Es un blog que pretende relacionar a la realidad nacional o mundial con obras de la literatura, el cine o incluso la música o la pintura Todos los comentarios o discusiones en torno a las columnas aquí publicadas, son bienvenidos
martes, 28 de mayo de 2013
LOS TRAMPOSOS
Esta mañana, como casi todos los días, empezó el predecible numerito que montan en la W, y que consiste en que los de "la mesa de trabajo" se muestran ostensiblemente asombrados por la masiva respuesta de la gente ante alguna campaña que ellos mismos han adelantado. La campaña, cualquiera que ella sea -vender carros, recoger plata para una obra benéfica, captar créditos hipotecarios-, siempre supera con creces las expectativas más optimistas soñadas por ellos:
- Alberto, ¿cuántos millones cree que vendió BMW el viernes?
- No sé, voy a decir una cifra que se me acaba de ocurrir: ¿quinientos millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve?
- Pues no, según el último dato, vendió mil doscientos millones, ¡mil-dos-cien-tos-mi-llo-nes!, es decir, no el doble, sino más del doble (risas de incredulidad, interjecciones de sorpresa); y aquí está con nosotros el vicepresidente comercial de BMW, el doctor Fulano...
En ese momento entra al aire el doctor Fulano -con una risita de suficiencia que quiere decir "es que yo soy el putas boy de la Westinghouse, el próximo Bill Gates"-, y a continuación se saludan como viejos camaradas, hacen un par de chistes privados (para que no quede duda de que todos ellos pertenecen a la misma rosca que maneja al país), y finalmente se conforma la más vergonzosa sociedad de elogios mutuos que alguien pueda imaginar.
El turno de hoy, la farsa de rigor, fue para la subasta de camisetas autografiadas por futbolistas europeos organizada por Martín Santos, el hijo del presidente, y cuyo producto se destinará a obras de caridad. Ignoro si el emprendedor delfín -como cabría suponer por la salva de alabanzas de la que fue objeto en el tercer acto del sainete- tuvo que sufrir innumerables privaciones para conseguir las camisetas. No sé, ni he investigado, si para su filantrópica labor el pobrecito Martín tuvo que colarse como polizón en un barco mercante que lo trasladara a Europa. Desconozco si se vio obligado a pasar eternas noches en vela aguardando a que los futbolistas salieran de sus casas o de algún club nocturno de moda. O, tal vez, su sacrificada cacería de autógrafos le significó algún empellón, o algún insulto por parte de los guardaespaldas de las grandes estrellas del deporte a las que él, almita modesta y caritativa, intentaba abordar. Lo cierto es que la maledicencia y las lenguas viperinas han hecho correr la malintencionada especie de que a los jugadores simplemente les pasaron la camiseta, la firmaron, y se la regalaron al papito de Martín, el presidente de una banana republic (porque nunca se sabe cuando se necesitará un favor de por allá).
Sea como sea, Martincito, joven sensible y humilde, se desprendió de la valiosa posesión familiar en favor de los más necesitados. Para tal efecto, se sirvió -cómo no- del apoyo de los caballeros de la mesa redonda de trabajo, quienes, gracias a su su fino olfato de sabuesos detectores de billetes, consiguieron que un desinteresado filántropo, un santo altruista de esos que se dan silvestres en Colombia, comprara la camiseta subastada en una cifra que -para gran sorpresa de Julio y de su corte- doblaba la expectativa más delirante de Camila Zuluaga.
Una vez concretado el negocio, siguió -por supuesto- una original conferencia telefónica tripartita entre el dueño de la camiseta (Martín Santos), el comprador (la empresa de encomiendas Servientrega, representada por su presidente), y el flamante intermediario (la W, Julito). En ella, Martín Santos nos confió que él no ha podido explicarse por qué su subasta obtuvo esa respuesta tan desproporcionada. Yo tampoco lo entiendo, si tenemos en cuenta que él, Martín, sólo es el hijo del presidente de la república de un país de lambones, lobbistas y empresarios oportunistas, y en el que, por lo demás, el presidente tiene un poder casi imperial. Quién sabe: son fenómenos extraños que se dan de vez en cuando. Grandes enigmas de la vida.
Y ante todo esto, uno no puede evitar preguntarse de dónde sale tanta bondad, tanta sensibilidad humana, en este país. Y quizás la respuesta se encuentre en la tierna confesión del presidente de Servientrega, cuando informó, no sé si con cinismo o con descarada ingenuidad, que las camisetas no quedarán en poder de la empresa, sino en las de colombianos del común ¿Cómo? Pues muy sencillo: "nuestros gurús de mercadeo se encargarán de eso". La más probable traducción de lo anterior es: haremos un concurso cuyo resultado nos reporte el triple de lo invertido en las camisetas: mande usted tres encomiendas por Servientrega y reclame una boleta que...
Porque es allá, en el lucro, donde terminan todas esas obras de caridad que, si en realidad lo fueran, deberían permanecer anónimas. Martín Santos busca ayudar en su campaña reelectoral a su papá (ser hijo de presidente es altamente lucrativo, como lo demostraron ampliamente "Tom y Jerry"). Y, para lo cual, ¿qué mejor estrategia que la de mejorar la imagen de la sagrada familia presidencial? De tal hijo, tal padre, pensarán que pensaremos. Y lo mejor: gratis. Servientrega S.A. (Sin Alma, aclaraba el padre de un amigo mío acerca del verdadero significado de esas siglas de las sociedades anónimas), por su lado, pretende, como lo confirmó su presidente, exprimir hasta la última gota de su inversión en las camisetas (están "los gurús" trabajando en ello a todo vapor). Y, mientras, la W, sigue en lo suyo: en su singular reinvención del periodismo: no contenta con hacer bochornosos publirreportajes, tan comunes en el periodismo contemporáneo, se ha dedicado, a lo largo de veinte años, a un extenso publirreportaje sobre sí misma, el cual ha soportado hasta cambios de cadena radial.
La obra benéfica, como es fácil de ver a estas alturas, no la hará ninguno de ellos, cuyas imágenes ganan indulgencias con avemarías ajenos. Indulgencias que, en este caso, toman la forma de rating, de concursos, de votos. Es decir, de billete. Billete que pagarán otros. Tal era el método de los monjes medievales, lo cual exasperó hasta tal punto a Luthero que terminó publicando las tesis que derivaron en uno de los grandes cismas de la iglesia católica. Desgraciadamente, nosotros, los indignados contra el sumo pontífice de la radio colombiana, no contamos con el apoyo de un rey hereje y poderoso que le haga contrapeso.
La obra benéfica, en conclusión, la terminaremos pagando todos los colombianos. Todos con la excepción de tres personas, quienes sacarán provecho económico de ésta, y de cuyos bolsillos no saldrá un solo centavo: Martín Santos, el presidente de Servientrega, y -por supuesto- Julio Sánchez Cristo.
Ese trío de tramposos.
@samrosacruz
domingo, 19 de mayo de 2013
NON SANCTOS
Dice Woody Allen que él desconoce la fórmula del éxito, pero que
está seguro de que la del fracaso es intentar complacer a todo el mundo. Que
es, esto último, exactamente lo que pretende hacer todo el tiempo el presidente
Santos. De hecho, casi que -extremo de extremos políticos- intentó hacerlo
hasta con su mentor, Uribe. El único ser humano excluido sin lugar a dudas de
tan prostituta vocación, es su primito querido, Francisco Santos, con quien el
mandatario sostiene una legendaria pelea de quinceañeras, de sieteañeras, por
ver quien de los dos se hace con el dominio sobre el juguete más antiguo de
ambos: el país
Los privilegiados primitos -presidente
actual el uno y exvicepresidente el otro-, sobrinos nietos ellos de un
expresidente que, según Alfonso López Michelsen -expresidente él también e
hijo, a su vez, de otro expresidente-, “fue (hasta su muerte) el hombre más
poderoso de Colombia”, están acostumbrados a darle rienda suelta a sus
caprichos y vanidades, seguros -como están- de que nadie podrá interponerse en
su camino, porque, tal como dije que dijo el expresidente López (el hijo), en
el trabalenguas de expresidentes que acaban de leer, pertenecen a la familia
más poderosa de esta finca que, desde hace un siglo, es regentada por un par de
familias non sanctas. (Que tal este otro trabalenguas, que iría de maravillas
en este momento: el país está expresidentado, quién lo desexpresidentará…).
