sábado, 16 de marzo de 2013

MEDELLÍN Y SU MODA


No hay que bajar mucho en una lista de diez estrategias de manipulación mediática que circula por la red -y que es atribuida al prestigioso lingüista y analista político Noam Chomsky- para que los colombianos nos encontremos a nosotros mismos allí. De hecho, no hay que bajar: la primera de dichas estrategias, con las que los poderosos siguen siendo poderosos, a costa de la opresión de la gran masa, se llama la estrategia de la distracción. Y consiste en “desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes”; en “impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética”.

El diluvio de tonterías con que nos bombardean a diario los lamentables medios de este país, presentó esta semana (hoy) un verdadero chaparrón chovinista, con aquello de la elección de Medellín como “ciudad más innovadora del mundo”. No voy a decir aquí que la innovación sea mala (tampoco es buena per se: si no preguntémosle a los genios criminales de los que estamos rodeados); no es mala sobre todo si se da para mejorar la calidad de vida general respetando el medio ambiente, como parece ser el caso de Medellín. Y el premio tampoco es malo, sino que las cosas hay que ponerlas en su debido contexto. Y en este caso no se ha hecho eso.

Por un lado, si bien “el aporte de empresas públicas de Medellín a la educación y al mejoramiento de la innovación, el transporte público, el parque explora, el jardín botánico, el sistema metro…” fueron algunos de los factores por los que postularon a la ciudad, hay que ver hasta dónde los “combos armados” y la “industria criminal conformada por los narcos”, en palabras del columnista paisa Pascual Gaviria –elementos que, según él, “desbordan siempre a las administraciones locales”-, permiten que esos factores beneficien a toda la población de Medellín, y no sólo a unos cuantos privilegiados. La escalera eléctrica de la comuna 13, por ejemplo, fue otro de los componentes que vieron los organizadores del concurso al momento de considerar las postulaciones. Sin embargo, tal como escribí en un artículo anterior (ver http://www.kienyke.com/kien-bloguea/gomorra/), y cómo lo reconoció el mismísimo presidente del Concejo de Medellín, aún antes de terminarse la obra ya el usufructo de la escalera estaba en poder de la mafia (que, dicho sea de paso, también tiene su propia versión de la innovación).
Por otro lado, el tal concurso que según una influyente emisora “nos puso (a los colombianos) en la primera plana del mundo”, es la gran noticia en Colombia hoy, que Medellín lo ganó (no sé en qué recoveco del Wall Street Journal publicaron eso; yo no lo encontré por más que lo busqué). Pero estoy seguro de que se cuentan con los dedos de la mano las personas que sabían de su existencia. ¿O acaso alguien sabe cuál fue la ciudad ganadora la última vez?

Finalmente, y aunque hay un indudable mérito en la selección inicial, los últimos finalistas del concurso -y el ganador- se decidieron a través de votaciones masivas en la red. Lo que convierte al concurso en uno de convocatorias, más que en uno de innovaciones; y, obviamente, en uno con mayor probabilidad de ser ganado por una ciudad perteneciente a un país novelero y estúpido como este, que por ciudades a cuyos ciudadanos les importan un pito esas pendejadas (Medellín más innovadora que Nueva York: hágame el maldito favor).
Y precisamente ahí es donde está el quid del asunto: en que la alianza criminal de medios y plutocracia de este país anda constantemente revolando en cuadro, a la caza de victorias de pacotilla que pongan al pueblo a brincar en una pata, y emborracharse a muerte en medio de insufribles declaraciones de amor patriótico y regional. Lo que, a su vez, hace que a ese mismo pueblo se le olviden, por decir algo, los intereses de usura que debe pagarle al banco (técnicamente, según la ley –que la hacen los poderosos mientras el pueblo se embrutece con realities shows-, no es usura; pero cuando un banco capta al 5% de interés efectivo anual y presta a más arriba del 30%, ¿eso cómo se llama?). Y en medio de toda esa ebriedad de gloria barata, los medios nos embuten dos o tres entrevistas a prohombres que supuestamente han contribuido a esas victorias de hojalata, pero que en realidad no son otra cosa que unos usureros, ladrones y estafadores del gran carajo.
El caso es que a las convocatorias de imbecilidades acudimos raudos (no nos gana nadie apretando botones frente a un computador, a ver si el que sale es John Freddy o Marelvis del reality de turno), pero mostramos la más grande apatía (esa sí) del mundo cuando la convocatoria es para acabar con las criminales clases política y empresarial que nos han oprimido proverbialmente. Y nos sentimos orgullosos de ello. Debe ser porque –bajando un poco más en la lista de estrategias que cité al principio, cuyo origen incierto no le quita lo agudo de sus observaciones- los dirigentes tienen clarísimo que deben “promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto”.
Y, en este país, siempre rezagado en todo lo demás, esa es la única moda que nos ha llegado primero.
@samrosacruz
Vínculos:http://www.elespectador.com/opinion/columna-407089-el-tiempo-perdido

jueves, 21 de febrero de 2013

EL SUCESOR DE PABLO


Se va –renuncia- “el sucesor de Pedro” y pone patas arriba (más patas arriba) a una de las instituciones más antiguas y poderosas del planeta: la Iglesia Católica. Las especulaciones sobre los motivos de su abdicación no se han hecho esperar; y van desde su confesa incapacidad para cumplir sus funciones -no únicamente por su avanzada edad-, pasando por mundanos motivos de vanidad, por otros más mundanos que implican corrupción y relaciones con nada menos que la Cosa Nostra, y terminando, como siempre en casos como este -en los que se busca el mayor escándalo posible- en otros que involucran tejemanejes homosexuales de alcoba: líos de sotanas.

Pero atengámonos a los motivos expresados por él mismo: “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Ya no tiene fuerzas, al parecer, para ejercer el ministerio, pero es innegable que, irónicamente, Benedicto XVI guarda una asombrosa coherencia con la persona de Pedro, el apóstol en quien Jesús confío la edificación de su iglesia. Porque ante las “divisiones en el cuerpo eclesial”, que el mismo Benedicto denunció en la misa del Miércoles de Ceniza, y que serían causales de su renuncia -adicionales a los de su edad-, su actitud timorata recuerda a la asumida por el apóstol Pedro en su indecisión entre el cumplimiento de la ley mosaica y la difusión del cristianismo allende las fronteras del judaísmo.

En efecto, Pedro, después de transgredir la ley al cenar con el centurión Cornelio (un gentil), y de conseguir un gran logro al convencer al resto de cristianos (apegados a los mandatos de Moisés) de que la división de alimentos -entre puros e impuros- no sería importante en adelante, su comportamiento se tornó pusilánime ante Santiago, otra de las poderosas cabezas del cristianismo primitivo: Gálatas 2.12. “Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con gentiles; pero en cuanto aquéllos llegaron, se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión”.

