sábado, 2 de junio de 2012

COPYCAT


La película Copycat (Jon Amiel, 1995) nos muestra la historia de la psicóloga Helen Hudson, una experta en comportamientos criminales, quien, como resultado del acoso al que la somete uno de los psicópatas que alguna vez ayudó a  atrapar, padece agorafobia.  Los aquejados con este mal –que consiste en miedo irracional a lugares abiertos- raramente salen de sus casas, lo que hace que la doctora Hudson deba seguir desde la suya una serie de asesinatos cometidos por un psicópata cuya particularidad es la de copiar los modus operandi de otros psicópatas famosos (se trata de un copycat; un imitador);  comportamiento extraño en asesinos en serie, quienes suelen casarse con un único modus operandi.


Pues bien, así como el invento de Gutenberg quitó el monopolio del conocimiento y la información a reyes y clérigos e hizo que surgieran críticos especializados en los más variados temas, la revolución informática despojó a ese nueva élite de sus privilegios, proporcionado al ciudadano del común la posibilidad de generar opinión e información: Twiter, Facebook, y otras herramientas hipermasificadas, democratizaron hasta un límite insospechado las bondades de la información; pero también sus perjuicios. Por cuenta de ello tenemos millones de potenciales copycats: imitadores de sucesos que van de lo trivial a lo inverosímil, pasando por lo, francamente, macabro. Y, claro, al final de la cadena están los grandes conglomerados de comunicación para servir de caja de resonancia: una increíblemente mediocre si tenemos en cuenta sus contenidos; pero monstruosamente productiva en términos financieros.


Convencido como estoy de que la mayor fuerza del universo es el azar (que ha precipitado los acontecimientos hasta la maravilla del cerebro humano) y de que, en ese orden de ideas, todo es posible, me cuesta trabajo, sin embargo, no extrañarme con el hecho de que cuando aún seguían bajo tierra los mineros atrapados en Chile en 2010 nuestros equilibrados medios de comunicación se encargaron de encontrar un suceso similar aquí en Colombia. No sabe uno si casos así suceden a diario en el país y, simplemente, son ignorados hasta que otro suceso de talla mundial, como el mencionado de Chile –que, por supuesto, reporta muchísimos puntos de rating-, anima a nuestros comunicadores a revolear en cuadro buscando unas víctimas que habitualmente se hundirían en el olvido.


Para no ir más lejos, después del fastidioso asunto del senador Merlano no pasaron 15 días sin que otro político en La Guajira intentara sacar un arma delante de unos  policías que, antes de negarle una llamada a cierto coronel que lo eximiría de una prueba de alcoholemia,  lo habían detenido por manejar bajo el efecto de “sólo diez cervezas”. Y, en el mismo lapso de tiempo, el edil de Barrios Unidos de Bogotá, Édgar Riveros, detenido en otro retén policial, llamó a un policía amigo para que lo exonerara –con éxito- de la multa correspondiente por manejar con la restricción del pico y placa. Teniendo en cuenta lo caliente que estaba la noticia de Merlano, uno se pregunta en qué estaba pensando esa gente: tal vez los problemas que acarrea una situación así se ven generosamente compensados con los 15 minutos de fama que vaticinó Warhol hace cuarenta años.


Todo esto no pasaría de ser material de inventario de una patética república bananera si no fuera por los espeluznantes incidentes con que nos bombardean noticieros, periódicos y nuestros propios conocidos (y también los perfectamente desconocidos) a través de Twiter y Facebook. Da miedo creer que un amigo nuestro querrá imitar a Sigifredo –en caso de que éste sea culpable- y nos venderá al mejor postor por misteriosos propósitos; aunque da más miedo deducir que –si Sigifredo es inocente, como creo- un fiscal copycat,  ávido de figuración mediática y basado en pruebas deleznables y razonamientos ridículos, proferirá orden de captura en nuestra contra por un retorcido delito.


Sin embargo  todavía no hemos salido de las aguas mansas; entrando en aguas de tiburones, espeluzna hasta el insomnio saber que alguna de nuestras conocidas pueda correr la misma suerte de  Rosa Cely, la mujer violada, torturada y empalada por algún sádico medieval en el Parque Nacional. Ingredientes variables del drama (estrato bajo de la víctima, presencia en las redes sociales; ausencia de imágenes morbosas, violencia asombrosa) hacen que los grandes medios se hayan mostrado vacilantes en el cubrimiento de la noticia: no he oído un especial de dos horas en La W equivalente al asunto de la prostituta de Cartagena. (A propósito: teniendo nosotros, como nos hemos venido jactando de ello desde hace años, la mejor policía del mundo ¿no es extraño que los policías que encontraron moribunda a Rosa hubiesen omitido preguntarle el nombre de su victimario después de que ella les informara, con un hilo de voz, que ese victimario la había agredido con un casco y que, además, ella lo conocía? Ojo, no digo que estén involucrados, digo que son de una incompetencia rayana en la estupidez).


Y como nuestras aspiraciones de melodrama no se limitan a lo nacional –al fin y al cabo somos grandes emprendedores-, aterrorizan nuestras incursiones imitadoras en campos internacionales. Recordemos el caso inofensivo de la barranquillera que, no queriendo quedarse atrás por la noticia de que una italiana había tenido octillizos, burló el riguroso filtro de nuestros ecuánimes medios de comunicación asegurando estar embarazada de nueve bebés, los que finalmente se convirtieron en nueve primorosos kilos de trapo. Pero, si ese caso fue inofensivo, tengamos en cuenta que esta semana inverosímil que pasó nos trajo de Estados Unidos la noticia de un hombre que, bajo los efectos de una droga denominada sales de baño (?), devoró la cara de un habitante de la calle, quien en este momento se encuentra en estado crítico a causa del ataque. 


Sin saber, por otro lado, si la transmisión por TV de la serie Escobar, El Patrón Del Mal resultará favorable para nuestra sociedad (puesto que conoceremos a fondo una historia que no debe ser repetida bajo ninguna circunstancia) o perjudicial (y será, en cambio, inspiración para un semillero de superempresarios de la muerte que les pondrán la pata a los ya grandes jefes de los cientos de carteles que pululan en Colombia), me limito, desde la que aspiro sea la parte beneficiosa de la omnipresente ecuación mediática,  a hacer notar esas inquietantes coincidencias.


Ahora sólo me falta superar una incipiente agorafobia.

sábado, 26 de mayo de 2012

LOS TRES CONEJOS


“Son galgos te digo”/ “Digo que podencos”. Me voy a servir de una fábula de Tomás de Iriarte (Los Dos Conejos) para ilustrar el tema de hoy: el vergonzoso abuso de poder del senador Merlano en el asunto de la prueba de alcoholemia que, escudándose en su dignidad de senador, rehusó hacer.  Iriarte nos cuenta de un conejo que huye de unos perros (“no diré corría/volaba un conejo”), se encuentra con otro conejo amigo que sale de su madriguera y se pone a discutir con él sobre la raza de los perros que lo persiguen (“-Pero no son galgos”/ “-Pues ¿Qué son?” “-Podencos”).  En medio de la discusión de si son galgos o podencos, y en vez de refugiarse en la madriguera del segundo conejo -o seguir corriendo-, llegan los perros y los atrapan (“En esta disputa”/ “llegando los perros”, /”pillan descuidados”/ “a mis dos conejos”).


Antes de salir yo también a correr, por la amenaza de los perros que nos persiguen (nunca mejor dicho), déjenme que entre a terciar en la discusión de galgos y podencos en que han convertido el debate sobre la ley de conductores borrachos estos cánidos que nos gobiernan -con el perdón de mis amigos animalistas-. Todo parece orquestado para desviar la atención sobre el corazón del problema, pues ahora parece que la solución es que esa ley salga adelante sea como sea (“cero tolerancia al alcohol” sentenciaba en estos días el impostor Juan Lozano).  Como si eso fuere a cambiar en algo el problema verdadero.


Con respecto a la ley, debo decir que no termina de gustarme.  Creyendo que la fiebre está en las sábanas, ahora queremos ser, como dicen, más papistas que el papa.  Ni siquiera en sociedades que nos llevan años luz de distancia en este aspecto, como la estadounidense, las cosas llegan hasta ese límite ridículo.  Familiarizados como estamos con películas hollywoodenses, series de TV gringas y realities de policías americanos, sabemos que hay un límite de alcohol permitido para conducir, superado el cual la persona queda inhabilitada para hacerlo.  Aquí no.  Aquí, donde  no estamos ni cerca de evitar que la gente maneje borracha, pretendemos llegar al cero por ciento de porcentaje de alcohol en la sangre.  Estúpido. Por otro lado no es justo que, aparte del perjuicio a algunos establecimientos, muchas personas se priven del  placer inofensivo de tomarse una copa de vino con el almuerzo. Algo que, según expertos mundiales en la materia,  y como lo sabemos todos los que lo hemos hecho alguna vez, no representa ningún peligro. Lo que hará la absurda ley –igual que todas las leyes absurdas- será  que nadie la tome en serio; y que se preste, en cambio, para llenar los bolsillos de los agentes encargados de controlarla.


