jueves, 4 de abril de 2013

ROBIN HOOD ATRAVIESA EL ESPEJO


Se les debe estar haciendo la boca agua a las grandes farmacéuticas. Obama acaba de anunciar que su gobierno financiará un proyecto que dibujará el mapa del cerebro humano (Investigación Cerebral mediante Neurotecnologías Innovadoras de Vanguardia [BRAIN, por sus siglas en inglés]). A través de la Agencia de Proyectos para la Investigación en Defensa (DARPA), de la Fundación Nacional para la Ciencia, y del Instituto Nacional de Salud (NIH), Estados Unidos invertirá la bobadita de cien millones de dólares en investigaciones.

Después de equiparar el proyecto con la conquista del espacio, Obama recordó que otra gesta de esas dimensiones -la decodificación del genoma humano- trajo increíbles beneficios al país del norte: “Por cada dólar que invertimos en su momento en hacer el mapa del genoma humano recibimos de vuelta 140 para nuestra economía”.

Bien. Después de esa mediocre introducción reporteril de mi parte, llega el turno de preguntar cuántos de esos 140 dólares, que retornaron a la economía estadounidense, fueron a parar al público en general y cuántos a la caja registradora de las grandes corporaciones farmacéuticas. Porque, según agudos analistas, de eso se trata el asunto desde que -durante 40 años- se ha seguido el modelo neoliberal (primero en Estados Unidos y después –impuesto- en casi todo el mundo): se trata de que sean los contribuyentes los que financien los estudios, para que sean las grandes corporaciones las que capitalicen los resultados: la famosa fórmula de socializar la pérdidas y privatizar las ganancias.
Ese modelo económico, junto con otros elementos que lo componen, ha recibido el nombre de “plutonomía”; fenómeno por medio del cual el crecimiento de la economía está “alimentado y consumido en gran medida por la minoría acaudalada”, en palabras de Noam Chomsky. Plutonomía que resulta en la -ya proverbial- brecha cada vez mayor entre los súper ricos y el resto de la población. Porque incluso el hecho de que una creación –en este caso el plano del cerebro- sea estadounidense, no implica que las enormes ventas que de allí se deriven beneficiarán con más empleo a trabajadores gringos, puesto que –para aumentar aún más las ganancias de las grandes corporaciones- gran parte de esa creación se industrializará en otra parte, donde los costos sean menores (y desde dónde, después, será comercializada a precios de monopolio, gracias a los tratados de libre comercio -suscritos a diestra y siniestra- que blindan las patentes).
No obstante, si bien este proyecto forrará de billetes a unos pocos, al menos también hará la vida más llevadera a millones de enfermos de Alzhéimer y a sus familias. Otras iniciativas, en cambio, son más ambiciosas y –también- mucho más mezquinas. Según Chomsky, el periódico The Wall Street Journal registró hace un tiempo una propuesta -como una medida desesperada para contrarrestar el calentamiento global- que se sirve del uso de la “geoingeniería”.

Averigüé que, gracias a esa ciencia, estaríamos en capacidad de “enfriar” al planeta, utilizando, por ejemplo, aviones jet que dispersarían químicos en la atmósfera (partículas de sulfatos) que, a su vez, actuarían como “bloqueadores solares”. Haciendo caso omiso de los posibles efectos colaterales de tal medida –aumento de casos de cáncer de piel en humanos, trastornos impredecibles en los ciclos de lluvias-, cabría preguntarse: ¿cuánto costaría llevar a cabo tan formidable empresa? ¿Quién pagaría? ¿A quiénes beneficiaría?
No hay que ser un brujo para adivinarlo: costaría una montaña de dinero; la que seguramente pagarían los contribuyentes de Estados Unidos y de otros países participantes en el proyecto. Y beneficiaría, obviamente, a las perversas corporaciones de siempre, que así podrían seguir sacándole las tripas al planeta para seguir enriqueciéndose (y para calmar las vanidades arribistas de una población convencida –por esas mismas corporaciones- de necesitar artículos en su mayoría absolutamente superfluos).
Lo peor es que, encima de todo, esas mismas corporaciones sacarán pecho cuando, una vez realizado el gasto grande por el Estado (por los contribuyentes), se embarquen en el proyecto y se llenen la boca por medio de estrategias propagandísticas, que las presentarán como las adalides de la conciencia ecológica planetaria; como las grandes salvadoras de La Tierra y sus habitantes. “El pirómano ofrece su manguera”, habría dicho Fernando Savater.
Puse el ejemplo de Estados Unidos, pero, en realidad, esto ocurre en todo el mundo. La dictadura de las corporaciones ha convertido al político contemporáneo en un títere, al que, en esta función específica, le corresponde el papel de un Robin Hood que atraviesa el espejo –donde todo ocurre al revés- y se dedica a robarle sistemáticamente a los pobres para darle a los ricos (en Colombia, que no podía estar por fuera de una situación así, tenemos el aberrante caso de Agro Ingreso Seguro).
Pero, repito, al menos esta vez el truco financiero-comercial, casi con seguridad, derivará en drogas y tratamientos que harán más llevadera la vida de millones de seres humanos víctimas de Alzhéimer. Así que en esta oportunidad le daré el beneficio de la duda a Obama, quien, quizás cansado de la insensatez surrealista que domina al mundo –o tal vez pensando en su propio futuro-, pudo haberse conmovido con una reflexión que circula por estos días en la red, y que se atribuye a J.M. G. Le Clézio -Nobel de literatura 2008–: “En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzhéimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”.

@samrosacruz

EL CUENTO DEL GALLO CAPÓN


Quería contarles hoy el cuento del gallo capón; aquel cuento caribe en el que el narrador preguntaba a un grupo que si querían oír el cuento del gallo capón, y cuando la concurrencia contestaba que sí, él les decía que no les había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando la concurrencia contestaba que no, se repetía la misma fórmula (que él no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que…). Y así hasta el infinito. Pero eso lo cuenta mejor García Márquez en Cien años de soledad. Más bien, les cuento este otro cuento del gallo capón que ha sido la historia de nuestro país desde siempre, en el que las preguntas se repiten una y otra vez mientras que a quienes las formulan no les interesan las respuestas, sino imponer un cuento intolerante que no se termina de contar nunca.

