domingo, 5 de agosto de 2012

LA ESTUPIDEZ DEL NACIONALISMO


Hay que ver cómo una opinión distinta, que se separe del coro que por estos días olímpicos exalta al Olimpo de los dioses a los deportistas colombianos, puede causar tanta molestia. Muchos de los comentarios recibidos acerca de mi artículo anterior –en el que subrayo lo exagerado de la celebración de la medalla de plata obtenida por Rigoberto Urán- dan cuenta de una pasión desmedida por defender a un deportista que, casi con toda seguridad, la abrumadora mayoría de colombianos ignoraba que existía; y al que esa misma mayoría está unida por el único hecho de compartir la misma nacionalidad.

Un forista me pregunta que si yo acaso soy ciclista olímpico para opinar al respecto. A lo que le contesto que no, que no lo soy. Y para no irritarlo más, he desechado mi idea inicial de escribir hoy sobre el asesino de masas de Colorado (puesto que tampoco he irrumpido nunca con un rifle AK-47 en un recinto lleno de gente), y me he limitado a escribir sobre el lado dañino de los nacionalismos; al fin y al cabo de cuando en cuando caigo en ellos.

Otro lector, en pleno uso de su libertad de opinar, me califica de “periodista de segunda mano”. Ignoraba que existiera un mercado de periodistas usados. En todo caso, me halagan esas inmerecidas flores que me prodiga: un bloguero de tercera categoría -como yo siempre me he considerado- ascendido de buenas a primeras a periodista de segunda categoría (que supongo que fue lo que quiso decir el forista) no es cualquier cosa. Un amigo mío, sin embargo, se extrañó del calificativo: “¡Pero si ustedes son los mejores escritores del país!”, me dijo. “¿Nosotros”?, interrogué. “¿García Márquez no es costeño acaso?”, aclaró.

Su reflexión iba amarrada a aquella extraña lógica según la cual –por un proceso osmótico quizás- el triunfo, el éxito, o las capacidades de alguien se transfieren a sus coterráneos, compatriotas, familiares, o a cualquier otro relacionado. Pero si ese fuera el caso, mi amigo, que es bogotano, también sería un gran escritor: García Márquez, como él, es colombiano. Y también, cualquier latinoamericano –un boliviano, p.e.-, podría presumir frente a un español acerca de su vínculo continental con Gabo. Y ese español, a su turno, podría alardear, frente a un hablante ruso, de la similitud lingüística que lo une al escritor colombiano (¿Costeño? ¿Latinoamericano? ¿Terrícola?).

Estos absurdos son más evidentes en los deportes. Recuérdese cómo, por una ironía del destino, la selección de fútbol de Alemania Occidental sufrió su único revés en el mundial que organizó –y ganó- en 1974 frente a la modesta Alemania Oriental, país que nunca había clasificado a un mundial. Pero además, país que ya no existe, puesto que las dos alemanias se unificaron en 1990. Lo anterior nos lleva a la paradoja de que en 1974 Alemania se ganó a sí misma (o fue vencida por sí misma). Los habitantes de Berlín oriental, que en 1974 pujaron por Alemania Oriental, hoy hacen parte del grueso de la afición de la Alemania unificada; y ahora lucen –orgullosos- camisetas que registran la estrella ganada en 1974 por la selección de Alemania Occidental, su adversario de entonces.

Podríamos seguir citando ejemplos indefinidamente, como que en vez de haber odiado al boxeador panameño Roberto “Mano de Piedra” Durán, por su rivalidad latente con “Pambelé” -como lo hicimos durante la década del 80-, tendríamos que haber estado orgullosos de él: de no haber sido por la rapiña del Canal, y por la ineptitud de alguno de esos presidentes poetas que hemos tenido, un colombiano se hubiese enfrentado de tú a tú –con alguna victoria incluida- a grandes del boxeo mundial: “Tommy” Hearns, Marvin Hagler, “Sugar” Ray Leonard.  

Circunstancias increíblemente arbitrarias, variables y frágiles van definiendo nuestros efímeros orgullos y pasiones. Y donde hay una pasión desaforada -siempre susceptible de convertirse en fanatismo- hay también un punto débil: el natural instinto del ser humano por defender a su tribu, es aprovechado astutamente por políticos que quieren encontrar villanos exteriores a los cuales atacar, para así esconder problemas domésticos (basta recordar los horrores del nazismo); y, claro, también por los conglomerados de medios, que buscan obtener raiting y ganancias descomunales presentando como hazañas logros mediocres; las trampas de los nacionalismos.

Pero a pesar de lo evidente del asunto, hay sociedades –como la nuestra- que se tragan entero el engaño. Sobre todo en materia deportiva. Hasta los mismos deportistas, de hecho, se convencen de su “proeza” (como si se hubiesen enfrentado a competidores con una extremidad adicional o algo así) y pierden la humildad: no hay sino que ver el festejo del nuevo segundo puesto, la nueva medalla de plata olímpica ganada por Colombia, esta vez en pesas. Mientras los comentaristas declaraban, sin que se les arrugara la corbata, a Óscar Figueroa -el nuevo medallista- de “campeón olímpico” (no lo es: campeón olímpico es quien gana la medalla de oro), el pesista ignoraba olímpicamente (nunca mejor dicho) las felicitaciones que por su medalla de plata quería darle, desde un escalón más alto del podio de premiación, el medallista de oro de la competencia, el coreano Guk Kim. Como si las preseas estuvieran intercambiadas entre ellos.

Algunos dirán que bien usado –por decirlo de algún modo- el lado oscuro de los nacionalismos puede ser beneficioso como válvula de escape, puesto que hay quienes consideran a las competiciones deportivas como eficaces metáforas de la guerra. Y, gracias a ellas, un político inepto siempre puede vanagloriarse (apropiarse) de los triunfos deportivos de sus compatriotas, enviarles efusivos saludos, o condecorarlos, para así desviar la atención de medidas estúpidas tomadas por él; todo sin necesidad de buscar otros distractores más tenebrosos, como declararle la guerra al vecino.

Y sí. Pero se me antoja bastante conformista agradecer el menor entre dos males: una sociedad como la nuestra no sale del hueco en que se encuentra si tolera metidas de pata, corrupción e indolencia, a cambio de medallas; señores: Colombia no es una gran nación -cualquier cosa que eso signifique-. Y un par de medallas (o cien) no arreglarán la vida de unas personas que accidentalmente comparten un pedazo de terreno. Leyes justas y el cumplimiento de ellas sí lo harán.