Porque tal vez ese sea el problema: los agentes encargados de controlar esa y muchas otras leyes.  Es decir, no ellos como tal, sino las condiciones en las que tienen que cumplir sus funciones.  Para empezar tenemos los salarios;  un agente de policía en Miami gana varias veces el salario de uno de nuestros patrulleros. Y su trabajo es admirado. Lo anterior hace que ese agente gringo lo piense dos veces antes de arriesgar su puesto, prestigioso y bien remunerado, a cambio de un soborno circunstancial, a diferencia de nuestra situación local en la que el policía  raso es visto como un ciudadano de segunda categoría. Y está lo de la autoridad. Lo hemos visto miles de veces: si alguien que es detenido por la policía de Miami comete la altanería de gritarle y señalar con el dedo a un representante de la ley, como lo hizo el sinvergüenza del senador de marras cuando sugirieron que había consumido alcohol (“¿A usted le consta?”), inmediatamente será, por muy senador que sea, derribado, inmovilizado y arrestado. Aquí no. Aquí todo el mundo mete miedo (“no saben quién soy yo”, “voy a anotar sus placas”).


Es una cuestión atávica. Yo, que desde hace años estoy consciente de que alcohol y gasolina no se deben mezclar (y por lo tanto dejé la gasolina), a veces me vi en aprietos con la policía porque mi pase estaba vencido, y no porque, como era evidente en ese momento, no debía manejar por mi nivel de alcohol en la sangre.  Los agentes de turno se aferraban a lo incontrovertible (la fecha de vencimiento) para poder sacar unos pesos que les ayudaran con sus exiguos ingresos. En otras ocasiones, persiguiendo lo mismo, se agazapaban en una calle que cambiaba abruptamente de sentido y cuya total ausencia de señales, que así lo indicaran, la convertían en trampa infalible para conductores no dotados con memoria de elefante; en el momento de la detención venían, claro, los gritos, los insultos, los tú no sabes quién soy yo, los voy a anotar tu placa; vejámenes que los agentes, sabiéndose culpables de felonía en su fuero interno, aguantaban con estoicismo digno de mejor causa.


Pero me dirán ustedes que los senadores colombianos -que ganan bien, que son miembros respetables de la sociedad (en teoría)- hacen también mal su trabajo, se saltan las leyes y los tienen sin cuidado las consideraciones éticas. Lo que, además de ser cierto, probablemente ocurra porque el problema tampoco sea el que mencioné antes: el de las condiciones en que se encuentran los servidores públicos.  Ni mucho menos la dureza o severidad de una ley: ¿Cuál hubiese sido la diferencia si la ley, en vez de  contemplar casa por cárcel al conductor borracho, estipulara la muerte del infractor en la horca? Ninguna: el senador habría llamado a su amigo el general y asunto arreglado. El problema real parece ser el que advirtió tantas veces, con su habitual lucidez, Álvaro Gómez Hurtado: que la ley no se cumple. La solución, pues, no estaría en hacer más y más leyes (estamos enfermos, somos obsesivo-compulsivos, somos acumuladores de leyes y leyes que no sirven para nada; leyes que esperamos usar algún día, leyes arrumadas que nadie cumple) sino, como decía Álvaro, en cumplir y hacer cumplir las que ya hay. 


En la fábula de Iriarte hay dos conejos.  En nuestra tragicomedia hay tres: los tres conejos que los perros que nos gobiernan le quieren poner a la ley y a la ética.  Tres conejos en lugar de tres renuncias que deberían estar sobre la mesa; tres renuncias que serían los actos que, realmente, podrían salvarnos de ser devorados por los depredadores de siempre, en vez de insistir en la tontería estéril de discutir si la ley debería ser así o asá: se necesita que los servidores públicos sepan que sus bellaquerías no quedarán impunes, a ver si por fin cambiamos esta cultura tramposa que nos asfixia.

En primer lugar está el conejo del general, cuya renuncia -como perspicazmente lo anotaba el jueves en su columna de El Heraldo Alonso Sánchez Baute- no ha sido aceptada. Quizás –siguiendo a Sánchez Baute- estén esperando a que se calme el temporal y todo se olvide.  Después está el conejo de Juan Lozano, el presidente del partido del senador, quien, fiel a su fórmula de mostrarse indignado con asuntos que le atañen a él mismo, evita enfrentar un escándalo más que se suma a la ya larga lista de escándalos de su partido. Un tipo que no es capaz de detener  la invasión de hampones a su colectividad -que no hacen otra cosa que perjudicar al país- debería, por simple ética, renunciar, y no indignarse con fantasmagóricos culpables. Y en tercer término el enorme conejo, la liebre antediluviana, del senador Merlano. Su argumento de que los policías, por ser él portador de una credencial de senador, no podían faltarle “ese” respeto (solicitarle su permiso de conducir) es francamente  repugnante e intolerable. Y qué decir del argumento de que “cincuenta mil petsonas” lo eligieron; de que cincuenta mil personas quieren que él esté ahí en el congreso y lo avalan para que haga con la ley lo que le dé la gana. Pues déjanos decirte maldito mequetrefe  que por otro lado somos cuarenta y cuatro millones novecientas cincuenta mil personas las que no queremos que te pases por la galleta la constitución. Las mismas que queremos que te largues del congreso con tu vocecita de imbécil a bravuconear a otra parte.
  
“Son galgos te digo”/ “Digo que podencos”. No son galgos ni podencos;  son servidores públicos colombianos corruptos.

Y eso es peor.


@samrosacruz

sábado, 19 de mayo de 2012

EL REY DESNUDO


En mi última columna afirmé que hay una estirpe mafiosa, compuesta por grandes empresarios, que resulta mucho más peligrosa que aquella más familiar a nuestra prefiguración habitual de mafia. Y lo sigo sosteniendo. Sólo que cuando ataca la otra mafia –la mediática, la evidente- lo hace de forma más espectacular. Lo que, a su turno, favorece el hambre sensacionalista de los medios masivos, quienes, de ese modo, pueden dar rienda suelta a su repetitiva función de libreto mínimo y ganancias monstruosas con la tranquilidad de no estar pisando el terreno minado de ningún poderoso: el anonimato del terrorismo no sólo ofrece ventajas al terrorista.

Lo digo, obviamente, por el atentado de que fue objeto el exministro Londoño. La repetición vacía de las imágenes televisadas del exministro caminando ensangrentado, acompañadas de las revelaciones más estúpidas, hacen parecer interesantes las especulaciones que otros cándidos opinadores nos atrevemos a hacer (los verdaderos autores intelectuales de los atentados deben morirse de risa en reuniones en que se leen en voz alta los ríos de tinta -o de bits- que corren en estas circunstancias).

Que fue la extrema derecha, que, con ello, sabotearía la viabilidad del marco legal para la paz. Si Londoño, el principal objetivo del atentado –y quien por poco pierde la vida en éste-, no fuese casi un símbolo de esa orientación política, y uno de los principales líderes de opinión encargados de torpedear la iniciativa del gobierno, la hipótesis tendría sentido. Aunque casos se han visto. Que fue la extrema izquierda (esto es, las Farc), que, así, demostraría un poder bélico perdido en la última década. Razonable, sólo si esa jugada no pusiera en bandeja de plata los argumentos del otro bando, enemigo de un proceso de paz con las Farc. Aunque –es verdad- los salvajes razonamientos y procedimientos de las Farc dan fe de su torpe manejo estratégico.

Sin embargo, suele suceder que manejos que a todas luces parecen torpes o incongruentes son, en realidad, habilísimos.  Y no tienen nada que ver con izquierdas o derechas, sino con algo mucho menos complejo, más primitivo; algo que está grabado en nuestro genoma, heredado de nuestros antepasados, exitosos acaparadores que, por haberlo sido, lograron transmitir su material genético y legar estas generaciones de seres increíblemente mezquinos: la avaricia. Así que esa idea romántica –aunque no menos detestable- de que estos actos de violencia corresponden a una lucha de ideas es ingenua. Lo más probable es que la motivación de los autores intelectuales tenga que ver más con su modesto plan de quedarse con todo. Con absolutamente todo. Es la guerra desigual de los pocos poderosos contra los muchísimos indefensos.

Y para eso –como en cualquier guerra- todo vale. Desde conspiraciones caníbales hasta alianzas con los enemigos en el papel. De manera que la amenaza que representa la superficial disidencia de un elemento vanidoso, que quiere pasar a la historia a pesar de su casi cantado fracaso (como todo lo vanidoso), alcanza para generar mensajes disuasorios por parte de los enemigos de la paz (“Juan Manuel: esas vainas no se hacen ni en broma”). O dicho de un modo más realista: de los amigos de la guerra, de los parásitos de la guerra, de los que viven de la guerra; de los insaciables acumuladores de bienes provenientes del simple hecho de que los demás nos matemos unos a otros.

