sábado, 28 de julio de 2012

LECCIONES DEPORTIVAS DE KAZAJISTÁN PARA BENEFICIO DE LA GLORIOSA NACIÓN DE COLOMBIA


Ahora resulta que, según la revista Semana, el ciclista colombiano Rigoberto Urán “toca la gloria en Londres”; y “consiguió una hazaña histórica para el país”. Otros medios hablan de “proeza” para referirse a la obtención de la medalla de plata, por parte del deportista, en la modalidadciclismo en ruta en el marco de los Juegos Olímpicos 2012. Algunos periodistas más, especialistas en fabricar estrellas en un parpadeo, entrevistan a celebridades recién salidas del horno, como la madre y la hermana del ciclista, quienes nos sorprenden con las revelaciones de que se pusieron contentas con el triunfo de su familiar, de que él quería ganar, además de confiarnos la hora en la que se acostaron la noche anterior a la carrera.

El presidente Santos, a su turno, festeja exultante (“¡qué maravilla!”) el hecho de que Urán llegó de segundo (es decir, que perdió; pero con Santos estamos acostumbrados a que casi lograr algo -y fracasar en el intento- sea presentado como un triunfo demoledor). Noticieros de televisión, a menos de 24 horas de haberse inaugurado los juegos, destacan en medio de una gritería altisonante que Colombia ocupa uno de los diez primeros puestos en el cuadro de medallas. Caravanas  de perturbados mentales interrumpen la paz del sábado en la mañana con una ruidosa pitadera, mientras blanden orgullosos el pabellón nacional.
Tal es el ambiente que se vive hoy en todo el territorio nacional: orgullo patrio; exaltación de la raza superior colombiana, de la malicia indígena, de la verraquera, del trabajo duro que nos caracteriza, de la “enjundia”, como diría Pacho Maturana. Curiosa manera de reaccionar ante el evento de ganar una medalla de plata olímpica; evento que ya se ha dado varias veces antes y que, de hecho, fue superado cuando María Isabel Urrutia se hizo con la de oro en una competición anterior. Pero mucho más extraño es que la actuación del ciclista sea calificada de “proeza” y de “hazaña” por el mismo medio de comunicación que nos informa que el tipo tuvo un descuido y, por eso, estropeó la victoria.

Esa pasión por festejar histéricamente insignificantes triunfos morales (hemos ganado sólo una de alrededor de 900 medallas que se repartirán en las justas londinenses; y de todos modos ni siquiera es de oro), de celebrar nuestra legendaria pasión por ser segundones, me recuerda al falso documental Borat. En éste, la nación de Kazajistán envía a Estados Unidos, no a su mejor periodista, sino a su segundo mejor periodista, con el fin de que recabe información acerca del modo de vida americano. Dicha información, según el plan, redundará en el incremento en la calidad de vida de los habitantes del anónimo país. Pero lo que nos presenta la cinta en realidad, a través de un humor de pésimo gusto, pero no carente de sarcasmo, son las contradicciones y estupideces de los gringos, que se creen superiores en todos los campos, especialmente frente a repúblicas, según ellos, bárbaras.

Así nosotros, que nos ufanamos ahora de exigentes frente a las gestiones de los funcionarios públicos,  que nos indignamos con tanta facilidad en las redes sociales, y que, además, nos creemos superiores a todo el mundo (por misteriosas razones), aplaudimos a rabiar la mediocridad cuando rozamos el éxito con remedos de heroicidades, con logros de pacotilla. Esas actitudes conformistas las leen  con meridiana claridad los bribones que nos gobiernan. Y por eso nos enrostran el simple cumplimiento del deber como una gesta épica. Y exactamente así lo asimilamos: un funcionario que no saquee al erario público es, automáticamente, considerado un héroe. Llegamos incluso al colmo de que si el funcionario cumple bien sólo una de sus funciones, pero incumple clamorosamente las demás, lo consideramos un ejemplo; o díganme si ese no es el caso que estamos viviendo con el actual procurador.
Pero lo más irónico de todo es que fue precisamente a manos del ignoto Kazajistán (Colombia al menos es famosa mundialmente por la ilegalidad de algunas de sus exportaciones y por la brutalidad de sus ciudadanos) que perdimos la medalla de oro (“perdimos”: ya caí yo también en la trampa). Ignoro si en Kazajistán se paralizó el país porque Alexandr Vinokourov ganó la medalla de oro. Sospecho que ni de cerca pasó algo parecido, pero no puedo comprobarlo; primero porque no conozco el nombre de ningún periódico kazajo para investigarlo; y segundo, y más importante, porque no entiendo ni ruso ni kazajo, los dos idiomas predominantes en ese país.
Con todo, de haber ocurrido, no sería tan estúpido como el caso nuestro: además de que ellos sí ganaron la competencia -y se hicieron con la medalla de oro- cuentan con escasamente la tercera parte de la población de la que disponemos aquí. Lo anterior, unido al hecho de que en su corta historia reciente como nación (declaró su independencia apenas en 1991), y habiendo participado solamente en cinco olimpiadas, en las que ha conseguido ganar cuarenta medallas olímpicas (diez de ellas de oro), hace que las doce medallas de Colombia (una sola dorada), en diecinueve participaciones, se vean ridículamente paupérrimas.
Creo que esta memorable colección de victorias de hojalata y de glorias de relumbrón -que es Colombia- tiene mucho que aprenderle a la modesta, pero eficiente (al menos en materia olímpica), nación de Kazajistán. Brincamos en una pata, como si fuera la gran vaina, nuestra posición en el cuadro de medallas -cuando apenas se ha disputado el 1% de las competencias programadas- pero olvidamos aclarar que arriba de nosotros no sólo está la milenaria  China, sino también Kazajistán -¡Kazajistán!-.
Apaga y vámonos.

@samrosacruz

domingo, 8 de julio de 2012

LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO


“Es mejor ser rico que ser pobre”, Pambelé. “Es mejor ser rico que ser pobre”, Julio Mario Santo Domingo. No es difícil advertir el contraste que marca el hecho de que a veces no es lo que se diga, sino quién lo dice. Y cómo lo haga. Pero no me voy a centrar exclusivamente en la columna de una flaca ofendiendo a unas gordas; ni a la paupérrima defensa que de la columna hizo su autora, plagada de contradicciones e incongruencias [“…no hubo nadie que se riera más de verse metamorfoseada, (…) que yo…” decía, al final de la entrevista radial que concedió, refiriéndose a los tiempos en que subió 19 kilos. “Ay, dios mío, yo cuando voy a recuperar mi figura” era la descripción que hacía de lo que ella veía como su desgraciado descenso a los infiernos de la obesidad, al principio de la misma entrevista. Curiosa manera de reírse de sí misma. Pero, bueno, esas ambigüedades pueden darse en un contexto en el que puede existir una flaca tan pesada]. Voy a tratar, más bien, de establecer por qué una superficialidad tal ocupa tanto tiempo y espacio en la mente de todo un país.  Y en esa labor me voy a servir del magnífico ensayo de Vargas Llosa: La Civilización del Espectáculo.