Oía esta mañana una entrevista radial en la que Juan Guillermo Ríos -aquel famoso presentador de noticias de principios de los ochentas- recordaba cómo sus pequeños comentarios editoriales -que hacía entre noticia y noticia- le significaron al noticiero para el cual trabajaba -por presiones de la Andi, presidida a la sazón por Fabio Echeverri Correa- el boicot de la clase empresarial colombiana. Las ideas presuntamente izquierdosas de Ríos no gustaban. Y fue silenciado (se vio obligado a renunciar por sustracción de materia comercial: le cancelaron la pauta publicitaria). Fue silenciado tal como lo fue Gaitán treinta años antes que él –ciertamente por métodos menos diplomáticos-. Y como lo fue Uribe Uribe treinta años antes que Gaitán. Aquí quien dice lo que no debe, quien da la respuesta equivocada sobre el gallo capón, simplemente es eliminado. Un par de anécdotas más -sobre el grupo Grancolombiano, y sobre la revista Semana- redondearon el tema tratado en la emisora.
Mucho después del asunto Ríos, durante el largo mandato de Álvaro Uribe (originado en el cambio de “un articulito”, propuesto por -oh sorpresa- Fabio Echeverri Correa), y por cuenta de la generación espontánea de ultrapatriotas que se originó en la sublimación mesiánica del presidente, el fenómeno de la respuesta equivocada alcanzó incluso al ciudadano común (aún en sus propias esferas sociales, último refugio de la libertad de expresión). Esos ocho años de histeria nacionalista hicieron que se “vaciara de sentido” la democracia -para ponerlo en palabras de Umberto Eco-. Consecuencia, esto último, de “una nueva forma de censura: el silencio o la reticencia por temor a un linchamiento mediático”. Sí: por aquellas calendas sólo unos pocos temerarios se atrevían a disentir de lo que Uribe decretara o declarara: eran los únicos que no caían en el (sigo con Eco) “chantaje moral”; en el miedo a que el gobierno –o el coro que de éste hacían los medios y los “patriotas” del común- los reprobase, o los tildase de aliados de los terroristas.
Y gracias a que no vivió para ver ese manicomio de locos furiosos en que se convirtió Colombia entre 2002 y 2010, el irreverente Jaime Garzón es hoy, paradójicamente, reverenciado por todos los colombianos. Sus irreverencias al Establecimiento y sus ideas -también presuntamente izquierdosas- tal vez no hubieran caído tan bien durante el Uribato. No obstante, otros censores más impacientes, y dotados de armas menos sutiles que un simple boicot comercial, se encargaron de juzgarlo bajo la Omertá colombiana (mucho más eficaz que la siciliana). Puesto así, Juan Guillermo Ríos salió por las buenas de su noticiero.

Lo irónico es que esos que censuraron definitivamente a Garzón –Carlos Castaño y sus secuaces- son los mismos que protagonizan la serie televisiva que hoy, a partir de la misma intolerancia mostrada por los jefes paramilitares de la serie, pretendemos silenciar con el mismo terrorismo comercial que, en este país del gallo capón, calló a Juan Guillermo Ríos hace treinta años. Y no es que yo defienda la glorificación de los “malos”, sino que defiendo el sagrado derecho a la libre expresión: si alguien tiene su particular versión de la historia reciente de nuestro país, no importa si lo hace de la manera más ramplona posible, debe tener ese derecho de mostrarla, si quiere, en televisión, sin que la resistencia de quienes disienten vaya más allá de una torva opinión contraria o del cambio de canal.
Hay, claro, otras consideraciones. Alguien hablaba de la “revictimización”; de los estigmas; de los familiares aún con vida de las víctimas y de todo el daño que la serie podría acarrearles. Aún así, no estoy de acuerdo. Siguiendo esa lógica, no hubiera podido hacerse ninguna de las miles de películas que, año tras año, desde hace más de medio siglo, han mostrado el holocausto perpetrado por los nazis (máxime cuando todavía andan por el mundo familiares de las víctimas e, incluso, víctimas propiamente dichas de ese horror). Por otro lado, el hecho de que la serie colombiana muestre que algunas personas fueron asesinadas por sus ideas, y no por actos delictivos, debería ser, en otro país menos intolerante, un bálsamo de alivio para sus familiares, y no un estigma. Finalmente, no me imagino en la Alemania actual la censura de, digamos, La lista de Schindler, por mucho que allí se muestre a oficiales nazis practicando tiro al blanco con los prisioneros de los campos de concentración. Supongo que alguna reflexión quedará de todo eso.

Lo que encontramos aquí en Colombia, en cambio, es a empresas oportunistas que quieren pasar por dechados de prudencia y sabiduría retirando la pauta de un programa cuyo contenido –haciendo gala de un curioso misticismo- no se dignaron a revisar antes. Y, también, a grupos de indignados de teclado, que, llevados por la moda del momento, y como cotorras cibernéticas, escriben su indignación en dispositivos fabricados en China, muchas veces por niños obreros que trabajan en condiciones –prácticamente- de esclavitud (¿por qué no convocamos, a través de Facebook, una quema general de I Phones? La indignación quizás no llegue hasta allá).
Repito: no defiendo a la serie. Ni siquiera la veo, porque, entre otras cosas, detesto las porquerías de producciones colombianas. Pero ello no implica que promueva –ni apoye- una censura de esas características. A mí, que odio el reggaetón con toda mi alma, en el colmo de la desesperación, a veces me encantaría disfrazar a Daddy Yankee de guerrillero y presentarlo luego como una baja de combate. Pero entonces no sería yo, sino que sería un criminal con todas sus letras. Y prefiero seguir aguantándome lo que no me gusta y desahogándome haciendo lo que me gusta: escribir.
Ahora sí: ¿quieren que les cuente el cuento del gallo capón?
@samrosacruz

sábado, 16 de marzo de 2013

EL TERCER CHÁVEZ


En la frase final de su crónica sobre Chávez, García Márquez duda de si habló con el futuro salvador de Venezuela (era enero de 1999) o simplemente con un déspota más, que se agregaría a la larga lista de déspotas de la historia. Tal vez no habló con ninguno de los dos. Los déspotas –con contadas excepciones, que hacen parte de otra lista menos obvia- no son queridos por sus pueblos. Son temidos y odiados. Y ese no fue (por lo menos en un grueso sector popular) el caso de Chávez: la marea humana de sus funerales lo confirma.
Por otro lado, tampoco fue el salvador de Venezuela, así el supuesto (supuesto por él mismo) sucesor de García Márquez, en dos artículos recientes, se haya empeñado en tratar de convencernos de tamaño despropósito.
Entre las curiosas defensas que William Ospina hace de Chávez, figura una en la que resalta su carácter pacífico -basada en el hecho de que su frustrado intento por acceder al poder mediante métodos violentos le permitió, después, un ascenso regular en las urnas-. Lo que, sin duda, pasa por alto el agudo análisis de Ospina, es que tal circunstancia se debió principalmente a la mala fortuna, más no a dudosas convicciones pacifistas del coronel golpista. A renglón seguido, Ospina disculpa el hecho de que Chávez no haya “sembrado el petróleo” (que no haya invertido en desarrollo las descomunales ganancias de la venta del crudo durante sus catorce años de mandato –dilapidadas en paternalismos y quijotescas empresas-), con el argumento de que la antigua clase política tampoco lo hizo durante cincuenta años. Sin mencionar que el precio del petróleo se multiplicó por diez, justo cuando Chávez llegó al poder, no hay que ser un genio para saber que una política mala no pasa a ser buena por el simple hecho de que haya otras peores: la industria venezolana, de todos modos, está en ruinas. Igual reflexión puede hacerse en otra de las “defensas” que Ospina hace de Chávez: le celebra nada menos que, contrario a la traición de Francia y Gran Bretaña, haya permanecido fiel -hasta la muerte- en su amistad con el genocida de Gadafi. Finalmente, con la afirmación de que Chávez incorporó al pueblo a la “leyenda nacional”, y de que ganó muchas elecciones, lo gradúa de fundador de la “democracia del siglo XXI”.
Qué falacia monumental.
Confraternizar con el pueblo y ganar elecciones no son condiciones suficientes para calificar de demócrata a nadie. Ni siquiera dichas condiciones, forzosamente, hacen mejores sociedades. Adelantándome a la ley de Godwin, que suele darse más que todo en los foros de abajo, me permito recordar que lo mismo puede decirse de nadie más y de nada menos que de Hitler y del partido Nazi.
Pero esa no es la única coincidencia entre Hitler y Chávez, quien, a manera de insulto, tachaba de fascistas a sus adversarios. Despachando rápidamente los hechos circunstanciales de que los dos –militares y carismáticos ellos-, fueron encarcelados por golpes de Estado malogrados, de su permanente invocación a próceres de la “patria” y a momentos mejores de “sus” gloriosas naciones (Bismarck y el Reich el uno; Bolívar y laGran Colombia el otro), y de la condescendencia que mostraban con la gran masa, al hablarles en una jerga de no iniciados sobre los grandes problemas de la “patria”, descontando eso, es posible advertir otras similitudes mucho más inquietantes.