Contrasta el comportamiento de Pedro, y de su último sucesor, con el del apóstol Saulo (Pablo), el inicialmente perseguidor de cristianos. Pablo, a su llegada a Pafos (Chipre), como parte de uno de sus viajes misioneros, se enfrascó en una discusión sobre judaísmo con el llamado falso profeta: Bar-Jesús. El procónsul romano del lugar, Sergio Pablo, al parecer se interesaba por la religión judía, y tenía a Bar-Jesús como consejero en la materia. Sergio Pablo quedó tan impresionado con la disertación de Pablo acerca del carácter mesiánico de Jesús (el de Galilea), que se convirtió instantáneamente al cristianismo, a pesar de que nunca se convirtió al judaísmo y de que conservó su condición de incircunciso.

Y contrasta porque, una vez lograda sin tantas condiciones la conversión de un gentil, Pablo no sólo siguió convirtiendo gentiles en Perge, Pisidia y las siguientes ciudades de su viaje, sino que enfrentó con tal temeridad a los ortodoxos judíos que encontraba a su paso, que fue lapidado casi hasta la muerte en Listra, después de lo cual, en el Concilio de Jerusalén, encaró a Santiago y los suyos, imponiendo su punto de vista acerca de las conversiones universales: Hechos 15.2. “y tras un enfrentamiento y altercado no pequeño por parte de Pablo y de Bernabé contra ellos…” 

Pedro, hasta entonces, y a pesar de que en ese mismo concilio apoyó tal posición, se había limitado a dejar el trabajo sucio a Pablo. Situación que, en adelante, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, permaneció invariable, porque Pedro, aparte de tradiciones tardías acerca de su crucifixión invertida en Roma, pierde la importancia que había tenido en los cuatro evangelios. Importancia que recae entonces en Pablo, quien realiza otros viajes misioneros, logrando importantes adoctrinamientos y fundando sólidas iglesias cristianas a lo largo de todo el Asia menor. E incluso en la propia Roma, adonde llegó a predicar, a pesar de su avanzada edad, y fue condenado a arresto domiciliario en tiempos de Nerón. Esas acciones fueron definitivas en la posterior preponderancia del cristianismo en el mundo.

Volviendo a Benedicto XVI, por lo visto las “divisiones en el cuerpo eclesial” y los escándalos de pederastia y de corrupción son una cruz demasiado pesada para él.  Pero escándalos en el pequeño país de Dios los ha habido siempre; y de todas las calañas. Más bien, la carga insoportable sobre sus hombros podría tener su origen -por convicción propia de no solucionarla, o por física  impotencia- en la insatisfecha necesidad de la Iglesia Católica -a pesar de sus mil millones de feligreses- de adecuar sus políticas a los tiempos modernos. De diseñar unas políticas que le permitan capturar nuevos adeptos (por no decir de, siquiera, mantener a los actuales, cada vez en más abierta deserción hacia los cantos de sirena de las sectas protestantes, hacia el prestigioso esnobismo de las religiones del lejano oriente, e incluso hacia el temido Islam).

Da un paso a un costado Benedicto XVI -al igual que Pedro a favor de Pablo (así Pedro haya terminado crucificado de cabeza y él, Benedicto,  termine sus días en un apacible convento de monjas en los jardines vaticanos)- para que venga uno que sí pueda hacerle frente a los desafíos gerenciales que hay en el horizonte de la Iglesia Católica. Uno que si “tenga fuerzas”. Uno que, como Pablo, con su perfil de gran empresario contemporáneo, sea el gran mercadotecnista del catolicismo.

Mejor dicho: uno que sea el sucesor de Pablo.

OH, JÚBILO INMORTAL


“Golpe a los pesimistas: según última encuesta de Win _Gallup Internacional los colombianos somos los más felices de todo el mundo. Qué tal?”. Ahí está otra vez el presidente Santos, a través de Twiter, sirviéndose -como casi todos los políticos de este pobre país, y como si esa fuera una cosa buena- de la dañina metáfora del vaso medio lleno. Ahí está otra vez haciéndonos creer que el hecho de que unos ciudadanos se conformen -y sean felices- con ser uno de los países con mayor índice de desigualdad del planeta es una cosa digna de ser resaltada, una circunstancia envidiable y envidiada por los desgraciados japoneses, por los desventurados noruegos, por los sufridos suizos. (Ellos -los suizos, los noruegos, los japoneses- nunca ven un vaso medio lleno, tal vez porque, por muy avanzada que sea una sociedad, siempre habrá cosas por mejorar… Y el vaso, para ellos, todo el tiempo estará medio vacío; así sólo le falte un dedo).
Al tipo -a Santos- le importa un reverendo pito que año tras año, comienzo de año tras comienzo de año, las noticias sean inquietantemente repetitivas; como si estuviéramos condenados. Desde la misma noticia estúpida que da cuenta de nuestra posición privilegiada en el felizómetro del mundo, hasta los rutinarios aludes de tierra que sepultan caravanas enteras de viajeros, sin que a nadie le importen las pésimas condiciones que tienen han tenido y tendrán las lamentables vías nacionales. O la consabida bala perdida que mata a una niñita (es otra condena, otra maldición: siempre son niñitas las muertas), y el hecho de que tampoco a nadie le importe que sigamos inaugurando cualquier celebración con tiros al aire (o cerrándola con tiros directamente al cuerpo). O la habitual masacre de añonuevo -de campesinos, de mafiosos, de sicarios: no importa-; o el cotidiano funcionario que saquea el erario público y es sorprendido, pero resulta que mi hoja de vida es transparente, que el país me conoce, que el país sabe quién soy yo, etc…
No digo que necesariamente haya que ser rico para ser feliz. Ni que una persona o un país no puedan elegir libremente qué es lo que quieren hacer de su futuro sin que alguien le esté confeccionando una hoja de ruta vital. Lo que no parece muy sano es que ese futuro se relacione con crímenes, asesinatos, robos y violaciones a los derechos humanos. No se puede ver con buenos ojos el hecho de que alguien decida, para ser feliz, convertirse en asesino en serie; o en ladrón. Y eso es lo que parece que hace Colombia.
El desastre social, los fracasos deportivos -somos tan conformistas que ni siquiera son los triunfos deportivos, como en otras partes, los que nos distraen, sino los familiares segundos lugares; pero incluso el puesto de segundones nos es esquivo-, el fiasco académico, son frustraciones adicionales al caos de orden público que padecemos; y todo eso debe compensarse con el endiosamiento de cualquier perico de los palotes que gane cualquier cosa y tenga una efímera relación con el país (un tío político colombiano, digamos). Y si todo lo anterior falla, entonces viene la encuesta -cualquiera- que dice que somos los más felices del mundo (eso fue esta vez; hasta el año pasado los bombos eran por ser los segundos más felices).
Me dirán que es loable que un país -un pueblo, una civilización- sepa verle el lado bueno a las cosas. Y sí: pienso, por ejemplo, en los sufrimientos del pueblo judío. Y aunque ignoro si hoy, a pesar de todo, son tan felices como nosotros, también pienso que las más de las veces ese sufrimiento les fue infligido por un agente externo. Y en todo caso la última vez fue hace más de medio siglo, por lo que los judíos actuales, en su mayoría, no lo vivieron. Con todo, y teniendo en cuenta que esas heridas muchas veces se transmiten, a través del trato interpersonal, de generación en generación, creo que si fueran un pueblo feliz nos consolarían, con su ejemplo, al resto de la humanidad.
Pero, en el caso de Colombia, no entiendo a cuenta de qué tendríamos que estar felices nosotros, que nos estamos matando los unos a los otros en una guerra fratricida que ya cumple doscientos años, y que es la única realidad para muchos desde el mismísimo día de su nacimiento. Estar felices de algo así es de dementes, de psicópatas. O de imbéciles. Este país ha sido -simultáneamente al más feliz- el más violento del mundo, con cifras de violencia mayores que los de cualquier país en guerra, con corrupción galopante, con mafias de narcotráfico y de las otras -todas las otras-, con insurgencia armada para escoger, con ejércitos paramilitares, con tenebrosos aparatos de seguridad estatales, casi más peligrosos que los mismos delincuentes, con secuestros y torturas, con bandas criminales, con carros-bomba, con una clase política vergonzosa y criminal, con una clase empresarial criminal y vergonzosa, con traquetos, con embutidos de silicona ambulantes, con los amantes de esos embutidos de silicona dispuestos a pegarte un tiro por el mero hecho de respirar su mismo aire…
No sé de qué diablos nos reímos; qué es lo que nos produce ese júbilo inmortal. Ni Aldous Huxley, en sus mayores delirios de invención literaria, imaginó un lugar en el mundo que necesitara tan poco para ser feliz e insensible. Su gran novela pierde fuerza cuando se conoce a Colombia, pero es tan absurdo lo que aquí sucede que él nunca fue capaz de imaginarlo… Señor presidente: el vaso no está ni medio lleno ni medio vacío; sencillamente está vacío. Y si está lleno, como a usted le gusta verlo, es de sangre; ¿De qué podemos estar felices, señor presidente? Tal vez de ser los privilegiados sobrevivientes de esta matanza eterna.
Del simple y al mismo tiempo inverosímil hecho de estar vivos todavía.
@samrosacruz