Así que, botar espuma por la boca y sacar los ojos de sus órbitas sólo por defender a ultranza un trozo de tierra, no parece una buena idea. Ya lo ilustraba el escritor español Fernando Ventura en su serie de relatos titulada La estupidez del nacionalismo, en uno de los cuáles Lu-Tao, el músico jefe de una corte china, hace caer en cuenta a la hija del rey acerca de la estupidez de tratar de imponer su cultura a un reino vecino que piensan invadir. Lu-tao, además de señalar la superioridad del burro sobre el ser humano (pues aquél no se siente orgulloso de pertenecer a ninguna nación: sea cual fuere su nacionalidad, de todos modos tendrá que cargar leña), hace notar a la princesa que en el otro reino también hay una princesa, cuyo padre -el rey de allá- “es un cretino tan grande como el vuestro”.

Un poco más de sentido crítico en política -que sólo se consigue con más y mejor educación- y menos de celebraciones pueriles, ayudarían a lograr una mejor sociedad; una en la que unos pocos no se queden con todo; una en la que el deporte se practique por gusto, y no como única alternativa a las armas, pues, a pesar de las (en otras latitudes) salvadoras metáforas deportivas de la guerra, aquí nos seguimos matando sin misericordia unos a otros.

P.S. 1 Hasta lo que no termina de salir del todo mal en este país es de caricatura: todos oímos los gritos histéricos con los que María Isabel Urrutia –fungiendo ahora de comentarista deportiva- pedía tranquilidad a Óscar Figueroa en el lance definitivo de las pesas. Menos mal que él que no la oía.

P.S. 2 Mientras que por perder la medalla de oro de ciclismo en ruta, Rigoberto Urán, “toca la gloria en Londres”, y “consiguió una hazaña histórica para el país”, El Heraldo informa que Usain Bolt, representante de la diminuta Jamaica, y ganador de tres medallas de oro olímpicas de atletismo (incluyendo la prueba reina de los 100 metros planos), “quiere convertirse en leyenda”. Qué cosas ¿no?
@samrosacruz

sábado, 28 de julio de 2012

LECCIONES DEPORTIVAS DE KAZAJISTÁN PARA BENEFICIO DE LA GLORIOSA NACIÓN DE COLOMBIA


Ahora resulta que, según la revista Semana, el ciclista colombiano Rigoberto Urán “toca la gloria en Londres”; y “consiguió una hazaña histórica para el país”. Otros medios hablan de “proeza” para referirse a la obtención de la medalla de plata, por parte del deportista, en la modalidadciclismo en ruta en el marco de los Juegos Olímpicos 2012. Algunos periodistas más, especialistas en fabricar estrellas en un parpadeo, entrevistan a celebridades recién salidas del horno, como la madre y la hermana del ciclista, quienes nos sorprenden con las revelaciones de que se pusieron contentas con el triunfo de su familiar, de que él quería ganar, además de confiarnos la hora en la que se acostaron la noche anterior a la carrera.

El presidente Santos, a su turno, festeja exultante (“¡qué maravilla!”) el hecho de que Urán llegó de segundo (es decir, que perdió; pero con Santos estamos acostumbrados a que casi lograr algo -y fracasar en el intento- sea presentado como un triunfo demoledor). Noticieros de televisión, a menos de 24 horas de haberse inaugurado los juegos, destacan en medio de una gritería altisonante que Colombia ocupa uno de los diez primeros puestos en el cuadro de medallas. Caravanas  de perturbados mentales interrumpen la paz del sábado en la mañana con una ruidosa pitadera, mientras blanden orgullosos el pabellón nacional.
Tal es el ambiente que se vive hoy en todo el territorio nacional: orgullo patrio; exaltación de la raza superior colombiana, de la malicia indígena, de la verraquera, del trabajo duro que nos caracteriza, de la “enjundia”, como diría Pacho Maturana. Curiosa manera de reaccionar ante el evento de ganar una medalla de plata olímpica; evento que ya se ha dado varias veces antes y que, de hecho, fue superado cuando María Isabel Urrutia se hizo con la de oro en una competición anterior. Pero mucho más extraño es que la actuación del ciclista sea calificada de “proeza” y de “hazaña” por el mismo medio de comunicación que nos informa que el tipo tuvo un descuido y, por eso, estropeó la victoria.

Esa pasión por festejar histéricamente insignificantes triunfos morales (hemos ganado sólo una de alrededor de 900 medallas que se repartirán en las justas londinenses; y de todos modos ni siquiera es de oro), de celebrar nuestra legendaria pasión por ser segundones, me recuerda al falso documental Borat. En éste, la nación de Kazajistán envía a Estados Unidos, no a su mejor periodista, sino a su segundo mejor periodista, con el fin de que recabe información acerca del modo de vida americano. Dicha información, según el plan, redundará en el incremento en la calidad de vida de los habitantes del anónimo país. Pero lo que nos presenta la cinta en realidad, a través de un humor de pésimo gusto, pero no carente de sarcasmo, son las contradicciones y estupideces de los gringos, que se creen superiores en todos los campos, especialmente frente a repúblicas, según ellos, bárbaras.

Así nosotros, que nos ufanamos ahora de exigentes frente a las gestiones de los funcionarios públicos,  que nos indignamos con tanta facilidad en las redes sociales, y que, además, nos creemos superiores a todo el mundo (por misteriosas razones), aplaudimos a rabiar la mediocridad cuando rozamos el éxito con remedos de heroicidades, con logros de pacotilla. Esas actitudes conformistas las leen  con meridiana claridad los bribones que nos gobiernan. Y por eso nos enrostran el simple cumplimiento del deber como una gesta épica. Y exactamente así lo asimilamos: un funcionario que no saquee al erario público es, automáticamente, considerado un héroe. Llegamos incluso al colmo de que si el funcionario cumple bien sólo una de sus funciones, pero incumple clamorosamente las demás, lo consideramos un ejemplo; o díganme si ese no es el caso que estamos viviendo con el actual procurador.
Pero lo más irónico de todo es que fue precisamente a manos del ignoto Kazajistán (Colombia al menos es famosa mundialmente por la ilegalidad de algunas de sus exportaciones y por la brutalidad de sus ciudadanos) que perdimos la medalla de oro (“perdimos”: ya caí yo también en la trampa). Ignoro si en Kazajistán se paralizó el país porque Alexandr Vinokourov ganó la medalla de oro. Sospecho que ni de cerca pasó algo parecido, pero no puedo comprobarlo; primero porque no conozco el nombre de ningún periódico kazajo para investigarlo; y segundo, y más importante, porque no entiendo ni ruso ni kazajo, los dos idiomas predominantes en ese país.
Con todo, de haber ocurrido, no sería tan estúpido como el caso nuestro: además de que ellos sí ganaron la competencia -y se hicieron con la medalla de oro- cuentan con escasamente la tercera parte de la población de la que disponemos aquí. Lo anterior, unido al hecho de que en su corta historia reciente como nación (declaró su independencia apenas en 1991), y habiendo participado solamente en cinco olimpiadas, en las que ha conseguido ganar cuarenta medallas olímpicas (diez de ellas de oro), hace que las doce medallas de Colombia (una sola dorada), en diecinueve participaciones, se vean ridículamente paupérrimas.
Creo que esta memorable colección de victorias de hojalata y de glorias de relumbrón -que es Colombia- tiene mucho que aprenderle a la modesta, pero eficiente (al menos en materia olímpica), nación de Kazajistán. Brincamos en una pata, como si fuera la gran vaina, nuestra posición en el cuadro de medallas -cuando apenas se ha disputado el 1% de las competencias programadas- pero olvidamos aclarar que arriba de nosotros no sólo está la milenaria  China, sino también Kazajistán -¡Kazajistán!-.
Apaga y vámonos.