Lo más curioso es que los primorosos primos
no se cansan de machacarnos que este país está muy mal, y que hay que
arreglarlo. Lo cual es dolorosamente cierto, con el sutil añadido de que, a
continuación, sugieren que son ellos, hundidos hasta el cuello en la autoría
intelectual de este crimen de lesa humanidad que llamamos Colombia, quienes
pueden arreglarlo.
Indignados, contra sus propias dignidades e
indignidades de exministros, expresidentes, exvicepresidentes; contra la perversa
oligarquía; contra la egoísta clase empresarial; contra la mefística gran
prensa; indignados contra todo eso, digo, de lo que ellos -no hay ni que
decirlo- hacen más parte que ningún otro ser humano en el mundo, se presentan
como los mesías: “para solucionar un problema, primero hay que crearlo”, solía
decir el genocida de Kissinger.
Para ser un genocida, por otro lado, no se
necesita cometer directamente un genocidio. Puede cometerse, este último, por
ejemplo, despilfarrando en la vanidosa novela del nóbel la plata que podría
salvar la vida de miles de colombianos. O puede cometerse aspirando a un cargo
para el cual uno sabe a ciencia cierta que no está capacitado. La última
pretensión de “Pachito”, después de fungir de adalid de los derechos humanos y
-a renglón seguido- posar de derechista rabioso, es la de ser -nada menos-
presidente de la república. Un hermano mío dice que de niños nos enseñan a que
cualquier persona puede llegar a ser presidente de la república, y que
-temiblemente- puede terminar siendo cierto.
“Pacho” Santos de presidente, ¿se imaginan?
Sé que ya tuvimos a Andrés Pastrana y sobrevivimos, pero, aunque parezca
increíble, esto puede resultar aún peor. Se notó en la valla que mandó a poner,
la cual sólo demostró que la gente con mucha plata, y sin nada que hacer, puede
gastarse fortunas en vaya uno a saber qué.
Juan Manuel Santos reelegido, ¿se imaginan?
A pesar de que, a juzgar por su último discurso, ya aprendió -tal vez leyendo a
su gran detractor y amigo de infancia, Antonio Caballero, (aquí hasta los
opositores pertenecen al mismo curubito)- que el verbo reelegir no es
reflexivo, no parece una buena idea tener cuatro años más de cháchara vomitada
por encuestas. Además, en las mesas de póker, como se sabe, a la larga se
termina perdiendo hasta la mujer.
Esas costumbres políticas -económicas,
sociales- non sanctas de los Santos -los primeros primos del país- deberían
hacernos, más que decir, gritar “no Santos”. Pero, peones que somos, al fin y
al cabo, de su gran finca, somos capaces de todo. No sobra advertir que la
sustracción de materia no debería ser un obstáculo: sería preferible que
gobernara el voto en blanco.
Finalmente, volviendo a Woody, gran amigo
personal mío, así él no lo sepa, podría decir -con él-, acudiendo al resignado
-recurrido- recurso del descarte, que no sé quien diablos será el santo
milagroso capaz de sacarnos de esta deliciosa temporada en el infierno -que ya
cumplió doscientos años-, pero de lo que sí estoy seguro -y lo juro- es de que
ni Francisco ni Juan Manuel Santos lo son.
@samrosacruz
miércoles, 15 de mayo de 2013
EL RUIDO Y LA FURIA
Necesitaba que alguien me explicara qué
diablos era lo que está pasando, en qué dimensión desconocida estaba atrapado:
ayer (¿hoy? ¿antes de ayer?) oí, vi, sentí por todos lados un barullo
ensordecedor por el triunfo ciclístico de unos colombianos. El presidente
actual, el anterior, los noticieros... Todo el mundo hablaba, chateaba,
tuiteaba, gritaba, así qué volé a ver qué colombiano había ganado el Tour de
Francia, pero, por más que buscaba en internet, sólo encontraba el triunfo de
Rigoberto Urán en una de las veintiún etapas de las que se compone el modesto
Giro de Italia (superado en prestigio ampliamente por el Tour de Francia y la
Vuelta a España).
Puesto en términos futbolísticos -que se
entienden mejor, aún en este país que repentinamente volvió a considerar al
ciclismo como un tema serio y de enorme trascendencia- es como si un equipo, en
vez de hacer semejante escándalo por ganar el Mundial de fútbol, lo hiciera por
ganar un solo partido de la primera ronda de la Copa América.
Pero, bueno, después pensé que la
respuesta a mi pregunta de por qué esa histeria colectiva, de por qué esos
alaridos destemplados por todas partes, residía en el hecho de que Urán, con
ese triunfo, había pasado a comandar la clasificación general. Wrong answer:
según pude comprobar, el actual líder es el italiano Vincenzo Nibali, seguido
muy de cerca (a 41 segundos) por Cadel Evans, y, ya en el pelotón, a más de dos
minutos de diferencia, está Rigoberto Urán, el héroe invencible de
Colombia.
Sin embargo, cómo seguía sin entender
los extraños berridos de los noticieros y los enormes titulares de los
periódicos que hablaban de "El regreso de los escarabajos", me dije
"Eureka: con seguridad van punteando en la montaña". Nuevo error, a
menos de que Stefano Pirazzi, el actual líder en esa modalidad, sea natural de
Aguachica.
Pero, además, ni la clasificación a la
regularidad, ni la clasificación por equipos, ni nada en las estadísticas de la
competencia podía explicarme el ruido, el estropicio imperante; los bramidos que
proclamaban el día como “histórico” (no van a alcanzar los libros de historia
para contarles a nuestros nietos todas estas epopeyas diarias), ni las épicas
imágenes de esos aguerridos paladines envueltos en el invicto pabellón
tricolor; o esos cantares de gesta que contaban la hazaña en la inmortal voz del
juglar Ricardo Urrego, en la delicada poesía de Javier Hernández Bonnet, en la
lírica prosa de Ricardo Henao.
Temeroso de ser objeto de un perverso
experimento solipsista por parte de un científico malévolo, me senté, respiré
profundo, y la razón y el entendimiento fueron llegando otra vez a mí. Finalmente
se me aclaró la mente: "este es un país de orates - pensé-, este es un
país de locos furiosos, este es un país de idiotas, este es un país que no va
para ninguna parte". En diez segundos todo se había normalizado en mi
cabeza, y ya no necesitaba que nadie me explicara nada: había comprendido que tenía
razón, una vez más, el bardo inmortal (y esta vez no hablo del gran Carlos
Antonio Vélez, sino de Shakespeare): la vida a veces no es otra cosa que una
historia contada por un idiota, llena de ruido y furia.
Sobre todo si tienes la amarga desdicha
de vivir en Colombia.
@samrosacruz
@samrosacruz
domingo, 12 de mayo de 2013
FILOSOFANDO EN FACEBOOK
Leyendo el último artículo de
Alberto Salcedo Ramos en El Colombiano (De fiesta en Twitter), caigo en cuenta nuevamente de
la propensión natural que tenemos muchísimos humanos a ser apocalípticos; a
oponer una resistencia tenaz a integrarnos a las nuevas tecnologías -para
ponerlo en términos de Umberto Eco, a través de quien caí en cuenta la primera
vez gracias a su magnífico ensayoApocalípticos e integrados-. Salcedo, en su artículo,
se va lanza en ristre contra nuestra nueva costumbre (de la humanidad
occidentalizada) de “encadenarnos” a nuestros teléfonos celulares inteligentes,
a través de los cuales, según las perfectas frases de Salcedo, nos convertimos
en “marionetas del ciberespacio” y “huimos de (…) nuestros acompañantes de
carne y hueso, para danzar con fantasmas” en la “pista de baile ilusoria” de
las redes sociales.