EL POCO TALENTO DEL SEÑOR MADURO


Puesto que todo en el universo tiende a la entropía, resulta acertado un corolario de la ley de Murphy: “Lo que empieza bien termina mal, y lo que empieza mal termina peor”. Y tal parece que el gobierno venezolano, con el manejo que le han dado a la información sobre el estado de salud de Chávez, está dispuesto a llevar esa sentencia hasta sus últimas consecuencias.
Todo indica que la verdadera condición de Chávez ha sido una extensa mentira desde el mismísimo momento en que le fue detectado el cáncer. Eso empezó muy mal. En aquel momento, la extraña ausencia del gobernante fue explicada por él mismo de una manera tan gaseosa que llegó a pensarse que aquello no era sino otra de sus artimañas electorales. Idea que tomó fuerza cuando, después, lo vimos rozagante al frente de su propia campaña presidencial gracias, al parecer, a que lo atiborraron de tal cantidad de drogas paliativas que hoy esas mismas drogas, conjugadas con el trajín de la campaña, el mediocre manejo médico que -según expertos- le han dado en Cuba, y la tenacidad de la enfermedad que padece, lo tienen al borde de la muerte.
De hecho, algunas fuentes lo dan por muerto; y le atribuyen a intrigas de poder -relacionadas con la proximidad de la fecha en la que debería posesionarse y con los enredos interpretativos de la constitución venezolana- el encubrimiento del hipotético deceso. Mientras tanto, el vicepresidente, Nicolás Maduro, ofrece versiones contradictorias sobre la situación: un día dice que Chávez da órdenes, e incluso hace ejercicio, y poco después se muestra desencajado cuando revela que la condición del presidente es delicada, y que continúan las complicaciones de una infección respiratoria “ya conocida”. Un sospechoso silencio precede y sucede a sus declaraciones. El desbarajuste institucional al que puede llevar al país su conducta irresponsable no parece preocuparle.
Y es sabido que irresponsabilidad y mentira suelen ir juntas. Lo malo es que, como nos lo mostró aquella inolvidable película -protagonizada por Matt Damon- El talento de Mr. Ripley, hasta al más experimentado mentiroso se le caen sus mentiras (curiosamente a Mr. Ripley empieza a desmoronársele su timo cuando intenta hacer pasar por vivo a un muerto). Mr. Ripley tenía un enorme talento para mentir, y aún así fue descubierto. Maduro, en cambio, ni siquiera tiene ese talento.
Y Venezuela se pone cada vez peor.