@samrosacruz

domingo, 8 de julio de 2012

LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO


“Es mejor ser rico que ser pobre”, Pambelé. “Es mejor ser rico que ser pobre”, Julio Mario Santo Domingo. No es difícil advertir el contraste que marca el hecho de que a veces no es lo que se diga, sino quién lo dice. Y cómo lo haga. Pero no me voy a centrar exclusivamente en la columna de una flaca ofendiendo a unas gordas; ni a la paupérrima defensa que de la columna hizo su autora, plagada de contradicciones e incongruencias [“…no hubo nadie que se riera más de verse metamorfoseada, (…) que yo…” decía, al final de la entrevista radial que concedió, refiriéndose a los tiempos en que subió 19 kilos. “Ay, dios mío, yo cuando voy a recuperar mi figura” era la descripción que hacía de lo que ella veía como su desgraciado descenso a los infiernos de la obesidad, al principio de la misma entrevista. Curiosa manera de reírse de sí misma. Pero, bueno, esas ambigüedades pueden darse en un contexto en el que puede existir una flaca tan pesada]. Voy a tratar, más bien, de establecer por qué una superficialidad tal ocupa tanto tiempo y espacio en la mente de todo un país.  Y en esa labor me voy a servir del magnífico ensayo de Vargas Llosa: La Civilización del Espectáculo.

Lo primero es que todos somos sobornados a comulgar en el “altar del espectáculo”. Y empiezo por mí. En este momento me dispongo a alimentarme –y a regurgitar sobre los lectores- del cuerpo herido de una figura pública; es eso que el profesor Andrew Oitke ha llamado “cadáveres de reputaciones”, que es uno de los alimentos que componen la dieta intelectual de nuestros días: hamburguesas de conocimiento, donuts de información. El amarillismo, el escándalo, el sensacionalismo, priman sobre las ideas profundas.  Y eso es lo que la gente occidental contemporánea quiere oír, leer y ver. Y lo que los generadores de información y conocimiento deben proveer en alguna medida, so pena de “dirigirse sólo a fantasmas” como bien dice Vargas Llosa en su ensayo. En mi mínima defensa alego la intención de abordar este tipo de temas desde una perspectiva más profunda, que invariablemente me la proporcionan verdaderos intelectuales y pensadores, como, en este caso, Vargas Llosa: sólo cumplo el papel de asociar temas e ideas, alternando, además  -o pretendiendo hacerlo-, entre lo frívolo y lo profundo.

Y ese, justamente, parece ser el problema: la casi nula pluralidad en la naturaleza de los temas tratados en los medios de comunicación o practicados en la vida intelectual de las civilizaciones actuales; la colombiana, para nuestro caso de hoy. Aparte del hecho de que estemos pendientes, como buitres, de los primeros estertores de alguna figura pública para caer sobre ella, cabría preguntarse por qué una persona que escribe unas opiniones tan mediocres y estúpidas, como la autora de la columna, es considerada una líder de opinión en sectores tan amplios de nuestra sociedad. Lo cual, por otra parte, y remedando una frase del ensayo, no habla mal de ella, sino mal del país.

La crisis de la cultura (no entendida en su acepción antropológica) de la que habla Vargas Llosa hace que fanfarrones y embaucadores pasen como artistas; que en lugar de que los pretendidos gurús de la cultura actual intenten ofrecernos soluciones a los grandes enigmas de la vida nos carameleen con tonterías lúdicas que son pensadas para ser consumidas y desechadas, “como las gaseosas y los jabones”. Discúlpenme que cite tanto hoy, pero díganme si las siguientes ideas de La Civilización del Espectáculo no describen inmejorablemente la columna del escándalo; o, si vamos más allá, toda la actividad profesional de su autora, incluyendo su -a estas alturas- obviamente famoso show de stand-up comedy (uno de los muchos shows que, dicho sea de paso, “dan la impresión cómoda al espectador, de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo esfuerzo intelectual”).

Aquí las citas: “…un tiempo (este) en el que el juego y la bravata, el gesto provocador y despojado de sentido, bastan a veces, con la complicidad de las mafias que controlan el mercado del arte y los críticos cómplices o papanatas, para coronar falsos prestigios, confiriendo el estatuto de artistas a grandes ilusionistas que ocultan su indigencia y su vacío detrás del embeleco y la supuesta insolencia.” (…) “…en nuestros días, en que lo que se espera de los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la bravata y el desplante.” (…) “Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer artístico…”

 El temor suscitado, y ampliamente debatido en emisoras radiales, programas televisivos, prensa escrita y redes sociales, de que algunas jóvenes aquejadas de obesidad sean víctimas de elementos externos, como el bullying, o internos, como la anorexia o la bulimia, radica precisamente en que las jóvenes, gordas o flacas, leen exclusivamente esas tonterías, como la columna afrentosa que nos ocupa hoy.  Si al mismo tiempo leyeran, por ejemplo, a Sartre y a Camus (porque, como bien dice Vargas llosa, no se trata –ni más faltaba- de desterrar el entretenimiento de la vida de nadie), si se inscribiesen simultáneamente en una cultura de la reflexión, del análisis, todos ellos, los menos favorecidos con el esquema social actual, serían menos vulnerables; y tendrían más herramientas para enfrentar la tiranía de los irreverentes del matoneo; o de los extremistas de la corrección (esas ambigüedades, esos extremos, lejos de ser la lógica excepción, son la asombrosa regla).

