limpias,  ni tampoco un rabioso fanático religioso que descalifica a grupos minoritarios que no obedecen sus dogmas, sino el más discriminado de los famélicos africanos que mueren cada hora, de cada día de la vida, de física inanición.  Para ellos no es tan aburrido ese mundo utópico como para nosotros lo es.

Yo nada más digo.



sábado, 11 de febrero de 2012

LOS INTERESES CREADOS

“¿Sabes Michael? Ahora que eres tan respetable creo que eres más peligroso. Te prefería cuando eras un vulgar matón de la mafia.” Kay Adams a Michael Corleone en El Padrino III, cuando Michael, después de blanquear su dinero a través de la compra de la prestigiosa corporación Inmobiliarie, controlada por el Vaticano, es condecorado por esta última institución.

El pasado Hay Festival en Cartagena asistí a la conferencia Ideas para un Mundo en Transición que, bajo la moderación de Alejandro Santos Rubino, tuvo como invitados al escritor Carlos Fuentes, al director del diario El País de Madrid, Javier Moreno Barber, y al exvicepresidente de Nicaragua -tal vez el de las intervenciones más brillantes- Sergio Ramírez. Y aunque se dio la ausencia de una de las personalidades invitadas (el expresidente español Felipe González), se dio, por otra parte, la participación en el debate de otra personalidad inicialmente no programada: el Presidente Juan Manuel Santos.

Se habló de muchos temas en la citada conferencia, desde el espejismo del avance económico de América Latina (pues, de acuerdo a lo expuesto por Sergio Ramírez, seguimos produciendo en el siglo 21, sin haber apenas aumentado la productividad,  lo mismo que producíamos en el siglo 19. Lo que ocurre, según él, es que la coyuntura actual -que más temprano que tarde desaparecerá- favorece los precios de ese tipo de productos), desde el avance económico de América Latina, digo, hasta la preponderancia en el escenario mundial de la Economía sobre la Política, pasando por el, también, a la larga débil poderío económico de algunos países árabes, si se tiene en cuenta su peligrosa dependencia de un solo producto: el petróleo (el mismo poderío bélico del Islam fundamentalista estaría comprometido por idénticas razones).

Interesante. Pero, para bien o para mal (esto es lo que ocurre cuando a esos foros asisten políticos -¡presidentes!- en ejercicio), el tema central lo fijó el invitado de última hora: Santos, quien, empeñado como está desde el primer día de su mandato en pasar a la historia como el F.D. Roosevelt colombiano -después de su fracaso como el Churchill colombiano cuando fue Ministro de Defensa-, volvió a tocar el tema de la descriminalización de las drogas. Como no podía ser de otra manera, los otros contertulios corearon la propuesta, principalmente Carlos Fuentes, cuyo país vive una época de violencia y corrupción abrumadora por culpa de esa guerra de tigre con burro amarrado que libran los Estados del mundo contra el poderoso crimen organizado del narcotráfico. Siendo, por supuesto, estos últimos el tigre.

Es perogrullesco decir que tras esa guerra perdida (el consumo sube, los narcotraficantes se infiltran en todos los estamentos políticos, económicos y sociales, la violencia se multiplica) hay, como en la obra de Jacinto Benavente, intereses creados. Pero mientras en Los Intereses Creados de Benavente las intrigas se limitan a las inofensivas maquinaciones de dos pícaros cazafortunas y de los múltiples acreedores de éstos -a quienes conviene que Leandro, uno de los pícaros, despose a la hija del rico Polichinela para así poder recuperar el dinero prestado- en el infierno real del tráfico de drogas algunos de los protagonistas son temibles asesinos que desafían a Estados, a sus aparatos de seguridad, y la ciudadanía en general.

Pero aunque sea difícil de creer, estos feroces narcotraficantes palidecen ante sus alcahuetas: poderosos y peligrosos (otra vez con los pleonasmos) mafiosos blanqueados, que al estar –precisamente- blanqueados se convierten en los verdaderos intocables. Los Pablos Escobares de todo el mundo al fin y al cabo caerán, presos o abatidos por los aparatos de seguridad estatales. Pero los otros, los empresarios que nutren sus corporaciones de los dineros del narcotráfico, esos seguirán, por el contrario, protegidos constitucionalmente por esos mismos aparatos de seguridad.

Banqueros que, con hábiles sistemas de vasos comunicantes financieros, ceban a sus organizaciones -y a sus bolsillos- con el barril sin fondo de la plata del narcotráfico; vendedores legales de armas que viven su sueño dorado con la carnicería caníbal en la que están envueltos los carteles de la droga mexicanos; altos mandos de agencias de seguridad estatales que se forran, literalmente, en dinero a través de las comisiones que dejan las compras de esas mismas armas (o de uniformes y equipos de seguridad); y la lista sigue.

Por otro lado, si bien, de darse la descriminalización -que tímidamente mencionó Santos- a los narcotraficantes se les acabaría la fantástica rentabilidad del negocio, el hecho de que no se dé los hace permanecer, al fin y al cabo, en su condición de enemigos públicos: sus vidas se caracterizan por el miedo y la zozobra, y raramente sus muertes son naturales o en libertad. Los otros, en cambio, los verdaderos titiriteros del mundo, dejan el trabajo sucio a esos adictos a la adrenalina, a esos buenos para nada que sólo pudieron triunfar en esa actividad. Así, pues, se dedican a exprimirlos, a chuparles, como vampiros, hasta la última gota de sangre de sus cuerpos desahuciados, inocentes estuches de sus mentes de idiotas útiles. Son a esos banqueros, armeros, agentes de seguridad, a quienes verdaderamente no conviene la descriminalización de las drogas.