jueves, 27 de diciembre de 2012

EL PARTO DE LOS MONTES


Como en la fábula famosa, después de diez estruendosos años los colombianos asistimos al parto resultante del contubernio entre las montañas de popularidad de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Pero en lugar de los prodigiosos fenómenos de paz, desarrollo y prosperidad que se presagiaban, el ruidoso trabajo de parto está por entregarnos, una vez más, un mísero ratoncito subdesarrollado.
Ningún presidente del último medio siglo ha gozado de la popularidad lograda por estos dos. Y, sin embargo, tan inusual patrimonio político sólo ha servido para que ingresemos al detestable club de países cuyos ciudadanos viven orgullosos de la figura presidencial, así esté encarnada por un cretino profesional. Si no estamos peor, por lo menos estamos igual que hace treinta años -inequidad social, violencia y corrupción a la orden del día-, con la diferencia de que entonces el presidente era tratado por la opinión pública como lo que era: como un imbécil. Un imbécil que anunciaba la disminución de la corrupción a sus justas proporciones. (No sé por qué dicen los científicos que la humanidad es cada vez más inteligente; tal vez nunca se han hecho pruebas en Colombia)
Hoy, en cambio, y para sólo referirnos a uno de sus pecados veniales, un tiranuelo arrogante, empeñado en sostener durante ocho años a un inepto como titular del Ministerio de Transporte -clave para enfrentar los retos del mundo globalizado-, deja anclado al país en el siglo XX y, sin embargo, termina siendo considerado héroe nacional, prócer de la patria (“Orgulloso de my president”, se podía leer permanentemente en las redes sociales durante sus dos oscuros cuatrenios). No habría espacio suficiente aquí para mencionar los múltiples escándalos de corrupción que salpicaron a sus dos administraciones.
Un charlatán encopetado, por su parte, se dedica desde el primer día de su mandato a tomar decisiones a bandazos, apoyándose en los oportunos consejos de las encuestas. No obstante, a la opinión pública le toma dos años largos castigar a quien sólo está interesado en llevar a cabo el vanidoso plan de su gloria personal (para el cual ni siquiera tiene una estrategia razonable). Pero lo más elocuente es el hecho de que el desplome en la imagen presidencial no se produce, como debería ser, por la inoperancia gubernamental, sino por la tontería nacionalista de la pérdida de un pedazo de mar territorial, asunto sobre el que, por lo demás, el grueso de la población no tenemos la menor idea.
Supongo que ahora vendrán las habituales cortinas de humo (ya empezaron las de corte guerrerista: tituló recientemente El Espectador: “Denuncian hostigamientos de Armada colombiana en meridiano 82″ y “Santos insistió en que no aplicará fallo de La Haya…”). Y gracias a ellas, de acuerdo al comportamiento histórico de nuestra lamentable opinión pública, las encuestas volverán a subir. La baja de algún sustituible comandante guerrillero (todos lo son), una vez se rompan los frágiles diálogos de La Habana -o antes, si es necesario-, harán el resto. Lo malo es que “el resto” implica incluso la posible reelección de Santos, quien aprovecharía esa segunda oportunidad para hacer algo (cualquier cosa: “el presidente que mató a más cabecillas de las FARC”) que le garantice aparecer con página ampliada en los libros de historia. Mientras el país se cae a pedazos.
Porque no es acallando, espiando, satanizando a la oposición, como ocurrió durante el gobierno de Uribe Vélez, que se consigue una democracia moderna capaz de asegurar el bienestar social. No es haciendo anuncios faraónicos que no terminan en nada, como ha sucedido durante toda la administración Santos Calderón, que se logran las condiciones de equidad social que necesita el país para librarse del lastre que le impide despegar económicamente -y que es la semilla de tantos problemas de orden público-. Tampoco es mediante las alharacas demagógicas de creación de empleo de los últimos diez años -que no son otra cosa que legislaciones al servicio del gran capital y en contra de la clase media- como se afianza el tejido social que puede sacarnos de la barbarie ancestral que padecemos.
Y mucho menos la solución es -como también viene sucediendo desde que Uribe y Santos, a pesar de sus conocidas diferencias personales, gobiernan el país- aumentando ad infinitumel presupuesto militar. Tal vez la solución sea, como decía Barco Vargas, a través de la sana fórmula de poca paja y mucha acción. Fórmula que al año de su gobierno -según artículo de la época escrito por Daniel Samper Pizano- Barco apenas cumplía a la mitad: poca paja. Lo cual fue suficiente para que la opinión pública se lo cobrara.
En contraste, el funesto binomio Uribe-Santos ha logrado la aceptación de las mayorías sin hacer nada diferente (con excepción del hábil manejo de su propia imagen) al resto de sus antecesores en el último medio siglo. Obviamente, las crecientes pauperización intelectual y superficialidad de la población -indiferente a su propio futuro, y mayoritariamente interesada en ver realities televisivos y en adquirir estatus mediante la compra de accesorios superfluos- son constantes que han permitido la formación de esta infame ecuación, en la que a mayores anuncios y expectativas, peores resultados.
Consecuentemente, las por fin un poco melladas montañas siguen con su -cada vez mayor- estrépito populista; pariendo año tras año el fruto de su tormentosa relación, que, para infortunio de todos -menos de ellos y de sus secuaces, los grandes capitalistas- invariablemente resulta en un diminuto mamífero de cola y bigotes.
Un insignificante ratón subdesarrollado de alcantarilla.
@samrosacruz

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ORDÓÑESE DE LA RISA


“Senadores y senadoras: muchas gracias por su independencia”. La anterior frase, con la que el procurador Ordóñez celebró su reelección, da risa. Y no pasaría de ser uno más de la maratón de chistes (tal cual aquella que protagonizó otro Ordóñez, el comediante, 20 años atrás) a la que el funcionario nos tiene acostumbrados, si no fuera porque éste chiste inaugura cuatro años más de chistes cínicos (como que él es el tipo más democrático de Colombia). Y de todo tipo, entre los que sobresalen los chistes tenebrosos, que no son otros que aquellas declaraciones y medidas descaradas del procurador en contra de las minorías a las que, de acuerdo a sus funciones, debería defender. Y ahí sí ya no da tanta risa. Más bien da miedo.
Tratando de darle sentido a la frase –suponiendo que hablaba en serio- creo que la única explicación es que ésta quedó coja: “Senadores y senadoras: muchas gracias por su independencia (de los votantes)”. De esta forma podría tener más sentido, pensé. El procurador estaría agradecido de que los senadores hubiesen hecho caso omiso del clamor popular en contra de su reelección y, en cambio, hubiesen resuelto a votar en masa por él. Como efectivamente sucedió.
Pero un análisis más profundo me dice que no; que no hay tal clamor popular: los sesgos que habitualmente gobiernan nuestras mentes nos hacen creer que un puñado de progresistas y gente medianamente culta, que se manifiestan en las redes sociales, son los votantes. No: si nos vamos al grueso de los votantes, a la masa, encontraremos que la mayoría ignorante e intolerante sí está de acuerdo con el procurador: que la mayoría desprecia a los negros, subestima a las mujeres y odia a los homosexuales.
Lo anterior, sin embargo, no implica que los honorables senadores hayan sido consecuentes con sus votantes: se trata de un simple caso de coincidencia entre la conveniencia de garantizar la impunidad de sus fechorías y los delirios medievales de buena parte de la población colombiana y del procurador (y de su voraz apetito clientelista, demostrado por columnistas de la talla de Daniel Coronell). No les doy a los senadores ni siquiera el beneficio de la duda: no se lo merecen.
Tampoco el hecho de que buena parte de la población comparta esas ideas con el procurador supone que, en ese caso, no hay nada que debatir, puesto que la mayoría estaría de acuerdo en que esas minorías deben permanecer oprimidas. Son las trampas de la democracia en las que no hay que caer: convengamos en que hablamos de democracias modernas, en las que se invocan los Derechos Humanos y otros avances de espíritu liberal para la confección de las leyes. Por lo tanto, en cualquier nación moderna, no parecería exagerado calificar moralmente de criminales –así sólo sea de palabra y omisión- a todos aquellos que pretenden la perpetuación de las condiciones de inferioridad en las que actualmente viven muchos grupos humanos.
Y esos criminales no sólo comprenden a los villanos habituales (políticos, plutócratas, oligarcas), sino también a –digamos- mujeres pobres de mediana edad que esgrimen atávicas ideas religiosas con las cuales se autoexcluyen. En cierto sentido son víctimas, sí, pero eso no las excusa de su conducta criminal (literalmente, a la luz de nuestras leyes colombianas actuales, lo es: ahora no estoy siendo moralista). Somos homo sapiens, no el perro de Pavlov.
A los integrantes de esa gran masa medieval y corrupta, compuesta por la fauna que describí antes, los impulsan diferentes motivaciones para actuar así. Pero lo único cierto es que su punto de encuentro se da en las increíbles intolerancia hacia grupos humanos inofensivos y tolerancia hacia un modelo de Estado mafioso que perjudica a casi todos. Un modelo en el que las tres ramas del poder, en una maléfica relación de interdependencia, se guardan las espaldas unos a otros, despojando de sentido a los sistemas regulatorios de contrapesos.
Fue así como los tres poderes se amangualaron para apoyar la causa criminal de la reelección del procurador. Las Cortes -por su lado- interesadas en su cuota clientelista. El presidente (confieso que debía declararme impedido de opinar acerca de semejante payaso: ya la cosa pasó de “only business” a personal), interesado en quedar –como siempre- bien con todo el mundo, pero sobre todo con el Congreso. Y éste último interesado en garantizar, como dije antes, la impunidad de sus fechorías; ¿y qué mejor manera de hacerlo que comprometiendo a su propio investigador, quién, a su turno, está ávido de poder para -aparte de imponer su reino de oscuridad- aprovechar las suculentas cuotas burocráticas? (También lo denunció Daniel Samper Pizano en su artículo El procurador: de fanático a corrupto).
El acuerdo tácito no podría ser más recíproco y conveniente: yo elijo, tú investigas; yo (no) investigo, tú (me) eliges. En un país mafioso eso conforma una dependencia mutua; es decir, una interdependencia (una interdependencia mafiosa). La chistosa frase del procurador sí había quedado coja, como bien creí al principio, pero la correcta no era aquella versión que aludía a la independencia de los votantes.
Tal vez: “Senadores y senadoras, muchas gracias por su in(ter)dependencia”.