Lo primero es que todos somos sobornados a comulgar en el “altar del espectáculo”. Y empiezo por mí. En este momento me dispongo a alimentarme –y a regurgitar sobre los lectores- del cuerpo herido de una figura pública; es eso que el profesor Andrew Oitke ha llamado “cadáveres de reputaciones”, que es uno de los alimentos que componen la dieta intelectual de nuestros días: hamburguesas de conocimiento, donuts de información. El amarillismo, el escándalo, el sensacionalismo, priman sobre las ideas profundas.  Y eso es lo que la gente occidental contemporánea quiere oír, leer y ver. Y lo que los generadores de información y conocimiento deben proveer en alguna medida, so pena de “dirigirse sólo a fantasmas” como bien dice Vargas Llosa en su ensayo. En mi mínima defensa alego la intención de abordar este tipo de temas desde una perspectiva más profunda, que invariablemente me la proporcionan verdaderos intelectuales y pensadores, como, en este caso, Vargas Llosa: sólo cumplo el papel de asociar temas e ideas, alternando, además  -o pretendiendo hacerlo-, entre lo frívolo y lo profundo.

Y ese, justamente, parece ser el problema: la casi nula pluralidad en la naturaleza de los temas tratados en los medios de comunicación o practicados en la vida intelectual de las civilizaciones actuales; la colombiana, para nuestro caso de hoy. Aparte del hecho de que estemos pendientes, como buitres, de los primeros estertores de alguna figura pública para caer sobre ella, cabría preguntarse por qué una persona que escribe unas opiniones tan mediocres y estúpidas, como la autora de la columna, es considerada una líder de opinión en sectores tan amplios de nuestra sociedad. Lo cual, por otra parte, y remedando una frase del ensayo, no habla mal de ella, sino mal del país.

La crisis de la cultura (no entendida en su acepción antropológica) de la que habla Vargas Llosa hace que fanfarrones y embaucadores pasen como artistas; que en lugar de que los pretendidos gurús de la cultura actual intenten ofrecernos soluciones a los grandes enigmas de la vida nos carameleen con tonterías lúdicas que son pensadas para ser consumidas y desechadas, “como las gaseosas y los jabones”. Discúlpenme que cite tanto hoy, pero díganme si las siguientes ideas de La Civilización del Espectáculo no describen inmejorablemente la columna del escándalo; o, si vamos más allá, toda la actividad profesional de su autora, incluyendo su -a estas alturas- obviamente famoso show de stand-up comedy (uno de los muchos shows que, dicho sea de paso, “dan la impresión cómoda al espectador, de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con el mínimo esfuerzo intelectual”).

Aquí las citas: “…un tiempo (este) en el que el juego y la bravata, el gesto provocador y despojado de sentido, bastan a veces, con la complicidad de las mafias que controlan el mercado del arte y los críticos cómplices o papanatas, para coronar falsos prestigios, confiriendo el estatuto de artistas a grandes ilusionistas que ocultan su indigencia y su vacío detrás del embeleco y la supuesta insolencia.” (…) “…en nuestros días, en que lo que se espera de los artistas no es el talento, ni la destreza, sino la bravata y el desplante.” (…) “Lo que era antes revolucionario se ha vuelto moda, pasatiempo, juego, un ácido sutil que desnaturaliza el quehacer artístico…”

 El temor suscitado, y ampliamente debatido en emisoras radiales, programas televisivos, prensa escrita y redes sociales, de que algunas jóvenes aquejadas de obesidad sean víctimas de elementos externos, como el bullying, o internos, como la anorexia o la bulimia, radica precisamente en que las jóvenes, gordas o flacas, leen exclusivamente esas tonterías, como la columna afrentosa que nos ocupa hoy.  Si al mismo tiempo leyeran, por ejemplo, a Sartre y a Camus (porque, como bien dice Vargas llosa, no se trata –ni más faltaba- de desterrar el entretenimiento de la vida de nadie), si se inscribiesen simultáneamente en una cultura de la reflexión, del análisis, todos ellos, los menos favorecidos con el esquema social actual, serían menos vulnerables; y tendrían más herramientas para enfrentar la tiranía de los irreverentes del matoneo; o de los extremistas de la corrección (esas ambigüedades, esos extremos, lejos de ser la lógica excepción, son la asombrosa regla).

Finalmente, a ti, a la autora de una columna que no es otra cosa que una larga lista de insultos, y que, por otra parte, según informó en su cuenta de facebook el reputado cronista Alberto Salcedo Ramos, parece ser un plagio (se llega al colmo del descaro y la displicencia, en nuestros días, de fusilar estupideces), me he cuidado a lo largo de toda esta columna de agraviarte directamente; estaría cayendo –una vez más, como tantas otras veces me ha sucedido- en la misma trampa, en el mismo soborno que mencionaba arriba. Sólo que, por algún motivo, tu imagen física la asemejo a tu capacidad intelectual; y me recuerda –tu imagen intelectual, no vaya y sea que me linchen las flacas- aquella canción cubana interpretada magistralmente por el Trío Matamoros: “Buche y pluma na’ más”

Y eso eres tú.


@samrosacruz

jueves, 5 de julio de 2012

MEMORIAS DE UN BEBEDOR EN EJERCICIO


Lo que faltaba: gota. Sucedió hace unas tres semanas, cuando me despertó un intenso dolor en el pie derecho. Mi papá, un médico retirado, al ver mis rencos desplazamientos por su casa -adonde había ido de visita por esos días-, no dudó un instante en diagnosticarme un ataque agudo de gota: al dolor de tortura medieval lo acompañaba la hinchazón y enrojecimiento de la zona afectada (que, por lo demás, se trataba del sitio clásico del 90% de primeros ataques de gota: la primera metatarso-falángica del pie).

A pesar de mi posición escéptica contra todo tipo de superstición, en estos casos médicos he estado tentado a temer por una conspiración astral contra el inofensivo hecho de que disfrute de uno de los placeres más grandes del mundo: tomar un trago (o dos, o muchos).
Todo empezó en el colegio, en quinto de bachillerato; una mañana, durante el segundo recreo, empecé a ver por el rabillo del ojo unas figuras extrañas, vaporosas, que paulatinamente iban aumentando y se iban desplazando hacia el centro de visión, hasta hacer difícil el simple acto de leer o detallar algún objeto. Inmediatamente después me atacó un atroz dolor de cabeza, que me convenció, a la sazón, de lo poco imaginativo que resultaba Dante en su descripción de los nueve círculos del infierno. Jaqueca o migraña fue el diagnóstico.