No importa si es el terrateniente que ve con temor el advenimiento de políticas sociales que den al traste con su negocio especulativo; o el guerrillero que avizora el final de su negocio de narcotráfico en envidiable posición; o el militar retirado que ofrece servicios de seguridad o comercializa dotaciones militares; o el extorsionista o secuestrador que ya no contará con un ejército ilegal que respalde la continuidad de su negocio. El fin es uno solo: conseguir mucha plata, muy rápido y con pocos riesgos; las ideas y las etiquetas son lo de menos. Y también los medios para llegar al fin: terrorismo de bombas y de muertos inocentes, la fórmula más efectiva y fácil para estos matones, carroñeros a su vez de la matanza sistemática, gradual y silenciosa de los otros mafiosos, los grandes, los de cuello blanco: porque de la enorme desigualdad en los ingresos y las oportunidades, propiciada por las élites indolentes, nacen los criaderos de que se nutren las otras mafias.

Y, claro, entre los medios para conseguir el fin figuran, como poderosa arma de distracción y manipulación, los grandes conglomerados de comunicación;  El Tiempo nos trae en su editorial del día después del atentado (titulado “Todos Contra el Terror”), esta infantil moraleja de cuento de hadas -para tranquilizarnos y evitar que pensemos-: “Si de algo sirven episodios anteriores es para predecir que, tarde o temprano, el brazo de la justicia acabará alcanzando a los delincuentes y que sobre ellos caerá implacable el peso de la ley.” Supongo que así como alcanzó ese largo brazo a los asesinos intelectuales de Álvaro Gómez hace 17 años. O de Galán hace 23. O de Gaitán hace 64. O de Uribe Uribe hace casi 100.

No parece serio eso del implacable brazo de la ley. Lo que más bien se puede predecir es que los verdaderos autores del atentado seguirán en la sombra. Y nuestra vida seguirá sumida en el embotamiento de las distracciones del fútbol, la moda y la televisión. Con todo esto -y ya que hablamos de fábulas- no estoy diciendo otra cosa diferente a que el rey va desnudo. Así como en el cuento de Andersen todos veían que en realidad el rey iba desnudo, así también aquí todos vemos cosas que sabemos y preferimos callar: la más importante: que hay unos poquísimos dueños del país para los que los demás trabajamos  en condiciones esclavizadoras (unos más que otros, por supuesto).

Lo peor es que (hay que decirlo) el resto, los no mafiosos, defendemos también -mezquinamente- la posición de relativa ventaja que hayamos logrado obtener y dejamos que el resto se las arregle como pueda; conducta que sigue en la misma vía hasta que la pauperización social y económica nos alcanza (cuyo brazo sí que es largo –cada vez más-; y, por cierto, implacable). Mientras tanto, la furia acaparadora, también presente en nuestros genes, la practicamos sin los filtros del razonamiento, la solidaridad y la ética, componentes salvadores en otras sociedades mejores. Las otras motivaciones que aparentemente nos mueven (como, digamos, la religión) son meras coartadas para interpretaciones leguleyas en materia ética y moral que nos descargan de culpas. De modo que, mientras las cosas sigan así, los no mafiosos no diferiremos mucho de los mafiosos. Sólo que ellos seguirán teniendo las bombas. Y las leyes.

sábado, 12 de mayo de 2012

EL PADRINO


“Detrás de toda gran fortuna hay un crimen” Balzac

Pensaba escribir esta semana sobre el galimatías en que se me ha convertido, con los años, el asunto del fútbol: Barcelona, Real Madrid, Falcao… (¿Cuántas copas hay?). Sin embargo, un incidente con el banco  AV Villas -que más bien es una colección de incidentes- me obliga a exorcizar los demonios de la cólera en su más pura esencia (que fue lo que experimenté cuando traté, por enésima vez, de cancelar una tarjeta de crédito que en mala hora acepté de esa entidad).

Perdónenme que insista en un tema al que me referí en una columna anterior, pero sigo notando una confusión que reina en las mentes de los pocos que creen que no son víctimas de la mafia: mafia y narcotráfico no son lo mismo; a lo sumo coinciden en la parte más notoria –mediática- de la ecuación, pero -para seguir con los términos matemáticos- el conjunto narcotráfico pertenece al muchísimo más grande conjunto mafia: está incluido en él. De hecho el narcotráfico, como delito, es un fenómeno relativamente reciente: a lo sumo tendrá cien años; bien poco frente a la milenaria práctica de la mafia en casi todos los órdenes de la vida, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

En realidad estamos cercados por sistemas mafiosos contra los que poco o nada podemos hacer. Y los bancos son sistemas poderosos que ejercen, de alguna manera, una de las prácticas mafiosas más comunes de todos los tiempos: la extorsión. Es decir, pagamos determinada suma mensual o nos atenemos a las consecuencias; a un abanico bastante amplio de ellas, que pueden ir desde el descrédito (financiero, digamos) hasta la muerte.

Pero eso es después. Al principio todo es amistad (“hoy fío, mañana también”, leí en una valla al entrar por última vez en mi vida –espero- a la sucursal Chicó del banco AV Villas): el mafioso que más tarde, cuando no podamos pagar los absurdos intereses, nos partirá las piernas, al principio es un magnánimo benefactor que nos ayuda a cumplir nuestros sueños, que se preocupa por qué tan alto queremos llegar, que sabe dónde está lo que queremos tener. Invitaciones, tragos, fiestas en el caso de los mafiosos comunes; bebés, familias nucleares, mascotas, carros de gama media en el caso de los otros mafiosos, los más peligrosos.

Una vez que nos han regalado una tarjeta de crédito que no tendrá cuota de manejo por dos años, y que aceptamos a pesar de no necesitarla, podemos darnos como prisioneros de una trama kafkiana de la que sólo nos librará la tenacidad de Gandhi, la paciencia de Job, la astucia de Rasputín, la temeridad de David. Les contaré mi caso sin exageraciones. Esa tarjeta que me regalaron, que no necesitaba y que, sin embargo, acepté, nunca la usaba. Fui víctima de la trampa que consiste en creer que si uno es beneficiario de un crédito es una especie de elegido y, por lo tanto, debe aceptarlo sin chistar. El truco, por supuesto, consiste en que, cuando se acaban los dos años de gracia, el banco empieza a cobrar una cuota de manejo cuyo monto, en el caso mío, preferiría gastar en cualquier otra cosa en el mundo diferente a abultar los colosales bolsillos de un bellaco disfrazado de persona decente.

Y ahí es cuando empieza una empresa formidable, equivalente a construir un canal interoceánico, a enviar una misión tripulada a Marte, a conseguir un taxi en Bogotá: cancelar la tarjeta. Porque el que esté pensando que todo es cuestión de decidir no querer recibir más el servicio debe ser porque nació ayer por la tarde. Como supongo que el banco no quiere cancelarla (para así seguir succionando de la micro teta que yo le ofrezco, que unida a millones de otras micro tetas…) ni siquiera intento hacerlo por teléfono y, en cambio, me desplazo hasta la sucursal que expidió la tarjeta (ir a otra es una pérdida de tiempo reservada para candorosos novatos).

-      -- Señor Samuel, el trámite lo puede hacer por teléfono.
-      -- Ustedes siempre tan amables y considerados, pero ya que estoy aquí…
-      --Señor Samuel, la política del banco estipula que el trámite se debe hacer por teléfono.
-      --Pero yo estoy aquí de cuerpo presente con mi documento de identidad, vine por mi propia voluntad, y quiero cancel…
-  --Sí Señor Samuel, pero… (cara de idiota insuperable, sonrisa congelada, ademán repetitivo de asentimiento con la cabeza, mirada fija -como de búho- sobre mi cara).

Bien, nada que hacer. Me voy a mi casa y me dispongo a sortear el segundo obstáculo que me pone el banco para dejar de pagar por un servicio que no deseo: hacer mi petición a una operadora. Realmente ese es el tercero, pues el menú del audiovillas -el sistema de call center del banco- representa uno monumental, saturado de rutas oscuras, de opciones ambiguas, de digitación repetitiva de datos, de transferencias de un operador a otro (que muchas veces terminan en el corte de la llamada).

-    --  Señor Samuel, no le puedo cancelar la tarjeta porque tiene un saldo.
-   --¿Saldo? Pero si yo cancelé la cuota de manejo que ustedes, por lo demás, cobran por adelantado; es decir me roban: me cobran una porción del servicio que no recibiré y que, por supuesto, ustedes no me devolverán.
-     --Sí señor, pero como canceló un día después de la fecha límite se generaron intereses de doscientos noventa y nueve pesos.
-    --¿O sea que ustedes me cobran cuarenta y ocho mil pesos adelantados por tres meses de servicios de los cuales sólo utilizaré dos días y no lo cruzan con mi deuda astronómicamente menor? Es decir que me deben cuarenta y seis mil novecientos treinta y tres pesos, que contra los doscientos noventa y nueve que yo deb…
-   --Sí Señor Samuel, pero… (no la estoy viendo, pero supongo que: cara de idiota insuperable, sonrisa congelada, ademán repetitivo de asentimiento con la cabeza, mirada fija -como de búho- sobre la pared de su cubículo).