@samrosacruz


http://www.semana.com/opinion/cualquier-precio/182889-3.aspx
http://www.semana.com/opinion/tentaculos/183820-3.aspx
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/danielsamperpizano/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12225344.html


NEW YORK, NEW YORK


No importa cuántas veces se visite: llegar a Nueva York, y salir por la noche a dar un paseo por la isla de Manhattan, es lo más parecido a visitar otro planeta. Pero no hablo de los 463 grados centígrados de Venus, ni de las colosales tormentas gaseosas de Jupiter, sino del otro planeta de nuestras fantasías; del miles de veces soñado planeta que habita una civilización tecnológicamente más avanzada, donde nos deslumbran los milagros de la ciencia al servicio de los seres vivos y donde el goce estético de los sentidos es el común denominador: presenciar el alucinante espectáculo -diurno y nocturno- de la luminosa y multitudinaria Times Square; saborear los insólitos paisajes del Central Park, con sus contrastes entre rascacielos y naturaleza; contemplar desde el río Hudson la silueta extraterrestre del down town, con sus despampanantes edificios de cristal…
Sin embargo, y paradójicamente, no creo que exista otro lugar en el mundo que represente a este planeta y nos represente, como género, de una mejor manera: allí se encuentran -también- sintetizadas todas las culturas del mundo; bien porque su maravilloso museo Metropolitano alberga cinco mil años de historia mundial, o bien porque la experiencia, común y corriente en Nueva York, de incursionar en -por ejemplo- la gastronomía paquistaní suele estar precedida -y sucedida- de abundantes tropezones con italianos, chinos, árabes, hebreos, algunos de ellos hablando en sus lenguas vernáculas y vistiendo atuendos tradicionales. Es el planeta Tierra en miniatura, capaz de producir, por igual, nobles actos de solidaridad y humanismo o abyectos y extraños actos de barbarie. Los atentados de septiembre de 2001 y sus posteriores consecuencias en todos los órdenes son un buen ejemplo de lo que digo.
El lugar común dice que quien la conoce sólo tiene dos caminos: amarla u odiarla. Ignoro si sea cierto, pero, en cualquier caso, yo soy de los que la aman con toda el alma: en medio de la pelotera perpetua de gente caminando afanada por las calles atestadas, del insistente sirirí de las sirenas de ambulancias y carros de bomberos con sus cornetas de fin del mundo, y del servicio a las patadas que ofrecen casi en todas partes, de pronto se atestigua la escena de una dulce viejecita que, sin que nadie se lo pida, le aclara a un tonto profesional, que sostiene un enorme plano desplegado con las dos manos (yo), que la línea R del metro, por la que ha esperado durante 45 minutos, no está funcionando desde hace 15 días “because of the storm”.
Y cuando la adorable ancianita se ha dormido, uno sale en la alta madrugada -independientemente del día de la semana que sea: allá el domingo en la noche es igual al martes en la mañana- a pagar oro en polvo (no importa) por un buen coctel, servido por (tampoco importa) un engreído bar-man que se cree que está en Nueva York y se esfuerza por no entender lo que uno quiere decir. Pero el coctel se consigue. Y uno siente en ese momento que I want to be a part of it; que está siendo parte de algo: de una película de Woody Allen, de una novela de Paul Auster, de una canción de Frank Sinatra. Más o menos como la emoción que sintió Borges cuando, al pasar un puñado de arena de un lugar a otro del gran desierto, con la reverencia y solemnidad que una insignificancia de esa naturaleza se merece, susurró para sí mismo : “estoy modificando el Sahara”.
Truman Capote dijo alguna vez que Nueva York era la única ciudad del mundo, a diferencia de la aburrida Londres y de la provinciana Roma, donde se podían vivir diez vidas diferentes simultáneas con diez grupos diferentes de amigos sin que jamás coincidieran. John Lennon escogió vivir -y quizás morir- en esa ciudad que ni lo vio nacer ni lo catapultó a la fama, pero que de alguna manera mitigaba la desazón de la simpleza que otras latitudes pueden ofrecer al hombre extraordinario. Allí, para bien y para mal, está la ONU, esperanzadora e inoperante; y Wall Street; y el imponente Empire State Building, con el fantasma de King Kong merodeando; y el Edificio de la Chrysler, con su hermosa figura art decó; y los grandes pintores y escritores; y el centenario subway, atravesando como una exhalación cien años de séptimo arte; y el encantador barrio Soho, elegante y bohemio a la vez; y los shows de breakdance en plena calle; y la exclusiva Quinta Avenida, abarrotada de boutiques prohibitivas; y el misterioso Chinatown, con sus descrestantes pescaderías y sus estafadores de esquina; y los artistas silvestres que tocan instrumentos ignotos en las bancas del parque; y las parejas gays tomadas de la mano; y los atuendos extravagantes; y los profetas callejeros del juicio final recordando que hay que arrepentirse de los pecados porque “Jesus is coming soon”; y las paradójicas indolencia y filantropía del poderoso magnate John D. Rockefeller, más presentes que nunca en toda la ciudad; y The New York Times; y las pandillas; y los buenos muchachos; y los malos; y Martin Scorsese; y Taxi driver; y Little Italy, con los balazos y los jirones de seda todavía frescos en las paredes; y Tony Benett; y Harlem; y Michael Jordan; y los Yankees; y Broadway, y Al Pacino, y Robert De Niro, y la Familia Corleone; y el hombre Araña, y Batman. And “all that jazz”.
Allí está todo para que cualquiera se sienta, al menos por un instante, king of the hill, top of the list, a number one.
New York, New York.
@samrosacruz