En aquel momento, con las primeras prohibiciones, entré al aburrido mundo de los adultos: la pizza, los quesos, los chocolates, los helados, las coca-colas, los cheetos estarían, en adelante, vedados.  Y también el vino tinto. Aunque un adolescente colombiano de 1984 no era propiamente un bebedor de vino tinto (y yo no era la excepción), la mera prohibición me dejaba un pequeño sinsabor, que no hacía sino aumentar el enorme sinsabor que me dejaban las demás prohibiciones a esas otras exquisitas muestras de sibaritismo adolescente.

Afortunadamente decidí, como buen adolescente colombiano de 1984, desobedecer olímpicamente las recomendaciones médicas, con la consecuencia de que los repetidos ataques iniciales se hicieron cada vez más esporádicos: ahora sólo los sufro muy raramente, se limitan a la primera parte del acceso (sólo la sicodélica visión de las figuras fantasmales, sin el subsiguiente dolor), y sin relación alguna con el consumo de los alimentos contraindicados.
Años después vino la segunda embestida prohibicionista.  Después de sufrir frecuentes dolores estomacales en la oficina, me remitieron a la clínica Santa Fe, donde, una vez sometido a los más indignos procedimientos (deambular de una dependencia a otra con mis vergüenzas apenas cubiertas, para después culminar en una camilla metálica donde me practicaron una humillante lavativa con un líquido rosado), me diagnosticaron colon irritable: “se trata de una enfermedad incurable, señor Rosales, y la única forma de prevenir futuros malestares es con una estricta dieta, así que evite el consumo de los siguientes alimentos”. Y ahí me dispararon un régimen alimenticio que excluía el 99% de los alimentos disponibles en el planeta Tierra: legumbres secas, charcutería, melón, plátano, pescados grasos, café con leche, pan, caldos, frituras, mantequilla, gaseosas, pimienta, huevos…Hasta mascar chicle (pocas veces en mi vida he visto una lista más exhaustiva). Y, por supuesto, alcohol.

Esta vez me sacó del apuro la mediocridad que un empleado oficial, como lo era yo entonces, fácilmente traslada del trabajo a la obediencia de las prescripciones médicas: dos semanas después del diagnóstico mi cuñado y yo inaugurábamos una temporada de vacaciones en la que protagonizamos innúmeras bacanales dionisíacas, además de pantagruélicas jornadas en cuanto restaurante se cruzaba en nuestro camino. ¿Resultado?: los malestares abdominales desaparecieron como por ensalmo; y desde entonces nunca he vuelto a tener una crisis como la padecida en la oficina.
No obstante, la enófoba conspiración sideral me reservaba un embate demoledor: el corazón. A finales de 2004, después de una parranda babilónica de dos días, tuve la brillante idea de jugar un partido de fútbol 5 en el sofocante calor de las dos de la tarde de Barranquilla. Después de un pique por la punta derecha empecé a sentirme extraño; los latidos del corazón cobraron una presencia sobrenatural: podía sentirlos claramente, sin necesidad de tocarme el pecho, y su irregularidad era evidente. Volé a la clínica donde, después del aspavientoso recibimiento de un médico novato, terminé en la unidad de cuidados intensivos.

Tres días de chequeos más tarde, y con un diagnóstico de fribrilación auricular bajo el brazo, me enfrenté a la inminente realidad abstémica, encarnada en un cardiólogo de ascendencia árabe: “señor Rosales, usted no debe tomar más de un trago por día.  De hecho le aconsejo que se acostumbre a tomar cervezas sin alcohol”. Habrase visto semejante estupidez: cerveza sin alcohol. En ese momento recordé la aclaración que le hizo un caballero de mediana edad a su novia mucho más joven, cuando ésta, mientras los dos se tostaban al sol en la piscina del hotel Santa Clara de Cartagena, pidió una piña colada sin alcohol: “tú lo que quieres es un jugo de piña de treinta mil pesos”, le dijo.

Tuve, entonces, que recurrir al viejo truco que consiste en recorrer médicos y médicos hasta dar con el que diga lo que uno quiere oír. Así fue como atiné con un cardiólogo que me autorizó a tomar un número de tragos razonable por noche. Con la aquiescencia de mi nuevo compinche empecé a explorar el campo minado de los convalecientes del corazón.  Al principio me limitaba a cuatro tragos por noche. No pasó mucho tiempo para que incrementara esa cantidad al doble. Y no alcanzaron a transcurrir tres meses antes de que tuviera la borrachera más feroz que han visto mis cuarenta y cuatro años de existencia.  Al otro día, sin embargo, y en contravía de las terroristas advertencias del galeno fundamentalista, mi corazón latía con la regularidad de un reloj atómico.
Casi ocho años, incontables borracheras, y cero arritmias después vino el asunto de la gota. El reumatólogo, desde el principio, embistió con la furia de un toro de lidia: eliminar el trago, las carnes rojas, los mariscos, los pescados azules (en realidad las proteínas en general), además de algunos vegetales: coliflor, espinaca, garbanzos… (¿Han notado que, de seguir los consejos médicos, a estas alturas mi única alternativa alimenticia consistiría en unirme al primer hato de ganado que viera y acompañar a las vacas en la monótona actividad de rumiar durante todo el santo día un enorme bolo de hierba?).

Nunca en toda mi vida he oído palabras con mayor indiferencia como se las escuché a aquel reumatólogo. Lo de la gota era la gota que amenazaba con rebosar la copa de mi paciencia sanitaria, por lo que decidí tomármela fondo blanco. De modo que, sin los prudentes rodeos acostumbrados, salí del consultorio del despótico especialista directamente al restaurante de rodizio a atiborrarme de carne de res y vino tinto.

Espero que, con todas esas abundantes demostraciones de perseverancia y tenacidad espirituosas, les quede claro a los astros que su aburrido complot de sobriedad me tiene sin cuidado.