Nunca he podido comprobar si, como en
efecto creo, la cita es apócrifa, pero circula por ahí la especie de que hace
2500 años ya Sócrates se quejaba de la superficialidad de las nuevas
generaciones. Y aunque el artículo de Salcedo no menciona a un grupo humano en
particular, estoy casi seguro de que todos, al leerlo, pensamos inmediatamente
en un montón de jovencitos (y jovencitas: no sea que me demanden los del Polo
Democrático) con la cabeza gacha y moviendo rabiosamente los pulgares.
Ahora, sin embargo, no voy a salir con que eso a mí no me
molesta (que se le preste a uno menos atención que a una azafata explicando
cómo se ajusta el cinturón de seguridad del avión), pero tengo que sostener que
ese fenómeno no tiene nada que ver con “pérdida de valores”, “juventud perdida”
(para afirmar esto último, por otra parte, ya contamos con un argumento
demoledor: el gusto por el reaggetón), ni
ninguna de esas otras frases prefabricadas a las que tanto nos gusta acudir,
sino que se debe a simple naturaleza humana: somos una especie altamente
sociable (a diferencia de, por ejemplo, el hombre de Neanderthal, extinto, al
parecer, a causa de eso mismo), y nos encanta compartir nuestros estados de
ánimo: nuestros triunfos, nuestros fracasos. Y hasta nuestro aburrimiento. Sólo
que –pequeño detalle- antes no existían teléfonos inteligentes a través de los
cuales pudiéramos comunicar al mundo, en el mismo instante en que sucedían,
cualquiera de los pormenores de nuestras vidas.
En efecto: se cae de su peso que un cambio
en el ADN humano, capaz de trastocar significativamente nuestra manera de
relacionarnos, no va a tomar los escasos cinco o diez años que llevamos
ennoviados con nuestros celulares: no somos organismos procariotas que alcanzan
las 55 generaciones en 24 horas, sino homo sapiens que han recorrido hasta el
último milímetro del camino de la vida, iniciado hace 3800 millones de años.
Por lo tanto, la solución se reduce a lo meramente cultural, nada distinto,
supongo, a, digamos, lo que ocurrió con la invención de la imprenta, que
masificó el material de lectura, y, con seguridad, propició frases como: “ahora
la gente no habla entre sí por estar concentrada en su libro o su periódico”. Y
después con la radio. Y con la televisión, el Satán por antonomasia.
Quizás todo sea cuestión de tiempo para que
se desarrolle una nueva etiqueta de las relaciones humanas; una que tenga en
cuenta el fenómeno inatajable de las redes sociales. O para que surja un nuevo
fenómeno (es también cuestión de tiempo) que nos haga añorar la bucólica época
en que la gente compartía su tiempo en silencio con la mirada enterrada en su
teléfono celular.
Además de quejarnos (que constituye mucho de la sal de la vida),
deberíamos tratar también de integrarnos; de acostumbrarnos a que las cosas
serán así en adelante. O por lo menos hasta que se ponga de moda, y sea de lo
más chic (pequeño guiño a mi maestro Diego
Marín), ignorar las redes sociales. Dejemos, pues, tranquilos a nuestros
jóvenes (¿y jóvenas?) y a nuestros niños. (Aunque en este punto no estoy seguro
de si esos ataques a los niños de ahora sean útiles como contrapeso a las
cacareadas, y proclamadas a los cuatro vientos, sabiduría y prudencia
infantiles, cosa tan falsa como la hipótesis garciamarquiana –profusamente
apoyada por tirios y troyanos- de que un mundo manejado por mujeres sería mucho
mejor: por un lado, los niños son tan, o más –si cabe-, crueles y egoístas como
cualquier adulto; y, por otro, el encanto de mundo neoliberal que vivimos hoy
no se lo debemos tanto a ningún hombre como se lo debemos a la recientemente
fallecida Margaret Thatcher, quien, sin duda, era mujer).
Y, para los que no me creen que esa es la
naturaleza humana, -exhibicionista a morir-, y que no se trata de ninguna
mutación genética, cierro con una anécdota protagonizada por Luis Miguel
Dominguín, aquel torero español, padre del cantante Miguel Bosé. Después de una
jornada amorosa con nadie menos que Ava Gardner, uno de los íconos sexuales de
su época (en la que, no sobra decirlo, no soñaban con existir ni siquiera los
primeros celulares, aquellos de dimensiones ladrillescas), Dominguín se levantó
apresuradamente del lecho amatorio, y, cuando la diva le preguntó que adónde
iba, él no tuvo ni que pensar la respuesta: “A contarlo”.
@samrosacruz
martes, 16 de abril de 2013
EL GRAN INQUISIDOR
Informa El Espectador que la
congregación Misión Paz a las Naciones, a través de su presidente, el pastor
cristiano John Milton Rodríguez, firmó en 2010 un documento con el
parlamentario Roy Barreras. A la luz de este documento, Barreras se comprometía
a “no promover ni apoyar el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni la
adopción de niños por parte de estas parejas”. En contraprestación, Misión Paz
a las Naciones se comprometía a organizar reuniones para difundir la
propuesta del parlamentario y a apoyarlo en el proceso de votación para las elecciones al Senado de marzo de 2010. No es un
fenómeno inusual que las congregaciones religiosas en este país, con tal de
sacar adelante sus ideas anacrónicas y sus intereses mezquinos, realicen este
tipo de pactos, a los que poco les falta para ser con el diablo (nada más basta
echar una ojeada a las informaciones acerca de la reciente muerte del
esmeraldero Víctor Carranza).
Por otra parte, las últimas noticias
indican que Roy Barreras, quien no es precisamente un modelo de lealtad,
cumplirá con su pacto: ha anunciado que no apoyará el proyecto de ley del
matrimonio igualitario propuesto por el senador Armando Benedetti. No sorprende:
hay en juego muchos votos, factor decisivo en el criterio de muchos políticos.
Con todo, sigue llamando la atención -a pesar de que es un hecho repetitivo-
que en pleno siglo XXI amplios sectores de la sociedad colombiana, bajo la
forma de guías espirituales, funcionarios públicos, dirigentes políticos, o
jerarcas religiosos, continúen con su campaña de odio,
oscurantista y excluyente, encaminada a malograr la vida de personas cuyo único
delito es pensar y sentir diferente. Y que, además, la abrumadora mayoría de
las veces lo hagan apoyados en los supuestos preceptos de un hombre cuyo
discurso de hace veinte siglos consistía en fomentar todo lo contrario: el
amor, la inclusión, la justicia.
Recuerdan estos guardianes de la
moral al cuento El gran inquisidor, de Fedor Dostoievski, en el que, después de
una venida no programada de Jesucristo a la tierra –concretamente en la Sevilla
de la Inquisición-, el gran inquisidor de la ciudad encarcela a Jesucristo en
uno de los calabozos del Santo Oficio. ¿Los cargos? Amenazar el status quo
imperante (“¿Por qué has venido a molestarnos?”, le pregunta el inquisidor).
Tal como en la realidad, la Iglesia del cuento se había dedicado, desde los
mismísimos tiempos del emperador Constantino hasta el momento en que se
desarrolla la historia, a "corregir" la obra de Jesucristo. De hecho,
el gran inquisidor del cuento espeta a Jesucristo con una frase que
tranquilamente podría salir de la boca de John Milton Rodríguez, el
pastor que quiere gobernar en el fuero íntimo de otros sin más argumentos que
su lamentable disfraz moral: “Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a
nosotros”. (O de la boca de nuestro flamante procurador).