Porque por muy impopular que resulte la medida de la descriminalización de las drogas -por razones morales, puritanas, qué se yo-, no es verosímil pensar que por causa de ese tipo de presiones ningún mandatario en ejercicio haya tomado una real decisión (no la timoratada de Santos) en esa dirección: digamos una nueva convocatoria mundial, como la ocurrida hace cien años en La Haya pero en sentido inverso. Temas en teoría más espinosos como el aborto, que de alguna manera involucran vidas humanas, han ganado terreno legislativo favorable. Cinco o seis anacoretas furiosos puede que tengan algún poder, pero no tanto como para evitar un cambio de paradigma que acabaría con una increíble cantidad de problemas a nivel global. Es más probable que el verdadero poder para torpedear cualquier iniciativa que busque la descriminalización de las drogas lo ostente la mafia empresarial que mencioné antes.

Y justamente esos anacoretas son otros idiotas útiles de la conspiración -así ésta sea no concertada explícitamente- conformada por banqueros, agentes de seguridad, armeros, etc... Con su rabiosa oposición le hacen el juego a los conspiradores en nombre de Dios y la moral, a costa del debilitamiento de las instituciones, y con los pírricos premios de la consecución de dos o tres trofeítos insignificantes en la forma de la baja o encarcelamiento de narcotraficantes de mediática notoriedad: belle figure.

Y todo esto nos lleva a otro de los puntos tocados en la conferencia: la educación.  La educación como clave para torcer el rumbo de la tendencia prohibicionista. Porque como me dijo un agudo asistente a la conferencia, mientras Santos se queja de que la iniciativa debe partir de un consenso internacional, y no de una solitaria Colombia convertida en quijote de la descriminalización, lo más seguro es que un referendo nacional al respecto arroje como resultado el rechazo popular a la descriminalización. Pero bueno, que más se puede esperar de una ciudadanía apabullada a diario por discursos moralistas de altos mandos policiales y por comerciales televisivos del sector financiero repletos de mascotas y balbucientes bebés, cuyo fin es sacralizar la familia nuclear normal, libre de vicios y otros demonios...

A la ciudadanía hay que educarla, enseñarla a pensar. ¿Quién con un criterio medianamente sensato pensaría que la prohibición es el camino? Hay que sacar de la ecuación al puritanismo fanático, al clericarismo supersticioso, a los ingenuos prohibicionistas de oficio. Hay que aumentar el número de personas, ya no en Colombia, sino en el mundo, que sean capaces de darse cuenta de que la prohibición no hace descender el consumo; de que la prohibición hace que el precio de la droga sea escandalosamente alto, lo que se traduce en enormes ganancias para los traficantes y los que manejan los hilos del planeta; de que el afán por controlar ese jugoso mercado ha desatado uno de los fenómenos de violencia más tenebrosos de la historia humanidad, lo que a su vez ha granjeado una cantidad de muertos centenas de veces superior a la generada por los problemas de salud que pretende evitar esa misma prohibición; de que las utilidades de allí derivadas permiten los niveles de corrupción necesarios para socavar las instituciones y permitir que toda esos actos violentos permanezcan impunes; de que abanderar la causa prohibicionista convierte al que lo hace en cómplice e idiota útil, no sólo de los narcotraficantes, sino de aquellos otros, los del complot más colosal y espeluznante en contra del avance social del género humano jamás visto; de que habiendo la humanidad superado en buena parte las anteriores mafias, conformadas por reyes y jerarcas de la iglesia, hoy sucumbe ante esta nueva mafia que, sin traficar un solo gramo de droga, es capaz de mantener vigente a la madre de una inmensa cantidad de problemas del mundo: la prohibición de las drogas.

viernes, 3 de febrero de 2012

LA BIBLIOTECA DE BABEL

“Otro (libro) (…) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice  Oh tiempo tus pirámides”  La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges

Un hombre llegó con un número infinito de amigos a un hotel de infinitas habitaciones. Las habitaciones estaban todas ocupada por infinitos huéspedes, por lo que el recepcionista negó el servicio.  El hombre, sin embargo, presentó esta solución: dígale a todos sus huéspedes que tomen el número de su habitación y lo multipliquen por dos, y se pasen a la habitación cuyo número coincida con el resultado.  De ese modo el de la habitación 1 pasó a la 2, el de la 2 a la 4, el de la 3 a la 6, el de la 4 a la 8, y  así quedaron libres todas las habitaciones marcadas con los infinitos números impares (1,3,5,7,…) dónde se pudieron alojar los infinitos amigos del hombre.  Metáfora del Hotel infinito


Astrofísicos y cosmólogos de todo el mundo intentan -valiéndose de la máquina conocida como acelerador de hadrones- recrear en Ginebra las condiciones primitivas de la creación del universo. Según las últimas informaciones, mediante esa complejísima máquina se han encontrado evidencias de la existencia de lo que esos mismos científicos han llamado la partícula de dios: el bosón de Higgs. No voy a hablar del bosón porque no tengo ni idea de mecánica cuántica. Pero siempre que veo programas televisivos para dummies, relacionados con ese tema, me hago muchísimas preguntas –las que les compartiré más adelante-, y a la vez los asocio con el cuento La Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, que es una especie de gran metáfora del universo. Así que los invito a que abran sus mentes, pues intentaré un juego de metáforas usando a Borges y mi física chapucera.

Voy a tratar de hacer una síntesis –una infinitamente burda, por supuesto- de ese fascinante cuento (tal vez el mejor para mí de este autor). Hay una biblioteca compuesta por un indefinido número de anaqueles hexagonales; cada uno de ellos contiene treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro contiene, cuatrocientas diez páginas; cada página cuarenta renglones; cada renglón ochenta caracteres.  Los caracteres están compuestos por las veintidós letras del alfabeto, la coma, el punto y el espacio (que separa las palabras).  