sábado, 24 de noviembre de 2012

LA CABAÑA DEL TÍO MITT


Llenas, como están, de contradicciones en los discursos de uno y otro partido, las elecciones de Estados Unidos, como se ha repetido insistentemente estos días, son un hecho que traspasa fronteras y concierne a buena parte de la humanidad. Precisamente por esas contradicciones, es difícil simplificar las posiciones: algunas corrientes republicanas, por ejemplo, cuando hablan de mercado y políticas sociales, esgrimen argumentos libertarios que limitan la intervención del Estado a su función gendarme, pero al mismo tiempo, y sin que se les tuerzan los tobillos, cuando se trata de aborto y consumo de drogas sí les parece que la intromisión del Estado es buena idea. Exactamente lo contrario hacen algunos demócratas.
Por eso, entre otras cosas, es que se tornan caóticas las discusiones que enfrentan a republicanos y demócratas tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo, donde también se sienten -nos sentimos- con derecho a opinar sobre el futuro del país más influyente. Algunas de ellas se dan con protagonistas obvios: blancos ricos que apoyan al partido republicano; negros pobres que apoyan al demócrata. Pero otras variaciones -de entre muchísimas, hoy multiplicadas por las redes sociales- enfrentan a protagonistas no tan obvios; y pueden resultar extrañas, bien porque sus interlocutores son miembros de una misma minoría, pero con ópticas opuestas de la vida, o bien porque -además- esas personas ni siquiera viven la misma experiencia: uno de ellos puede que exprese su opinión desde su domicilio en Colombia, mientras el otro dé su visión de la situación desde Estados Unidos, donde reside.
En medio de todo este caos de opinión, sin embargo, no es difícil detectar un lugar común: hay gente que simplemente no se explica cómo algunas minorías pueden todavía apoyar al excluyente Partido Republicano. Confieso que hago parte de ese grupo; y por la complejidad inabarcable de la situación me atribuyo la alegre licencia de clasificar a las minorías indignadas con la vocación de asistencia social del gobierno de Barack Obama en dos tipos: el de los desesperados y el de los ilusos.
El grupo de los desesperados es, a mi juicio, hasta cierto punto entendible; se trata de integrantes de minorías de clase media, trabajadores de sol a sol, que deben lidiar a diario con la carestía de los productos y los agobiantes impuestos. Es gente honesta en términos generales, que ve desde una posición sánduche cómo el fruto de su trabajo se escurre hacia la garganta insaciable de los ladrones de cuello blanco y -vía asistencia social- hacia la cómoda barriga de los sectores perezosos, vagos e irreponsables que se encargan de suscribir la mala fama del resto de las clases bajas. En medio de tamaña diferencia entre sus adversarios, los desesperados optan por apoyar al Goliat de clase alta (¿quién podría contra, digamos, la plana mayor de Lehman Brothers?) y enfilársela al David de los hábiles haraganes. Así se resuelve la triste encrucijada de los desesperados.
Los ilusos, en cambio, da la impresión de que quisieran exorcisarse a sí mismos a través del apoyo a los sectores más recalcitrantes del partido republicano. Es como si su particular posición política los pusiera por encima de sus congéneres por el simple hecho de expresarla; y, a juzgar por el tono a que han llegado ciertas riñas verbales, pareciese que a mayor vehemencia con que expresasen dicha posición de apoyo, más por encima creyesen estar, sin importar que su propia situación de exclusión en la sociedad no se mueva un ápice (al menos en el sentido beneficioso). Fenómeno que, inevitablemente, recuerda al Tío Tom, aquel esclavo negro que, salvo por su temperamento totalmente pacífico para con todos -incluso sus congéneres-, comparte con los ilusos su curiosa posición: agradecimiento para con sus esclavizadores, lealtad a sus propietarios, sumisión incondicional.
En esta frustrada cabaña del tío Romney, entonces, no sólo pensaban seguir medrando los miembros de las minorías que por azares de la vida han logrado torcerle el cuello a la bestia de la exclusión, sino que pensaban vivir su dorado sueño americano todos aquellos suplicantes perpetuos de indulgencias al prototipo WASP: minorías vergonzantes que despotrican de las políticas sociales e incluyentes propuestas por corrientes demócratas y la toman contra sus iguales en los más variados aspectos: mujeres que se afanan por demostrar que sí, que yo soy mujer, pero no soy tan puta como esa; gays que aclaran que cómo no, claro que lo soy, pero no tan loca como aquel; latinos que confiesan que, ni más faltaba, nací en sudamérica, pero no soy tan corroncho como el de más allá. Es decir: soy diferente, pero un poco más parecido a ti, oh gran Dios blanco anglosajón: acéptame por favor.
Y en esa eterna carrera de lambonería y babas, los ilusos -y también, en su penosa situación, los desesperados- se olvidan de que no todos los beneficiarios de la asistencia social son vagos y vividores, sino que hay gente muy desfavorecida social, intelectual y económicamente; gente alejada del tipo macho-alfa; gente que, por sus escasas oportunidades, está en abierta desventaja frente otros; gente que necesita un poco más del concurso del resto de la sociedad para salir adelante, tal como, dicho sea de paso, también lo necesitó hasta el más poderoso de esos machos-alfa. O piénsese cuál habría sido la suerte del pelmazo de George W. Bush si hubiera nacido en la edad de piedra. Esa es la reflexión de igualdad y justicia a la que, desde hace décadas, nos llevó el filósofo político estadounidense John Rawls: “¿cuáles serían los principios con los que estaríamos de acuerdo en una situación inicial de igualdad?” * ¿Sería Romney igual de enemigo de la asistencia social si hubiese sido negro, hijo de madre soltera, y nacido en un barrio deprimido de Detroit?
Ilusos y desesperados argumentarán que de malas, que la vida es así. Y aunque no tenga mucho sentido (la vida sigue siendo así también para muchos de ellos, a pesar de sus furibundas posiciones políticas), ese argumento tiene el mismo derecho de ser planteado. No obstante, parece más inteligente -y ético y sensato- mirar las cosas en su conjunto. De acuerdo: mucho dinero público se va para la asistencia social. Pero se trata de la economía más poderosa del planeta, así que debería alcanzar para eso y más. Lo que ocurre es que otra gran parte -quizás mayor- del dinero público -e incluso del privado- se va en socializar las pérdidas de poderosos banqueros que antes ya se habían apropiado de las utilidades. O en el descomunal gasto militar, encaminado a cubrir guerras que sólo benefician a una minúscula minoría; la única minoría victoriosa de las ideas republicanas extremistas: el 1% de los más ricos que posee el 35% de la riqueza total del país. En contraste, no parece muy sensato (aunque sí más fácil) preferir que un dinero que de todos modos se “perderá” vaya a los bolsillos de unos que lo tienen todo y no a las mesas de otros que no tienen nada.
En cualquier caso es esta una controversia de grandes complejidades, que abarca premisas libertarias y conceptos de igualdad y justicia que ponen a dudar hasta a los más agudos pensadores políticos. Lo menos -y quizás lo más- que podemos hacer el resto es orientarnos con las bases que nos ofrecen medios serios de información: al fin y al cabo, como dije al principio, lo que pase en Estados Unidos es un asunto que termina por concernirnos a todos porque, en últimas, es el futuro del mundo el que está en juego. Y buscando entre titulares de varios medios internacionales al día siguiente de las elecciones gringas, me encontré con uno en la página web de la emisora más escuchada por la clase dirigente colombiana (La W) que, sin duda, ayuda mucho como punto de partida. Según pudieron establecer perspicaces observadores de La W “Michelle Obama repitió vestido en la noche de la reelección”.
The rest is silence.
@samrosacruz
* Justicia, Michael Sandel

LÍBRANOS DEL BIEN


Acabo de terminar Líbranos del bien, la reveladora novela del escritor vallenato Alonso Sánchez Baute. Y digo reveladora porque pocas veces en este país es posible encontrar un trabajo tan serio y bien documentado: nuestra historia -nuestra trágica historia-, cuando no es contada casi que a manera de chisme en noticieros y periódicos -que pronto serán esos, los de ayer, los que nadie quiere ya leer-, suele ser contada por novelitas de tres pesos que venden el viejo truco de la apología de los rufianes y se olvidan del otro lado de la historia: el que cuenta por qué esas personas terminaron cometiendo todos esos actos infames.