Y tal como el inquisidor del cuento,
nuestros guardianes de la moral, con la aquiescencia de parte del pueblo
colombiano, parecen estar convencidos de que la libertad es un don demasiado
valioso como para permitírselo al hombre. Saben que la mayoría de la humanidad
espera que le den un amo ante quien inclinarse; saben que hay seres humanos
que, con tal de no tener que decidir nada, anhelan ser tratados como borregos
de un rebaño. (Esas ideas, que aún hoy pretenden imponer en Colombia unos
trogloditas que no tienen por faro de la civilización a Suecia sino a Yemen,
hace ya siglo y medio le parecían medievales a Dostoievski).
Lo peor es que, repito, esa
dirigencia cavernícola goza del apoyo de una parte del pueblo colombiano que
parece amar las cadenas mentales sobre todas las cosas. Porque, para ese pueblo
enajenado, es más cómodo que sea, digamos, el Antiguo Testamento, un libro
escrito hace miles años, el que decida qué es lo correcto y qué no, y no que
sean ellos, homo sapiens dotados de cientos de miles de millones de neuronas,
los que tengan que preguntarse qué clase de sabandijas del infierno son, que
son capaces de arruinar la vida de otros sólo porque no piensan o sienten como ellos. Porque para ellos es más fácil que sea otro el que decida (el cura, el obispo,
el papa), así ello implique que ese otro se arrogue las voluntades de toda una
comunidad.
Por esa vocación de siervos mentales,
a algunos colombianos les resulta tan fácil pensar que lo fácil es lo correcto;
que una humanidad de una homogeneidad inverosímil es a la que debemos aspirar. Una
humanidad insípida, pasteurizada, en la que todos tengamos los mismos gustos
sexuales; una humanidad sumisa, aterrorizada, sin dilemas morales ni éticos. Un
mundo feliz huxleyano en el que ya vengamos programados, y en el que cualquier
disidencia al orden establecido deba sofocarse de inmediato. O, como dijo
Estanislao Zuleta en su Elogio de la dificultad, un mundo en el que no se pueda
“desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule
nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar”, sino “un idilio sin
sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un
retorno al huevo”. Un paraíso inventado, sin una Eva díscola que origine las
tristezas y las dificultades sin las cuales nunca cobrarían sentido las
alegrías y las soluciones.
Y, ya que hablamos de paraísos y cadenas, cabe
recordar aquí al poeta inglés que, en su obra El paraíso perdido, presenta nada menos que al
diablo como un ser contestatario, amigo de la igualdad de derechos; un
libertario capaz de cuestionar normas injustas y arbitrarias. Pero lo más irónico de
todo, es que -como dijo Borges- a la realidad le gustan las simetrías, y esta
vez ha querido que John Milton, el famoso poeta al que nos referimos, y cuya
concepción de la maldad por antonomasia, en El paraíso perdido, coincide con la
profesión de la igualdad y la libertad, sea homónimo de John Milton Rodríguez,
el pastor inquisidor para quien hay hombres y mujeres inferiores que no son
libres ni siquiera de decidir con quien quieren unir sus vidas. El mismo pastor
que firmó el pacto con Roy Barreras.
Un pacto que más bien parece del
diablo con el diablo.
@samrosacruz
jueves, 11 de abril de 2013
ESTAMPITAS Y PAJARITOS
Mucho nos hemos burlado los
colombianos de la salida en falso del candidato presidencial de Venezuela,
Nicolás Maduro, según la cual el fallecido presidente Chávez se le había
aparecido en forma de pajarito chiquitito:
“me silbó y me bendijo”, remató el loco de remate de Maduro. Sin embargo, hay que
aclarar que Maduro no está solo en materia de epifanías zoológicas: hace poco,
el periodista hípico David Papadopoulos afirmó que a él ya se le había
aparecido el difunto presidente venezolano, pero en forma de caballo (será
mejor no citar aquí las conjeturas que lo llevaron a semejante conclusión). A
veces no se sabe si será mejor rebautizar al mandatario fallecido como “Manimal”,
aquel personaje televisivo de la década de los ochenta.
Pero todo indica que los
colombianos somos muy buenos para ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga
en el propio, porque en medio de los cientos de chistes que circulan en las
redes sociales, y que dan cuenta de la risible declaración de Maduro, es
notoria la ausencia de fotomontajes que muestren, por ejemplo, a la Madre Laura
ataviada con el uniforme de la selección colombiana de fútbol anotándole un gol
de cabeza a su similar de Argentina. Al contrario: la misma emisora radial que
ridiculizó la aviar conversión de Chávez, menos de una semana después se
embarcó -junto a una poderosa cadena de supermercados- en una campaña a través
de la cual se propone regalar dos millones de estampitas de la religiosa
colombiana Laura Montoya –la Madre Laura-, cuya próxima canonización tiene
esperanzados a muchos (“la primera santa colombiana”).
Es curioso que personas que
encuentran absurdo que un ser humano pueda reencarnar en pájaro, estén
convencidas de que el espíritu de una mujer fallecida hace 64 años pueda ejercer
-como no sea a través de su ejemplo altruista- alguna influencia en nuestras
vidas actuales. Personalmente no veo nada de malo en la venta de los 2700 libros
biográficos de la futura santa incluidos en la campaña. Lo llamativo, en
cambio, son las dos millones de estampitas mencionadas y unos cuantos miles de escapularios
tipo manilla, cuyas funciones mágicas de amuletos de la suerte constituyen la
única explicación de su existencia. Hecho que, por lo demás, en una charla
radial matutina, fue dado a entender por los periodistas de la emisora y el
presidente de la cadena de supermercados: esos objetos, según entendí, ayudarían
a sus portadores a aprovechar oportunidades que, de lo contrario, se perderían.
Descartando el efecto placebo que un adminículo de esa
naturaleza puede proporcionar a las mentes crédulas (aumento de la confianza en
sí mismas, por ejemplo), y ateniéndonos sólo a las propiedades milagrosas que sugiere
el entrelineado del discurso de los promotores de la campaña, cabe preguntarse
cómo exactamente operaría la supuesta ventaja del portador del escapulario o de la estampita. Es el mismo caso de los
números de la suerte que el horóscopo suministra semanalmente: ¿alguien puede
explicarme cuál es la gracia de que cada uno tenga su número de la suerte? ¿Cómo
podrían ganar la lotería todos al mismo tiempo? O si no, ¿qué credibilidad
tendría una asamblea mafiosa de astros que revela el número ganador a una sola
persona y estafa con números equivocados al resto? ¿No equivaldría, acaso, a
preguntarle la opinión al lotero o a escoger el número al azar? En ese orden de
ideas, el dudoso argumento a favor -de que serán dos millones de estampitas las
que regalarán (o sea muchísimas)-, en realidad constituye un enorme
contrasentido en relación con la ventaja que se pretende conferir a sus
portadores.
Igualmente, el hecho de que
habrá muchos escapularios de la Madre Laura, implicará que, de ser yo un
portador de éste, mi ventaja en –por ejemplo- una entrevista de trabajo se diluiría
en la sopa de otros candidatos devotos de la Madre Laura, que seguramente
también lo portarán y a los cuales me enfrentaré. La otra alternativa, la
extorsión (“si no adquieres el objeto estarás en desventaja frente a los que sí
lo hicieron”), sería la única explicación plausible en un país como este, en el
que, así las cosas, serían mafiosos hasta los santos.
Obviamente, detrás de todo
esto no hay más que una gigantesca operación comercial, apoyada en la
ignorancia y superstición de un gran número de colombianos. De lo contrario, en
armonía con la “gran generosidad” que los periodistas de la emisora atribuyeron
a la cadena de supermercados, y en consonancia con el espíritu desprendido de
la Madre Laura, el presidente de esta última organización habría podido
anunciar que las estampitas se repartirían en las cajas registradoras de una
cadena de supermercados de la competencia. Pero no: el bondadoso presidente de la
cadena de supermercados, con una vocecita de monaguillo de pueblo, aclaró que las
estampitas sólo se repartirán en –vaya sitio piadoso- las cajas registradoras de
sus propios supermercados, a las que, además, habrá que acudir rápido, so pena de
quedarse desamparado en este valle de lágrimas.