Sé que muchos en ese momento –como yo lo hice- se olvidan del asunto y siguen con sus vidas: hacer una cola kilométrica para pagar doscientos noventa y nueve pesos es tan humillante que el banco lo planea así para que el usuario desista de cancelar la tarjeta (y la micro teta siga ahí). Pero cuando llega una nueva cuenta, con cuarenta y ocho mil pesos más que saldrán de mi bolsillo al sucio bolsillo un criminal, vuelvo a la carga. Pago la factura (esta vez me aseguro de que sea antes del vencimiento) y me enfrento una vez más al menú de audiovillas y a la operadora.

-      --Señor Samuel, su saldo está en ceros pero, antes de cancelarle la tarjeta, es política del banco que usted conteste unas preguntas: un test de titularidad.
-     -- Claro, con mucho gusto…
-  --Señor Samuel (se los juro por lo más sagrado), dígame la fecha y monto exactos de la última transacción de su cuenta de ahorros.
-   --Señorita, esa cuenta de la que usted habla había olvidado que existía, está inactiva desde el año 1997. No tiene relación alguna con mi tarjeta de crédito. Y en cuanto a la fecha y monto exactos de la última transacción que ust…
- --Sí Señor Samuel, pero… (cara de idiota insuperable, sonrisa congelada, ademán repetitivo de asentimiento con la cabeza, mirada fija -como de búho- sobre la pared de su cubículo).

“Y sigue el cuento del gallo capón”, como dirían en Macondo. Porque aún tengo que hacer tres o cuatro procedimientos engorrosos más de ese tipo para lograr cancelar una tarjeta que no quiero de un banco al que no le debo ni un solo peso. Procedimientos que necesariamente tienen que ir acompañados de largas esperas y mortificantes peleas de alaridos, en las que inocentes operadores telefónicos, o dependientes de mostrador, tan atrapados como yo en la red mafiosa, reciben –de parte mía- torvas acusaciones de ser extorsionistas y rateros (sí: este pacífico homo sapiens que ustedes suelen ver, ante la estupidez extrema o la arbitrariedad descarada, desaparece y da vía a un feroz troglodita que vocifera).

El mecanismo ya está inventado hace siglos: el capo siempre pone a sus soldados como carne de cañón.  Éstos se encargan de hacer las amenazas (explícitas, veladas; no importa): si sencillamente, y ante la impotencia de detener la hemorragia de plata, decidimos suspender los pagos, el banco se encarga de recordarnos que nos reportarán a las centrales de riesgo crediticio; con lo cual se nos cerrarán las puertas de todos los otros negocios mafiosos -propiedad de los socios del banquero- sin cuyos servicios ha hecho imposible la vida esa conspiración de ratas de alcantarilla: líneas celulares, servicios de internet, créditos para compra de vivienda, de vehículo, etc…

Yo considero eso como una extorsión con todas sus letras; me obligan a pagar contra mi voluntad por un servicio que no quiero, como le dije a los gritos a la última operadora después de que no aceptó un “porque me da mi soberana gana” como respuesta a la pregunta –requisito, también, para culminar el proceso- de cuál era la causa de la cancelación de la dichosa tarjeta.

Lo peor es que un comportamiento mafioso de esa naturaleza -como el de cierto banquero colombiano- logra, gracias a unas imaginarias “calidades humanas”, la adulación de casi todos los periodistas de este país. Difícilmente veo columnas que denuncien la usura, la humillación y el robo a las que un criminal así somete a millones de familias. Condiciones que terminan abonando de resentimientos el terreno del que saldrán los escobares, los murcias, los castaños. Gente que no está dispuesta a dejarse pisotear sin dar por lo menos la pelea. Porque lo de la tarjeta es sólo la punta del iceberg: gracias a que las leyes y las instituciones de vigilancia hacen parte de la telaraña mafiosa, hay otras miles de arbitrariedades que se cometen libre e impunemente en el sector bancario.

Esa, exactamente, es la motivación del ficticio Vito Corleone para convertirse en el gran capo de la mafia de Nueva York de los años veinte.  Nos lo cuenta Mario Puzo en su novela El Padrino: Vito, humillado por Don Fanucci -el jefe de la Mano Negra- y víctima de la pobreza propiciada por los pezzonovanti (peces gordos; de la política, de la industria, del comercio), decide crear su propio ejército, su propio código de comportamiento -en el que se obedece a sí mismo exclusivamente- para luchar contra unas leyes e instituciones también inoperantes y cómplices del crimen legitimado.

Sin embargo, El Padrino resulta ser la versión para niños de lo que realmente sucede en Colombia. Vito es un pobre aprendiz. Y Puzo un optimista, un escritor infantil. Con todo y su poder Vito siente la intimidación de Tattaglia, la amenaza de Sollozo, la acechanza de Barzini. No vive tranquilo; como tampoco viven tranquilos aquí, mientras no los matan, los escobares, los murcias, los castaños.

Este otro, en cambio, sí vive tranquilo. Es el verdadero Padrino, el titiritero que maneja los hilos desde las tramoyas de los call centers, de las sucursales bancarias, de los funcionarios grises esclavizados que lo esconden y protegen a él, tipo elusivo, bribón y asesino. Pero incluso lo protegemos todos los demás: no tenemos la sangre para declararlo enemigo público (que es lo que es); ni de armar un ejército para defendernos, como los que armaron Vito, Escobar, Castaño.  Su ejército menor son el Ejército Nacional y la Policía Nacional; todos a su servicio. El mayor somos nosotros, siguiéndole el juego de unos créditos que le rogamos indignamente para comprar unas cosas que él mismo nos ha convencido de que necesitamos; admirando su fortuna sucia, viejo ladrón y usurero.

Sé que aconsejan no escribir cuando se tiene la sangre caliente, porque se tiende a ser más visceral que racional. Pero –aunque ustedes no lo crean- esa columna visceral ya fue escrita y desechada. Esta es la racional.

domingo, 6 de mayo de 2012

RISA EN LA OSCURIDAD


Quedarse sin tema para escribir en este país es imposible.  Cuando esta semana sentí que me podía pasar, de repente  surgieron, de entre las baratijas informativas con que nos atiborran a diario los medios masivos de comunicación, los temas con los que lectores y escritores, víctimas voluntarias de esa gran trampa, nos sentimos a gusto. Supongamos que  unos corruptos subversivos no hubiesen secuestrado a un periodista francés después de comprometerse a no secuestrar más. Supongamos que un corrupto oficial no pretendiese extorsionar al Estado  con 534 millones de pesos. Aún así, suponiendo lo anterior, sucedió que unos corruptores del conocimiento se exhibieron como la gran cosa porque nos ofrecieron ¿hora y media? de entrevista con una prostituta. Y justo después de eso apareció la primera letra en mi hoja en blanco.

Aunque realmente no fue justo después;  digamos que fue durante la entrevista mencionada, pues a la décima pregunta repetida, y luego de oír las interesantes opiniones de Dania Londoño –la mujer involucrada en el escándalo del Servico de Seguridad del presidente Obama- acerca del encopetado mundo árabe de Dubai, decidí apagar la radio y empezar a escribir. La historia de hombres importantes que se meten en líos por sus andanzas con mujeres de la vida alegre se dan por cargas; sin embargo esta la relacioné, por algún motivo, con una entretenida novela del prodigioso Vladimir Nabokov: Risa en la Oscuridad. 

En la novela, Albinus, un prestante y acaudalado crítico de arte, cansado de la monotonía de su vida regular de hombre de familia, decide tener una aventura con Margot, una joven y fracasada artista que ha tenido que consolarse con un trabajo como dependiente de un teatro. Las cosas rápidamente se le complican a Albinus: su mujer descubre su affaire y lo abandona; pronto se hace evidente que a Margot lo único que le interesa de Albinus es su dinero, pues éste se da cuenta de que su nueva pareja le es infiel con Alex, un amigo a quien Albinus creía gay; más tarde, debido a un accidente, queda ciego y, aprovechando esta circunstancia, Margot y Alex –a quien  Albinus en esos momentos ya supone desterrado de sus vidas- siguen adelante con su relación en sus propias narices: valiéndose de un minucioso sigilo los dos amantes furtivos viven en la propia casa de Albinus y saquean sistemáticamente sus cuentas bancarias. En resumen: “su vida terminó en un desastre”.

La otra historia, la doméstica, la conocemos bien todos: unos agentes americanos encubiertos, de misión en Cartagena, se fueron a bailar y a tomar alcohol como piratas en vacaciones (“…y nadie se da cuenta, que son americaaaaaanooooos”), para luego irse a tener sexo con alguna mujer nativa, de esas que huelen, como las tintoreras la sangre, los dólares a kilómetros (“…con romance incluido, a la larga pagado, por americaaaaanooos”).