Finalmente, a ti, a la autora de una columna que no es otra cosa que una larga lista de insultos, y que, por otra parte, según informó en su cuenta de facebook el reputado cronista Alberto Salcedo Ramos, parece ser un plagio (se llega al colmo del descaro y la displicencia, en nuestros días, de fusilar estupideces), me he cuidado a lo largo de toda esta columna de agraviarte directamente; estaría cayendo –una vez más, como tantas otras veces me ha sucedido- en la misma trampa, en el mismo soborno que mencionaba arriba. Sólo que, por algún motivo, tu imagen física la asemejo a tu capacidad intelectual; y me recuerda –tu imagen intelectual, no vaya y sea que me linchen las flacas- aquella canción cubana interpretada magistralmente por el Trío Matamoros: “Buche y pluma na’ más”

Y eso eres tú.


@samrosacruz

jueves, 5 de julio de 2012

MEMORIAS DE UN BEBEDOR EN EJERCICIO


Lo que faltaba: gota. Sucedió hace unas tres semanas, cuando me despertó un intenso dolor en el pie derecho. Mi papá, un médico retirado, al ver mis rencos desplazamientos por su casa -adonde había ido de visita por esos días-, no dudó un instante en diagnosticarme un ataque agudo de gota: al dolor de tortura medieval lo acompañaba la hinchazón y enrojecimiento de la zona afectada (que, por lo demás, se trataba del sitio clásico del 90% de primeros ataques de gota: la primera metatarso-falángica del pie).

A pesar de mi posición escéptica contra todo tipo de superstición, en estos casos médicos he estado tentado a temer por una conspiración astral contra el inofensivo hecho de que disfrute de uno de los placeres más grandes del mundo: tomar un trago (o dos, o muchos).
Todo empezó en el colegio, en quinto de bachillerato; una mañana, durante el segundo recreo, empecé a ver por el rabillo del ojo unas figuras extrañas, vaporosas, que paulatinamente iban aumentando y se iban desplazando hacia el centro de visión, hasta hacer difícil el simple acto de leer o detallar algún objeto. Inmediatamente después me atacó un atroz dolor de cabeza, que me convenció, a la sazón, de lo poco imaginativo que resultaba Dante en su descripción de los nueve círculos del infierno. Jaqueca o migraña fue el diagnóstico.

En aquel momento, con las primeras prohibiciones, entré al aburrido mundo de los adultos: la pizza, los quesos, los chocolates, los helados, las coca-colas, los cheetos estarían, en adelante, vedados.  Y también el vino tinto. Aunque un adolescente colombiano de 1984 no era propiamente un bebedor de vino tinto (y yo no era la excepción), la mera prohibición me dejaba un pequeño sinsabor, que no hacía sino aumentar el enorme sinsabor que me dejaban las demás prohibiciones a esas otras exquisitas muestras de sibaritismo adolescente.

Afortunadamente decidí, como buen adolescente colombiano de 1984, desobedecer olímpicamente las recomendaciones médicas, con la consecuencia de que los repetidos ataques iniciales se hicieron cada vez más esporádicos: ahora sólo los sufro muy raramente, se limitan a la primera parte del acceso (sólo la sicodélica visión de las figuras fantasmales, sin el subsiguiente dolor), y sin relación alguna con el consumo de los alimentos contraindicados.
Años después vino la segunda embestida prohibicionista.  Después de sufrir frecuentes dolores estomacales en la oficina, me remitieron a la clínica Santa Fe, donde, una vez sometido a los más indignos procedimientos (deambular de una dependencia a otra con mis vergüenzas apenas cubiertas, para después culminar en una camilla metálica donde me practicaron una humillante lavativa con un líquido rosado), me diagnosticaron colon irritable: “se trata de una enfermedad incurable, señor Rosales, y la única forma de prevenir futuros malestares es con una estricta dieta, así que evite el consumo de los siguientes alimentos”. Y ahí me dispararon un régimen alimenticio que excluía el 99% de los alimentos disponibles en el planeta Tierra: legumbres secas, charcutería, melón, plátano, pescados grasos, café con leche, pan, caldos, frituras, mantequilla, gaseosas, pimienta, huevos…Hasta mascar chicle (pocas veces en mi vida he visto una lista más exhaustiva). Y, por supuesto, alcohol.

Esta vez me sacó del apuro la mediocridad que un empleado oficial, como lo era yo entonces, fácilmente traslada del trabajo a la obediencia de las prescripciones médicas: dos semanas después del diagnóstico mi cuñado y yo inaugurábamos una temporada de vacaciones en la que protagonizamos innúmeras bacanales dionisíacas, además de pantagruélicas jornadas en cuanto restaurante se cruzaba en nuestro camino. ¿Resultado?: los malestares abdominales desaparecieron como por ensalmo; y desde entonces nunca he vuelto a tener una crisis como la padecida en la oficina.
No obstante, la enófoba conspiración sideral me reservaba un embate demoledor: el corazón. A finales de 2004, después de una parranda babilónica de dos días, tuve la brillante idea de jugar un partido de fútbol 5 en el sofocante calor de las dos de la tarde de Barranquilla. Después de un pique por la punta derecha empecé a sentirme extraño; los latidos del corazón cobraron una presencia sobrenatural: podía sentirlos claramente, sin necesidad de tocarme el pecho, y su irregularidad era evidente. Volé a la clínica donde, después del aspavientoso recibimiento de un médico novato, terminé en la unidad de cuidados intensivos.

Tres días de chequeos más tarde, y con un diagnóstico de fribrilación auricular bajo el brazo, me enfrenté a la inminente realidad abstémica, encarnada en un cardiólogo de ascendencia árabe: “señor Rosales, usted no debe tomar más de un trago por día.  De hecho le aconsejo que se acostumbre a tomar cervezas sin alcohol”. Habrase visto semejante estupidez: cerveza sin alcohol. En ese momento recordé la aclaración que le hizo un caballero de mediana edad a su novia mucho más joven, cuando ésta, mientras los dos se tostaban al sol en la piscina del hotel Santa Clara de Cartagena, pidió una piña colada sin alcohol: “tú lo que quieres es un jugo de piña de treinta mil pesos”, le dijo.

Tuve, entonces, que recurrir al viejo truco que consiste en recorrer médicos y médicos hasta dar con el que diga lo que uno quiere oír. Así fue como atiné con un cardiólogo que me autorizó a tomar un número de tragos razonable por noche. Con la aquiescencia de mi nuevo compinche empecé a explorar el campo minado de los convalecientes del corazón.  Al principio me limitaba a cuatro tragos por noche. No pasó mucho tiempo para que incrementara esa cantidad al doble. Y no alcanzaron a transcurrir tres meses antes de que tuviera la borrachera más feroz que han visto mis cuarenta y cuatro años de existencia.  Al otro día, sin embargo, y en contravía de las terroristas advertencias del galeno fundamentalista, mi corazón latía con la regularidad de un reloj atómico.
Casi ocho años, incontables borracheras, y cero arritmias después vino el asunto de la gota. El reumatólogo, desde el principio, embistió con la furia de un toro de lidia: eliminar el trago, las carnes rojas, los mariscos, los pescados azules (en realidad las proteínas en general), además de algunos vegetales: coliflor, espinaca, garbanzos… (¿Han notado que, de seguir los consejos médicos, a estas alturas mi única alternativa alimenticia consistiría en unirme al primer hato de ganado que viera y acompañar a las vacas en la monótona actividad de rumiar durante todo el santo día un enorme bolo de hierba?).