Supongo que, aún metiendo el
ínfimo costo de fabricación de las estampitas de cartón, serán muchos los
millones de pesos en utilidades derivados de las ventas oportunistas que harán
las sucursales del supermercado a los fervorosos seguidores de la Madre Laura. Todo,
absolutamente todo, para esas grandes corporaciones, incluso las íntimas supersticiones
religiosas de la gente, termina convertido en el signo pesos.
El despropósito de una santa
que, por el simple hecho de ser paisanos suyos, prefiere a un grupo de personas sobre otro -en
el marco de una religión que presenta a su ser supremo como “un Dios
infinitamente justo”- sería suficiente para que la colosal bellaquería del
supermercado y la emisora fracasara estrepitosamente. Lamentablemente, lo más
probable es que suceda todo lo contrario. El sueño de Kant, acerca del cambio de
una humanidad manipulable e ignorante por otra intelectual e ilustrada, aún
tendrá que esperar un poco. O, a juzgar por los sucesos de Colombia y
Venezuela, tal vez mucho.
Tal como me lo dijo un
pajarito.
@samrosacruz
MAR Y RÍO
Fui otra vez a la Batalla de Flores de los carnavales de
Barranquilla en febrero pasado y era la misma vaina de hace 40 años, cuando fui
la primera vez. Hacía siete años que no iba, pero, salvo tonterías como desde
dónde uno la ve, o cuánto hay que pagar por verla –antes era gratis para todo
el mundo-, el resto es idéntico a hace 40, 100 años: una infusión ciclónica que
te catapulta el ánimo y te pone a ver al mundo -lo que pasó y dejó de pasar en
él- desfilando frente a tus ojos en una bullaranga de disfraces y músicos que
no tiene fin. Y de ron, por supuesto.
Ni siquiera en esta
oportunidad hubo grandes aspavientos por el hecho de que este año se cumplen
200 años desde que se erigió en villa aquella aldea de transición entre las encopetadas
Santa Marta y Cartagena: el origen plebeyo de las Barranquillas de San Nicolás
no da para esas payasadas, a pesar de que, entre sus hijos devotos, haya
payasos como yo que quieran rendirle los homenajes que nunca ha pedido, ni
mucho menos necesitado.
Pero por muy payaso que sea,
no voy a dármelas de romántico de tercera clase pretendiendo que Barranquilla
no contrajo, en mala hora, la maldita enfermedad de los tiros, las puñaladas y
los cretinos. Ahora se anda por ahí con miedo de toparse con un atarván que ni siquiera sospecha el sideral
despropósito de su propia existencia en el reino de la hospitalidad. Ahora los
árabes, los italianos, los alemanes, los gringos, los santandereanos, los
antioqueños, los judíos, y hasta los barranquilleros –que también los hay-
andamos temerosos de que aquí, donde se vive “la perfecta negación del
nacionalismo”, nos sintamos forasteros en una ciudad que amenaza con ser de
nadie pero que en realidad es de todos.
Porque si bien Barranquilla
era protagonista, hace treinta años, de algunos de los crímenes más macabros y
sombríos de que se tengan noticia en la historia nacional –muchas veces,
paradójicamente, en medio de la tromba delirante de los carnavales-, éstos eran, más que el
pan de cada día de hoy, el recordatorio que la vida le hacía a una ciudad feliz
que ella también, como todas las grandes ciudades, era el espejo de la
Babilonia bíblica, condenada a pagar por pecados heredados desde el principio
de los tiempos.
Pero al lado de esos crímenes
estaban los prodigios de La Troja,
con sus bailasolos tirando paso, y su picós a decibeles inverosímiles tocando
la mejor salsa del planeta; del Country
Club, con sus bailarines de culo motorizado siguiendo el ritmo frenético de
Los Vecinos de Nueva York; de las
cumbiambas poniendo a danzar con el balón, en el Romelio Martínez, a los cumbiamberos de “La bruja” Verón, Dida y
Fernando Fiorillo; de la caseta La Clave,
donde cuatro compadres pagaban los ahorros de todo un año por ver a Diomedes Díaz
y naturalizar a Celia Cruz. Y de Shakira, bailando, desde ese entonces, como
una licuadora en el corral infantil de su casa del barrio El Paraíso.
Así era esa Barranquilla,
descendiente de aquella otra Barranquilla –la misma en realidad- que reflejaba
en su espejo favorito –“el vasto horizonte del río grande de la Magdalena”- las
imágenes deslumbrantes construidas por los inmortales del Grupo de
Barranquilla; la misma del “Nene feroz”, que convirtió un granero en el bar más
culto de La Tierra; la del papá de las artes plásticas en Colombia, Alejandro Obregón, con “sus ojos diáfanos de
corsario que hacían suspirar a los maricas del mercado”, la de Julio Mario
Santodomingo, el hijo del fundador de la aviación en América y a la
vez el único escritor que ya era millonario antes de escribir su único cuento. La
de Germán Vargas.
Y,claro, la de Gabriel García
Márquez, el barranquillero más barranquillero de todos, demostrado en el hecho de que no nació aquí, pero que vio la trashumancia de la estatua
del Almirante de la Mar Océana buscando un destino de consuelo en el fragor de
las calles borboritantes de calor; que vio los conciertos de Bellas Artes, los crápulas de la Calle del Crimen, las conferencias de la Sociedad de Mejoras Públicas, los vaporinos llegando a los burdeles
poblados de tortugas y alcaravanes de Pilar Ternera, la temporada de la Fábregas en el teatro Apolo. Que almorzó en el Chop Suey, que comió fritos en La Tiendecita, que se emborrachó a
muerte en Los Almendros, que oyó los
embustes de los cazadores mitómanos de La
Cueva, y que caminó por lo que había sido la Calle Ancha, después el Camellón
Abello, mucho después el Paseo Colón, y ya en su tiempo el Paseo Bolívar. Que se tomó un par de Coca Colas con Don Ramón Vinyes
en un café de la calle de San Blas, que amenazó a uno de sus personajes con ser
atropellado por el trenecito de juguete del muelle marítimo más largo del
mundo.
El mismo Gabo que puso en la
mente del universo, sin mencionarla, a
una ciudad que, quiéranlo o no, terminará por domesticar a las fieras de navaja
y a los políticos parásitos que, por más que traten, nunca la dañarán; una
ciudad que lo único que espera son las brisas que llegan en diciembre; una
ciudad, maestro Gabo, que tiene un mar que no es el de tus cuentos perdidos, y
que tiene un río que no es ese río revuelto de Heráclito que simplemente
transcurre hacia la monotonía de la muerte, sino que es el mismo torrente de
bacanería de siempre, en el que Nelson Pinedo pensó que podía irse pa' La Habana
y no volver más; una ciudad que es la madre que acogió como a un hijo propio a
Joe Arroyo, ese genio insuperable de la música. Una ciudad en la que, como dijo
Alfonso Fuenmayor, el que pegue la primera trompada ya perdió, y en la que, por
lo tanto, la única batalla gloriosa se libra con flores y maicena. Una ciudad
que, a pesar de todo, es la misma de hace 30, 50, 100, 200 años. Una ciudad
hermosa.
Mi Barranquilla hermosa.
jueves, 4 de abril de 2013
ROBIN HOOD ATRAVIESA EL ESPEJO
Se les debe estar haciendo la
boca agua a las grandes farmacéuticas. Obama acaba de anunciar que su gobierno
financiará un proyecto que dibujará el mapa del cerebro humano (Investigación Cerebral mediante
Neurotecnologías Innovadoras de Vanguardia [BRAIN, por sus siglas en inglés]). A
través de la Agencia de Proyectos para la
Investigación en Defensa (DARPA),
de la Fundación Nacional para la
Ciencia, y del Instituto Nacional de Salud (NIH), Estados Unidos invertirá la
bobadita de cien millones de dólares en investigaciones.