RED SOCIAL


Perdónenme que insista, pero es que este gobierno es una farsa. Así lo dejé entrever en una de mis columnas anteriores, en la que expresé mis reservas acerca de los reales alcances y  motivaciones de Santos Calderón, si bien al mismo tiempo reconocía un enfoque equilibrado acerca del conflicto interno dado por su gobierno. El aparente contrasentido se explica en el hecho de que, en mi opinión, al presidente lo único que lo mueve es su obsesión con hacerse a una página privilegiada en los libros de historia patria. Puede que el hecho de pertenecer a la familia más poderosa del país lo rete a ser algo más que un simple presidente de la república, y eso hace que busque, a como dé lugar, ser el gestor de un hecho trascendental en la historia colombiana. El inconveniente radica en que esa búsqueda está sustentada en una megalomanía maquiavélica, bastante lejana del desinteresado sacrificio de sus admirados Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill.
El estratégico equilibrio entre ofensiva militar y puerta abierta al diálogo es, además de una oportunidad legada por la terquedad del gobierno anterior -que no aprovechó el debilitamiento militar de la guerrilla para proponer una salida negociada-, sin duda fruto de una acertada asesoría y es, también, probablemente el único camino hacia la resolución del conflicto. La ley de restitución de tierras constituye otro hito en la reivindicación de derechos de los oprimidos. Las cien mil casas de regalo se revela como la política social más ambiciosa de la historia reciente de Colombia. Y así… El problema es que todas esas iniciativas parecen concebidas como simples golpes mediáticos, y no como verdaderas soluciones al mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos.
Ninguna de las tres iniciativas mencionadas anteriormente ha mostrado un avance significativo –o algún avance, si somos más estrictos-, y todo parece hacer parte de un gran montaje mediático. De hecho, los reveses del gobierno actual son manejados de igual manera. Digo reveses para no hablar de sinvergüencerías; diferentes escándalos siguen un patrón repetitivo; parecen calcados: cuando se intentó gravar con IVA algunos productos de la canasta familiar, el presidente se hallaba convenientemente lejos (por allá en China, creo) y, una vez estalló el escándalo, volvió apresuradamente a condenar la medida y hacer saltar –en medio de la más descarada pirotecnia mediática- a unos cuantos fusibles burocráticos de menor orden.

Hoy, cuando se aprobó la grotesca reforma a la justicia, y casualmente se encontraba de nuevo por fuera (en Brasil esta vez), regresó precipitadamente a ofrecer una alocución en la que censuraba la nueva ley, confeccionada –según dio a entender- a sus espaldas (Y, de ser así, ¿qué clase de timonel sería ese que no bien da media vuelta cuando sus propios ministros le desobedecen? Por otro lado, ¿saltarán los tacos de Esguerra y Renjifo, o las incongruencias del presidente nos demostrarán que existe algo infinito además de la estupidez humana?).
Paradójicamente son los mismos medios los procuradores que han destapado las farsas de estos últimos dos años. Pero no hablo de diarios nacionales ni noticieros de televisión; hablo de los nuevos medios: las redes sociales Twitter y Facebook ya han demostrado que su capacidad de convocatoria –derivada de su inmediatez y carácter democrático- llega al extremo de desestabilizar gobiernos; e incluso tumbarlos. El efecto bola de nieve de estas herramientas mediáticas hace que simples observadores, sin más capital que su número de seguidores –dispuestos a replicar en un efecto dominó sus denuncias – se conviertan en los mejores fiscales de, por ejemplo, congresistas que quieren devolvernos a tiempos de Pablo Escobar, cuando peligrosos asesinos se pavoneaban con sus delitos a cuestas gracias a la inmunidad parlamentaria que hoy se pretende revivir.

Ahora, cuando Twitter y Facebook destaparon la olla podrida, la jaula de orangutanes de la reforma, resulta que nadie tuvo la culpa. Los altos dirigentes marcan los estilos de sus organizaciones; y el nuevo estilo de los dirigentes del país es el mismo que ha rubricado Santos Calderón: indignación hacia sus propias acciones y transferencia de culpas a espectrales culpables; así lo hizo Juan Lozano, el presidente del partido de La U con el asunto de Merlano; así lo acaba de hacer Simón Gaviria, presidente del partido Liberal, justificando, además, su firma al texto de la reforma en el hecho de no haberlo leído (es para reírse a carcajadas, por su cinismo o por su irresponsabilidad e incompetencia). Y eso sucede porque así lo hace Santos siempre. No quiero ni pensar en que lleguemos a añorar el anterior estilo, el de las bravuconadas, el de “esto es así y punto”; al menos era más honesto, aún en medio del mar de corrupción en que navegaba.

Es irónico que -como nos lo muestra el director David Fincher en su excelente película Red Social- la aventura fortuita de un adolescente borracho (Facebook) haya derivado en una poderosa herramienta de denuncia social, cuyo éxito, además de ser un acontecimiento empresarial de antología, engendró esa otra más poderosa herramienta llamada Twitter, mientras que la ambiciosa empresa política de un potentado aristócrata está a punto de naufragar en un océano de pifias, desaciertos, mentiras, frivolidades, crímenes y mezquindades.

A los dos, a Santos y a Zuckerberg –el creador de Facebook-, los movía lo mismo: la vanidad, el ego. Pero una cosa es que un arrebato vanidoso ayude a hacer más entretenida la vida de ochocientas millones de personas, y otra que muy diferente que hunda a cuarenta y cinco millones en la desesperanza y la miseria.

Santos de todos modos superó sus propias expectativas: no puso a chillar solamente a los ricos, sino que puso a chillar a todo el país, con excepción de los bandidos que firmaron la infame reforma a la justicia. Y, muy a su pesar, no sólo está a años luz de las leyendas de Churchill y Roosevelt, sino que ni siquiera le alcanza para llevar a feliz término la sucia maniobra de Kissinger, según la cual, para solucionar un problema primero hay que crearlo: este señor no engaña a nadie con sus discursos indignados y sus trinos oportunistas ; y cada día se hunde más, junto con su gobierno, en un pantano de frivolidad e incompetencia.
El tiempo no se detiene. Twitter tampoco.

lunes, 18 de junio de 2012

EL ABOGADO DEL DIABLO


Hoy a mi parte optimista le toca hacer de abogado del diablo en favor de Juan Manuel Santos (y en contra de mi parte pesimista, que suele ganar los juicios). Si bien en un principio elogié el buen arranque que tuvo el actual presidente, después he criticado su exceso de palabrería, su pose vanidosa de prócer, y sus escasos resultados. No obstante, hay un componente de su gobierno que no había sopesado adecuadamente y que, si sale bien, podría justificar esa inacción y frivolidad que nos tienen en la incertidumbre de siempre acerca de la resolución de la guerra.

Ese componente del que hablo no es otro que una posición de gobierno que, sin aflojar significativamente en el campo militar, deja la puerta abierta para una negociación política con la guerrilla, refrendada ahora con la aprobación por el senado del marco legal para la paz, y previamente robustecida con la voluntad política del impulso de la ley de tierras y  de las cien mil casas para los más pobres.  Si se lograre un acuerdo de paz efectivo, a pesar del inevitable incremento de la delincuencia común y la desperdigada insurgencia de la insurgencia que ello conllevará, suponemos que el país recibirá, para la calidad de vida de sus habitantes, una propulsión sin precedentes.