El texto de los libros, por otro lado, está conformado por todas las posibles combinaciones de esos veinticinco símbolos ortográficos, cuyo número es vastísimo pero finito (no hay dos libros iguales en la biblioteca).  En consecuencia, en la biblioteca está comprendido todo lo que es dable escribir: desde fárragos verbales e incoherencias (un libro se puede componer de una sola letra repetida desde la primera hasta la última página), pasando por la transcripción de todos los libros escritos o por escribir (y su traducción a todos los idiomas del mundo), hasta la solución de todos los problemas y las respuestas a todas las preguntas del universo: si algo existe, ahí estará escrito, descrito; sólo hay que encontrarlo en las interminables galerías, hecho con el que, según el narrador del cuento, “el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza”

“La Biblioteca es como algunos llaman al universo”. Así comienza el cuento y, al releerlo, advertí lo acertada de la frase a la luz de los últimos avances en física, particularmente en mecánica cuántica (de los que me entero a través de Discovery Channel y Nat Geo), cuyas implicaciones metafísicas veo cada vez más evidentes.  La vastedad del tema me obliga a referirme a sólo una de las materias de las que allí tratan –más bien a una fracción de ella-: los pluriversos o universos múltiples.

Nuevas teorías contemplan alternativas diferentes a la tradicional, la que habla de la singularidad del big bang. Para algunos de los cosmólogos que las defienden  no habría habido solamente una gran explosión inicial (antes de lo cual no había nada, sólo un punto de enorme energía), sino una serie eterna de constantes implosiones que habrían comprimido (calentado) y explosiones que habrían expandido (enfriado) múltiples universos, que se sucederían uno a otro. O bien –para otros- dos dimensiones paralelas que chocarían periódicamente (desde siempre y hasta siempre), dando origen a las explosiones y las implosiones. O bien, la promulgada por el cosmólogo estadounidense Alan Guth (tal vez la más fascinante): una serie infinita y eterna de big bangs que producirían, a su vez, infinitas y eternas burbujas (universos) –muchas de ellas simultáneas- cada una con sus leyes físicas particulares. (Las que, en la metáfora de Borges, corresponderían a los innumerables tomos de la biblioteca que no tendrían sentido: universos cuyos singulares códigos serían incompatibles con nuestra forma de vida, cuyas leyes particulares no harían sentido con las nuestras).

Renombrados cosmólogos y astrofísicos han llamado la atención acerca de las especialísimas condiciones que tuvo que tener, ya no La Tierra, sino incluso el universo que habitamos, para que pudiera florecer la vida como la conocemos: el equilibrio entre las cuatro fuerzas (gravedad, electromagnetismo, fuerza fuerte y fuerza débil) debe ser tan exacto que incluso muchos físicos reconocidos no ofrecen una explicación más admisible que la intervención divina.  Pero el hecho de que, como señala esta última teoría, existan infinitos universos, ofrece nuevas explicaciones referentes a simples resultados probabilísticos.

De hecho, y debido a las numerosas paradojas que nos ofrece el concepto de infinito, en un contexto de universos infinitos habría igual número de universos con ese delicado equilibrio (el tomo preciso de la Biblioteca que contiene las instrucciones exactas para recrear nuestras leyes físicas) que universos que no lo tuvieran. Podemos ir más allá: habría, entonces, infinitos universos en los que podría florecer vida, y entre ellos infinitos universos exactamente iguales a este en el que vivimos, y entre ellos infinitos universos en los que habría un planeta Tierra idéntico a este, y entre ellos infinitas historias evolutivas sin ninguna diferencia con la nuestra, y entre ellas infinitos dobles perfectos de todos nosotros, con los mismos recuerdos, los mismos defectos, los mismos caprichos y pasiones que nosotros. ¡Infinitos!.

Y su número -el de los dobles exactos (basándonos en las paradojas de la teoría de los números transfinitos de Georg Cantor)- sería exactamente igual al de todos los átomos infinitos que existen en todos esos universos infinitos juntos. ¿No lo creen? Hagan la prueba: emparejen a su primer doble perfecto con el primer átomo de este universo; y luego a los dos (átomo y doble perfecto) con el número natural 1.  Después hagan lo mismo con el segundo doble perfecto, el segundo átomo y el número natural 2, y sigan así…hasta el infinito. ¿Resultado?: el resultado es exactamente igual: infinito. Extraño ¿no?

Pero, ¿seríamos nosotros esos dobles? ¿Tendríamos infinitas conciencias? ¿O esos dobles serían sólo aglomeraciones de materia idénticas pero totalmente ajenas a nuestra conciencia? No lo sabemos. Incluso hay otro hecho: además de ser infinitos, los universos también serían eternos: se estarían formando desde siempre y para siempre.  Entonces, ¿ya vivimos antes? Es decir: ¿ya fuimos un ente sensible, con esta misma conciencia con que leemos estas líneas, en otra dimensión o en otro tiempo? O bien, ¿volveremos a vivir? Ante lo inconcebible -lo inconmensurable- de los números y los tiempos, parecería infinitamente absurdo pensar que no. Y en ese punto es en donde la ciencia tocaría a la religión. Pero no lo haría tanto con las religiones occidentales, con sus tiempos lineales, su principio y su final tan definidos, sino -sobre todo- con las corrientes orientales, tan familiarizadas con el concepto del eterno retorno (reencarnación, transmigración de las almas, día de Brahmán y noche de Brahmán, etc…).