Después de equiparar el proyecto con la conquista del espacio,
Obama recordó que otra gesta de esas dimensiones -la decodificación del genoma
humano- trajo increíbles beneficios al país del norte: “Por cada dólar que invertimos
en su momento en hacer el mapa del genoma humano recibimos de vuelta 140 para
nuestra economía”.
Bien. Después de esa mediocre introducción
reporteril de mi parte, llega el turno de preguntar cuántos de esos 140
dólares, que retornaron a la economía estadounidense, fueron a parar al público
en general y cuántos a la caja registradora de las grandes corporaciones
farmacéuticas. Porque, según agudos analistas, de eso se trata el asunto desde
que -durante 40 años- se ha seguido el modelo neoliberal (primero en Estados Unidos
y después –impuesto- en casi todo el mundo): se trata de que sean los
contribuyentes los que financien los estudios, para que sean las grandes
corporaciones las que capitalicen los resultados: la famosa fórmula de
socializar la pérdidas y privatizar las ganancias.
Ese modelo económico, junto con otros
elementos que lo componen, ha recibido el nombre de “plutonomía”; fenómeno por
medio del cual el crecimiento de la economía está “alimentado y consumido en
gran medida por la minoría acaudalada”, en palabras de Noam Chomsky. Plutonomía
que resulta en la -ya proverbial- brecha cada vez mayor entre los súper ricos y
el resto de la población. Porque incluso el hecho de que una creación –en este
caso el plano del cerebro- sea estadounidense, no implica que las enormes
ventas que de allí se deriven beneficiarán con más empleo a trabajadores
gringos, puesto que –para aumentar aún más las ganancias de las grandes
corporaciones- gran parte de esa creación se industrializará en otra parte,
donde los costos sean menores (y desde dónde, después, será comercializada a
precios de monopolio, gracias a los tratados de libre comercio -suscritos a
diestra y siniestra- que blindan las patentes).
No obstante, si bien este proyecto forrará de billetes a unos
pocos, al menos también hará la vida más llevadera a millones de enfermos de
Alzhéimer y a sus familias. Otras iniciativas, en cambio, son más ambiciosas y
–también- mucho más mezquinas. Según Chomsky, el periódico The Wall Street Journal registró hace un tiempo una propuesta
-como una medida desesperada para contrarrestar el calentamiento global- que se
sirve del uso de la “geoingeniería”.
Averigüé que, gracias a esa ciencia,
estaríamos en capacidad de “enfriar” al planeta, utilizando, por ejemplo,
aviones jet que dispersarían químicos en la atmósfera (partículas de sulfatos)
que, a su vez, actuarían como “bloqueadores solares”. Haciendo caso omiso de
los posibles efectos colaterales de tal medida –aumento de casos de cáncer de
piel en humanos, trastornos impredecibles en los ciclos de lluvias-, cabría
preguntarse: ¿cuánto costaría llevar a cabo tan formidable empresa? ¿Quién
pagaría? ¿A quiénes beneficiaría?
No hay que ser un brujo para adivinarlo:
costaría una montaña de dinero; la que seguramente pagarían los contribuyentes
de Estados Unidos y de otros países participantes en el proyecto. Y
beneficiaría, obviamente, a las perversas corporaciones de siempre, que así
podrían seguir sacándole las tripas al planeta para seguir enriqueciéndose (y
para calmar las vanidades arribistas de una población convencida –por esas
mismas corporaciones- de necesitar artículos en su mayoría absolutamente
superfluos).
Lo peor es que, encima de todo, esas mismas
corporaciones sacarán pecho cuando, una vez realizado el gasto grande por el
Estado (por los contribuyentes), se embarquen en el proyecto y se llenen la
boca por medio de estrategias propagandísticas, que las presentarán como las
adalides de la conciencia ecológica planetaria; como las grandes salvadoras de
La Tierra y sus habitantes. “El pirómano ofrece su manguera”, habría dicho
Fernando Savater.
Puse el ejemplo de Estados Unidos, pero, en
realidad, esto ocurre en todo el mundo. La dictadura de las corporaciones ha
convertido al político contemporáneo en un títere, al que, en esta función
específica, le corresponde el papel de un Robin Hood que atraviesa el espejo
–donde todo ocurre al revés- y se dedica a robarle sistemáticamente a los
pobres para darle a los ricos (en Colombia, que no podía estar por fuera de una
situación así, tenemos el aberrante caso de Agro Ingreso Seguro).
Pero, repito, al menos esta vez el truco financiero-comercial,
casi con seguridad, derivará en drogas y tratamientos que harán más llevadera
la vida de millones de seres humanos víctimas de Alzhéimer. Así que en esta
oportunidad le daré el beneficio de la duda a Obama, quien, quizás cansado de
la insensatez surrealista que domina al mundo –o tal vez pensando en su propio
futuro-, pudo haberse conmovido con una reflexión que circula por estos días en
la red, y que se atribuye a J.M. G. Le Clézio -Nobel de literatura 2008–: “En el mundo actual, se está
invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y
silicona para mujeres que en la cura del Alzhéimer. De aquí a algunos años,
tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos
se acordará para que sirven”.
@samrosacruz
EL CUENTO DEL GALLO CAPÓN
Quería contarles hoy el cuento
del gallo capón; aquel cuento caribe en el que el narrador preguntaba a un
grupo que si querían oír el cuento del gallo capón, y cuando la concurrencia
contestaba que sí, él les decía que no les había pedido que dijeran que sí,
sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando la
concurrencia contestaba que no, se repetía la misma fórmula (que él no les
había pedido que dijeran que no, sino que si querían que…). Y así hasta el
infinito. Pero eso lo cuenta mejor García Márquez en Cien años de soledad. Más bien, les cuento este otro
cuento del gallo capón que ha sido la historia de nuestro país desde siempre,
en el que las preguntas se repiten una y otra vez mientras que a quienes las
formulan no les interesan las respuestas, sino imponer un cuento intolerante
que no se termina de contar nunca.
Oía esta mañana una entrevista radial en la
que Juan Guillermo Ríos -aquel famoso presentador de noticias de principios de
los ochentas- recordaba cómo sus pequeños comentarios editoriales -que hacía
entre noticia y noticia- le significaron al noticiero para el cual trabajaba
-por presiones de la Andi, presidida a la sazón por Fabio Echeverri Correa- el
boicot de la clase empresarial colombiana. Las ideas presuntamente izquierdosas
de Ríos no gustaban. Y fue silenciado (se vio obligado a renunciar por
sustracción de materia comercial: le cancelaron la pauta publicitaria). Fue
silenciado tal como lo fue Gaitán treinta años antes que él –ciertamente por
métodos menos diplomáticos-. Y como lo fue Uribe Uribe treinta años antes que
Gaitán. Aquí quien dice lo que no debe, quien da la respuesta equivocada sobre
el gallo capón, simplemente es eliminado. Un par de anécdotas más -sobre el
grupo Grancolombiano, y sobre la revista Semana- redondearon el tema tratado en
la emisora.
Mucho después del asunto Ríos, durante el
largo mandato de Álvaro Uribe (originado en el cambio de “un articulito”,
propuesto por -oh sorpresa- Fabio Echeverri Correa), y por cuenta de la
generación espontánea de ultrapatriotas que se originó en la sublimación
mesiánica del presidente, el fenómeno de la respuesta equivocada alcanzó
incluso al ciudadano común (aún en sus propias esferas sociales, último refugio
de la libertad de expresión). Esos ocho años de histeria nacionalista hicieron
que se “vaciara de sentido” la democracia -para ponerlo en palabras de Umberto
Eco-. Consecuencia, esto último, de “una nueva forma de censura: el silencio o
la reticencia por temor a un linchamiento mediático”. Sí: por aquellas calendas
sólo unos pocos temerarios se atrevían a disentir de lo que Uribe decretara o
declarara: eran los únicos que no caían en el (sigo con Eco) “chantaje moral”;
en el miedo a que el gobierno –o el coro que de éste hacían los medios y los
“patriotas” del común- los reprobase, o los tildase de aliados de los
terroristas.