Por supuesto que primero esa colosal locomotora de un eventual proceso de paz deberá llegar felizmente a destino, lo cual no queda tan claro después de los pobres resultados de la ley de tierras y del albur de las cien mil casas. Y segundo, una vez extirpado el cáncer de la guerrilla (que al fin y al cabo es una metástasis), habrá que enfilar baterías contra los miles de tipos de mafias que maniatan al país, contra la corrupción que desangra las arcas, y contra el tumor madre de la desigualdad y la falta de oportunidades. La esperanza estriba en que, con la guerrilla fuera combate, las energías destinadas para acabar con esas otras enfermedades serán mayores. Y también el estímulo moral.

Porque ciertamente es la oportunidad histórica desde que la guerrilla, con sus golpes mediáticos de finales de los ochenta –como la toma de la embajada de República Dominicana-, que coincidieron con el incremento de su radio de influencia tanto en el territorio nacional como en los círculos de poder, empezó a mostrarse como un agente realmente desestabilizador. Antes de ahora hubo otras oportunidades malogradas: a la primera tesis concebida para acabar con el fenómeno guerrillero -la receta del plomo a discreción importada por Turbay Ayala del cono sur- siguió la antítesis lírica de Belisario Betancur, con sus poéticas amnistías e indultos, que sólo sirvieron para que una guerrilla diezmada por Turbay se reconfigurara. Finalmente ninguna de las dos fórmulas dio resultado.

Adicionalmente, después de Betancur nunca hicimos un ejercicio dialéctico que nos permitiera una mirada ecléctica de la situación histórica de esos dos gobiernos, lo que bien puede excusarse por el brusco surgimiento de un flagelo aún peor que la guerrilla (quién lo creyera): el narcotráfico; los gobiernos de Barco, Gaviria y Samper –si bien acosados por diferentes carteles- se vieron en la necesidad de reconsiderar sus prioridades en materia de orden público, desplazando el asunto guerrillero a un segundo plano para poder concentrase en la guerra que libró el Estado contra la mafia del narcotráfico.

Después, cuando exportamos la parte cinematográfica del narcotráfico a México, y la guerrilla recuperó el primer lugar en las prioridades de orden público –al final del gobierno Samper-, resolvimos invertir el orden de los factores: esta vez la misma tesis de mano tendida sin reservas de Belisario –ya no bucólica sino sumergida en babas- fue no sólo la estrategia de Pastrana para ganar las elecciones (se dice que las Farc eligieron el presidente en esa ocasión, merced a la foto que inteligentemente concedieron al delfín), sino su entera apuesta de gobierno. Y, paradójicamente, después de los funestos resultados de Pastrana, las mismas Farc volvieron a elegir presidente: los vejámenes a los que nos vimos sometidos los colombianos por parte de ese grupo guerrillero durante el cuatrenio baboso hicieron que nos decidiéramos por su antítesis: la de las balas deliberantes propuesta por Uribe.

La ausencia de un nuevo y más influyente ingrediente equivalente al narcotráfico (inverosímil a estas alturas), la inusual extensión del mandato y el nuevo fracaso en la solución del conflicto -unido todo eso a arbitrariedades y corrupción gubernamentales sin cuento- determinaron el desgaste del esquema Uribe, y el vislumbre –por fin- de la necesaria síntesis que pedíamos a gritos sin saberlo: una estrategia de salida política del conflicto sin el descuido de las acciones militares; y sin la irresponsable concesión de demandas absurdas.

Incluso antes del final del Uribato ya se adivinaba el nuevo ambiente: mientras al principio de su largo mandato el presidente lucía sereno, autosuficiente y autoritario (a nadie se le ocurría interpelarlo, y él no tenía la necesidad de pronunciarse sobre nada), al final se le veía desencajado, irascible y defendiendo como gato boca arriba sus políticas y decisiones. Y qué decir de ahora, cuando lo vemos fuera de sí, botando espuma por la boca, ante la patente posibilidad de una salida negociada a la guerra: cuando hay necesidad de mostrarse tan vehemente respecto a ciertos asuntos es porque se resquebrajan peligrosamente las talanqueras que se han levantado.

En ese orden de ideas, Santos tiene la posibilidad de lograr la síntesis que sugiere el devenir histórico y que mencionábamos más arriba: puerta abierta a la negociación sin descuido militar.  Lamentablemente, a cambio de la imagen de gran estadista que él cree proyectar, al presidente siempre lo he asociado con el abogado protagonista de la cinta El abogado del Diablo, quien, teniendo todo de su parte para materializar sus virtuales triunfos, sucumbe ante la antítesis de la racionalidad del hombre: la primitiva vanidad (“vanidad, mi pecado favorito” dice en la última línea de la película Al Pacino, en labios de la encarnación del demonio, John Milton). Esperemos que Santos anteponga el futuro de todo un país a su afán de portadas de revistas internacionales y pase de la retórica demagógica a la acción.

Y esperemos, también, por el bien de todos, que Hegel haya tenido razón.