Nunca en toda mi vida he oído palabras con mayor indiferencia como se las escuché a aquel reumatólogo. Lo de la gota era la gota que amenazaba con rebosar la copa de mi paciencia sanitaria, por lo que decidí tomármela fondo blanco. De modo que, sin los prudentes rodeos acostumbrados, salí del consultorio del despótico especialista directamente al restaurante de rodizio a atiborrarme de carne de res y vino tinto.

Espero que, con todas esas abundantes demostraciones de perseverancia y tenacidad espirituosas, les quede claro a los astros que su aburrido complot de sobriedad me tiene sin cuidado.

RED SOCIAL


Perdónenme que insista, pero es que este gobierno es una farsa. Así lo dejé entrever en una de mis columnas anteriores, en la que expresé mis reservas acerca de los reales alcances y  motivaciones de Santos Calderón, si bien al mismo tiempo reconocía un enfoque equilibrado acerca del conflicto interno dado por su gobierno. El aparente contrasentido se explica en el hecho de que, en mi opinión, al presidente lo único que lo mueve es su obsesión con hacerse a una página privilegiada en los libros de historia patria. Puede que el hecho de pertenecer a la familia más poderosa del país lo rete a ser algo más que un simple presidente de la república, y eso hace que busque, a como dé lugar, ser el gestor de un hecho trascendental en la historia colombiana. El inconveniente radica en que esa búsqueda está sustentada en una megalomanía maquiavélica, bastante lejana del desinteresado sacrificio de sus admirados Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill.
El estratégico equilibrio entre ofensiva militar y puerta abierta al diálogo es, además de una oportunidad legada por la terquedad del gobierno anterior -que no aprovechó el debilitamiento militar de la guerrilla para proponer una salida negociada-, sin duda fruto de una acertada asesoría y es, también, probablemente el único camino hacia la resolución del conflicto. La ley de restitución de tierras constituye otro hito en la reivindicación de derechos de los oprimidos. Las cien mil casas de regalo se revela como la política social más ambiciosa de la historia reciente de Colombia. Y así… El problema es que todas esas iniciativas parecen concebidas como simples golpes mediáticos, y no como verdaderas soluciones al mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos.
Ninguna de las tres iniciativas mencionadas anteriormente ha mostrado un avance significativo –o algún avance, si somos más estrictos-, y todo parece hacer parte de un gran montaje mediático. De hecho, los reveses del gobierno actual son manejados de igual manera. Digo reveses para no hablar de sinvergüencerías; diferentes escándalos siguen un patrón repetitivo; parecen calcados: cuando se intentó gravar con IVA algunos productos de la canasta familiar, el presidente se hallaba convenientemente lejos (por allá en China, creo) y, una vez estalló el escándalo, volvió apresuradamente a condenar la medida y hacer saltar –en medio de la más descarada pirotecnia mediática- a unos cuantos fusibles burocráticos de menor orden.

Hoy, cuando se aprobó la grotesca reforma a la justicia, y casualmente se encontraba de nuevo por fuera (en Brasil esta vez), regresó precipitadamente a ofrecer una alocución en la que censuraba la nueva ley, confeccionada –según dio a entender- a sus espaldas (Y, de ser así, ¿qué clase de timonel sería ese que no bien da media vuelta cuando sus propios ministros le desobedecen? Por otro lado, ¿saltarán los tacos de Esguerra y Renjifo, o las incongruencias del presidente nos demostrarán que existe algo infinito además de la estupidez humana?).
Paradójicamente son los mismos medios los procuradores que han destapado las farsas de estos últimos dos años. Pero no hablo de diarios nacionales ni noticieros de televisión; hablo de los nuevos medios: las redes sociales Twitter y Facebook ya han demostrado que su capacidad de convocatoria –derivada de su inmediatez y carácter democrático- llega al extremo de desestabilizar gobiernos; e incluso tumbarlos. El efecto bola de nieve de estas herramientas mediáticas hace que simples observadores, sin más capital que su número de seguidores –dispuestos a replicar en un efecto dominó sus denuncias – se conviertan en los mejores fiscales de, por ejemplo, congresistas que quieren devolvernos a tiempos de Pablo Escobar, cuando peligrosos asesinos se pavoneaban con sus delitos a cuestas gracias a la inmunidad parlamentaria que hoy se pretende revivir.

Ahora, cuando Twitter y Facebook destaparon la olla podrida, la jaula de orangutanes de la reforma, resulta que nadie tuvo la culpa. Los altos dirigentes marcan los estilos de sus organizaciones; y el nuevo estilo de los dirigentes del país es el mismo que ha rubricado Santos Calderón: indignación hacia sus propias acciones y transferencia de culpas a espectrales culpables; así lo hizo Juan Lozano, el presidente del partido de La U con el asunto de Merlano; así lo acaba de hacer Simón Gaviria, presidente del partido Liberal, justificando, además, su firma al texto de la reforma en el hecho de no haberlo leído (es para reírse a carcajadas, por su cinismo o por su irresponsabilidad e incompetencia). Y eso sucede porque así lo hace Santos siempre. No quiero ni pensar en que lleguemos a añorar el anterior estilo, el de las bravuconadas, el de “esto es así y punto”; al menos era más honesto, aún en medio del mar de corrupción en que navegaba.

Es irónico que -como nos lo muestra el director David Fincher en su excelente película Red Social- la aventura fortuita de un adolescente borracho (Facebook) haya derivado en una poderosa herramienta de denuncia social, cuyo éxito, además de ser un acontecimiento empresarial de antología, engendró esa otra más poderosa herramienta llamada Twitter, mientras que la ambiciosa empresa política de un potentado aristócrata está a punto de naufragar en un océano de pifias, desaciertos, mentiras, frivolidades, crímenes y mezquindades.

A los dos, a Santos y a Zuckerberg –el creador de Facebook-, los movía lo mismo: la vanidad, el ego. Pero una cosa es que un arrebato vanidoso ayude a hacer más entretenida la vida de ochocientas millones de personas, y otra que muy diferente que hunda a cuarenta y cinco millones en la desesperanza y la miseria.