El odio a los intrusos, la segregación, y los chivos expiatorios (elementos tan característicos de los regímenes fascistas), son unas de ellas. Para no hablar del compartido antisemitismo entre ambos (“Maldito seas, Estado de Israel”, vociferó Chávez en una ocasión), recordemos que Chávez no desperdiciaba la oportunidad para satanizar a sus principales clientes, los estadounidenses. De hecho, Maduro, su heredero, acaba de emularlo, expulsando, él también, a los representantes diplomáticos de Estados Unidos, con la risible excusa del complot de la enfermedad de Chávez.
El “complot” -dicho sea de paso- es otro de los recursos predilectos de los fascistas para enardecer –y así controlar- a las masas: Hitler veía uno colosal en el gran capital internacional. Chávez también. Y probablemente haya sido cierto. Pero, el hecho de que así haya sido (recordemos que el hecho ser paranoico no implica la ausencia de persecución), no justifica la infame manipulación.
No sé si, a esta alturas, sea necesario mencionar las arbitrariedades, las expropiaciones, el amordazamiento a la prensa, la perpetuación en el poder, la constante invocación de la “patria” como aglutinante contra los “traidores”, el nacionalismo, la obsesión por conformar una gran nación (en el caso de Chávez, de una gran América Latina, pero mangoneada por él y por su poderosa chequera), el culto al heroísmo y la muerte (lástima que se embolató el embalsamamiento de Chávez), y otras sutilezas por el estilo, que también compartieron ideológica y ejecutivamente.
Capítulo aparte merece el hábil manejo que de los medios masivos de comunicación hicieron, y que tanto los favoreció. La “dictadura mediática”, como bien lo definió Umberto Eco (“…para dar un golpe de Estado ha dejado de ser necesario formar los tanques, basta con ocupar las estaciones radiotelevisivas…”), fue una de las claves del régimen de Chávez después de su fracaso golpista. La preponderancia de la TV sobre los periódicos en la opinión de la gran masa –que acertadamente ha observado Eco en sus estudios acerca de tendencias contemporáneas-, fue olfateada astutamente por Chávez; con lo cual, sólo le bastaba con hacer sus shows de canto y repartijas en los interminables Aló Presidente para garantizar su carácter mesiánico (Maduro, por cierto, acaba de tomarse el canal televisivoGlobovisión, último bastión opositor).

Una verdadera democracia –del siglo XXI, o de cualquier otro- no se hace así. Se hace con el cumplimiento de unas leyes de corte social, progresista y respetuoso e incluyente de todas las otredades que componen a cualquier sociedad. Unas leyes que midan con el mismo rasero a todo el mundo. Unas leyes que garanticen poder disentir del Establishment y ejercer una total libertad de prensa.

La muerte prematura de Chávez no lo absuelve de sus responsabilidades; ni, mucho menos, lo hace un santo (¿y si Hitler hubiese muerto de un difuso cáncer de cadera en 1939, antes de la invasión a Polonia?). La muerte prematura de Chávez no lo hace nada. Lo que lo hizo algo fueron sus acciones, tan alejadas de las de un salvador como de las de un déspota más. Él no fue un déspota más (como Hitler tampoco lo fue). Él fue el tercer Chávez; el que no estuvo con los otros dos Chávez que hablaron con García Márquez en el avión. El Chávez adorado por gran parte de su pueblo, a costa de la descarada vulneración de los derechos de la otra parte: el Chávez fascista.
Disgústele a quien le disguste.
@samrosacruz

EL CORONEL EN SU LABERINTO


Muere Chávez y empieza la rebatiña por el poder. Por el poder y por el gran billetón que está en juego: nada menos que el enorme presupuesto nacional venezolano, alimentado por el barril sin fondo de PDVSA: los petrobolos. Pero no es precisamente la oposición venezolana –sumida en un resignado silencio frente a la colosal demostración de popularidad del caudillo fallecido- la principal protagonista de las intrigas, sino el chavismo sobreviviente; sus luchas intestinas por arrancar, mientras llegan las nuevas elecciones que ordena la constitución, cada cual un pedazo más grande del aceitoso pastel; su maquiavélica lucha por continuar detentando, después de las elecciones, el cuchillo que corta y reparte.
Y para eso se han valido de todo. Aprovechando la naturaleza de la masa –que mientras más numerosa más ignorante-, han hecho correr la especie de que un enigmático complot internacional de opositores es la causa última de la muerte de Chávez. Y lo han hecho –coincidencialmente- horas antes de reconocer oficialmente el deceso del presidente. La inoculación a control remoto del cáncer etéreo que padeció el coronel fue la mejor ocurrencia que tuvo el equipo de estrategas del chavismo, convencido, como está, de que su trabajo no merece grandes esfuerzos, puesto que una turba, inculta hasta lo medieval, es capaz de tragarse cualquier historia. Como efectivamente sucedió.
Al incluir en la conspiración al Satanás norteamericano, apelaron a la alta autoridad del nacionalismo –sacrosanta para todo buen colombiano, pero también importante para el venezolano del común-; y con ello garantizaron que apareciera en escena el no tan pequeño borrego que todos llevamos dentro. Los gritos, los berridos, las consignas y la demente feria de manifestaciones en las redes sociales -que ha desatado la luctuosa noticia-, no han pasado de ser un monumento al disparate. Maduro y sus secuaces, mientras tanto, ni siquiera se molestan en aclarar a qué se referían con sus gaseosas afirmaciones, apenas sugeridas por el propio Chávez tiempo atrás (ah, las delicias de gobernar una república donde el petróleo se encuentra debajo de cualquier mata de banano).
Y mientras la piñata pública la rompen a palazo limpio Maduro y Diosdado, supongo que la privada –la fortuna personal de Hugo Chávez, que algunos medios estiman en la bicoca de dos mil millones de dólares- debe ser objeto de garrotazos no menos salvajes por parte de su familia, incluyendo a la joyita de su hermano: la humanidad es así, qué se le va a hacer.
A todas estas, Chávez, quién ya en la caja negra creo que más nada se lleve, seguramente, al presentir ayer la prisa sin corazón del reloj desbocado hacia la cita ineluctable del 5 de marzo a las cuatro y veinticinco minutos de su tarde final, y mientras sus deudos se repartían sus rojos ropajes y sus caudalosos bienes, debió pensar que el poder para qué, si el único para qué que al final importa es la vida misma: “no quiero morir, por favor no me dejen morir”, fueron las últimas palabras silenciosas del comandante supremo, ante cuyas órdenes inapelables se rebelaron las insolentes, indomables, células malignas.