En Líbranos del bien, en cambio, se nos presenta la complejidad de la naturaleza humana, en muchas de cuyas manifestaciones se encuentra la explicación de lo que le pasó a Valledupar -uno de los pocos remansos de paz que le quedaban a Colombia-, y particularmente a dos de sus hijos. Injusticia social, odio, venganza, miedo, abandono, ambición, egoísmo, pereza, aburrimiento, discriminación y vanidad son algunos de los elementos abordados en la obra; los que, revueltos en el recipiente del entorno adecuado, derivan en el coctel molotov que todos conocemos. Y, transversal a toda la historia, Sánchez Baute nos ofrece una y otra vez variaciones de una misma conclusión. De entre todas esas escogí la que sale de la boca del personaje Josefina Palmera de Pupo: “en nombre del bien siempre se termina haciendo el mal“.

Confieso que una vez terminada la lectura, y a la luz de la sentencia de Josefina Palmera (de donde se inspira el título del libro), ahora no puedo evitar mirar hasta las mínimas cotidianidades a través de ese cristal. En una escala astronómicamente menos sanguinaria, pero no por ello exenta de violencia social, pienso -por ejemplo- en un incidente en el que me vi involucrado el fin de semana pasado a la salida de un club nocturno (cuyo nombre no-voy-a-men-cio-nar).
Aunque ustedes no lo crean, fui robado por el mismo personal de seguridad del establecimiento. Aprovechando la alta madrugada, el nivel de alcohol presunto de quienes abandonan las instalaciones que ese mismo personal debe proteger, y la invulnerabilidad transitoria que les confiere el uniforme (a la mañana siguiente, en sus barrios, son unos mequetrefes del común), estos sujetos arrebatan los celulares de los clientes que “dan papaya” y, luego, valiéndose de un juego de manos digno del mejor prestidigitador, lo pasan a otro bouncer (¿boxer?). El atracado se queda, por supuesto, hablando solo, en abierta desventaja numérica, y expuesto a los empellones o golpes del personal “de seguridad”, si es que incurre en la temeridad de reclamar. (A propósito de “dar papaya”: Sánchez Baute aborda también este fenómeno ["el mundo es de los avispados"] en su libro: la cultura del vivo, del avispado, está tan extendida en este país olvidado de dios, que nos sentimos totalmente derrotados, impotentes, frente a situaciones como la descrita arriba: la culpa ya no es del ladrón, sino del robado: por “dar papaya”; de hecho, un par de amigos, cuando les conté el suceso, soltaron la frase lapidaria: “diste papaya“).

A los propietarios de este tipo de lugares -buenas personas ellos- sólo les interesa ganar plata con su club nocturno, y los tiene sin cuidado desentenderse de los incordios que acarrea un negocio de esta naturaleza. La solución más fácil es contratar a una caterva de orangutanes que, investidos de la pequeña autoridad del control de la entrada, se creen la materialización del boina verde John Rambo. En teoría lo que estos empresarios buscan es protegernos con un equipo de seguridad; en la práctica es dejar que ese equipo haga el trabajo sucio, a cambio de conferirles la autoridad de abusar de los mismos clientes de los que, irónicamente, se enriquecen (en el historial de abusos de los bouncers de clubes nocturnos probablemente esté incluido cualquiera que haya asistido a un sitio de estos). La complicidad de los medios de comunicación y de una sociedad apabullantemente esnobista, que convierten a ese tipo de sitios en objetivos “aspiracionales” contra los que pocos cometen el suicidio social de resistirse, hacen el resto.
Así como el razonamiento de los aristócratas vallenatos de Líbranos del bien, quienes, no importándoles las condiciones miserables en que vivían muchos de sus coterráneos, y sintiéndose olvidados por el Estado -protector exclusivo de las élites encerradas en la torre de marfil de Bogotá-, contrataban al paramilitar Jorge Cuarenta para que los defendiera del guerrillero Simón Trinidad -quien, a su vez, pretendía defender, a su manera, a esos mismos coterráneos abandonados por el Estado y los aristócratas, así mismo es el razonamiento de otros grandes “prohombres” colombianos. O -más bien- es peor, porque a estos otros, los privilegiados del Establecimiento, no los abandona nadie; ellos, los grandes banqueros o dueños de empresas de telefonía celular -digamos-, pregonan que siempre están pensando en nuestro bienestar; y es por eso que interponen, entre sus corporaciones y nosotros, unos amables y considerados call-centers, cuya función hipotética es facilitarnos la vida, pero cuyo objetivo real es entorpecer cualquier intento de reclamación de nuestra parte y perpetuar los contratos leoninos que nos atan a sus organizaciones.

(La última vez que quise deshacerme de la hemorragia mensual de la cuota de sostenimiento de una tarjeta de crédito que no usaba, no me permitieron hacerlo directamente en la oficina respectiva, y, en cambio, me remitieron a “nuestra línea de servicio al cliente”, donde, por “mi seguridad”, y para poder cancelar la tarjeta, debía “validar una información”; lo cual consistía en contestar sin errores -entre otras preguntas absurdas- cuál había sido la última transacción de una cuenta -sin relación alguna con la tarjeta- que no usaba desde hacía más de diez años).
Por lo tanto, concluyo con Sánchez Baute que, por favor, dios, si existes -y finalmente te acuerdas de nosotros- ojalá no te dediques a librarnos del mal: al fin y al cabo somos colombianos y de eso sabemos alguito. Más nos vale que nos libres de las aguas mansas de los empresarios abusivos, que cada vez nos ofrecen -y nos cobran- más y más servicios supuestamente por nuestra conveniencia, pero que sólo protegen sus propios intereses. Y por supuesto que nos libres de esos sacrosantos mesías que cualquier día resuelven conformar, “para nuestra protección y salvación”, un ejército de criminales cuya única misión es no dejar títere con cabeza ni piedra sobre piedra. Sí, por favor, mejor líbranos del bien.