Todo eso no hubiese dejado de ser rutinario si al agente de inteligencia no se le da por hacer la poco inteligente jugada de negarle el pago a la prostituta en cuestión y echarla del cuarto en términos bastante despectivos (let’s go bitch). Ahí fue Troya: porque sin que en ese momento hubiera ocurrido todavía la equivocación de Shakira en el himno, la prensa vio al hotel, a la ciudad, a la puta y al agente tal como ven una bandada de buitres a un búfalo agonizando, y, con el búfalo aún vivo, se precipitan sobre él hasta dejarlo en los físicos huesos. Así fue: reacciones de la esposa del agente implicado, escándalos parecidos de agentes americanos en otras latitudes, declaraciones de Obama, despidos, especulaciones de espionaje, solicitud diplomática de excusas, solicitud diplomática de nuevas excusas, y, cómo no, la chiva sobre la identidad de la prostituta, que, como no es difícil de suponer a estas alturas, la consiguió Julito (que por ello se debe sentir el rey del mundo).

Julito, pues, nos consiguió la importante noticia y nos regaló ¿dos horas? para que nos empapáramos del pensamiento, obra, vida y milagros de Dania Londoño (y ya los conocemos, sin embargo seguimos ignorando el pensamiento, obra, vida y milagros de Fernando Savater, de Umberto Eco, de Stephen Hawking… Pero ¿a quién le interesa saber eso?). De resto nada: ni una sola revelación que permitiera conseguir pistas para disminuir el fenómeno de la prostitución en Cartagena: ni los mecanismos, ni las redes, ni los titiriteros que manejan el negocio tras bambalinas; nada que no supiéramos nos dijo Dania, sólo que ella no sabe nada (tal vez sepamos más el resto, puesto que la brillantez intelectual de Dania delata la inevitabilidad de su destino y sugiere que la entrevista se excedió en 1 hora y cincuenta y nueve minutos para revelar lo que necesitábamos saber). Supimos, sí, por boca de ella, que le gustaba la buena vida; lo que tampoco nos sirve para mostrar la realidad de tantas otras putas que lo que les gusta es, simplemente, no morir de hambre.  Y lo que, a juzgar por la lucidez de sus declaraciones y su impecable español, no era difícil de inferir.

Hay, sin embargo, algunas diferencias entre el caso que nos ocupa y Risa en la Oscuridad. Para empezar mientras Albinus terminó bastante mal (no se imaginan cuánto), al agente del servicio secreto que protagonizó el incidente, a pesar de la eventual pérdida de su empleo, y según nos lo ha hecho saber la prensa en una de sus trascendentales revelaciones, su esposa lo perdonó. La sacó barata respecto a Albinus, cuya esposa no sufrió el escarnio público de sentirse burlada y, no obstante, abandonó a Albinus sin la oportunidad de una excusa providencial. Por otro lado, mientras Margot  pasó de aspirar a ser una artista a convertirse en una prostituta fina, Dania pasó de ser una prostituta fina a convertirse en una potencial estrella del espectáculo.  Tal como están las cosas hoy –nada que no hubiera predicho Andy Warhol- a Dania le esperan sus 15 minutos de fama –o digamos doce, puesto que debe llevar por lo menos tres-: ya Julito fue contactado por la revista Playboy para conseguir el desnudo de Dania (ahora mismo Soho pasó a ser una amante vergonzante para él -quizás una puta- y ya no debe sentirse el rey del mundo; ya está seguro de que lo es).

Con todo, existe una semejanza que no se ve a simple vista, más bien se siente en el ambiente.  Es la misma sensación que invadía a Albinus en las tinieblas de su ceguera: la impresión de que alguien se estaba riendo de él. No obstante, en la historia de Cartagena no parece haber nadie con ganas de reirse: Dania, a pesar de su cuarto de hora por venir, se queja del descrédito que le ha granjeado el suceso frente a sus amigos y su madre; el agente, aunque perdonado por su esposa, parece que recibirá una grave amonestación laboral; Colombia, qué les digo, nunca ríe: a paraíso de drogas se suma ahora la fama de edén de putas (y de paso el hecho opacó la Cumbre); Obama pierde puntos ante sus electores por cuenta del desliz de sus agentes; Cartagena se afectó negativamente; los hoteles, en cierta medida, también…

Sólo se sigue adivinando una risa de hiena que se burla en las penumbras a las que nos somete el oscurantismo del nuevo tipo de conocimiento que tenemos en esta época contemporánea. La obesidad mental que nos aqueja (ampliaré este tema del profesor Andrew Oitke en otra columna)  nos hace preferir los detritos de las realizaciones humanas y los cadáveres de las reputaciones y las noticias sobre otras informaciones vitales que nos harían mejores personas, mejores sociedades. Nuestro alimento intelectual es chatarra, nuestra dieta mental está compuesta por tonterías, por porquerías, por banalidades: hamburguesas de conocimiento, donuts de información; desdeñamos los pensamientos profundos y las ideas importantes en beneficio de los escándalos personales, del sensacionalismo, de las catástrofes, de lo morboso.  Eso es lo que queremos leer, lo que queremos oír, lo que queremos escribir. Y, sobre todo, lo que queremos ver.

Así que la risa de hiena que percibimos es de nadie menos que de los únicos ganadores con todo este acontecimiento: los gallinazos hambrientos de los medios de comunicación de todo el mundo.  Y, en especial, de los medios de comunicación de este miserable país, que se alimentan de la carroña de los carroñeros: un buitre picoteando las tripas putrefactas del cadáver de una hiena.

Y la vida que ha terminado en un desastre intelectual es la de todos nosotros.

domingo, 29 de abril de 2012

EL BARÓN DE MÜNCHHAUSEN


Cien mil viviendas para los más pobres ha anunciado el gobierno nacional a través del Presidente Santos y del nuevo ministro de vivienda Germán Vargas Lleras. A pesar de que suena un poco a dar el pescado en vez de enseñar a pescar, indudablemente es una buena noticia para muchos (algunos, sin embargo, prefieren que haya gente durmiendo en la calle con tal de mostrar el fracaso del gobierno actual en contraste con el suyo; cosas de la vanidad humana).  Es mejor, en todo caso, tener el pescado, así no se sepa pescar, a no tener nada (todo esto lo hemos ido aprendiendo poco a poco de Pambelé); y  es reconfortante saber que un uno por ciento de colombianos, de entre los más pobres, tendrá un techo -suponemos- digno.

El hecho de que las viviendas sean gratis no hace sino agregarle un ingrediente de justicia social a una sociedad que suele ofrecer muchísimo a poquísimos, poco a muchos y nada a muchísimos. Aún así, a esta iniciativa todavía le espera una travesía épica en los traicioneros pantanos del Congreso, en los peligrosos callejones de la burocracia, y en el nido de ratas de los avivatos que, teniendo algo, quieren aparentar no tener nada.

Con todo, no voy a aplaudir sin reservas esa astuta medida presidencial por el simple hecho de que, de darse, favorecería a gentes habitualmente ignoradas; ni siquiera apoyándome en la tesis de que ese simple hecho anulare las verdaderas motivaciones que tal iniciativa pudiere tener.

Y no lo haré porque me parece el colmo que tengan que darse ciertas condiciones que amenacen seriamente las posiciones dominantes de algunos para que la mezquindad se disfrace de indulgencia (cosas de la avaricia humana) y sea coronada entre los vivas de la muchedumbre ignorante. Porque no, no cometeré, así el ambiente nacional sea ahora el propicio, el acto de populismo de opinión de repetir el cuentico de que la gente no es estúpida, de que al pueblo no lo engañan tan fácilmente; porque sí, sí lo engañan; y sí, definitivamente, es estúpido. Para rebatirme sólo tendrían que explicarme cómo fue que nosotros elegimos presidente a Pastrana aquí en Colombia (cualquiera de los dos). O ellos a Bush en E.E.U.U. (cualquiera de los dos). O como fue que ellos reeligieron a Bush hijo. Y nosotros a Uribe.

Y para explicar mi hipótesis de las razones ocultas tengo que recurrir a una afirmación que seguramente me meterá en problemas con algunos: esas viviendas, esas cien mil viviendas que, con el favor de Dios, tendrán unos, digamos, cuatrocientos cincuenta mil colombianos, no se las debemos agradecer a Santos, sino a un ingrediente externo: a Chávez. Porque sin la sombra que proyecta el coronel venezolano sobre la aterrada ultraderecha colombiana, el presidente Santos no hubiera salido de su torre de marfil de vanidad y elitismo. Sin su amenaza izquierdista del siglo XXI, que ya ha arrastrado a buena parte de nuestros vecinos, y que, como bien lo dijo hace poco Plinio Apuleyo, tiene representantes de variada intensidad aquí en Colombia (la nueva Marcha Patriótica entre los de mayor intensidad), la élite colombiana no hubiese tenido que recurrir a una receta populista de tamaña envergadura (que de todos modos, insisto, corre el peligro de que sus recursos desemboquen en los bolsillos de burócratas corruptos y contratistas aventajados).