Él, quien, al contrario de Simón Bolívar, su mentor, su luz tutelar, sí tenía la felicidad de creer en la vida del otro mundo (“Sigo aferrado a Cristo y confiado en mis médicos y enfermeras. ¡Hasta la victoria siempre! ¡Viviremos y venceremos!“, fue el último trino en la vida de @chavezcandanga), de todos modos debió preguntarse, tal como el Libertador, en la clarividencia de sus vísperas, que ¡carajos!, que cómo voy a salir de este laberinto.

Porque seguramente, como a todos nos pasará en nuestros propios laberintos, se encontró en los interminables vericuetos a Carlos Andrés Pérez; a George Bush, con su característico olor a azufre; a Álvaro Uribe, a Fidel Castro, a Rafael Correa, a su nuevo mejor amigo, al Imperio del Mal, a Henrique Capriles, a la victoria de mierda de los otros, a la victoria de mierda de él mismo, a las masas manipuladas, al líder embalsamado, a Marx, a Lenin; a Obama, que buscaba votos atacándolo a él; a él, que busca votos atacando a Obama; a Mr. Danger, al burro. Y en ese momento tal vez se dio cuenta, como también todos nosotros nos daremos cuenta algún día, de que nada de eso importa; de que después de estar lidiando con tantas mezquindades y odios en la vida, con tantas maquinaciones de dinero y poder, con tantos nacionalismos y partidismos estúpidos, lo más valioso que tendremos al final serán los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volverá a repetirse.
@samrosacruz

MEDELLÍN Y SU MODA


No hay que bajar mucho en una lista de diez estrategias de manipulación mediática que circula por la red -y que es atribuida al prestigioso lingüista y analista político Noam Chomsky- para que los colombianos nos encontremos a nosotros mismos allí. De hecho, no hay que bajar: la primera de dichas estrategias, con las que los poderosos siguen siendo poderosos, a costa de la opresión de la gran masa, se llama la estrategia de la distracción. Y consiste en “desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes”; en “impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética”.

El diluvio de tonterías con que nos bombardean a diario los lamentables medios de este país, presentó esta semana (hoy) un verdadero chaparrón chovinista, con aquello de la elección de Medellín como “ciudad más innovadora del mundo”. No voy a decir aquí que la innovación sea mala (tampoco es buena per se: si no preguntémosle a los genios criminales de los que estamos rodeados); no es mala sobre todo si se da para mejorar la calidad de vida general respetando el medio ambiente, como parece ser el caso de Medellín. Y el premio tampoco es malo, sino que las cosas hay que ponerlas en su debido contexto. Y en este caso no se ha hecho eso.

Por un lado, si bien “el aporte de empresas públicas de Medellín a la educación y al mejoramiento de la innovación, el transporte público, el parque explora, el jardín botánico, el sistema metro…” fueron algunos de los factores por los que postularon a la ciudad, hay que ver hasta dónde los “combos armados” y la “industria criminal conformada por los narcos”, en palabras del columnista paisa Pascual Gaviria –elementos que, según él, “desbordan siempre a las administraciones locales”-, permiten que esos factores beneficien a toda la población de Medellín, y no sólo a unos cuantos privilegiados. La escalera eléctrica de la comuna 13, por ejemplo, fue otro de los componentes que vieron los organizadores del concurso al momento de considerar las postulaciones. Sin embargo, tal como escribí en un artículo anterior (ver http://www.kienyke.com/kien-bloguea/gomorra/), y cómo lo reconoció el mismísimo presidente del Concejo de Medellín, aún antes de terminarse la obra ya el usufructo de la escalera estaba en poder de la mafia (que, dicho sea de paso, también tiene su propia versión de la innovación).
Por otro lado, el tal concurso que según una influyente emisora “nos puso (a los colombianos) en la primera plana del mundo”, es la gran noticia en Colombia hoy, que Medellín lo ganó (no sé en qué recoveco del Wall Street Journal publicaron eso; yo no lo encontré por más que lo busqué). Pero estoy seguro de que se cuentan con los dedos de la mano las personas que sabían de su existencia. ¿O acaso alguien sabe cuál fue la ciudad ganadora la última vez?

Finalmente, y aunque hay un indudable mérito en la selección inicial, los últimos finalistas del concurso -y el ganador- se decidieron a través de votaciones masivas en la red. Lo que convierte al concurso en uno de convocatorias, más que en uno de innovaciones; y, obviamente, en uno con mayor probabilidad de ser ganado por una ciudad perteneciente a un país novelero y estúpido como este, que por ciudades a cuyos ciudadanos les importan un pito esas pendejadas (Medellín más innovadora que Nueva York: hágame el maldito favor).
Y precisamente ahí es donde está el quid del asunto: en que la alianza criminal de medios y plutocracia de este país anda constantemente revolando en cuadro, a la caza de victorias de pacotilla que pongan al pueblo a brincar en una pata, y emborracharse a muerte en medio de insufribles declaraciones de amor patriótico y regional. Lo que, a su vez, hace que a ese mismo pueblo se le olviden, por decir algo, los intereses de usura que debe pagarle al banco (técnicamente, según la ley –que la hacen los poderosos mientras el pueblo se embrutece con realities shows-, no es usura; pero cuando un banco capta al 5% de interés efectivo anual y presta a más arriba del 30%, ¿eso cómo se llama?). Y en medio de toda esa ebriedad de gloria barata, los medios nos embuten dos o tres entrevistas a prohombres que supuestamente han contribuido a esas victorias de hojalata, pero que en realidad no son otra cosa que unos usureros, ladrones y estafadores del gran carajo.
El caso es que a las convocatorias de imbecilidades acudimos raudos (no nos gana nadie apretando botones frente a un computador, a ver si el que sale es John Freddy o Marelvis del reality de turno), pero mostramos la más grande apatía (esa sí) del mundo cuando la convocatoria es para acabar con las criminales clases política y empresarial que nos han oprimido proverbialmente. Y nos sentimos orgullosos de ello. Debe ser porque –bajando un poco más en la lista de estrategias que cité al principio, cuyo origen incierto no le quita lo agudo de sus observaciones- los dirigentes tienen clarísimo que deben “promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto”.
Y, en este país, siempre rezagado en todo lo demás, esa es la única moda que nos ha llegado primero.
@samrosacruz
Vínculos:http://www.elespectador.com/opinion/columna-407089-el-tiempo-perdido

jueves, 21 de febrero de 2013

EL SUCESOR DE PABLO


Se va –renuncia- “el sucesor de Pedro” y pone patas arriba (más patas arriba) a una de las instituciones más antiguas y poderosas del planeta: la Iglesia Católica. Las especulaciones sobre los motivos de su abdicación no se han hecho esperar; y van desde su confesa incapacidad para cumplir sus funciones -no únicamente por su avanzada edad-, pasando por mundanos motivos de vanidad, por otros más mundanos que implican corrupción y relaciones con nada menos que la Cosa Nostra, y terminando, como siempre en casos como este -en los que se busca el mayor escándalo posible- en otros que involucran tejemanejes homosexuales de alcoba: líos de sotanas.