Santos de todos modos superó sus propias expectativas: no puso a chillar solamente a los ricos, sino que puso a chillar a todo el país, con excepción de los bandidos que firmaron la infame reforma a la justicia. Y, muy a su pesar, no sólo está a años luz de las leyendas de Churchill y Roosevelt, sino que ni siquiera le alcanza para llevar a feliz término la sucia maniobra de Kissinger, según la cual, para solucionar un problema primero hay que crearlo: este señor no engaña a nadie con sus discursos indignados y sus trinos oportunistas ; y cada día se hunde más, junto con su gobierno, en un pantano de frivolidad e incompetencia.
El tiempo no se detiene. Twitter tampoco.

lunes, 18 de junio de 2012

EL ABOGADO DEL DIABLO


Hoy a mi parte optimista le toca hacer de abogado del diablo en favor de Juan Manuel Santos (y en contra de mi parte pesimista, que suele ganar los juicios). Si bien en un principio elogié el buen arranque que tuvo el actual presidente, después he criticado su exceso de palabrería, su pose vanidosa de prócer, y sus escasos resultados. No obstante, hay un componente de su gobierno que no había sopesado adecuadamente y que, si sale bien, podría justificar esa inacción y frivolidad que nos tienen en la incertidumbre de siempre acerca de la resolución de la guerra.

Ese componente del que hablo no es otro que una posición de gobierno que, sin aflojar significativamente en el campo militar, deja la puerta abierta para una negociación política con la guerrilla, refrendada ahora con la aprobación por el senado del marco legal para la paz, y previamente robustecida con la voluntad política del impulso de la ley de tierras y  de las cien mil casas para los más pobres.  Si se lograre un acuerdo de paz efectivo, a pesar del inevitable incremento de la delincuencia común y la desperdigada insurgencia de la insurgencia que ello conllevará, suponemos que el país recibirá, para la calidad de vida de sus habitantes, una propulsión sin precedentes.

Por supuesto que primero esa colosal locomotora de un eventual proceso de paz deberá llegar felizmente a destino, lo cual no queda tan claro después de los pobres resultados de la ley de tierras y del albur de las cien mil casas. Y segundo, una vez extirpado el cáncer de la guerrilla (que al fin y al cabo es una metástasis), habrá que enfilar baterías contra los miles de tipos de mafias que maniatan al país, contra la corrupción que desangra las arcas, y contra el tumor madre de la desigualdad y la falta de oportunidades. La esperanza estriba en que, con la guerrilla fuera combate, las energías destinadas para acabar con esas otras enfermedades serán mayores. Y también el estímulo moral.

Porque ciertamente es la oportunidad histórica desde que la guerrilla, con sus golpes mediáticos de finales de los ochenta –como la toma de la embajada de República Dominicana-, que coincidieron con el incremento de su radio de influencia tanto en el territorio nacional como en los círculos de poder, empezó a mostrarse como un agente realmente desestabilizador. Antes de ahora hubo otras oportunidades malogradas: a la primera tesis concebida para acabar con el fenómeno guerrillero -la receta del plomo a discreción importada por Turbay Ayala del cono sur- siguió la antítesis lírica de Belisario Betancur, con sus poéticas amnistías e indultos, que sólo sirvieron para que una guerrilla diezmada por Turbay se reconfigurara. Finalmente ninguna de las dos fórmulas dio resultado.

Adicionalmente, después de Betancur nunca hicimos un ejercicio dialéctico que nos permitiera una mirada ecléctica de la situación histórica de esos dos gobiernos, lo que bien puede excusarse por el brusco surgimiento de un flagelo aún peor que la guerrilla (quién lo creyera): el narcotráfico; los gobiernos de Barco, Gaviria y Samper –si bien acosados por diferentes carteles- se vieron en la necesidad de reconsiderar sus prioridades en materia de orden público, desplazando el asunto guerrillero a un segundo plano para poder concentrase en la guerra que libró el Estado contra la mafia del narcotráfico.

Después, cuando exportamos la parte cinematográfica del narcotráfico a México, y la guerrilla recuperó el primer lugar en las prioridades de orden público –al final del gobierno Samper-, resolvimos invertir el orden de los factores: esta vez la misma tesis de mano tendida sin reservas de Belisario –ya no bucólica sino sumergida en babas- fue no sólo la estrategia de Pastrana para ganar las elecciones (se dice que las Farc eligieron el presidente en esa ocasión, merced a la foto que inteligentemente concedieron al delfín), sino su entera apuesta de gobierno. Y, paradójicamente, después de los funestos resultados de Pastrana, las mismas Farc volvieron a elegir presidente: los vejámenes a los que nos vimos sometidos los colombianos por parte de ese grupo guerrillero durante el cuatrenio baboso hicieron que nos decidiéramos por su antítesis: la de las balas deliberantes propuesta por Uribe.

La ausencia de un nuevo y más influyente ingrediente equivalente al narcotráfico (inverosímil a estas alturas), la inusual extensión del mandato y el nuevo fracaso en la solución del conflicto -unido todo eso a arbitrariedades y corrupción gubernamentales sin cuento- determinaron el desgaste del esquema Uribe, y el vislumbre –por fin- de la necesaria síntesis que pedíamos a gritos sin saberlo: una estrategia de salida política del conflicto sin el descuido de las acciones militares; y sin la irresponsable concesión de demandas absurdas.

Incluso antes del final del Uribato ya se adivinaba el nuevo ambiente: mientras al principio de su largo mandato el presidente lucía sereno, autosuficiente y autoritario (a nadie se le ocurría interpelarlo, y él no tenía la necesidad de pronunciarse sobre nada), al final se le veía desencajado, irascible y defendiendo como gato boca arriba sus políticas y decisiones. Y qué decir de ahora, cuando lo vemos fuera de sí, botando espuma por la boca, ante la patente posibilidad de una salida negociada a la guerra: cuando hay necesidad de mostrarse tan vehemente respecto a ciertos asuntos es porque se resquebrajan peligrosamente las talanqueras que se han levantado.

En ese orden de ideas, Santos tiene la posibilidad de lograr la síntesis que sugiere el devenir histórico y que mencionábamos más arriba: puerta abierta a la negociación sin descuido militar.  Lamentablemente, a cambio de la imagen de gran estadista que él cree proyectar, al presidente siempre lo he asociado con el abogado protagonista de la cinta El abogado del Diablo, quien, teniendo todo de su parte para materializar sus virtuales triunfos, sucumbe ante la antítesis de la racionalidad del hombre: la primitiva vanidad (“vanidad, mi pecado favorito” dice en la última línea de la película Al Pacino, en labios de la encarnación del demonio, John Milton). Esperemos que Santos anteponga el futuro de todo un país a su afán de portadas de revistas internacionales y pase de la retórica demagógica a la acción.