Y gracias a que no vivió para ver ese manicomio de locos
furiosos en que se convirtió Colombia entre 2002 y 2010, el irreverente Jaime
Garzón es hoy, paradójicamente, reverenciado por todos los colombianos. Sus
irreverencias al Establecimiento y sus ideas -también presuntamente
izquierdosas- tal vez no hubieran caído tan bien durante el Uribato. No
obstante, otros censores más impacientes, y dotados de armas menos sutiles que
un simple boicot comercial, se encargaron de juzgarlo bajo la Omertá colombiana
(mucho más eficaz que la siciliana). Puesto así, Juan Guillermo Ríos salió por
las buenas de su noticiero.
Lo irónico es que esos que censuraron
definitivamente a Garzón –Carlos Castaño y sus secuaces- son los mismos que
protagonizan la serie televisiva que hoy, a partir de la misma intolerancia
mostrada por los jefes paramilitares de la serie, pretendemos silenciar con el
mismo terrorismo comercial que, en este país del gallo capón, calló a Juan
Guillermo Ríos hace treinta años. Y no es que yo defienda la glorificación de
los “malos”, sino que defiendo el sagrado derecho a la libre expresión: si
alguien tiene su particular versión de la historia reciente de nuestro país, no
importa si lo hace de la manera más ramplona posible, debe tener ese derecho de
mostrarla, si quiere, en televisión, sin que la resistencia de quienes
disienten vaya más allá de una torva opinión contraria o del cambio de canal.
Hay, claro, otras consideraciones. Alguien hablaba de la
“revictimización”; de los estigmas; de los familiares aún con vida de las
víctimas y de todo el daño que la serie podría acarrearles. Aún así, no estoy
de acuerdo. Siguiendo esa lógica, no hubiera podido hacerse ninguna de las
miles de películas que, año tras año, desde hace más de medio siglo, han
mostrado el holocausto perpetrado por los nazis (máxime cuando todavía andan
por el mundo familiares de las víctimas e, incluso, víctimas propiamente dichas
de ese horror). Por otro lado, el hecho de que la serie colombiana muestre que
algunas personas fueron asesinadas por sus ideas, y no por actos delictivos,
debería ser, en otro país menos intolerante, un bálsamo de alivio para sus
familiares, y no un estigma. Finalmente, no me imagino en la Alemania actual la
censura de, digamos, La lista de Schindler,
por mucho que allí se muestre a oficiales nazis practicando tiro al blanco con
los prisioneros de los campos de concentración. Supongo que alguna reflexión
quedará de todo eso.
Lo que encontramos aquí en Colombia, en
cambio, es a empresas oportunistas que quieren pasar por dechados de prudencia
y sabiduría retirando la pauta de un programa cuyo contenido –haciendo gala de
un curioso misticismo- no se dignaron a revisar antes. Y, también, a grupos de
indignados de teclado, que, llevados por la moda del momento, y como cotorras
cibernéticas, escriben su indignación en dispositivos fabricados en China,
muchas veces por niños obreros que trabajan en condiciones –prácticamente- de
esclavitud (¿por qué no convocamos, a través de Facebook, una quema general de
I Phones? La indignación quizás no llegue hasta allá).
Repito: no defiendo a la serie. Ni siquiera la veo, porque,
entre otras cosas, detesto las porquerías de producciones colombianas. Pero
ello no implica que promueva –ni apoye- una censura de esas características. A
mí, que odio el reggaetón con toda mi alma, en el colmo de la
desesperación, a veces me encantaría disfrazar a Daddy Yankee de
guerrillero y presentarlo luego como una baja de combate. Pero entonces no
sería yo, sino que sería un criminal con todas sus letras. Y prefiero seguir
aguantándome lo que no me gusta y desahogándome haciendo lo que me gusta:
escribir.
Ahora sí: ¿quieren que les cuente el cuento
del gallo capón?
@samrosacruz
sábado, 16 de marzo de 2013
EL TERCER CHÁVEZ
En la frase final de su crónica sobre Chávez, García Márquez
duda de si habló con el futuro salvador de Venezuela (era enero de 1999) o
simplemente con un déspota más, que se agregaría a la larga lista de déspotas
de la historia. Tal vez no habló con ninguno de los dos. Los déspotas –con contadas
excepciones, que hacen parte de otra lista menos obvia- no son queridos por sus
pueblos. Son temidos y odiados. Y ese no fue (por lo menos en un grueso sector
popular) el caso de Chávez: la marea humana de sus funerales lo confirma.
Por otro lado, tampoco fue el salvador de
Venezuela, así el supuesto (supuesto por él mismo) sucesor de García Márquez,
en dos artículos recientes, se haya empeñado en tratar de convencernos de
tamaño despropósito.
Entre las curiosas defensas que William
Ospina hace de Chávez, figura una en la que resalta su carácter pacífico
-basada en el hecho de que su frustrado intento por acceder al poder mediante
métodos violentos le permitió, después, un ascenso regular en las urnas-. Lo
que, sin duda, pasa por alto el agudo análisis de Ospina, es que tal
circunstancia se debió principalmente a la mala fortuna, más no a dudosas
convicciones pacifistas del coronel golpista. A renglón seguido, Ospina
disculpa el hecho de que Chávez no haya “sembrado el petróleo” (que no haya
invertido en desarrollo las descomunales ganancias de la venta del crudo
durante sus catorce años de mandato –dilapidadas en paternalismos y quijotescas
empresas-), con el argumento de que la antigua clase política tampoco lo hizo
durante cincuenta años. Sin mencionar que el precio del petróleo se multiplicó
por diez, justo cuando Chávez llegó al poder, no hay que ser un genio para
saber que una política mala no pasa a ser buena por el simple hecho de que haya
otras peores: la industria venezolana, de todos modos, está en ruinas. Igual
reflexión puede hacerse en otra de las “defensas” que Ospina hace de Chávez: le
celebra nada menos que, contrario a la traición de Francia y Gran Bretaña, haya
permanecido fiel -hasta la muerte- en su amistad con el genocida de Gadafi.
Finalmente, con la afirmación de que Chávez incorporó al pueblo a la “leyenda
nacional”, y de que ganó muchas elecciones, lo gradúa de fundador de la
“democracia del siglo XXI”.
Qué falacia monumental.
Confraternizar con el pueblo y ganar
elecciones no son condiciones suficientes para calificar de demócrata a nadie.
Ni siquiera dichas condiciones, forzosamente, hacen mejores sociedades.
Adelantándome a la ley de Godwin, que suele darse más que todo en los foros de
abajo, me permito recordar que lo mismo puede decirse de nadie más y de nada
menos que de Hitler y del partido Nazi.
Pero esa no es la única coincidencia entre Hitler y Chávez,
quien, a manera de insulto, tachaba de fascistas a sus adversarios. Despachando
rápidamente los hechos circunstanciales de que los dos –militares y
carismáticos ellos-, fueron encarcelados por golpes de Estado malogrados, de su
permanente invocación a próceres de la “patria” y a momentos mejores de “sus”
gloriosas naciones (Bismarck y el Reich el uno; Bolívar y laGran Colombia el otro), y de la condescendencia que
mostraban con la gran masa, al hablarles en una jerga de no iniciados sobre los
grandes problemas de la “patria”, descontando eso, es posible advertir otras
similitudes mucho más inquietantes.
El odio a los intrusos, la segregación, y
los chivos expiatorios (elementos tan característicos de los regímenes
fascistas), son unas de ellas. Para no hablar del compartido antisemitismo
entre ambos (“Maldito seas, Estado de Israel”, vociferó Chávez en una ocasión),
recordemos que Chávez no desperdiciaba la oportunidad para satanizar a sus
principales clientes, los estadounidenses. De hecho, Maduro, su heredero, acaba
de emularlo, expulsando, él también, a los representantes diplomáticos de
Estados Unidos, con la risible excusa del complot de la enfermedad de Chávez.