Pero atengámonos a los motivos expresados por él mismo: “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Ya no tiene fuerzas, al parecer, para ejercer el ministerio, pero es innegable que, irónicamente, Benedicto XVI guarda una asombrosa coherencia con la persona de Pedro, el apóstol en quien Jesús confío la edificación de su iglesia. Porque ante las “divisiones en el cuerpo eclesial”, que el mismo Benedicto denunció en la misa del Miércoles de Ceniza, y que serían causales de su renuncia -adicionales a los de su edad-, su actitud timorata recuerda a la asumida por el apóstol Pedro en su indecisión entre el cumplimiento de la ley mosaica y la difusión del cristianismo allende las fronteras del judaísmo.

En efecto, Pedro, después de transgredir la ley al cenar con el centurión Cornelio (un gentil), y de conseguir un gran logro al convencer al resto de cristianos (apegados a los mandatos de Moisés) de que la división de alimentos -entre puros e impuros- no sería importante en adelante, su comportamiento se tornó pusilánime ante Santiago, otra de las poderosas cabezas del cristianismo primitivo: Gálatas 2.12. “Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con gentiles; pero en cuanto aquéllos llegaron, se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión”.

Contrasta el comportamiento de Pedro, y de su último sucesor, con el del apóstol Saulo (Pablo), el inicialmente perseguidor de cristianos. Pablo, a su llegada a Pafos (Chipre), como parte de uno de sus viajes misioneros, se enfrascó en una discusión sobre judaísmo con el llamado falso profeta: Bar-Jesús. El procónsul romano del lugar, Sergio Pablo, al parecer se interesaba por la religión judía, y tenía a Bar-Jesús como consejero en la materia. Sergio Pablo quedó tan impresionado con la disertación de Pablo acerca del carácter mesiánico de Jesús (el de Galilea), que se convirtió instantáneamente al cristianismo, a pesar de que nunca se convirtió al judaísmo y de que conservó su condición de incircunciso.

Y contrasta porque, una vez lograda sin tantas condiciones la conversión de un gentil, Pablo no sólo siguió convirtiendo gentiles en Perge, Pisidia y las siguientes ciudades de su viaje, sino que enfrentó con tal temeridad a los ortodoxos judíos que encontraba a su paso, que fue lapidado casi hasta la muerte en Listra, después de lo cual, en el Concilio de Jerusalén, encaró a Santiago y los suyos, imponiendo su punto de vista acerca de las conversiones universales: Hechos 15.2. “y tras un enfrentamiento y altercado no pequeño por parte de Pablo y de Bernabé contra ellos…” 

Pedro, hasta entonces, y a pesar de que en ese mismo concilio apoyó tal posición, se había limitado a dejar el trabajo sucio a Pablo. Situación que, en adelante, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, permaneció invariable, porque Pedro, aparte de tradiciones tardías acerca de su crucifixión invertida en Roma, pierde la importancia que había tenido en los cuatro evangelios. Importancia que recae entonces en Pablo, quien realiza otros viajes misioneros, logrando importantes adoctrinamientos y fundando sólidas iglesias cristianas a lo largo de todo el Asia menor. E incluso en la propia Roma, adonde llegó a predicar, a pesar de su avanzada edad, y fue condenado a arresto domiciliario en tiempos de Nerón. Esas acciones fueron definitivas en la posterior preponderancia del cristianismo en el mundo.

Volviendo a Benedicto XVI, por lo visto las “divisiones en el cuerpo eclesial” y los escándalos de pederastia y de corrupción son una cruz demasiado pesada para él.  Pero escándalos en el pequeño país de Dios los ha habido siempre; y de todas las calañas. Más bien, la carga insoportable sobre sus hombros podría tener su origen -por convicción propia de no solucionarla, o por física  impotencia- en la insatisfecha necesidad de la Iglesia Católica -a pesar de sus mil millones de feligreses- de adecuar sus políticas a los tiempos modernos. De diseñar unas políticas que le permitan capturar nuevos adeptos (por no decir de, siquiera, mantener a los actuales, cada vez en más abierta deserción hacia los cantos de sirena de las sectas protestantes, hacia el prestigioso esnobismo de las religiones del lejano oriente, e incluso hacia el temido Islam).

Da un paso a un costado Benedicto XVI -al igual que Pedro a favor de Pablo (así Pedro haya terminado crucificado de cabeza y él, Benedicto,  termine sus días en un apacible convento de monjas en los jardines vaticanos)- para que venga uno que sí pueda hacerle frente a los desafíos gerenciales que hay en el horizonte de la Iglesia Católica. Uno que si “tenga fuerzas”. Uno que, como Pablo, con su perfil de gran empresario contemporáneo, sea el gran mercadotecnista del catolicismo.

Mejor dicho: uno que sea el sucesor de Pablo.