Y esperemos, también, por el bien de todos, que Hegel haya tenido razón.

lunes, 11 de junio de 2012

ESCOBAR, EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Escalofriante.  Espeluznante. Macabro.  Pongámosle el adjetivo que queramos (inventémoslo) y aún así nos quedaremos cortos.  Borges tenía la esperanza de que algún día habría una palabra precisa para designar cada aspecto de la vida (digamos el aspecto lúgubre y amenazador de las calles en la madrugada).  Así que “escobarizante”puede ser lo que estamos viendo por las noches en la TV con la transmisión de la serie Escobar, el Patrón del Mal.  Y a pesar de que no he visto prácticamente nada nuevo, nada que ya no supiera, no deja de ser escobarizante para mí tratar de asimilar –sin éxito, una vez más- cómo fue que todo un país, una nación entera, con sus tres poderes, su cuarto poder, sus instituciones deportivas, sus industrias, su comercio, sus símbolos, sus instituciones militares y policiales, sus costumbres, su gente, y hasta sus relaciones internacionales, sucumbieron ante la figura tenebrosa de un solo hombre; un omnipotente príncipe de las tinieblas ante quien hasta el mismísimoYaveh, el colérico dios del Antiguo Testamento, se habría visto en las delgaditas para derrotarlo. Y eso que en la serie sólo hemos visto la punta del iceberg.
Nos acostumbramos, en aquella época siniestra, a que la muerte nos aguardara a la vuelta de la esquina, donde podría explotar una de las bombas caprichosas con las que el capo transmitía sus sutiles mensajes a quienes estuvieran mínimamente en contra de sus devaneos  (y que cayera el que fuera).  Nos acostumbramos a que una generosa porción de la agenda del presidente de la república –del presidente de la república- tuviera que ver con uno solo de sus treinta y cinco millones de gobernados. Nos acostumbramos a que acribillaran a vecinos honestos de nuestra ciudad por pretender vivir como ciudadanos y no como marionetas. Nos acostumbramos a que un asesino diseñara su propia cárcel, en un terreno de su propiedad, a su gusto… ¡y sin rejas!  Hasta dónde tiene que estar aterrorizada una sociedad para permitir semejantes humillaciones: el presidente rendía cuentas a Pablo Escobar. Y de ahí para abajo.
Sé que nunca lo hemos comprendido a cabalidad. De hecho, ni aún después de que termine la serie de TV, que se encarga por estos días de refrescarnos la memoria, lo habremos hecho. Sé que a lo sumo tendremos flashes de lucidez que se nos antojarán de una irrealidad desconcertante.  Sé que ese capítulo tétrico, funesto, de nuestra historia, ese horror inenarrable, es el equivalente a la Segunda Guerra Mundial para la humanidad.  Las otras guerras fratricidas que hemos tenido por cargas –y que seguimos teniendo- son lo de mostrar; son los salvadores desmanes que distraen al resto del mundo y a nosotros mismos de aquel despropósito de delirio; los disfraces que esconden nuestro verdadero esqueleto en el armario: son la inofensiva desobediencia en el edén que desvía la atención del verdadero crimen: el asesinato de Abel a manos de Caín.
Obvio que no voy a caer en la ingenuidad de creer que todo es cuestión de mala suerte y que, qué vaina, nos tocó Pablo Escobar.  Soy de la corriente que piensa que si no hay un terreno abonado las semillas –buenas o malas- no nacen. O por lo menos no tan fácil.  El culto al éxito, que prima en el mundo contemporáneo sobre otros componentes de la vida (la cultura, la inteligencia, la grandeza, la honorabilidad), juega a favor de las probabilidades de que surjan este tipo de figuras maquiavélicas.
Y si a esa tendencia mundial sumamos una particular proclividad de nuestra sociedad colombiana por la trampa y el dinero, obtendremos un coctel explosivo de las proporciones nucleares que representó la escobarización del país de las décadas del 80 y del 90, y cuyas radiaciones aún sufrimos. Hay que ver cómo en la serie de TV -y no hay motivos para pensar que no hubiese ocurrido así en la vida real- su propia madre lo incita a pasar por encima de las reglas; y cómo él mismo tiene un solo dios: la plata. El Divino Niño de Atocha es sólo su coartada ética y moral; su cómplice imaginario.
En nombre de dios (vaya variedad) y del pueblo aquel cacao de la muerte sentaba cátedra de derechos humanos ante otros asesinos a quienes, segundos más tarde, despedazaba sin la menor vacilación (“despresemos a este pollo”, le ordena en la serie a su lugarteniente para que éste dé, a su vez, la orden para que avancen dos carros dispuestos en sentido contrario, a cada uno de los cuales están amarradas las extremidades de uno de sus prisioneros).
Confieso que, a pesar de mi predilección por películas de mafiosos, en las que los niveles de violencia son harto más altos que en otro tipo de películas, mientras veo la serie me sorprendo a mí mismo pegado contra el espaldar del sofá, lo más alejado posible del televisor. Sorprendente el efecto de la serie, máxime si tenemos en cuenta que en ella la violencia no es tan explícita, y que, por lo demás, podría ser la versión de Walt Disney de lo que realmente ocurrió (la serie está clasificada como “familiar”, habida cuenta –supongo- de la ausencia de sangre y otras manifestaciones visuales escandalosas).
No puedo evitar que todo esto me recuerde los tiempos en que leí El Corazón de las Tinieblas, novela de Joseph Conrad en la que un comerciante de marfil -el señor Kurtz- se interna en las selvas del Congo, enloquece y se convierte para los nativos (tal como Escobar para muchos antioqueños) en una especie de dios venerado, temido y respetado. La explotación del marfil, el componente equivalente al dinero en la parábola de Escobar, se convierte en la justificación para que Kurtz lleve a cabo una verdadera carnicería humana que arrasa con cualquiera que se interponga en su camino. Las semejanzas entre Kurtz y Escobar serían interminables, pero anoto esta advertencia que uno de los personajes hace de Kurtz: “Con ese hombre no se habla, se le escucha”.
Hay sin embargo una diferencia que nos puede ilustrar la dimensión de la maldad de nuestro Kurtz doméstico. Mientras el Kurtz de Conrad -la maldad por antonomasia- alcanza a visualizar las atrocidades que le ha tocado presenciar, pero que también él mismo ha propiciado (“el horror, el horror”, repite mientras agoniza), al nuestro sólo le interesaba escapar de sus perseguidores para seguir conquistando los pocos terrenos vírgenes que le quedaban a la humanidad en los dominios de la brutalidad. “El horror”, parecemos decir, en cambio,  todos los demás cuando apagamos la pesadilla del televisor y volvemos a esta sosegada realidad de paracos, guerrilleros, estafadores, ladrones y narcotraficantes (por una vez anhelada). Y nos decimos que gracias a dios estamos aquí y no allá, escobarizados.
Y nos decimos que gracias a dios aquello ya sólo es parte de un mal sueño.