El “complot” -dicho sea de paso- es otro de
los recursos predilectos de los fascistas para enardecer –y así controlar- a
las masas: Hitler veía uno colosal en el gran capital internacional. Chávez
también. Y probablemente haya sido cierto. Pero, el hecho de que así haya sido
(recordemos que el hecho ser paranoico no implica la ausencia de persecución),
no justifica la infame manipulación.
No sé si, a esta alturas, sea necesario
mencionar las arbitrariedades, las expropiaciones, el amordazamiento a la
prensa, la perpetuación en el poder, la constante invocación de la “patria”
como aglutinante contra los “traidores”, el nacionalismo, la obsesión por
conformar una gran nación (en el caso de Chávez, de una gran América Latina,
pero mangoneada por él y por su poderosa chequera), el culto al heroísmo y la
muerte (lástima que se embolató el embalsamamiento de Chávez), y otras
sutilezas por el estilo, que también compartieron ideológica y ejecutivamente.
Capítulo aparte merece el hábil manejo que de los medios masivos
de comunicación hicieron, y que tanto los favoreció. La “dictadura mediática”,
como bien lo definió Umberto Eco (“…para dar un golpe de Estado ha dejado de
ser necesario formar los tanques, basta con ocupar las estaciones
radiotelevisivas…”), fue una de las claves del régimen de Chávez después de su
fracaso golpista. La preponderancia de la TV sobre los periódicos en la opinión
de la gran masa –que acertadamente ha observado Eco en sus estudios acerca de
tendencias contemporáneas-, fue olfateada astutamente por Chávez; con lo cual,
sólo le bastaba con hacer sus shows de canto y repartijas en los interminables Aló Presidente para
garantizar su carácter mesiánico (Maduro, por cierto, acaba de tomarse el canal
televisivoGlobovisión,
último bastión opositor).
Una verdadera democracia –del siglo XXI, o de cualquier otro- no
se hace así. Se hace con el cumplimiento de unas leyes de corte social,
progresista y respetuoso e incluyente de todas las otredades que componen a
cualquier sociedad. Unas leyes que midan con el mismo rasero a todo el mundo.
Unas leyes que garanticen poder disentir del Establishment y ejercer una total libertad de
prensa.
La muerte prematura de Chávez no lo
absuelve de sus responsabilidades; ni, mucho menos, lo hace un santo (¿y si
Hitler hubiese muerto de un difuso cáncer de cadera en 1939, antes de la
invasión a Polonia?). La muerte prematura de Chávez no lo hace nada. Lo que lo
hizo algo fueron sus acciones, tan alejadas de las de un salvador como de las
de un déspota más. Él no fue un déspota más (como Hitler tampoco lo fue). Él
fue el tercer Chávez; el que no estuvo con los otros dos Chávez que hablaron
con García Márquez en el avión. El Chávez adorado por gran parte de su pueblo,
a costa de la descarada vulneración de los derechos de la otra parte: el Chávez
fascista.
Disgústele a quien le disguste.
@samrosacruz
EL CORONEL EN SU LABERINTO
Muere Chávez y empieza la rebatiña por el poder. Por el poder y
por el gran billetón que está en juego: nada menos que el enorme presupuesto
nacional venezolano, alimentado por el barril sin fondo de PDVSA: los
petrobolos. Pero no es precisamente la oposición venezolana –sumida en un
resignado silencio frente a la colosal demostración de popularidad del caudillo
fallecido- la principal protagonista de las intrigas, sino el chavismo
sobreviviente; sus luchas intestinas por arrancar, mientras llegan las nuevas
elecciones que ordena la constitución, cada cual un pedazo más grande del
aceitoso pastel; su maquiavélica lucha por continuar detentando, después de las
elecciones, el cuchillo que corta y reparte.
Y para eso se han valido de todo.
Aprovechando la naturaleza de la masa –que mientras más numerosa más
ignorante-, han hecho correr la especie de que un enigmático complot
internacional de opositores es la causa última de la muerte de Chávez. Y lo han
hecho –coincidencialmente- horas antes de reconocer oficialmente el deceso del
presidente. La inoculación a control remoto del cáncer etéreo que padeció el
coronel fue la mejor ocurrencia que tuvo el equipo de estrategas del chavismo,
convencido, como está, de que su trabajo no merece grandes esfuerzos, puesto
que una turba, inculta hasta lo medieval, es capaz de tragarse cualquier
historia. Como efectivamente sucedió.
Al incluir en la conspiración al Satanás
norteamericano, apelaron a la alta autoridad del nacionalismo –sacrosanta para
todo buen colombiano, pero también importante para el venezolano del común-; y
con ello garantizaron que apareciera en escena el no tan pequeño borrego que
todos llevamos dentro. Los gritos, los berridos, las consignas y la demente
feria de manifestaciones en las redes sociales -que ha desatado la luctuosa
noticia-, no han pasado de ser un monumento al disparate. Maduro y sus
secuaces, mientras tanto, ni siquiera se molestan en aclarar a qué se referían
con sus gaseosas afirmaciones, apenas sugeridas por el propio Chávez tiempo
atrás (ah, las delicias de gobernar una república donde el petróleo se
encuentra debajo de cualquier mata de banano).
Y mientras la piñata pública la rompen a
palazo limpio Maduro y Diosdado, supongo que la privada –la fortuna personal de
Hugo Chávez, que algunos medios estiman en la bicoca de dos mil millones de
dólares- debe ser objeto de garrotazos no menos salvajes por parte de su
familia, incluyendo a la joyita de su hermano: la humanidad es así, qué se le
va a hacer.
A todas estas, Chávez, quién ya en la caja negra creo que más
nada se lleve, seguramente, al presentir ayer la prisa sin corazón del reloj
desbocado hacia la cita ineluctable del 5 de marzo a las cuatro y veinticinco
minutos de su tarde final, y mientras sus deudos se repartían sus rojos ropajes
y sus caudalosos bienes, debió pensar que el poder para qué, si el único para
qué que al final importa es la vida misma: “no quiero morir, por favor no me dejen morir”, fueron
las últimas palabras silenciosas del comandante supremo, ante cuyas órdenes
inapelables se rebelaron las insolentes, indomables, células malignas.
Él, quien, al contrario de Simón Bolívar, su mentor, su luz
tutelar, sí tenía la felicidad de creer en la vida del otro mundo (“Sigo aferrado a Cristo y
confiado en mis médicos y enfermeras. ¡Hasta la victoria siempre! ¡Viviremos y
venceremos!“, fue el último trino en la vida de @chavezcandanga),
de todos modos debió preguntarse, tal como el Libertador, en la clarividencia
de sus vísperas, que ¡carajos!, que cómo voy a salir de este laberinto.
Porque seguramente, como a todos nos pasará
en nuestros propios laberintos, se encontró en los interminables vericuetos a
Carlos Andrés Pérez; a George Bush, con su característico olor a azufre; a
Álvaro Uribe, a Fidel Castro, a Rafael Correa, a su nuevo mejor amigo, al Imperio
del Mal, a Henrique Capriles, a la victoria de mierda de los otros, a la
victoria de mierda de él mismo, a las masas manipuladas, al líder embalsamado,
a Marx, a Lenin; a Obama, que buscaba votos atacándolo a él; a él, que busca
votos atacando a Obama; a Mr. Danger, al burro. Y en ese momento tal vez se dio
cuenta, como también todos nosotros nos daremos cuenta algún día, de que nada
de eso importa; de que después de estar lidiando con tantas mezquindades y
odios en la vida, con tantas maquinaciones de dinero y poder, con tantos
nacionalismos y partidismos estúpidos, lo más valioso que tendremos al final
serán los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los
siglos, volverá a repetirse.
@samrosacruz
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