OH, JÚBILO INMORTAL


“Golpe a los pesimistas: según última encuesta de Win _Gallup Internacional los colombianos somos los más felices de todo el mundo. Qué tal?”. Ahí está otra vez el presidente Santos, a través de Twiter, sirviéndose -como casi todos los políticos de este pobre país, y como si esa fuera una cosa buena- de la dañina metáfora del vaso medio lleno. Ahí está otra vez haciéndonos creer que el hecho de que unos ciudadanos se conformen -y sean felices- con ser uno de los países con mayor índice de desigualdad del planeta es una cosa digna de ser resaltada, una circunstancia envidiable y envidiada por los desgraciados japoneses, por los desventurados noruegos, por los sufridos suizos. (Ellos -los suizos, los noruegos, los japoneses- nunca ven un vaso medio lleno, tal vez porque, por muy avanzada que sea una sociedad, siempre habrá cosas por mejorar… Y el vaso, para ellos, todo el tiempo estará medio vacío; así sólo le falte un dedo).
Al tipo -a Santos- le importa un reverendo pito que año tras año, comienzo de año tras comienzo de año, las noticias sean inquietantemente repetitivas; como si estuviéramos condenados. Desde la misma noticia estúpida que da cuenta de nuestra posición privilegiada en el felizómetro del mundo, hasta los rutinarios aludes de tierra que sepultan caravanas enteras de viajeros, sin que a nadie le importen las pésimas condiciones que tienen han tenido y tendrán las lamentables vías nacionales. O la consabida bala perdida que mata a una niñita (es otra condena, otra maldición: siempre son niñitas las muertas), y el hecho de que tampoco a nadie le importe que sigamos inaugurando cualquier celebración con tiros al aire (o cerrándola con tiros directamente al cuerpo). O la habitual masacre de añonuevo -de campesinos, de mafiosos, de sicarios: no importa-; o el cotidiano funcionario que saquea el erario público y es sorprendido, pero resulta que mi hoja de vida es transparente, que el país me conoce, que el país sabe quién soy yo, etc…
No digo que necesariamente haya que ser rico para ser feliz. Ni que una persona o un país no puedan elegir libremente qué es lo que quieren hacer de su futuro sin que alguien le esté confeccionando una hoja de ruta vital. Lo que no parece muy sano es que ese futuro se relacione con crímenes, asesinatos, robos y violaciones a los derechos humanos. No se puede ver con buenos ojos el hecho de que alguien decida, para ser feliz, convertirse en asesino en serie; o en ladrón. Y eso es lo que parece que hace Colombia.
El desastre social, los fracasos deportivos -somos tan conformistas que ni siquiera son los triunfos deportivos, como en otras partes, los que nos distraen, sino los familiares segundos lugares; pero incluso el puesto de segundones nos es esquivo-, el fiasco académico, son frustraciones adicionales al caos de orden público que padecemos; y todo eso debe compensarse con el endiosamiento de cualquier perico de los palotes que gane cualquier cosa y tenga una efímera relación con el país (un tío político colombiano, digamos). Y si todo lo anterior falla, entonces viene la encuesta -cualquiera- que dice que somos los más felices del mundo (eso fue esta vez; hasta el año pasado los bombos eran por ser los segundos más felices).
Me dirán que es loable que un país -un pueblo, una civilización- sepa verle el lado bueno a las cosas. Y sí: pienso, por ejemplo, en los sufrimientos del pueblo judío. Y aunque ignoro si hoy, a pesar de todo, son tan felices como nosotros, también pienso que las más de las veces ese sufrimiento les fue infligido por un agente externo. Y en todo caso la última vez fue hace más de medio siglo, por lo que los judíos actuales, en su mayoría, no lo vivieron. Con todo, y teniendo en cuenta que esas heridas muchas veces se transmiten, a través del trato interpersonal, de generación en generación, creo que si fueran un pueblo feliz nos consolarían, con su ejemplo, al resto de la humanidad.
Pero, en el caso de Colombia, no entiendo a cuenta de qué tendríamos que estar felices nosotros, que nos estamos matando los unos a los otros en una guerra fratricida que ya cumple doscientos años, y que es la única realidad para muchos desde el mismísimo día de su nacimiento. Estar felices de algo así es de dementes, de psicópatas. O de imbéciles. Este país ha sido -simultáneamente al más feliz- el más violento del mundo, con cifras de violencia mayores que los de cualquier país en guerra, con corrupción galopante, con mafias de narcotráfico y de las otras -todas las otras-, con insurgencia armada para escoger, con ejércitos paramilitares, con tenebrosos aparatos de seguridad estatales, casi más peligrosos que los mismos delincuentes, con secuestros y torturas, con bandas criminales, con carros-bomba, con una clase política vergonzosa y criminal, con una clase empresarial criminal y vergonzosa, con traquetos, con embutidos de silicona ambulantes, con los amantes de esos embutidos de silicona dispuestos a pegarte un tiro por el mero hecho de respirar su mismo aire…
No sé de qué diablos nos reímos; qué es lo que nos produce ese júbilo inmortal. Ni Aldous Huxley, en sus mayores delirios de invención literaria, imaginó un lugar en el mundo que necesitara tan poco para ser feliz e insensible. Su gran novela pierde fuerza cuando se conoce a Colombia, pero es tan absurdo lo que aquí sucede que él nunca fue capaz de imaginarlo… Señor presidente: el vaso no está ni medio lleno ni medio vacío; sencillamente está vacío. Y si está lleno, como a usted le gusta verlo, es de sangre; ¿De qué podemos estar felices, señor presidente? Tal vez de ser los privilegiados sobrevivientes de esta matanza eterna.
Del simple y al mismo tiempo inverosímil hecho de estar vivos todavía.
@samrosacruz








EL POCO TALENTO DEL SEÑOR MADURO


Puesto que todo en el universo tiende a la entropía, resulta acertado un corolario de la ley de Murphy: “Lo que empieza bien termina mal, y lo que empieza mal termina peor”. Y tal parece que el gobierno venezolano, con el manejo que le han dado a la información sobre el estado de salud de Chávez, está dispuesto a llevar esa sentencia hasta sus últimas consecuencias.
Todo indica que la verdadera condición de Chávez ha sido una extensa mentira desde el mismísimo momento en que le fue detectado el cáncer. Eso empezó muy mal. En aquel momento, la extraña ausencia del gobernante fue explicada por él mismo de una manera tan gaseosa que llegó a pensarse que aquello no era sino otra de sus artimañas electorales. Idea que tomó fuerza cuando, después, lo vimos rozagante al frente de su propia campaña presidencial gracias, al parecer, a que lo atiborraron de tal cantidad de drogas paliativas que hoy esas mismas drogas, conjugadas con el trajín de la campaña, el mediocre manejo médico que -según expertos- le han dado en Cuba, y la tenacidad de la enfermedad que padece, lo tienen al borde de la muerte.
De hecho, algunas fuentes lo dan por muerto; y le atribuyen a intrigas de poder -relacionadas con la proximidad de la fecha en la que debería posesionarse y con los enredos interpretativos de la constitución venezolana- el encubrimiento del hipotético deceso. Mientras tanto, el vicepresidente, Nicolás Maduro, ofrece versiones contradictorias sobre la situación: un día dice que Chávez da órdenes, e incluso hace ejercicio, y poco después se muestra desencajado cuando revela que la condición del presidente es delicada, y que continúan las complicaciones de una infección respiratoria “ya conocida”. Un sospechoso silencio precede y sucede a sus declaraciones. El desbarajuste institucional al que puede llevar al país su conducta irresponsable no parece preocuparle.
Y es sabido que irresponsabilidad y mentira suelen ir juntas. Lo malo es que, como nos lo mostró aquella inolvidable película -protagonizada por Matt Damon- El talento de Mr. Ripley, hasta al más experimentado mentiroso se le caen sus mentiras (curiosamente a Mr. Ripley empieza a desmoronársele su timo cuando intenta hacer pasar por vivo a un muerto). Mr. Ripley tenía un enorme talento para mentir, y aún así fue descubierto. Maduro, en cambio, ni siquiera tiene ese talento.
Y Venezuela se pone cada vez peor.