Confieso que, contra toda la lógica del miedo a la muerte de un materialista como yo, la mera consideración de la posibilidad de vivir eternamente en los universos múltiples me hace sentir el mismo vértigo que la alternativa: morir eternamente. El hecho de que esa especie de vida eterna sea, haya sido, o fuere en otro universo, y que la materia de aquél no guarde ninguna relación con la de éste, me reconforta un poco, pues probablemente nunca lo sabría. Pero por momentos me siento como esos bribones de la historieta Supermán, condenados a errar eternamente en la inmensidad del espacio, atrapados en aquella burbuja: la zona fantasma.

Todo esto da una sensación entre la fascinación y el temor; cuando ya me acostumbraba a la idea de que todo se acababa con el big crunch, estos cosmólogos refinaron sus investigaciones hasta un punto en que, con cierto grado de verosimilitud, se pueden hacer este tipo de conjeturas, que son de una extravagancia alucinante, pavorosa. En ese orden de ideas, lo más probable es que las entrópicas leyes del azar, sin necesidad de ninguna intervención divina, hayan permitido la escritura coherente del tomo correspondiente a este universo, entre la caótica escritura de los infinitos tomos disparatados de los otros universos hostiles a nuestra forma de vida. Al respecto, el físico teórico Garret Lissi anotaba que para él era mucho más apasionante pensar que algo tremendamente simple, como el azar de las partículas, haya creado esta complejidad de universo, con vida racional (la nuestra) incluida, a que algo tremendamente complejo –digamos dios- hubiese creado algo mucho más simple que él mismo. 

No obstante, y teniendo en cuenta que en la Biblioteca de Borges están las respuestas a todos los interrogantes del universo, debe haber un libro que nos revele que quizás para algunos ese otro libro, el que contiene todas las instrucciones para la creación de nuestras vidas, y que debe estar refundido en algún sitio del insondable laberinto de anaqueles, ese sí, (¿por qué no?), no sería producto del azar y la necesidad y, en cambio, podría ser el verdadero libro escrito por quien tendría que ser el gran matemático (y el gran bibliotecario): dios.

En un caso u otro, implicaría que no nos acabaríamos para siempre (los estoy amenazando con la inmortalidad –pavor de Borges-). Para los creyentes, esa ilusión de vida eterna, y el rencuentro con los seres queridos, los acompaña y consuela siempre. En contraste, a nosotros, los desamparados materialistas, nos acompaña constantemente la angustia del final; quizás por eso busquemos en otras dimensiones de la vida, diferentes a las religiones, un sentido que nos haga sentirnos menos solos. Ahora, además, gracias a estos mesías tecnológicos, nos queda la posibilidad meramente materialista de la ordenada repetición infinita de nuestras vidas en los infinitos universos; “mi soledad se alegra con esa elegante esperanza”.

sábado, 28 de enero de 2012

GOMORRA

"Yo no entiendo esos delincuentes por qué van a cobrar, si eso aún está en obra negra". Esa fue la queja del presidente del concejo de Medellín, Bernardo Guerra (El Tiempo, 24 de enero), referente a la extorsión que ejercen mafiosos de la Comuna 13 de esa ciudad sobre los futuros usuarios de una nueva escalera eléctrica pública que facilitará el acceso a dicha comuna, una zona deprimida de Medellín, habitada por gente debajo de la línea de pobreza. Queja que, como habrán notado, revela la impotencia del Estado ante el omnipotente crimen organizado.  El inconsciente juega sucio, y aquí el resignado presidente Guerra prácticamente suplica a los extorsionistas que por lo menos esperen a que se finalice la obra para -ahí sí- tomar posesión de ella y empezar a usufructuarla. Eso pasa en Medellín, pero también pasa en Ciénaga (Magdalena) donde, según El Heraldo de Barranquilla, hasta los bicitaxistas son vìctimas de la extorsión.

Usé deliberadamente el término mafiosos, y no el de simples delincuentes, como los llamó el quejumbroso y pusilánime Guerra, porque es exactamente eso lo que son esos extorsionistas. Aprovechemos que este año se cumple el centenario del primer tratado que declaró la guerra orbital a las drogas para tratar de desvincular el concepto de mafia al concepto de narcotráfico, pues considero que de esa forma no se ve el problema del crimen organizado en toda su dimensión. Seamos claros: un narcotraficante puede no ser un mafioso. Y un mafioso puede no ser un narcotraficante. Obviamente que mafia y narcotráfico son dos actividades que compaginan bastante bien entre sí, pero si, por ejemplo, algún respetable profesional decidiera llevarle unos cachos de marihuana a un amigo que viviera en, digamos, Estados Unidos, y fuese capturado en el intento, aquí o allá sería acusado de narcotráfico (pero todos sabemos que no es un mafioso).  El circunstancial traficante simplemente habría cometido una falta, y no estaría, en últimas, tratando de sustituir el Estado de Derecho por unas reglas establecidas por él.

Esto último es en realidad lo que caracteriza a la mafia: querer usurpar la autoridad de una determinada región, bien sea por inoperancia, complicidad, o debilidad de la autoridad legítima; o bien sea por ausencia de la misma. Esa es su génesis. Y aunque no hay estudios fiables, es de suponer que estructuras de este tipo hayan existido siempre. De hecho no sería raro que las sociedades más primitivas funcionaran de esa manera: un grupo de arbitrarios, pero poderosos (fuertes o ricos o numerosos; o las tres cosas) oprimiendo a otros, y obligándolos a pagar tributos de variadas índoles.

Pero no fue sino hasta mediados del siglo 19 cuando en Sicilia se acuñó el término Mafia  para designar a las organizaciones que se encargaban de dirimir los asuntos de la comunidad que, por lagunas jurídicas o de control, no dirimía la autoridad legítima.  Sin un consenso entre la población, y ante el vacío de autoridad, ese nuevo poder no podía ser de otra forma sino totalitario y arbitrario.