Por supuesto, los nubarrones chavistas no hubiesen sido suficientes si domésticamente no estuvieran pasando cosas. Por un lado cierta senadora izquierdista ha logrado fotos memorables gracias a sus circenses espectáculos de liberación y, con ello, ha conseguido medrar en el imaginario mesiánico nacional. Por otro, el alcalde de Bogotá, también de reconocido corte izquierdoso, aunque con incongruencias caricaturescas, es el populismo por antonomasia: además de regalar agua a los estratos bajos, ha hablado de cambiar la destinación a vivienda popular de ciertos terrenos inicialmente proyectados para importantes vías. Si a lo anterior sumamos el hecho de que la Alcaldía de Bogotá se ha convertido en el principal trampolín para acceder a la Presidencia de la República (no tengo sino que volver a recordar a Pastrana) nos encontramos con una carrera armamentista de cheques en la que la chequera más grande tiene la ventaja. Y Santos está empeñado en demostrarlo.

Pero aún esos hechos domésticos serían insuficientes sin un tercer ingrediente: el desplome de la imagen favorable -de la popularidad- de Santos. Y es que, por estúpida que sea la gente, hay una voz que la hace  desenmascarar a los fantasiosos pajaritos en el aire que pinta el presidente; y es aquella que sale por la boca del estómago. Porque, agotando los modelos de chalecos de todo tipo, y con su discurso baboso, decorado con las dos manos puestas a desnivel frente a su cara por todo recurso de lenguaje no verbal, el presidente no ha hecho, desde su posesión, un reverendo carajo. O sí: cumbres. Y, por supuesto, discursos. Discursos en los que se declara populista ("si es que ayudar a los pobres es eso"... Pobrecito, tan incomprendido), traidor de clase (pero no dice de cual ¿de la que hace parte? ¿de la que lo eligió con la esperanza de salir de la pobreza dignamente y no con limosnas?), defensor de los más pobres, héroe de los damnificados por el invierno (para esto último cuenta con un chaleco especial de color naranja).

De resto vemos a las famosas locomotoras de desarrollo moviéndose a la misma velocidad del tren bogotano: a la velocidad del movimiento de los continentes. Y, por eso, esos discursos mentirosos recuerdan al Barón de Münchhausen, personaje de la vida real, llevado a la literatura más tarde por Rudolf Erich Raspe, que se caracteriza por agrandar sus hazañas hasta niveles risibles. O simplemente por inventarlas: cabalgar sobre una bala de cañón -que es una de ellas- podría equivaler a los supuestos logros en materia de prevención de desastres invernales de los que constantemente se jacta el gobierno de ese embustero patológico con apellido incongruente.

Pueda ser que las tres amenazas que se ciernen sobre la cabeza del Barón de Münchhausen colombiano lo animen a pasar de las palabras a los hechos, para que por lo menos se límite a exagerar y no a inventar. Unos pocos actos -nos sigue enseñando Pambelé- son mejores que ninguno. Y aunque cien mil viviendas gratis aún dejen a muchos colombianos en la calle, algo es algo. Y a pesar de que Santos se presente como el salvador de los pobres con su airada indignación -como si acabara de aterrizar de la Luna- de que "tenemos una situación realmente vergonzosa. Colombia es el séptimo país más desigual del mundo entero, el segundo país más desigual de América. Latina", convendría recordarle que, por muy indignado que se muestre con unos remotos y misteriosos culpables, él hizo parte del gabinete de tres Presidentes de la República en los últimos 25 años (ocupando la cartera de hacienda en uno de ellos); que en sus sesenta años de vida ha pertenecido, de una u otra forma -como periodista, como empresario, como político-, a la clase dirigente que ha permitido esa vergüenza que hoy él mismo denuncia enfadado; y que, así pretenda que la cosa no es con él, ha sido en los últimos 25 años una de las personas más influyentes de este país.

Y, sobre todo, que hace ya casi dos años que el presidente es él.

domingo, 22 de abril de 2012

LA LIBERTAD DE UBLIME


 Mediocre. Como todo lo colombiano, e independientemente de los avances en ciertos tópicos y los rotundos fracasos en otros que hicieron presencia diplomática, el resultado de la Cumbre de las Américas fue, para el grueso de la opinión colombiana, que Shakira se equivocó en la letra del himno nacional.

Para conservar la misma línea, y en vista de que hay arte bueno y malo (y muy malo), convengamos en que el himno de Colombia clasifica para inspirar una columna en este blog -que pretende (ojo: pretende, no implica que lo logre) relacionar a la realidad con las obras de arte-. Lo primero que señalo es la tontería de que exista un himno.  No, me equivoco: lo primero es la gran tontería de exista una patria (algunos colombianos de 1902, por ejemplo, pasaron a ser panameños en 1903; es decir: a cambiar el chip se dijo). Pero bueno: ¿qué sería de los políticos mediocres sin la patria? (es decir de todos: ¿cuál de ellos, cuando está en problemas, no recurre al manido recurso del enemigo exterior –chivo expiatorio perfecto- para disfrazar una mala racha interior?).  Y para que haya patria –obvio- debe haber símbolos de ella: himnos, escudos, banderas, próceres, equipos deportivos y todo un sartal de estupideces accesorias: el merchandising patriotero, necesario para mantener viva la llama.

E, increíblemente, esas estupideces, por muy absurdas que puedan llegar a ser, la mantienen viva. Veamos nuestro caso doméstico: una bandera que no representa nada: (amarillo, el oro, las riquezas ¿cuáles? ¿las que estamos regalando a las multinacionales?; azul, los mares ¿a los que les damos la espalda situando el centro político, económico, comercial e industrial del país 2600 metros más cerca de las estrellas? Ah, cierto, se me olvidaba que recientemente firmamos un TLC con Saturno; rojo, la sangre de nuestros próceres ¿la de Bolívar que murió en la cama de tuberculosis? ¿o la de Santander que también murió de muerte natural en otra cama rodeado de una muchedumbre de lagartos? ¿o será, más bien, la de millones de colombianos de todas las clases muertos en esta guerra fratricida? Y, así las cosas, ¿no debería ser el rojo la franja más ancha en la bandera?

No hablemos del escudo, con su cóndor extinto, su canal de Panamá (¡por favor!), su gorro frigio, sus cuernos de la abundancia (¿o abundancia de cuernos?), y su inexplicable Libertad y Orden (¿orden? Ja; ¿libertad? A ese tema vamos.

Esa es justamente la broma más pesada de los símbolos patrios; y una probable causa de la equivocación de Shakira: la libertad: ¿sólo porque nos libramos del yugo español somos libres? No lo creo. Shakira tampoco, y por eso nunca entendió (o entendió y saboteó) esa delirante libertad sublime que imaginó el fantasioso Núñez. Libertad sublime no es muy congruente con este país. Simón Bolívar, el primer presidente de la Gran Colombia, de la que hacía parte la recién liberada Nueva Granada, resolvió convertirse en dictador (quería presidencia vitalicia –la suya- y senaduría hereditaria), despojando así de la libertad recién adquirida a sus gobernados. Y tampoco fueron especialmente libres (ni bajo los españoles ni bajo los neogranadinos) el resto de próceres. Como tampoco lo fueron los demás neogranadinos y colombianos del siglo XIX, cautivos en las decenas de guerras civiles de la Patria Boba; ni los de los de la primera mitad del siglo XX con la Violencia;  ni los de la segunda mitad, con la carnicería tarantinesca que vivimos hasta el día de hoy.

No es congruente una cosa con la otra: libertad sublime y Colombia: agua y aceite. ¿Exagero? Insisto, no creo: en este país fue secuestrado un candidato a la alcaldía de Bogotá, posteriormente presidente de la república del siglo que corre (Pastrana), un periodista que después fue vicepresidente (‘Pacho’ Santos: a la vez primo del presidente actual), el tío del director del partido más emblemático -el liberal- que es, a la vez, hermano de un expresidente de la república de hace menos de 25 años: César Gaviria, la hija de otro expresidente (Diana Turbay). Ni siquiera esa oligarquía criminal es libre. Y de ahí para abajo: acabamos de recibir a la “libertad” (¿sublime?) a  un grupo de uniformados que llevaban 14 años privados de ella -en un sentido menos amplio-. Y están también los liberados anteriormente; y los que permanecen secuestrados; y los muertos en cautiverio; y los ejecutados; y los chivos expiatorios (remember Jubiz Hazbún); y las pescas milagrosas; y los políticos  presos –por cientos- debido a sus nexos con las mafias, con los paramilitares, con la guerrilla; y los carteles de la contratación, también presos; y los homónimos de los delincuentes; y los boleteados (todos los finqueros); y los extorsionados (todos los comerciantes); y las mujeres pobres (hay 50.000 víctimas de la trata de blancas en Colombia); y las ricas (esperando, con la comida hecha, a sus maridos machistas); y las que quieren abortar (el procurador no las deja); y los gays (el procurador tampoco); y los amarrados a hipotecas de por vida a los bancos de Sarmiento; y las empleadas del servicio doméstico; y hasta los multimillonarios, presos en sus mansiones y fincas de recreo. Y los falsos positivos; y los asalariados, trabajando jornadas esclavizadoras por unos de los peores salarios del mundo; y los campesinos; y los desplazados; y los jefes guerrilleros (Cano dejó atrás, en su huida, hasta su dentadura postiza); y los niños de clase baja, esclavizados por sus padres; y los adultos de clase alta, tiranizados por los caprichos de los pequeños mequetrefes de hijos que están formando; y los chuzados; y hasta los narcotraficantes (Escobar vivió sus últimos días aterrorizado en un barrio popular de Medellín). Incluso algunos delincuentes, hacinándose en esos hermosos centros de rehabilitación que son las cárceles colombianas. Y el resto.