jueves, 27 de diciembre de 2012

EL PARTO DE LOS MONTES


Como en la fábula famosa, después de diez estruendosos años los colombianos asistimos al parto resultante del contubernio entre las montañas de popularidad de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Pero en lugar de los prodigiosos fenómenos de paz, desarrollo y prosperidad que se presagiaban, el ruidoso trabajo de parto está por entregarnos, una vez más, un mísero ratoncito subdesarrollado.
Ningún presidente del último medio siglo ha gozado de la popularidad lograda por estos dos. Y, sin embargo, tan inusual patrimonio político sólo ha servido para que ingresemos al detestable club de países cuyos ciudadanos viven orgullosos de la figura presidencial, así esté encarnada por un cretino profesional. Si no estamos peor, por lo menos estamos igual que hace treinta años -inequidad social, violencia y corrupción a la orden del día-, con la diferencia de que entonces el presidente era tratado por la opinión pública como lo que era: como un imbécil. Un imbécil que anunciaba la disminución de la corrupción a sus justas proporciones. (No sé por qué dicen los científicos que la humanidad es cada vez más inteligente; tal vez nunca se han hecho pruebas en Colombia)
Hoy, en cambio, y para sólo referirnos a uno de sus pecados veniales, un tiranuelo arrogante, empeñado en sostener durante ocho años a un inepto como titular del Ministerio de Transporte -clave para enfrentar los retos del mundo globalizado-, deja anclado al país en el siglo XX y, sin embargo, termina siendo considerado héroe nacional, prócer de la patria (“Orgulloso de my president”, se podía leer permanentemente en las redes sociales durante sus dos oscuros cuatrenios). No habría espacio suficiente aquí para mencionar los múltiples escándalos de corrupción que salpicaron a sus dos administraciones.
Un charlatán encopetado, por su parte, se dedica desde el primer día de su mandato a tomar decisiones a bandazos, apoyándose en los oportunos consejos de las encuestas. No obstante, a la opinión pública le toma dos años largos castigar a quien sólo está interesado en llevar a cabo el vanidoso plan de su gloria personal (para el cual ni siquiera tiene una estrategia razonable). Pero lo más elocuente es el hecho de que el desplome en la imagen presidencial no se produce, como debería ser, por la inoperancia gubernamental, sino por la tontería nacionalista de la pérdida de un pedazo de mar territorial, asunto sobre el que, por lo demás, el grueso de la población no tenemos la menor idea.
Supongo que ahora vendrán las habituales cortinas de humo (ya empezaron las de corte guerrerista: tituló recientemente El Espectador: “Denuncian hostigamientos de Armada colombiana en meridiano 82″ y “Santos insistió en que no aplicará fallo de La Haya…”). Y gracias a ellas, de acuerdo al comportamiento histórico de nuestra lamentable opinión pública, las encuestas volverán a subir. La baja de algún sustituible comandante guerrillero (todos lo son), una vez se rompan los frágiles diálogos de La Habana -o antes, si es necesario-, harán el resto. Lo malo es que “el resto” implica incluso la posible reelección de Santos, quien aprovecharía esa segunda oportunidad para hacer algo (cualquier cosa: “el presidente que mató a más cabecillas de las FARC”) que le garantice aparecer con página ampliada en los libros de historia. Mientras el país se cae a pedazos.
Porque no es acallando, espiando, satanizando a la oposición, como ocurrió durante el gobierno de Uribe Vélez, que se consigue una democracia moderna capaz de asegurar el bienestar social. No es haciendo anuncios faraónicos que no terminan en nada, como ha sucedido durante toda la administración Santos Calderón, que se logran las condiciones de equidad social que necesita el país para librarse del lastre que le impide despegar económicamente -y que es la semilla de tantos problemas de orden público-. Tampoco es mediante las alharacas demagógicas de creación de empleo de los últimos diez años -que no son otra cosa que legislaciones al servicio del gran capital y en contra de la clase media- como se afianza el tejido social que puede sacarnos de la barbarie ancestral que padecemos.
Y mucho menos la solución es -como también viene sucediendo desde que Uribe y Santos, a pesar de sus conocidas diferencias personales, gobiernan el país- aumentando ad infinitumel presupuesto militar. Tal vez la solución sea, como decía Barco Vargas, a través de la sana fórmula de poca paja y mucha acción. Fórmula que al año de su gobierno -según artículo de la época escrito por Daniel Samper Pizano- Barco apenas cumplía a la mitad: poca paja. Lo cual fue suficiente para que la opinión pública se lo cobrara.
En contraste, el funesto binomio Uribe-Santos ha logrado la aceptación de las mayorías sin hacer nada diferente (con excepción del hábil manejo de su propia imagen) al resto de sus antecesores en el último medio siglo. Obviamente, las crecientes pauperización intelectual y superficialidad de la población -indiferente a su propio futuro, y mayoritariamente interesada en ver realities televisivos y en adquirir estatus mediante la compra de accesorios superfluos- son constantes que han permitido la formación de esta infame ecuación, en la que a mayores anuncios y expectativas, peores resultados.
Consecuentemente, las por fin un poco melladas montañas siguen con su -cada vez mayor- estrépito populista; pariendo año tras año el fruto de su tormentosa relación, que, para infortunio de todos -menos de ellos y de sus secuaces, los grandes capitalistas- invariablemente resulta en un diminuto mamífero de cola y bigotes.
Un insignificante ratón subdesarrollado de alcantarilla.
@samrosacruz

miércoles, 5 de diciembre de 2012

ORDÓÑESE DE LA RISA


“Senadores y senadoras: muchas gracias por su independencia”. La anterior frase, con la que el procurador Ordóñez celebró su reelección, da risa. Y no pasaría de ser uno más de la maratón de chistes (tal cual aquella que protagonizó otro Ordóñez, el comediante, 20 años atrás) a la que el funcionario nos tiene acostumbrados, si no fuera porque éste chiste inaugura cuatro años más de chistes cínicos (como que él es el tipo más democrático de Colombia). Y de todo tipo, entre los que sobresalen los chistes tenebrosos, que no son otros que aquellas declaraciones y medidas descaradas del procurador en contra de las minorías a las que, de acuerdo a sus funciones, debería defender. Y ahí sí ya no da tanta risa. Más bien da miedo.
Tratando de darle sentido a la frase –suponiendo que hablaba en serio- creo que la única explicación es que ésta quedó coja: “Senadores y senadoras: muchas gracias por su independencia (de los votantes)”. De esta forma podría tener más sentido, pensé. El procurador estaría agradecido de que los senadores hubiesen hecho caso omiso del clamor popular en contra de su reelección y, en cambio, hubiesen resuelto a votar en masa por él. Como efectivamente sucedió.
Pero un análisis más profundo me dice que no; que no hay tal clamor popular: los sesgos que habitualmente gobiernan nuestras mentes nos hacen creer que un puñado de progresistas y gente medianamente culta, que se manifiestan en las redes sociales, son los votantes. No: si nos vamos al grueso de los votantes, a la masa, encontraremos que la mayoría ignorante e intolerante sí está de acuerdo con el procurador: que la mayoría desprecia a los negros, subestima a las mujeres y odia a los homosexuales.
Lo anterior, sin embargo, no implica que los honorables senadores hayan sido consecuentes con sus votantes: se trata de un simple caso de coincidencia entre la conveniencia de garantizar la impunidad de sus fechorías y los delirios medievales de buena parte de la población colombiana y del procurador (y de su voraz apetito clientelista, demostrado por columnistas de la talla de Daniel Coronell). No les doy a los senadores ni siquiera el beneficio de la duda: no se lo merecen.
Tampoco el hecho de que buena parte de la población comparta esas ideas con el procurador supone que, en ese caso, no hay nada que debatir, puesto que la mayoría estaría de acuerdo en que esas minorías deben permanecer oprimidas. Son las trampas de la democracia en las que no hay que caer: convengamos en que hablamos de democracias modernas, en las que se invocan los Derechos Humanos y otros avances de espíritu liberal para la confección de las leyes. Por lo tanto, en cualquier nación moderna, no parecería exagerado calificar moralmente de criminales –así sólo sea de palabra y omisión- a todos aquellos que pretenden la perpetuación de las condiciones de inferioridad en las que actualmente viven muchos grupos humanos.
Y esos criminales no sólo comprenden a los villanos habituales (políticos, plutócratas, oligarcas), sino también a –digamos- mujeres pobres de mediana edad que esgrimen atávicas ideas religiosas con las cuales se autoexcluyen. En cierto sentido son víctimas, sí, pero eso no las excusa de su conducta criminal (literalmente, a la luz de nuestras leyes colombianas actuales, lo es: ahora no estoy siendo moralista). Somos homo sapiens, no el perro de Pavlov.
A los integrantes de esa gran masa medieval y corrupta, compuesta por la fauna que describí antes, los impulsan diferentes motivaciones para actuar así. Pero lo único cierto es que su punto de encuentro se da en las increíbles intolerancia hacia grupos humanos inofensivos y tolerancia hacia un modelo de Estado mafioso que perjudica a casi todos. Un modelo en el que las tres ramas del poder, en una maléfica relación de interdependencia, se guardan las espaldas unos a otros, despojando de sentido a los sistemas regulatorios de contrapesos.
Fue así como los tres poderes se amangualaron para apoyar la causa criminal de la reelección del procurador. Las Cortes -por su lado- interesadas en su cuota clientelista. El presidente (confieso que debía declararme impedido de opinar acerca de semejante payaso: ya la cosa pasó de “only business” a personal), interesado en quedar –como siempre- bien con todo el mundo, pero sobre todo con el Congreso. Y éste último interesado en garantizar, como dije antes, la impunidad de sus fechorías; ¿y qué mejor manera de hacerlo que comprometiendo a su propio investigador, quién, a su turno, está ávido de poder para -aparte de imponer su reino de oscuridad- aprovechar las suculentas cuotas burocráticas? (También lo denunció Daniel Samper Pizano en su artículo El procurador: de fanático a corrupto).
El acuerdo tácito no podría ser más recíproco y conveniente: yo elijo, tú investigas; yo (no) investigo, tú (me) eliges. En un país mafioso eso conforma una dependencia mutua; es decir, una interdependencia (una interdependencia mafiosa). La chistosa frase del procurador sí había quedado coja, como bien creí al principio, pero la correcta no era aquella versión que aludía a la independencia de los votantes.
Tal vez: “Senadores y senadoras, muchas gracias por su in(ter)dependencia”.