Pudo ser el hecho de que tentáculos americanos de esa Cosa Nostra o Mafia Sicilia controlaran gran parte del negocio de tráfico de alcohol en Estados Unidos -durante la famosísima Prohibición de los años 20- la razón por la cual el crimen organizado se ha asociado mayormente, desde entonces, a la actividad de traficar un sustancia ilegal. Y -también- la razón por la que esas organizaciones se conocieran en adelante con el término genérico de mafia. Obviamente la influyente (culturalmemte hablando) industria del cine contribuyó a reafirmar ese fenómeno, y a conferirles glamour a esas organizaciones y al estilo de vida que, según las películas de la época, llevaban sus integrantes: lujo, sexo fácil, poder, e incluso elegancia. Desde entonces la industria cinematográfica ha seguido vendiéndonos esa imagen de grandes señores, rodeados de amigos, dinero, políticos, carros último modelo, mansiones etc... Y en el camino nos fueron incluyendo ritos, ceremonias de iniciación, códigos de honor, y toda una serie de ingredientes que han hecho aún más atractiva la vida de aquellos suertudos que, traficando un poco de droga, logran el paraíso: sin drogas no hay paraíso. Y que también, por supuesto, han hecho más taquilleras a ese tipo de películas.

Pero nada más lejano de la realidad.  La verdad es que, además de la del narcotráfico, mafia hay de todos los tipos y de todas las estéticas, como lo demuestra la mafia de escaleras eléctricas públicas de Medellín. Se ha sabido que Sicilia ha padecido mafias hasta de serenateros: según esta variedad, sólo los serenateros que tributan al Don (al capo) de la región están autorizados para dar serenatas. El resto son amedrentados o eliminados; o, en su defecto, lo son los potenciales contratantes de éstos.

Yo lo viví en carne propia en Italia -otro país devastado por la mafia- cuando conocí a Venecia y era parte de un tour contratado. La noche de nuestra llegada acudí al restaurante de comida marina que había recomendado nuestra guía, una mujer española de mediana edad. Cuando llegué allí no me sorprendió, por lo tanto, verla sentada en una de las mesas, aunque sí -confieso- me extrañaron su gélido saludo y la presencia en su mesa de un caballero, también de mediana edad que, cadena de oro al cuello, pelo cano, y cara de pocos amigos, gesticulaba y manoteaba visiblemente disgustado.  Al otro día todo se aclaró:  estábamos en medio de una disputa de mafias de, digamos, transportistas acuáticos: es decir, habíamos recibido amenazas de dos grupos en pugna, que nos advertían, cada uno por separado, sobre las represalias que tomarían contra nosotros si decidíamos contratar al grupo rival para transportarnos hasta la Plaza de San Marcos, nuestro destino planeado para ese día. La solución: tomar el vaporetto público. Así lo hicimos y, en efecto, una vez embarcado, pude ver merodeando por la estación al personaje del cabello blanco. La noche del restaurante, entonces, yo había presenciado, sin saberlo, el momento de la extorsión.

El caso es que la vida real está muy lejos de Hollywood. Y la mafia no es precisamente la excepción a esa regla. Mucho más realista que aquellas películas de italoamericanos engominados y vistiendo trajes de seda, es la muy recomendable cinta italiana Gomorra, en la que vemos copias exactas de lo que pasa a diario en Colombia: los personajes de la película son gente italiana común y corriente vinculada de una u otra manera a la mafia, pero que viven en las mismas condiciones que cualquier modesto asalariado. Con el agravante, eso sí, de la probabilidad siempre presente de cometer una imprudencia que los meta en el lío de sus vidas: recaderos de la mafia, grises contadores, inexpertos gatilleros, choferes, etc... Nada de glamour, nada de rubias despampanantes, nada de mansiones.

Igual aquí en Colombia: humildes vendedores ambulantes deben someterse a mafiositos de poca monta que controlan los andenes y las esquinas; paupérrimos cuidadores de carros deben destinar parte de su ganancia a completar la cuota que deben pagar a un cuidador de carros más antiguo que se ha apropiado del espacio público;  esforzadoss tenderos deben incluir un sobrecosto a su mercancia con el fin de lograr la cantidad exigida por un zarrapastroso recaudador que oficia de asociado de un grupúsculo mafioso; y así: buseros (lean al respecto la última columna de Pascual Gaviria en El Espectador), putas, recicladores.... Todos deben sacrificar parte de sus exiguos ingresos para satisfacer las ansias de dinero fácil de algunos vulgares y nada glamorosos rufianes. Somos un país mafioso, lleno de mafiosos y de estructuras mafiosas por todos lados: políticos, guerrilleros, paramilitares, comerciantes, empresarios, funcionarios públicos, periodistas, contratistas... (sí, de acuerdo: incluyamos a los narcotraficantes también).

Un país así no va para ninguna parte, por más que invirtamos millones en estúpidas campañas publicitarias en las que nadie cree (¿marca país?: mafia país). Y mientras la incompetencia estatal siga favoreciendo el caldo de cultivo donde germina la mafia, ésta seguirá floreciendo. Es que (¡por favor!): presidentes de concejos municipales que prefieren, por física pereza, negligencia o conveniencia, cerrar los ojos ante las necesidades de la población marginada y, en cambio, abrirlos para firmar contratos y asistir a cocteles... Dirán ustedes que él no es el alcalde o el comandante de policía (que, por cierto, ¿dónde están? ¿qué dicen? ¿qué hacen al respecto?). Y sí: no es ninguna de las dos cosas, pero ciertamente está investido de una cierta autoridad que finalmente declina en favor de la extorsión, del caos. ¿Qué se puede esperar de eso? Pues simple: mafia de escaleras eléctricas públicas (¡mafia de escaleras eléctricas públicas!): ¡Qué vergüenza de país!