FELIZ NO-CUMPLEAÑOS, MESSI


En Alicia en el país de las maravillas, como todos sabemos, se lleva a cabo una celebración peculiar: el Sombrerero Loco y sus secuaces celebran 364 de los 365 días del año; celebran el “no-cumpleaños”. Es la lógica de la historia: casi todo ocurre al contrario de lo que esperamos los lectores, que no estamos, como ellos, en el país de las maravillas (aunque en Colombia…).

Y a pesar de que la mayoría de celebraciones a las que nos somete esta sociedad consumista (dónde todos los días del año estamos celebrando algo diferente: el día del ingeniero, el del amigo, el de la mujer) son estúpidas, el hecho de celebrar prácticamente todos los días un mismo evento, como el Sombrerero y sus amigos, hace que la efeméride de turno pierda todavía más su gracia. Y eso es exactamente lo que siento cada vez que prendo el televisor y lo primero que aparece en la pantalla es la cara del futbolista argentino Lionel Messi.

Se volvió parte del paisaje. Y es sabido que cuando vemos todos los días lo mismo, por muy hermoso o imponente que sea, termina resultándonos indiferente. Como a los parisinos la torre Eiffel. Esa misma sociedad de consumo, que nos obliga dar en el día de la secretaria un abrazo y un regalo, a cual más de hipócrita de los dos, es la misma que nos convence de que debemos sentir placer de ver todos los días el mismo partido; y de que debemos entrar en un éxtasis cotidiano cuando nuestro equipo obtiene una victoria. Igual que si, vistiendo un camiseta que dijera “breakfast”, celebráramos a rabiar cada desayuno (aunque en Colombia…).
Cuando yo tenía 14 ó 15 años, a no ser por los mundiales de fútbol, ver un partido televisado era todo un acontecimiento. Las cosas no funcionaban con la milimétrica programación de ahora: las transmisiones siempre eran inciertas, y cuando se rumoreaba que televisarían algún juego (cualquiera, no importaba) siempre había revuelo en el grupo de amigos tratando de decidir en dónde se vería: si en la casa de fulano, donde estaba el televisor más grande (19 pulgadas), o en la de mengano, donde entraba mejor la señal (por lo regular lluviosa, con fantasma, granulada y con muchas interrupciones).
La hora era otra incógnita: no había internet, y era difícil saber si la hora anunciada en el rumor correspondía a la local o a la del sitio donde se jugaría el partido;  tampoco era fácil establecer a ciencia cierta las diferencias horarias. Con todo, no era nada raro que finalmente, solventadas la mayoría de las dudas, llegada la hora del juego empezara un programa de concurso en un canal y una novela en el otro, agotando así las únicas dos posibilidades de la época.
Para ver un amistoso Argentina-Brasil fácilmente podían pasar años. Hoy, en cambio, todos los días hay un partido trascendental que es televisado en hight definition. Y, todos los días, un grupo siempre creciente de sagaces fanáticos logra la proeza diaria de pasar a la posteridad por ver uno de los 365 “el juego del año” anuales; una de las 365 finales reales o “finales anticipadas” de 2012. O que consigue sentirse parte de una de las muchas familias de hinchas a los que una persona promedio pertenece en los tiempos que corren. O tenerse como un ser superior por 24 horas y agregarle otra celebración a ese día, la que compartirá alegrías con el día del concuñado, o con el del neumólogo infantil.

Hace poco, con motivo de la circense -y frustrada- devolución de las estrellas de Millonarios, leí que desde el año 1988 ese equipo no gana un campeonato. Cuando comenté que eso era imposible, pues el año pasado había visto a una horda de borrachos ataviados de camisetas y banderas azules en el parque de la 93 de Bogotá, me aclararon que se trataba de otro campeonato diferente (¿liga? ¿copa?) que corre paralelo a los dos que se celebran anualmente, y que se suma a una tal Recopa nacional (que hace poco disputaron Junior y Nacional) y a los otros torneos internacionales que con el tiempo se adicionaron a la Copa Libertadores: la copa Merconorte, la Mercosur, la Recopa, la Supercopa, el Mundial de Clubes.
A lo anterior hay que agregar los torneos de selecciones nacionales, y los múltiples torneos que también juegan los equipos de las ligas española, inglesa, italiana y argentina, los cuales cuentan con hinchas colombianos que conocen al dedillo su situación en cada uno de esos torneos. Si mis cuentas no me fallan, el excepcional juego entre el Barcelona y El Real Madrid se disputa unas 180 veces al año. Y si no son las fotografías de los pelmazos de Messi o Cristiano Ronaldo las que ganan diariamente la primera página del periódico, son las de otro idiota con las manos en las orejas, a quien abraza emocionado, como si éste hubiese encontrado la cura del cáncer, un segundo idiota.
Ahí, en los periódicos y noticieros de TV, son glorificados un puñado de ignorantes que balbucean las mismas declaraciones estúpidas, atiborradas de obviedades y lugares comunes, una y otra vez (el contrincante siempre es un equipo difícil, tratarán de no darles el balón, todos darán lo mejor de sí mismos en el terreno). Y, cada vez, el hincha los oye hipnotizado, como si estuvieran revelando las claves de la creación del universo. El hincha, a su turno, busca su propia gloria rutinaria develando en las redes sociales su repetitiva condición de elegido de los dioses; o marchando exultante de felicidad en compañía de un ejército de otros elegidos, con los que alardea de su mítico heroísmo circular frente al rebaño de los efímeros Ulises de ayer por la tarde. Heroísmo que consiste en sentarse a ver TV.
La diferencia con el Sombrerero es que éste al menos deja de celebrar un día del año, mientras que los avispados hinchas deportivos disfrutan de 365 días de placeres de obligatorio cumplimiento prefabricados por poderosas multinacionales: reflejos de felicidad condicionados, que deben surgir del mismo modo que la saliva acude a las fauces de un perro a la vista de un hueso, so pena de que el acomplejado hincha se sienta inferior ante otros gozques de dos patas que responden a lo mismo. Tal como la amabilidad programada de los funcionarios de la recepción de un hotel de cinco estrellas. O como el entusiasmo robótico de un recreacionista. Con el agravante de que al hincha, a diferencia del recreacionista y del recepcionista, no le pagan por ello, sino que es él quien suele pagar costoso merchandising: la estupidez llevada al límite.

A mi no me importaría un carajo nada de esto -cada cual que desperdicie su tiempo en lo que quiera- si no fuera porque, por culpa de los millardos de elegidos del destino que van por ahí con sus carísimas camisetas oficiales, hasta los restaurantes más finos interrumpen una apropiada música de fondo para poner en sus televisores el disco rayado del partido de turno, narrado a los gritos por un atajo de mequetrefes.
Pero ni modo: mientras yo espero el 2014 para disfrutar del infrecuente Mundial de Fútbol –que se da, a lo sumo, tres veces por década- no puedo darme el lujo de malquistarme con media humanidad. Así que, como supongo que no bien termina usted de leer esto comienza un partido de Messi, por favor transmítale –y reciba usted, de paso- mi más sincero abrazo de no-cumpleaños.
Lo veré esta tarde por ahí, celebrando con su bandera.

@samrosacruz