Un país que tuvo que crear una institución (por supuesto ilegal, clandestina, como casi todo lo colombiano que no sea inoperante) llamada Muerte a Secuestradores. Un país así de libre.

Por todo eso es que uno se imagina que Shakira no soportó tamaño despropósito: libertad y Colombia en el mismo sitio. Y, además, sublime  (a propósito: ¿cuántos de los que se han burlado de Shakira podrían definir sublime? En vista de que yo tampoco estaba seguro, busqué en el diccionario, y he aquí la definición: excelente, admirable, lo más elevado en su género). Ante tamaño despropósito, digo, Shakira optó por ignorar la composición original y, fiel a su oficio de compositora creativa, refrescó las macabras estrofas del oligofrénico Núñez con la ya famosa palabra ublime, que quizás ella haya inventado adrede, y signifique nominal, imaginario: libertad ublime: libertad nominal, libertad imaginaria. Libertad tan inventada como la misma palabra.

Hay quienes dicen, por otro lado, (la exsenadora Córdoba entre ellos) que Ublime se refiere a alguien que está preso (como todo el resto de colombianos) y al que hay que liberar. (Exsenadora: ¿a usted qué le importa que la hayan despojado de su curul si este oficio de mediadora de rescates tiene muchísimo más futuro en este país que gime entre cadenas sublimes?). Ublime, entonces, estaría preso (o debería estarlo; por lo menos lo está Ublimito -guiño a un ingenioso tuit, increíblemente subestimado, de mi gran amigo Felipe Restrepo-).  Recogiendo la hipótesis exsenadora Córdoba y otros, Ublime sería alguien anónimo, enigmático: nadie sabría a quién se refiere Shakira al reclamar su libertad. O al celebrarla.

Yo me incliné por esto último: porque pensé que Shakira, en vez de pedir por la libertad de Ublime, estaría, más bien, celebrando que habría alguien en Colombia –uno solo- que goza de libertad: la libertad de Ublime. Y fue ahí cuando reflexioné, que ella, que hace lo que –desde que nació- siempre quiso hacer, que es ciudadana del mundo y se pasea por todo el planeta bajo la admiración general, que le dio la santa y real gana de regalarle un colegio al barrio en donde alfabetizó cuando era adolescente sin que intervinieran las sabandijas de políticos que plagan este país, que terminó una relación con el hijo de un expresidente argentino y empezó otra -casi sin solución de continuidad- con uno de los mejores jugadores de fútbol del mundo, que no es sierva de los políticos ni los poderosos esclavistas de este país sino que, al contrario, son ellos los que tienen que lamerle los pies para que haga presencia en los actos demagogos que organizan, que ella, entonces, era Ublime.

Pero no: me equivoqué otra vez: ella no es tan egocéntrica. Sin embargo, por muy modesta que sea, hasta ella misma tiene que reconocer que su música es excelente e incluso más libre que ella. Porque sin ser heredera de ninguna corona (dizque “el Rey no es soberano” ¿y es que acaso los Santos no lo son?), además de pasearse por el planeta, en plena crisis de la industria musical, su música ha logrado un sitio de honor en el mundo. Y es libre. Tan libre que es capaz preguntarse dónde están los ladrones y asesinos, en un país de ladrones y asesinos; y es capaz de cantarle a los prejuicios, en un país de gente llena de prejuicios, muchas de cuyas víctimas están tres metros bajo tierra viendo crecer gusanos. Y probablemente esa música libre la sobreviva incluso a ella. Así que sí Shakira: ya sabemos quién es Ublime: tu música es Ublime.

Tu música es sublime.

domingo, 15 de abril de 2012

TITANIC

“Un argentino, convencido por sí mismo de que puede atravesar a nado el río Amazonas de ribera a ribera por la parte más ancha de su cauce, se lanza al agua.  A los pocos minutos de nadar, el argentino comienza a hundirse, y entre aspiraciones de agua y aire que se intercalan alcanza a gritar: Amazooooonas, te estoy tragandooooooo” Chiste popular

Publico esta entrada cerca de la medianoche del 14 al 15 de abril de 2011. Hace exactamente 100 años, en una medianoche similar, zozobraba en las heladas aguas del Atlántico Norte el barco más famoso de la historia, el Titanic, dejando en ese, su viaje inaugural, un saldo de 1523 muertos entre contusos, ahogados y congelados. El presuntuoso nombre –Titanic- lo dice todo: el barco, como los titanes de la mitología griega, estaba por encima de los dioses (recordemos que, según sus constructores, la nave era insumergible: ni Dios podía hundirlo); y, así como los titanes fueron derrotados en la titanomaquia frente a una nueva estirpe de dioses de segunda categoría (Zeus y compañía), el Titanic sucumbió ante elementos menospreciados por sus propietarios.

Inspirada en ese suceso, la película de 1997, Titanic, del director James Cameron, nos muestra una historia paralela que sirve como metáfora para lo que termina sucediéndole al enorme transatlántico; un presumido miembro de la aristocracia de Pittsburgh, pasajero de primera clase en la nave, es derrotado en las lides amorosas por un plebeyo de la tercera clase a quien aquél había desdeñado desde el primer momento: su prometida, una hermosa jovencita en edad de merecer, acaba prefiriendo al donnadie recién conocido sobre un tentador futuro social y económico al lado de él. No bien termina este último por reconocer su derrota cuando un nuevo –y mucho más grave- problema se le presenta: el petulante Titanic, el insumergible, colisiona contra un iceberg. Y a pesar de que sus compartimientos pueden aislarse entre sí y almacenar miles de litros de agua sin poner en peligro la flotabilidad del barco, el Titanic acaba yéndose a pique. Es la vieja historia (tan antigua como la Historia misma) de David y Goliat, registrada en la biblia en los mismísimos albores de la escritura: un poderoso, convencido de que es superior a su rival, cae derrotado estrepitosamente a pesar de sus alardeos de supremacía.

Aun cuando la abundancia de ejemplos que nos brinda la historia en ese sentido es increíble, al parecer los genes siguen primando sobre las enseñanzas; si bien soberbia y vanidad han sido necesarias en la cadena evolutiva a través de millones de años para garantizar descendencias cada vez más aptas a la vida salvaje -los pavorreales modestos no existen; los pocos de ellos han tenido un árbol genealógico poco frondoso-, hace milenios que esos rasgos dejaron de ser cruciales para la supervivencia de la especie humana y, más bien, el exceso de éstos en un individuo o colectividad, se han tornado fastidiosos para los demás. Y, claro, no pocas veces objeto de burlas cuando las cosas no salen como los prepotentes las han proyectado.

En la guerra, una de las actividades humanas más fértiles para que germine la soberbia, sobran los ejemplos. Por poner uno relativamente reciente: hace menos de 40 años la potencia militar más poderosa de la historia salía con el rabo entre las patas de las selvas de Vietnam, dando por perdida una guerra librada frente a famélicos orientales anclados en el siglo XIX.

Y así es en todos los campos. En el deportivo, donde las batallas son frecuentísimas, las humillaciones están a la orden del día; una de las más famosas la protagonizó la selección de fútbol de Brasil en la final de la Copa Mundo de 1950 cuando, actuando de local, y luego de aplastar a todos los rivales que se le cruzaron en su camino al título, sucumbió ante una modesta selección de Uruguay que había dejado atrás sus épocas de favorito mundial en este tipo de competiciones.  Nunca se supo qué hicieron los brasileros con las toneladas de souvenires, alusivos a la consecución del campeonato, que habían mandado a fabricar para la anticipada celebración.

La política no es una excepción. Y es por eso que un solo hombre pudo desafiar (y finalmente vencer) al imperio donde nunca se ponía el sol: Ghandi, un alfeñique de túnica y anteojos, con su pacífica estrategia de la desobediencia civil, logró doblegar al encopetado imperio británico. Y también en la política, a un nivel muy inferior al anterior (no hay grandes imperios de por medio, no hay líderes espirituales, el país involucrado no es dueño de una historia milenaria), encontramos el caso casi doméstico de nuestra vecina Venezuela y su todopoderoso presidente Chávez.