Twiter: @samrosacruz

sábado, 2 de junio de 2012

COPYCAT


La película Copycat (Jon Amiel, 1995) nos muestra la historia de la psicóloga Helen Hudson, una experta en comportamientos criminales, quien, como resultado del acoso al que la somete uno de los psicópatas que alguna vez ayudó a  atrapar, padece agorafobia.  Los aquejados con este mal –que consiste en miedo irracional a lugares abiertos- raramente salen de sus casas, lo que hace que la doctora Hudson deba seguir desde la suya una serie de asesinatos cometidos por un psicópata cuya particularidad es la de copiar los modus operandi de otros psicópatas famosos (se trata de un copycat; un imitador);  comportamiento extraño en asesinos en serie, quienes suelen casarse con un único modus operandi.


Pues bien, así como el invento de Gutenberg quitó el monopolio del conocimiento y la información a reyes y clérigos e hizo que surgieran críticos especializados en los más variados temas, la revolución informática despojó a ese nueva élite de sus privilegios, proporcionado al ciudadano del común la posibilidad de generar opinión e información: Twiter, Facebook, y otras herramientas hipermasificadas, democratizaron hasta un límite insospechado las bondades de la información; pero también sus perjuicios. Por cuenta de ello tenemos millones de potenciales copycats: imitadores de sucesos que van de lo trivial a lo inverosímil, pasando por lo, francamente, macabro. Y, claro, al final de la cadena están los grandes conglomerados de comunicación para servir de caja de resonancia: una increíblemente mediocre si tenemos en cuenta sus contenidos; pero monstruosamente productiva en términos financieros.


Convencido como estoy de que la mayor fuerza del universo es el azar (que ha precipitado los acontecimientos hasta la maravilla del cerebro humano) y de que, en ese orden de ideas, todo es posible, me cuesta trabajo, sin embargo, no extrañarme con el hecho de que cuando aún seguían bajo tierra los mineros atrapados en Chile en 2010 nuestros equilibrados medios de comunicación se encargaron de encontrar un suceso similar aquí en Colombia. No sabe uno si casos así suceden a diario en el país y, simplemente, son ignorados hasta que otro suceso de talla mundial, como el mencionado de Chile –que, por supuesto, reporta muchísimos puntos de rating-, anima a nuestros comunicadores a revolear en cuadro buscando unas víctimas que habitualmente se hundirían en el olvido.


Para no ir más lejos, después del fastidioso asunto del senador Merlano no pasaron 15 días sin que otro político en La Guajira intentara sacar un arma delante de unos  policías que, antes de negarle una llamada a cierto coronel que lo eximiría de una prueba de alcoholemia,  lo habían detenido por manejar bajo el efecto de “sólo diez cervezas”. Y, en el mismo lapso de tiempo, el edil de Barrios Unidos de Bogotá, Édgar Riveros, detenido en otro retén policial, llamó a un policía amigo para que lo exonerara –con éxito- de la multa correspondiente por manejar con la restricción del pico y placa. Teniendo en cuenta lo caliente que estaba la noticia de Merlano, uno se pregunta en qué estaba pensando esa gente: tal vez los problemas que acarrea una situación así se ven generosamente compensados con los 15 minutos de fama que vaticinó Warhol hace cuarenta años.


Todo esto no pasaría de ser material de inventario de una patética república bananera si no fuera por los espeluznantes incidentes con que nos bombardean noticieros, periódicos y nuestros propios conocidos (y también los perfectamente desconocidos) a través de Twiter y Facebook. Da miedo creer que un amigo nuestro querrá imitar a Sigifredo –en caso de que éste sea culpable- y nos venderá al mejor postor por misteriosos propósitos; aunque da más miedo deducir que –si Sigifredo es inocente, como creo- un fiscal copycat,  ávido de figuración mediática y basado en pruebas deleznables y razonamientos ridículos, proferirá orden de captura en nuestra contra por un retorcido delito.


Sin embargo  todavía no hemos salido de las aguas mansas; entrando en aguas de tiburones, espeluzna hasta el insomnio saber que alguna de nuestras conocidas pueda correr la misma suerte de  Rosa Cely, la mujer violada, torturada y empalada por algún sádico medieval en el Parque Nacional. Ingredientes variables del drama (estrato bajo de la víctima, presencia en las redes sociales; ausencia de imágenes morbosas, violencia asombrosa) hacen que los grandes medios se hayan mostrado vacilantes en el cubrimiento de la noticia: no he oído un especial de dos horas en La W equivalente al asunto de la prostituta de Cartagena. (A propósito: teniendo nosotros, como nos hemos venido jactando de ello desde hace años, la mejor policía del mundo ¿no es extraño que los policías que encontraron moribunda a Rosa hubiesen omitido preguntarle el nombre de su victimario después de que ella les informara, con un hilo de voz, que ese victimario la había agredido con un casco y que, además, ella lo conocía? Ojo, no digo que estén involucrados, digo que son de una incompetencia rayana en la estupidez).


Y como nuestras aspiraciones de melodrama no se limitan a lo nacional –al fin y al cabo somos grandes emprendedores-, aterrorizan nuestras incursiones imitadoras en campos internacionales. Recordemos el caso inofensivo de la barranquillera que, no queriendo quedarse atrás por la noticia de que una italiana había tenido octillizos, burló el riguroso filtro de nuestros ecuánimes medios de comunicación asegurando estar embarazada de nueve bebés, los que finalmente se convirtieron en nueve primorosos kilos de trapo. Pero, si ese caso fue inofensivo, tengamos en cuenta que esta semana inverosímil que pasó nos trajo de Estados Unidos la noticia de un hombre que, bajo los efectos de una droga denominada sales de baño (?), devoró la cara de un habitante de la calle, quien en este momento se encuentra en estado crítico a causa del ataque. 


Sin saber, por otro lado, si la transmisión por TV de la serie Escobar, El Patrón Del Mal resultará favorable para nuestra sociedad (puesto que conoceremos a fondo una historia que no debe ser repetida bajo ninguna circunstancia) o perjudicial (y será, en cambio, inspiración para un semillero de superempresarios de la muerte que les pondrán la pata a los ya grandes jefes de los cientos de carteles que pululan en Colombia), me limito, desde la que aspiro sea la parte beneficiosa de la omnipresente ecuación mediática,  a hacer notar esas inquietantes coincidencias.


Ahora sólo me falta superar una incipiente agorafobia.