Vínculos:
http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/bandas-cobrarian-extorsion-por-usar-escaleras-electricas-de-comuna-13_10998261-4

http://www.elheraldo.co/region/ni-los-bicitaxistas-se-salvan-de-las-extorsiones-en-cienaga-54029

http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-322799-combos-pasajeros





sábado, 21 de enero de 2012

CABAÑUELAS

"No hay un límite obvio para la credulidad humana. Somos vacas dóciles y crédulas, ansiosas víctimas de curanderos y charlatanes que nos ordeñan, y que engordan a nuestras expensas" Richard Dawkins, A Devil's Caplain.

Todos los años los campesinos –antes más que ahora- en España y otros países, en especial de Suramérica, acuden a un método llamado cabañuelas para proyectar el éxito de sus cultivos. Éste consiste en observar atentamente el comportamiento de los fenómenos atmosféricos que se suceden los primeros doce días de determinado mes (varía según el país; en la costa Caribe colombiana es enero); posteriormente asignan un mes del año por cada día (el primero del mes seleccionado corresponde al mes de enero, el dos a febrero...), y extrapolan las condiciones climáticas de cada día con el mes correspondiente: si el tres del mes llueve, implica un mes de marzo predominantemente lluvioso; si el seis hace un día radiante, entonces junio será un mes seco.

Por simple azar, ciertos años se cumplen algunos de los augurios, pero otros años el fracaso de las predicciones es el común denominador.  Lo cierto es que mientras en el primer caso el éxito se le atribuye a la infalibilidad de las cabañuelas, el fracaso del segundo caso se le atribuye a esos hijueputas del banco que no me gestionaron el préstamo a tiempo. Son sesgos causales (contabilizamos los éxitos escrupulosamente y tendemos a ignorar los fracasos); O la llamada disonancia cognitiva, basada, en esta ocasión, en el hecho de que lo mágico es más propenso a ser venerado y respetado.

Es este, pues, el de las cabañuelas, un rito tan inútil como pintoresco. Pero estoy seguro que les parecerá aún más pintoresco el extremo al que llegó el compositor Roberto Calderón en su canción vallenata titulada -justamente- Cabañuelas. Cuenta la canción -cuya versión de Los Hermanos Zuleta recomiendo ampliamente- que un hombre -no sabemos si el mismo Roberto-, tal vez cansado de las pifias de gitanas y pitonisas, resuelve trasladar sus expectativas de amor al reino de las cabañuelas. Para tal efecto -y, por supuesto, en enero- pinta un corazón en la arena esperando que sus malos presagios amorosos no cuarteen la tierra (asociando su mala suerte en el amor con la mala suerte de que no llueva y se malogren los cultivos). Desesperado, pide a gritos al cielo que resulte en tierra mojada aquella parcela en la que dibuja su atribulado corazón (obviamente el Fenónemo de La Niña no era frecuente en la época en que Roberto compuso la canción).

Cabe anotar que estos campesinos españoles y suramericanos -incluyendo al hombre de la canción (¿Roberto?)- sólo piden consejos a los intermediarios de los poderes supremos (las nubes, por ejemplo), y no son tan prepotentes como para darle órdenes a esos intermediarios; como, por el contrario, sí lo hacen aquellos de la escuela de Josué. Recordemos que este personaje bíblico, con la complicidad nada menos que de Jehová, paró El Sol, hecho que le concedió un día más largo de batalla para vencer al enemigo. Debo decir que a mí no me deslumbra mucho ese milagrucho, sobre todo desde que me enteré,  a través de mis estudios de primaria, que es La Tierra la que se mueve alrededor de El Sol, y no al revés, como creía el tramposo pero desinformado Josué (sé que a Copérnico le faltaban siglos para nacer, pero Josué tenía a Jehová para preguntarle).

 De esa escuela de pedantes que no piden favores a intermediarios, sino que son ellos los propios intermediarios con los dioses, es nuestro chamán colombiano; ese al que todos nosotros, los contribuyentes, le pagamos casi cinco millones de pesos para que  (supongo que enviando imperativos inapelables a las nubes) evitara un chubasco durante la clausura del reciente Mundial Sub-20 de fútbol. 

Tenemos entonces que Jorge Elías González -así se llama el chamán- es el intermediario directo con.... ¿Dios? El sujeto se dio el lujo de firmar un contrato en el que se comprometió a suspender la lluvia durante un tiempo específico y en un lugar determinado, gracias a una técnica conocida como radiestesia (?), que no debe ser otra cosa que una compinchería con esos seres de carácter divino que son (leamos a Asimov) "tan erráticos y tan irascibles como los seres humanos en sus peores momentos; que son increíblemente poderosos y sin embargo increíblemente inmaduros; que, aunque en principio estén bien dispuestos, tienden a estallar en una ira incontrolable a la menor ofensa o al desaire más insignificante". Todo indica que nuestro chamán está, como Josué, bien respaldado, y no pierde nada firmando ese tipo de contratos: si llueve, no le pagan. Si no llueve, le pagan. Y, si le demoran el cheque, siempre tendrá en su haber la amenaza de aguarle cualquier tipo de celebración al ordenador del gasto. O mandarle un terremoto a la ciudad deudora.

Pero no me malinterpreten: no estoy, como el vicefiscal Juan Carlos Forero, contra el chamán ("explique las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que puede evitar el fenómeno de la lluvia"). Al fin y al cabo él -el chamán- sólo estaba ganándose su pan, haciendo su trabajo. Un trabajo (eso sí) caracterizado por la estafa, por la pretenciosa consecución de imposibles, pero, a la larga, poco diferente al que realizan la gran mayoría de personas. O díganme ustedes cuáles son las circunstancias de tiempo, modo y lugar con las cuales el inquisitivo vicefiscal piensa erradicar la corrupción en la Administración Pública. O cuáles son, las de los integrantes de los tres poderes, con las que harán cumplir los derechos ciudadanos consagrados en la constitución que juraron respetar. 