@samrosacruz


http://www.semana.com/opinion/cualquier-precio/182889-3.aspx
http://www.semana.com/opinion/tentaculos/183820-3.aspx
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/danielsamperpizano/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12225344.html


NEW YORK, NEW YORK


No importa cuántas veces se visite: llegar a Nueva York, y salir por la noche a dar un paseo por la isla de Manhattan, es lo más parecido a visitar otro planeta. Pero no hablo de los 463 grados centígrados de Venus, ni de las colosales tormentas gaseosas de Jupiter, sino del otro planeta de nuestras fantasías; del miles de veces soñado planeta que habita una civilización tecnológicamente más avanzada, donde nos deslumbran los milagros de la ciencia al servicio de los seres vivos y donde el goce estético de los sentidos es el común denominador: presenciar el alucinante espectáculo -diurno y nocturno- de la luminosa y multitudinaria Times Square; saborear los insólitos paisajes del Central Park, con sus contrastes entre rascacielos y naturaleza; contemplar desde el río Hudson la silueta extraterrestre del down town, con sus despampanantes edificios de cristal…
Sin embargo, y paradójicamente, no creo que exista otro lugar en el mundo que represente a este planeta y nos represente, como género, de una mejor manera: allí se encuentran -también- sintetizadas todas las culturas del mundo; bien porque su maravilloso museo Metropolitano alberga cinco mil años de historia mundial, o bien porque la experiencia, común y corriente en Nueva York, de incursionar en -por ejemplo- la gastronomía paquistaní suele estar precedida -y sucedida- de abundantes tropezones con italianos, chinos, árabes, hebreos, algunos de ellos hablando en sus lenguas vernáculas y vistiendo atuendos tradicionales. Es el planeta Tierra en miniatura, capaz de producir, por igual, nobles actos de solidaridad y humanismo o abyectos y extraños actos de barbarie. Los atentados de septiembre de 2001 y sus posteriores consecuencias en todos los órdenes son un buen ejemplo de lo que digo.
El lugar común dice que quien la conoce sólo tiene dos caminos: amarla u odiarla. Ignoro si sea cierto, pero, en cualquier caso, yo soy de los que la aman con toda el alma: en medio de la pelotera perpetua de gente caminando afanada por las calles atestadas, del insistente sirirí de las sirenas de ambulancias y carros de bomberos con sus cornetas de fin del mundo, y del servicio a las patadas que ofrecen casi en todas partes, de pronto se atestigua la escena de una dulce viejecita que, sin que nadie se lo pida, le aclara a un tonto profesional, que sostiene un enorme plano desplegado con las dos manos (yo), que la línea R del metro, por la que ha esperado durante 45 minutos, no está funcionando desde hace 15 días “because of the storm”.
Y cuando la adorable ancianita se ha dormido, uno sale en la alta madrugada -independientemente del día de la semana que sea: allá el domingo en la noche es igual al martes en la mañana- a pagar oro en polvo (no importa) por un buen coctel, servido por (tampoco importa) un engreído bar-man que se cree que está en Nueva York y se esfuerza por no entender lo que uno quiere decir. Pero el coctel se consigue. Y uno siente en ese momento que I want to be a part of it; que está siendo parte de algo: de una película de Woody Allen, de una novela de Paul Auster, de una canción de Frank Sinatra. Más o menos como la emoción que sintió Borges cuando, al pasar un puñado de arena de un lugar a otro del gran desierto, con la reverencia y solemnidad que una insignificancia de esa naturaleza se merece, susurró para sí mismo : “estoy modificando el Sahara”.
Truman Capote dijo alguna vez que Nueva York era la única ciudad del mundo, a diferencia de la aburrida Londres y de la provinciana Roma, donde se podían vivir diez vidas diferentes simultáneas con diez grupos diferentes de amigos sin que jamás coincidieran. John Lennon escogió vivir -y quizás morir- en esa ciudad que ni lo vio nacer ni lo catapultó a la fama, pero que de alguna manera mitigaba la desazón de la simpleza que otras latitudes pueden ofrecer al hombre extraordinario. Allí, para bien y para mal, está la ONU, esperanzadora e inoperante; y Wall Street; y el imponente Empire State Building, con el fantasma de King Kong merodeando; y el Edificio de la Chrysler, con su hermosa figura art decó; y los grandes pintores y escritores; y el centenario subway, atravesando como una exhalación cien años de séptimo arte; y el encantador barrio Soho, elegante y bohemio a la vez; y los shows de breakdance en plena calle; y la exclusiva Quinta Avenida, abarrotada de boutiques prohibitivas; y el misterioso Chinatown, con sus descrestantes pescaderías y sus estafadores de esquina; y los artistas silvestres que tocan instrumentos ignotos en las bancas del parque; y las parejas gays tomadas de la mano; y los atuendos extravagantes; y los profetas callejeros del juicio final recordando que hay que arrepentirse de los pecados porque “Jesus is coming soon”; y las paradójicas indolencia y filantropía del poderoso magnate John D. Rockefeller, más presentes que nunca en toda la ciudad; y The New York Times; y las pandillas; y los buenos muchachos; y los malos; y Martin Scorsese; y Taxi driver; y Little Italy, con los balazos y los jirones de seda todavía frescos en las paredes; y Tony Benett; y Harlem; y Michael Jordan; y los Yankees; y Broadway, y Al Pacino, y Robert De Niro, y la Familia Corleone; y el hombre Araña, y Batman. And “all that jazz”.
Allí está todo para que cualquiera se sienta, al menos por un instante, king of the hill, top of the list, a number one.
New York, New York.
@samrosacruz