lunes, 11 de junio de 2012

ESCOBAR, EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Escalofriante.  Espeluznante. Macabro.  Pongámosle el adjetivo que queramos (inventémoslo) y aún así nos quedaremos cortos.  Borges tenía la esperanza de que algún día habría una palabra precisa para designar cada aspecto de la vida (digamos el aspecto lúgubre y amenazador de las calles en la madrugada).  Así que “escobarizante”puede ser lo que estamos viendo por las noches en la TV con la transmisión de la serie Escobar, el Patrón del Mal.  Y a pesar de que no he visto prácticamente nada nuevo, nada que ya no supiera, no deja de ser escobarizante para mí tratar de asimilar –sin éxito, una vez más- cómo fue que todo un país, una nación entera, con sus tres poderes, su cuarto poder, sus instituciones deportivas, sus industrias, su comercio, sus símbolos, sus instituciones militares y policiales, sus costumbres, su gente, y hasta sus relaciones internacionales, sucumbieron ante la figura tenebrosa de un solo hombre; un omnipotente príncipe de las tinieblas ante quien hasta el mismísimoYaveh, el colérico dios del Antiguo Testamento, se habría visto en las delgaditas para derrotarlo. Y eso que en la serie sólo hemos visto la punta del iceberg.
Nos acostumbramos, en aquella época siniestra, a que la muerte nos aguardara a la vuelta de la esquina, donde podría explotar una de las bombas caprichosas con las que el capo transmitía sus sutiles mensajes a quienes estuvieran mínimamente en contra de sus devaneos  (y que cayera el que fuera).  Nos acostumbramos a que una generosa porción de la agenda del presidente de la república –del presidente de la república- tuviera que ver con uno solo de sus treinta y cinco millones de gobernados. Nos acostumbramos a que acribillaran a vecinos honestos de nuestra ciudad por pretender vivir como ciudadanos y no como marionetas. Nos acostumbramos a que un asesino diseñara su propia cárcel, en un terreno de su propiedad, a su gusto… ¡y sin rejas!  Hasta dónde tiene que estar aterrorizada una sociedad para permitir semejantes humillaciones: el presidente rendía cuentas a Pablo Escobar. Y de ahí para abajo.
Sé que nunca lo hemos comprendido a cabalidad. De hecho, ni aún después de que termine la serie de TV, que se encarga por estos días de refrescarnos la memoria, lo habremos hecho. Sé que a lo sumo tendremos flashes de lucidez que se nos antojarán de una irrealidad desconcertante.  Sé que ese capítulo tétrico, funesto, de nuestra historia, ese horror inenarrable, es el equivalente a la Segunda Guerra Mundial para la humanidad.  Las otras guerras fratricidas que hemos tenido por cargas –y que seguimos teniendo- son lo de mostrar; son los salvadores desmanes que distraen al resto del mundo y a nosotros mismos de aquel despropósito de delirio; los disfraces que esconden nuestro verdadero esqueleto en el armario: son la inofensiva desobediencia en el edén que desvía la atención del verdadero crimen: el asesinato de Abel a manos de Caín.
Obvio que no voy a caer en la ingenuidad de creer que todo es cuestión de mala suerte y que, qué vaina, nos tocó Pablo Escobar.  Soy de la corriente que piensa que si no hay un terreno abonado las semillas –buenas o malas- no nacen. O por lo menos no tan fácil.  El culto al éxito, que prima en el mundo contemporáneo sobre otros componentes de la vida (la cultura, la inteligencia, la grandeza, la honorabilidad), juega a favor de las probabilidades de que surjan este tipo de figuras maquiavélicas.
Y si a esa tendencia mundial sumamos una particular proclividad de nuestra sociedad colombiana por la trampa y el dinero, obtendremos un coctel explosivo de las proporciones nucleares que representó la escobarización del país de las décadas del 80 y del 90, y cuyas radiaciones aún sufrimos. Hay que ver cómo en la serie de TV -y no hay motivos para pensar que no hubiese ocurrido así en la vida real- su propia madre lo incita a pasar por encima de las reglas; y cómo él mismo tiene un solo dios: la plata. El Divino Niño de Atocha es sólo su coartada ética y moral; su cómplice imaginario.
En nombre de dios (vaya variedad) y del pueblo aquel cacao de la muerte sentaba cátedra de derechos humanos ante otros asesinos a quienes, segundos más tarde, despedazaba sin la menor vacilación (“despresemos a este pollo”, le ordena en la serie a su lugarteniente para que éste dé, a su vez, la orden para que avancen dos carros dispuestos en sentido contrario, a cada uno de los cuales están amarradas las extremidades de uno de sus prisioneros).
Confieso que, a pesar de mi predilección por películas de mafiosos, en las que los niveles de violencia son harto más altos que en otro tipo de películas, mientras veo la serie me sorprendo a mí mismo pegado contra el espaldar del sofá, lo más alejado posible del televisor. Sorprendente el efecto de la serie, máxime si tenemos en cuenta que en ella la violencia no es tan explícita, y que, por lo demás, podría ser la versión de Walt Disney de lo que realmente ocurrió (la serie está clasificada como “familiar”, habida cuenta –supongo- de la ausencia de sangre y otras manifestaciones visuales escandalosas).
No puedo evitar que todo esto me recuerde los tiempos en que leí El Corazón de las Tinieblas, novela de Joseph Conrad en la que un comerciante de marfil -el señor Kurtz- se interna en las selvas del Congo, enloquece y se convierte para los nativos (tal como Escobar para muchos antioqueños) en una especie de dios venerado, temido y respetado. La explotación del marfil, el componente equivalente al dinero en la parábola de Escobar, se convierte en la justificación para que Kurtz lleve a cabo una verdadera carnicería humana que arrasa con cualquiera que se interponga en su camino. Las semejanzas entre Kurtz y Escobar serían interminables, pero anoto esta advertencia que uno de los personajes hace de Kurtz: “Con ese hombre no se habla, se le escucha”.
Hay sin embargo una diferencia que nos puede ilustrar la dimensión de la maldad de nuestro Kurtz doméstico. Mientras el Kurtz de Conrad -la maldad por antonomasia- alcanza a visualizar las atrocidades que le ha tocado presenciar, pero que también él mismo ha propiciado (“el horror, el horror”, repite mientras agoniza), al nuestro sólo le interesaba escapar de sus perseguidores para seguir conquistando los pocos terrenos vírgenes que le quedaban a la humanidad en los dominios de la brutalidad. “El horror”, parecemos decir, en cambio,  todos los demás cuando apagamos la pesadilla del televisor y volvemos a esta sosegada realidad de paracos, guerrilleros, estafadores, ladrones y narcotraficantes (por una vez anhelada). Y nos decimos que gracias a dios estamos aquí y no allá, escobarizados.
Y nos decimos que gracias a dios aquello ya sólo es parte de un mal sueño.

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sábado, 2 de junio de 2012

COPYCAT


La película Copycat (Jon Amiel, 1995) nos muestra la historia de la psicóloga Helen Hudson, una experta en comportamientos criminales, quien, como resultado del acoso al que la somete uno de los psicópatas que alguna vez ayudó a  atrapar, padece agorafobia.  Los aquejados con este mal –que consiste en miedo irracional a lugares abiertos- raramente salen de sus casas, lo que hace que la doctora Hudson deba seguir desde la suya una serie de asesinatos cometidos por un psicópata cuya particularidad es la de copiar los modus operandi de otros psicópatas famosos (se trata de un copycat; un imitador);  comportamiento extraño en asesinos en serie, quienes suelen casarse con un único modus operandi.


Pues bien, así como el invento de Gutenberg quitó el monopolio del conocimiento y la información a reyes y clérigos e hizo que surgieran críticos especializados en los más variados temas, la revolución informática despojó a ese nueva élite de sus privilegios, proporcionado al ciudadano del común la posibilidad de generar opinión e información: Twiter, Facebook, y otras herramientas hipermasificadas, democratizaron hasta un límite insospechado las bondades de la información; pero también sus perjuicios. Por cuenta de ello tenemos millones de potenciales copycats: imitadores de sucesos que van de lo trivial a lo inverosímil, pasando por lo, francamente, macabro. Y, claro, al final de la cadena están los grandes conglomerados de comunicación para servir de caja de resonancia: una increíblemente mediocre si tenemos en cuenta sus contenidos; pero monstruosamente productiva en términos financieros.