Ahora bien, si nos referimos a la publicidad de las organizaciones privadas comerciales, ahí sí que encontraremos abundantes dosis de chamanismo y charlatanería. O si no cuáles son las circunstancias de tiempo, modo y lugar con las que una empresa cosmética -y su respectiva agencia de publicidad- puede hacer rejuvenecer a una mujer en 21 días. O cuáles las de otra corporación que promete revitalizar personas gracias al uso de pulseras hechas de metales milagrosos. O cuáles las de otra más que asegura el éxito en la consecución de pareja por el mero uso de determinado desodorante.

Es curioso ver de qué modo la superstición gobierna, no sólo a la Fundación Teatro Nacional (entidad que canalizó los dineros públicos entregados al chamán), sino al mundo entero.  Es cuestión de todos los días asistir a una especie de configuración mafiosa, incluso más entramada que la mafiosa sociedad colombiana, a la que todos creemos pertenecer: sobornamos constantemente a vírgenes celestiales que ayudarán al equipo deportivo de nuestros amores, para lo cual éstas se trenzarán en feroces garroteras contra otras advocaciones de vírgenes que, a su turno, defenderán al equipo adversario, mientras que Dios, ese dechado de justicia y equilibrio (al que a estas alturas me imagino con gafas oscuras, un enorme tabaco en la boca y contando billetes), se resuelve caprichosamente por alguno de los dos bandos, a cambio de ¿humillantes rezos oportunistas? ¿Admisión a una cofradía o pandilla? ¿Favores a sus secuaces episcopales? ¿Nombramiento como ciudadano honorífico de algún lugar? 

Creo que voy a suspender aquí, no vaya a ser que esos defensores a ultranza de los poderes esotéricos de la Madre Tierra crean que me estoy burlando de ellos con todo esto del chamanismo (lo de Dios los tiene sin cuidado).


Y no es que me preocupen las admoniciones que estos guerreros naturalistas siempre tienen a flor de labios y que nos previenen sobre las desgracias que acaecerán sobre los blasfemos como yo: al fin y al cabo ya los aspavientos cuarentones de la madura Tierra, con sus ciclones y maremotos de medio pelo actuales (como quien levanta una chancleta amenazante), no son nada comparados con las, literalmente, volcánicas pataletas juveniles de las que era presa hace tres mil millones de años, cuando nadie se había metido con ella (ni siquiera los antipáticos dinosaurios, a los que les faltaban dos mil ochocientos millones de años para aparecer con sus pesadas y ruidosas pisadas). No: más bien temo que estos fervientes amantes de la naturaleza se ensañen contra mí y, en una de esas, se apodere de ellos el natural deseo de asesinarme propinándome una sobredosis de plomo (al fin y al cabo el plomo es un material natural). Porque bajo ese cascarón de dulzura y convivencia pacífica con la Madre Tierra yacen unos sujetos bravísimos y peligrosos.

No obstante, me queda una última cosa por decir: también es natural que como humano -y más como colombiano- no haya podido sustraerme a la tentación de la superstición. Por lo tanto, se me dio por tratar de vaticinar cómo puede resultar este nuevo año 2012 en Colombia. Y como ya habrán conjeturado, me serví del ingenioso método del hombre de la canción (¿Roberto?): tomé las noticias que sucedieron en Colombia entre el primero y el doce de enero, las trasladé a los dominios de las cabañuelas, e hice las mías propias (cabañuelas, no noticias). 



Así que, entre las uñas de Laura Acuña y otras apasionantes singularidades por el estilo, llegué a la conclusión de que un país con doce días de noticias estúpidas, producidas y emitidas por estúpidos, cuyos protagonistas son más estúpidos todavía, y cuyos receptores son también estúpidos, no puede ser otra cosa que un país estúpido infestado de estúpidos.  Obviamente las cabañuelas arrojaron como resultado un año supremamente estúpido.

En este caso, mi buena memoria me da el conocimiento anticipado de lo que ocurrirá -siempre ocurre lo mismo- en este miserable teatro de mala muerte. Y me da ventaja; lo que me asemeja a aquellos avivatos chamanes de la antigüedad que, al tener conocimientos de astronomía, predecían con éxito cuándo ocurriría el eclipse que dejaría boquiabiertos a todos los demás. Acabará el año y verán que tengo razón. Cabañuelas de amor/ adiós dolor/ y que llueva.

Aprovechemos que no prosperó la ley SOPA y oigamos Cabañuelas de Los Zuleta http://www.youtube.com/watch?v=bqEIQVD-pLg

sábado, 14 de enero de 2012

TRAINSPOTTING

"Porque no importa cuánto ocultes o robes, nunca alcanza". Renton, Trainspotting

Esta mañana (escribo esto el viernes) oí en una entrevista radial a uno de esos expertos mundiales en economía que son una suerte de oráculos para los grandes inversionistas. El tema tratado era (cómo no) la sostenida crisis mundial que nos afecta desde 2008. El experto hallaba culpables para ésta: los bancos y sus peligrosos (pero atractivos y tentadores) productos financieros. Pero detrás de productos y corporaciones hay, por supuesto, personas; personas a las que calificó, sin más vueltas, de adictas al dinero. Difícilmente se puede encontrar una mejor definición.