Chávez –lo sabemos todos- no se caracteriza por su humildad. Aclarando que no voy a juzgar el fondo de su gobierno (mal haría yo, que no conozco de primera mano la situación de Venezuela; sé que se oyen rumores de dictadura en el vecino país, pero ecos de arbitrariedad ya nos venían de allí mismo desde hace lustros: el famoso caracazo quizás nos informase en su momento acerca de una dictadura similar a la presunta de hoy día, diferenciada simplemente en que aquella hacía inmunes a otros ricos), sin juzgar, pues, el fondo de su gobierno me limitaré a la forma. Convendrán conmigo en que no de otro modo que de vanidosa se tiene que calificar una intervención televisada de Chávez en la que aseguró que la revolución bolivariana (en cabeza suya, por supuesto) estaría gobernando el país los períodos 2013-2019, 2019-2025, 2025, 2031… O díganme si no se llama soberbia al hecho de calificar de “victoria de mierda” al triunfo de la oposición en el referéndum de 2007. O corríjanme si declaro de arrogante la invitación que le hizo recientemente al candidato opositor Henrique Capriles a aprovechar el carnaval y disfrazarse de chavito.

Lo que suele pasar en todos estos casos de engreimiento es que sus protagonistas confunden al verdadero enemigo. Así pues, E.E.U.U. no estaba enfrentando a desnutridos vietnamitas, se enfrentaba a la inhóspita jungla; los 11 jugadores de la selección Brasil no se medían a otros 11 jugadores que eran a todas luces inferiores a ellos técnicamente, lo hacían frente a un verdadero equipo, cuyo resultado de conjunto era harto superior a la suma de sus partes; el imperio británico no combatía a un simple hombrecillo descalzo, su combate se libraba en el escurridizo mundo de las ideas; sí: combatían contra una idea, contra una poderosa idea: “cuando una ley es injusta lo correcto es desobedecer”: una vez convencida de eso una exorbitante cantidad de indios no había imperio en el mundo capaz de sostenerse.

También el Titanic: su oponente no era un colosal témpano de hielo; ni unos cuantos miles de litros de agua; ni siquiera Dios, tan legendariamente apático a estos desafíos terrenos: era el mar, la inmensa mar océana, para la que no había compartimientos aislados que valieran: el esplendoroso Titánic terminó tragado por sus incontables aguas: infinitas gotas de agua –el compuesto más simple del planeta- confabuladas contra el altanero intruso de acero.

Y ¡cómo no! Chávez, quien, por su parte, se ha dedicado a enfilar baterías contra una oposición finalmente unida y organizada. Cree que ese es su verdadero enemigo pues, como es tradición entre algunos dirigentes de nuestra pintoresca América latina, piensa que estará en el poder eternamente. Probablemente no lo sea. Y a veces él mismo parece intuirlo; y enfila baterías hacia su nuevo enemigo: cambió el -en cierta forma- modesto lema revolucionario “Patria, socialismo o muerte” por un altivo “Viviremos y venceremos”. Por otro lado, hace poco refiriéndose a su enfermedad, y sin olvidar recordarle a la oposición que le propinaría una paliza “memorable”, afirmó en tercera persona: “…este cáncer no podrá con Chávez tampoco”.

Todo lo anterior, sin saberse a ciencia cierta su real condición médica, hace pensar que oye pasos de animal grande; y que sabe que el chavito de Capriles no es para él –Goliat del matoneo, Titanic de la chabacanería- un adversario tan formidable como aquel que le ha hecho solicitar el auxilio de nadie menos que de Jesucristo, aquel contra el que ninguna bravuconada funciona: la pedrada cósmica, el témpano de todos los témpanos, el más descomunal y oscuro de los océanos: la muerte.

domingo, 1 de abril de 2012

LA CORTINA DE HUMO

Ahora sale Santos a decir, por boca de unos fantasmagóricos analistas, que los recientes golpes (bombardeos) contra las FARC son un  hecho “muy importante estratégicamente, incluso más que las acciones contra los alias 'Mono Jojoy' y 'Alfonso Cano'". Y explica su argumento: “porque estuvo dirigido a los mandos medios de esa organización”. ¿Alguien entiende algo? El 5 de noviembre del año pasado –hace menos de seis meses- con motivo de la baja del máximo líder de las FARC, 'Alfonso Cano', Santos dijo: "Es un día muy importante para Colombia. Es el golpe más contundente dado a las FARC en toda su historia". Y en septiembre de 2010, muy cerca de su posesión, cuando fue abatido el ‘Mono Jojoy’, el periódico Portafolio informó que dicho golpe “ha sido calificado por el Gobierno como un golpe "histórico" contra la guerrilla más antigua de América Latina”. Más explícitamente lo dijo Rodrigo Rivera, ministro de defensa de la época: "es tal vez el golpe más fuerte en la historia de Colombia contra esta organización narcoterrorista".
No llevamos dos años de gobierno santista y ya contamos con los tres golpes más fuertes (importantes, contundentes…) a la casi sexagenaria guerrilla de las FARC. Y a pesar de que durante los ocho años de Uribe logramos al menos una docena de golpes más fuertes (importantes, contundentes; recordemos que el 1 de marzo de 2008, cuando fue dado de baja ‘Raúl Reyes’, el entonces ministro de defensa Juan Manuel Santos expresó en rueda de prensa que “es el golpe más contundente que se le ha dado a ese grupo terrorista hasta el momento”), a pesar de eso, temo que aún falta un número tan vasto de golpes fuertes, importantes, contundentes a ese grupo guerrillero (de ‘Timochenko’ para abajo) que, como a la cándida Eréndira de Gabo, no nos alcanzará la vida.
Lo cierto es que la sarta de cortinas de humo que mencioné antes se queda pendeja frente a otra de las declaraciones del mismo presidente respecto al último bombardeo, al último golpe “al corazón de la guerrilla”. Revela el perspicaz Santos que a las FARC las “estamos acorralando y acuden a las acciones terroristas para ser vistos (sic) y generar terror en la población”. No sé lo que él estaba esperando de un grupo terrorista que, oportunistamente, se nutre de la materia prima de la colosal desigualdad de este país; tal vez una tarjeta timbrada que nos invitara a todos a una gran parranda vallenata en la que, borrachos, nos abrazáramos y celebráramos la adquisición del medio de comunicación más poderoso del país por parte del principal acreedor del pueblo colombiano; conveniente circunstancia ¿no?
Adicionalmente, en el mismo reportaje del diario del banquero poderoso (de donde he sacado gran parte de la información de esta columna), “el general Óscar Naranjo, director general de la Policía Nacional, aseguró que en los últimos 19 meses la población carcelaria aumentó en 42.000 reclusos por la acción efectiva de las autoridades contra el delito.” Qué tristeza que la principal reina de belleza del mundo militar crea que esa declaración refuerza la convicción del ministro de defensa actual, quien afirma, allí mismo, en el reportaje mencionado, que “la seguridad ha mejorado”: la peligrosa costumbre de demostrar avances en seguridad a partir de números, de victorias represivas, debería hablarnos de fracasos y no de éxitos: una sociedad que necesite cada vez menos de cárceles y reclusos es indiscutiblemente más viable que otra que ejecuta inocentes: no puedo creer que los falsos positivos no hayan dejado ni siquiera una moraleja de fachada.
El presidente también asegura que  el país está mejor (¿mejor que cuándo?) y que, además -por eso mismo-, “cada vez  tenemos más inversionistas extranjeros” (como si esa inversión extranjera no constituyera, a veces, un perjuicio: desde el saqueo de la Conquista y la Colonia hasta el saqueo de las minas de oro actuales); también sostiene el presidente que “las acciones militares están acompañadas de presencia del Estado con mejor educación, más salud, vivienda y vías” (¿cuándo? ¿dónde?).
Todo esto me recuerda la película Wag The Dog (La Cortina de Humo), en la cual un grupo de asesores de imagen intentan tapar un escándalo presidencial en E.E.U.U. -del corte Clinton-Lewinsky- con una guerra inventada contra el -para los gringos- desconocido país de Albania (en realidad ellos desconocen casi todos los países distintos al suyo: la excandidata presidencial Sarah Palin creía que podía ver las costas siberianas desde su ventana de Alaska). Las evidentes reminiscencias orwellianas del asunto nos recuerdan que nuestra situación, lejos de desviar -como en la película- un lío de faldas que no le debería importar a nadie, intenta esconder el criminal caso de desigualdad económica que sufrimos en calidad de abanderados mundiales; desde hace mucho tiempo un fascismo blando, infiltrado sagazmente en nuestra sociedad, se ha encargado de domesticarnos hasta el límite de lograr que sintamos admiración por nuestros flamantes presidentes contemporáneos.
Para ponerle, como leí hace poco por ahí, “el glaseado al ponqué” parece que todos estos resultados “positivos” para el país no se han dado por cifras objetivas que sustenten tales afirmaciones; ni tampoco –supongo- se han dado para que alguien pueda manipular a la opinión pública valiéndose de su figuración mediática y de poder, sino que, según afirmó Naranjo –el general-, estos se han dado (palabras textuales), “por decisión del Presidente de la República” ¿Así o más evidente?
Vínculos:

http://www.eltiempo.com/justicia/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-11473061.html
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/01/internacional/1204382411.html
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-4946360
http://www.portafolio.co/detalle_archivo/CMS-7966444