Convencido como estoy de que la mayor fuerza del universo es el azar (que ha precipitado los acontecimientos hasta la maravilla del cerebro humano) y de que, en ese orden de ideas, todo es posible, me cuesta trabajo, sin embargo, no extrañarme con el hecho de que cuando aún seguían bajo tierra los mineros atrapados en Chile en 2010 nuestros equilibrados medios de comunicación se encargaron de encontrar un suceso similar aquí en Colombia. No sabe uno si casos así suceden a diario en el país y, simplemente, son ignorados hasta que otro suceso de talla mundial, como el mencionado de Chile –que, por supuesto, reporta muchísimos puntos de rating-, anima a nuestros comunicadores a revolear en cuadro buscando unas víctimas que habitualmente se hundirían en el olvido.


Para no ir más lejos, después del fastidioso asunto del senador Merlano no pasaron 15 días sin que otro político en La Guajira intentara sacar un arma delante de unos  policías que, antes de negarle una llamada a cierto coronel que lo eximiría de una prueba de alcoholemia,  lo habían detenido por manejar bajo el efecto de “sólo diez cervezas”. Y, en el mismo lapso de tiempo, el edil de Barrios Unidos de Bogotá, Édgar Riveros, detenido en otro retén policial, llamó a un policía amigo para que lo exonerara –con éxito- de la multa correspondiente por manejar con la restricción del pico y placa. Teniendo en cuenta lo caliente que estaba la noticia de Merlano, uno se pregunta en qué estaba pensando esa gente: tal vez los problemas que acarrea una situación así se ven generosamente compensados con los 15 minutos de fama que vaticinó Warhol hace cuarenta años.


Todo esto no pasaría de ser material de inventario de una patética república bananera si no fuera por los espeluznantes incidentes con que nos bombardean noticieros, periódicos y nuestros propios conocidos (y también los perfectamente desconocidos) a través de Twiter y Facebook. Da miedo creer que un amigo nuestro querrá imitar a Sigifredo –en caso de que éste sea culpable- y nos venderá al mejor postor por misteriosos propósitos; aunque da más miedo deducir que –si Sigifredo es inocente, como creo- un fiscal copycat,  ávido de figuración mediática y basado en pruebas deleznables y razonamientos ridículos, proferirá orden de captura en nuestra contra por un retorcido delito.


Sin embargo  todavía no hemos salido de las aguas mansas; entrando en aguas de tiburones, espeluzna hasta el insomnio saber que alguna de nuestras conocidas pueda correr la misma suerte de  Rosa Cely, la mujer violada, torturada y empalada por algún sádico medieval en el Parque Nacional. Ingredientes variables del drama (estrato bajo de la víctima, presencia en las redes sociales; ausencia de imágenes morbosas, violencia asombrosa) hacen que los grandes medios se hayan mostrado vacilantes en el cubrimiento de la noticia: no he oído un especial de dos horas en La W equivalente al asunto de la prostituta de Cartagena. (A propósito: teniendo nosotros, como nos hemos venido jactando de ello desde hace años, la mejor policía del mundo ¿no es extraño que los policías que encontraron moribunda a Rosa hubiesen omitido preguntarle el nombre de su victimario después de que ella les informara, con un hilo de voz, que ese victimario la había agredido con un casco y que, además, ella lo conocía? Ojo, no digo que estén involucrados, digo que son de una incompetencia rayana en la estupidez).


Y como nuestras aspiraciones de melodrama no se limitan a lo nacional –al fin y al cabo somos grandes emprendedores-, aterrorizan nuestras incursiones imitadoras en campos internacionales. Recordemos el caso inofensivo de la barranquillera que, no queriendo quedarse atrás por la noticia de que una italiana había tenido octillizos, burló el riguroso filtro de nuestros ecuánimes medios de comunicación asegurando estar embarazada de nueve bebés, los que finalmente se convirtieron en nueve primorosos kilos de trapo. Pero, si ese caso fue inofensivo, tengamos en cuenta que esta semana inverosímil que pasó nos trajo de Estados Unidos la noticia de un hombre que, bajo los efectos de una droga denominada sales de baño (?), devoró la cara de un habitante de la calle, quien en este momento se encuentra en estado crítico a causa del ataque. 


Sin saber, por otro lado, si la transmisión por TV de la serie Escobar, El Patrón Del Mal resultará favorable para nuestra sociedad (puesto que conoceremos a fondo una historia que no debe ser repetida bajo ninguna circunstancia) o perjudicial (y será, en cambio, inspiración para un semillero de superempresarios de la muerte que les pondrán la pata a los ya grandes jefes de los cientos de carteles que pululan en Colombia), me limito, desde la que aspiro sea la parte beneficiosa de la omnipresente ecuación mediática,  a hacer notar esas inquietantes coincidencias.


Ahora sólo me falta superar una incipiente agorafobia.

sábado, 26 de mayo de 2012

LOS TRES CONEJOS


“Son galgos te digo”/ “Digo que podencos”. Me voy a servir de una fábula de Tomás de Iriarte (Los Dos Conejos) para ilustrar el tema de hoy: el vergonzoso abuso de poder del senador Merlano en el asunto de la prueba de alcoholemia que, escudándose en su dignidad de senador, rehusó hacer.  Iriarte nos cuenta de un conejo que huye de unos perros (“no diré corría/volaba un conejo”), se encuentra con otro conejo amigo que sale de su madriguera y se pone a discutir con él sobre la raza de los perros que lo persiguen (“-Pero no son galgos”/ “-Pues ¿Qué son?” “-Podencos”).  En medio de la discusión de si son galgos o podencos, y en vez de refugiarse en la madriguera del segundo conejo -o seguir corriendo-, llegan los perros y los atrapan (“En esta disputa”/ “llegando los perros”, /”pillan descuidados”/ “a mis dos conejos”).


Antes de salir yo también a correr, por la amenaza de los perros que nos persiguen (nunca mejor dicho), déjenme que entre a terciar en la discusión de galgos y podencos en que han convertido el debate sobre la ley de conductores borrachos estos cánidos que nos gobiernan -con el perdón de mis amigos animalistas-. Todo parece orquestado para desviar la atención sobre el corazón del problema, pues ahora parece que la solución es que esa ley salga adelante sea como sea (“cero tolerancia al alcohol” sentenciaba en estos días el impostor Juan Lozano).  Como si eso fuere a cambiar en algo el problema verdadero.