Inmediatamente vino a mi mente aquella gran película de los años 90: Trainspotting. Esta es la historia de tres jóvenes cuya adicción a la heroína se convierte en su único estilo de vida. Viven por y para alimentar su insaciable vicio, sin que les importen las consecuencias de sus acciones, muchas de las cuales no sólo los perjudican a ellos, sino también a perfectos deconocidos e incluso a sus seres queridos. Así -también- son estas personas, los llamados banqueros, quienes, desde las cúspides de las pirámides corporativas, destilan su bilis avarienta hasta las mismísimas bases, contaminándolo todo. Es una reacción en cadena, un efecto dominó, que arrasa con todas las consideraciones éticas y morales que encuentra a su paso: sólo existe una cosa en el mundo por y para la cual vivir: el dinero (que nunca duerme, según un inolvidable personaje de otra gran película, esta vez de los años 80).

Y aquí es donde nos preguntamos en qué momento viramos hacia ese despeñadero al que inevitablemente nos conducirá la furia codiciosa que estamos viviendo. Amor al dinero ha habido siempre; hace cuatrocientos años ese poderoso caballero era objeto de las rimas de Quevedo; y hace dos mil, en la forma de unas cuantas monedas de plata, bastó para que Judas traicionara a su maestro. Pero estoy seguro de que la actual voracidad monetaria es un hecho sin precedentes en la historia. Somos homogenizados desde la cuna para que todas las demás dimensiones de la vida (artísticas, intelectuales, físicas) no sean sino un medio para conseguir dinero, y no un fin en sí mismas. Que no se puede comer aire y, por lo tanto, hay que procurar las necesidades básicas que, casi sin excepción, requieren de dinero, de acuerdo. Pero una cosa es satisfacer dichas necesidades e, incluso, destinar unas reservas para garantizar un final de vida tranquilo, y otra cosa es la acumulación patológica de activos imposibles de gastar, ni aún viviendo cien vidas, mientras millones se mueren de hambre.

Puede que la explicación estribe en la desmedida lucha por el estatus en la que, como en una carrera de ratas, estamos involucrados al ser habitantes de estos enormes conglomerados humanos a los que el zoólogo Desmond Morris denominó supertribus, y que no son otra cosa que nuestras grandes urbes contemporáneas. Las condiciones actuales difieren drásticamente de las imperantes hace veinte mil años, cuando cada ser humano contaba con un espacio vital novecientas noventa veces veces superior al actual. Existían entonces mecanismos más claros para definir el estatus de cada cual. Y es para ese escenario, y no para el de las supertribus, que está diseñado nuestro cerebro, el cual no ha podido evolucionar al vertiginoso ritmo de los cambios sociales. Hoy día, a pesar de las monstruosas desigualdades que prácticamente sellan el destino de cada uno de nosotros al nacer, cualquiera puede, en teoría, acceder a las cumbres sociales, económicas y de poder. 



Esa constante (y perversa) presión ejercida a través de todas las esferas de la vida, es un componente del que es casi imposible sustraerse (presión que padecemos desde la escuela y el hogar hasta las más inocentes actividades de entretenimiento: ¿conocen, por ejemplo, algún videojuego cuyo objetivo sea otro distinto al de terminar como el amo del universo?).

Las supertribus, entonces, nos han hecho adictos a muchas cosas que actúan como válvulas de escape. Es inevitable desde el punto de vista biológico esa conducta psicópata de los poderosos por excelencia: los banqueros. Pero por muy entendible que sea no es, ni de cerca, excusable. Es por eso que desde la óptica racional urge una solución a la peor de esas adicciones: al dinero. Muchas adicciones pueden dañar a otras personas diferentes al adicto; así nos lo deja ver Trainspotting en la horripilante escena que nos muestra a un bebé muerto de física inanición debido al descuido de los adultos que lo acompañaban, envueltos éstos en una saturnalia de drogas de muchos días, y cuyo consuelo para el dolor de la pérdida del bebé consistió en prepararse un nuevo toque de heroína. Pero son más bien pocas adicciones, como la del dinero, las que no sólo afectan poco al adicto, sino que son increíblemente dañinas para millones de otras personas: no es, en este caso, un bebé que muere por dejadez, sino millones y millones que mueren todos los años por algo peor: por maldad (o si no que lo digan las centenas de miles de niños desnutridos de nuestro país, para no hablar de los del cuerno de África, abandonados a las hienas). Todo eso sin las horrorosas alucinaciones que, durante el síndrome de abstinencia, debía tributar el adicto protagonista de la película: estos banqueros nunca padecen el síndrome de abstiencia: cuando se les acaba la sustancia, consecuencia de sus sucios y malos negocios, siempre estará el alcahueta -y servil- papá gobierno para auxiliarlos: aquí tienes tu maldita droga. Y ellos celebrarán con otro toque (de billete).

Lo decía el economista de esta mañana: se busca al culpable donde sólo hay víctimas: en los pensionados, en los que perdieron sus casas, en los que vieron esfumarse sus ahorros de toda una vida. Los culpables no son esos, son aquellos delincuentes de cuello blanco cuyas movidas escatológicas terminan salpicándonos a todos. Para finalizar, y a propósito de eso, voy a referirme a otra de las escenas de la película: el adicto protagonista, en uno de sus múltiples intentos de dejar la heroína, se ve acosado por los primeros malestares de la abstinencia, por lo que decide introducirse unos supositorios de opio que providencialmente le suministra un dealer. Sin embargo, momentos después, se ve en la imperiosa necesidad de descargar sus intestinos; pero en vez de encontrar el impoluto baño que imagina, ingresa al único disponible ("El peor baño de Escocia"): una porqueriza maloliente y anegada cuyo inodoro averiado almacena las heces fecales de anteriores usuarios. Una vez aliviado, el angustiado junky cae en cuenta de dónde deben estar ahora los supositorios y, sin pensarlo dos veces,  mete las manos en su propia mierda hasta dar con las dos cápsulas salvadoras. 



Y exactamente así es el comportamiento de esos banqueros de mierda.