Con respecto a la ley, debo decir que no termina de gustarme.  Creyendo que la fiebre está en las sábanas, ahora queremos ser, como dicen, más papistas que el papa.  Ni siquiera en sociedades que nos llevan años luz de distancia en este aspecto, como la estadounidense, las cosas llegan hasta ese límite ridículo.  Familiarizados como estamos con películas hollywoodenses, series de TV gringas y realities de policías americanos, sabemos que hay un límite de alcohol permitido para conducir, superado el cual la persona queda inhabilitada para hacerlo.  Aquí no.  Aquí, donde  no estamos ni cerca de evitar que la gente maneje borracha, pretendemos llegar al cero por ciento de porcentaje de alcohol en la sangre.  Estúpido. Por otro lado no es justo que, aparte del perjuicio a algunos establecimientos, muchas personas se priven del  placer inofensivo de tomarse una copa de vino con el almuerzo. Algo que, según expertos mundiales en la materia,  y como lo sabemos todos los que lo hemos hecho alguna vez, no representa ningún peligro. Lo que hará la absurda ley –igual que todas las leyes absurdas- será  que nadie la tome en serio; y que se preste, en cambio, para llenar los bolsillos de los agentes encargados de controlarla.


Porque tal vez ese sea el problema: los agentes encargados de controlar esa y muchas otras leyes.  Es decir, no ellos como tal, sino las condiciones en las que tienen que cumplir sus funciones.  Para empezar tenemos los salarios;  un agente de policía en Miami gana varias veces el salario de uno de nuestros patrulleros. Y su trabajo es admirado. Lo anterior hace que ese agente gringo lo piense dos veces antes de arriesgar su puesto, prestigioso y bien remunerado, a cambio de un soborno circunstancial, a diferencia de nuestra situación local en la que el policía  raso es visto como un ciudadano de segunda categoría. Y está lo de la autoridad. Lo hemos visto miles de veces: si alguien que es detenido por la policía de Miami comete la altanería de gritarle y señalar con el dedo a un representante de la ley, como lo hizo el sinvergüenza del senador de marras cuando sugirieron que había consumido alcohol (“¿A usted le consta?”), inmediatamente será, por muy senador que sea, derribado, inmovilizado y arrestado. Aquí no. Aquí todo el mundo mete miedo (“no saben quién soy yo”, “voy a anotar sus placas”).


Es una cuestión atávica. Yo, que desde hace años estoy consciente de que alcohol y gasolina no se deben mezclar (y por lo tanto dejé la gasolina), a veces me vi en aprietos con la policía porque mi pase estaba vencido, y no porque, como era evidente en ese momento, no debía manejar por mi nivel de alcohol en la sangre.  Los agentes de turno se aferraban a lo incontrovertible (la fecha de vencimiento) para poder sacar unos pesos que les ayudaran con sus exiguos ingresos. En otras ocasiones, persiguiendo lo mismo, se agazapaban en una calle que cambiaba abruptamente de sentido y cuya total ausencia de señales, que así lo indicaran, la convertían en trampa infalible para conductores no dotados con memoria de elefante; en el momento de la detención venían, claro, los gritos, los insultos, los tú no sabes quién soy yo, los voy a anotar tu placa; vejámenes que los agentes, sabiéndose culpables de felonía en su fuero interno, aguantaban con estoicismo digno de mejor causa.


Pero me dirán ustedes que los senadores colombianos -que ganan bien, que son miembros respetables de la sociedad (en teoría)- hacen también mal su trabajo, se saltan las leyes y los tienen sin cuidado las consideraciones éticas. Lo que, además de ser cierto, probablemente ocurra porque el problema tampoco sea el que mencioné antes: el de las condiciones en que se encuentran los servidores públicos.  Ni mucho menos la dureza o severidad de una ley: ¿Cuál hubiese sido la diferencia si la ley, en vez de  contemplar casa por cárcel al conductor borracho, estipulara la muerte del infractor en la horca? Ninguna: el senador habría llamado a su amigo el general y asunto arreglado. El problema real parece ser el que advirtió tantas veces, con su habitual lucidez, Álvaro Gómez Hurtado: que la ley no se cumple. La solución, pues, no estaría en hacer más y más leyes (estamos enfermos, somos obsesivo-compulsivos, somos acumuladores de leyes y leyes que no sirven para nada; leyes que esperamos usar algún día, leyes arrumadas que nadie cumple) sino, como decía Álvaro, en cumplir y hacer cumplir las que ya hay. 


En la fábula de Iriarte hay dos conejos.  En nuestra tragicomedia hay tres: los tres conejos que los perros que nos gobiernan le quieren poner a la ley y a la ética.  Tres conejos en lugar de tres renuncias que deberían estar sobre la mesa; tres renuncias que serían los actos que, realmente, podrían salvarnos de ser devorados por los depredadores de siempre, en vez de insistir en la tontería estéril de discutir si la ley debería ser así o asá: se necesita que los servidores públicos sepan que sus bellaquerías no quedarán impunes, a ver si por fin cambiamos esta cultura tramposa que nos asfixia.

En primer lugar está el conejo del general, cuya renuncia -como perspicazmente lo anotaba el jueves en su columna de El Heraldo Alonso Sánchez Baute- no ha sido aceptada. Quizás –siguiendo a Sánchez Baute- estén esperando a que se calme el temporal y todo se olvide.  Después está el conejo de Juan Lozano, el presidente del partido del senador, quien, fiel a su fórmula de mostrarse indignado con asuntos que le atañen a él mismo, evita enfrentar un escándalo más que se suma a la ya larga lista de escándalos de su partido. Un tipo que no es capaz de detener  la invasión de hampones a su colectividad -que no hacen otra cosa que perjudicar al país- debería, por simple ética, renunciar, y no indignarse con fantasmagóricos culpables. Y en tercer término el enorme conejo, la liebre antediluviana, del senador Merlano. Su argumento de que los policías, por ser él portador de una credencial de senador, no podían faltarle “ese” respeto (solicitarle su permiso de conducir) es francamente  repugnante e intolerable. Y qué decir del argumento de que “cincuenta mil petsonas” lo eligieron; de que cincuenta mil personas quieren que él esté ahí en el congreso y lo avalan para que haga con la ley lo que le dé la gana. Pues déjanos decirte maldito mequetrefe  que por otro lado somos cuarenta y cuatro millones novecientas cincuenta mil personas las que no queremos que te pases por la galleta la constitución. Las mismas que queremos que te largues del congreso con tu vocecita de imbécil a bravuconear a otra parte.
  
“Son galgos te digo”/ “Digo que podencos”. No son galgos ni podencos;  son servidores públicos colombianos corruptos.

Y eso es peor.


@samrosacruz

sábado, 19 de mayo de 2012

EL REY DESNUDO


En mi última columna afirmé que hay una estirpe mafiosa, compuesta por grandes empresarios, que resulta mucho más peligrosa que aquella más familiar a nuestra prefiguración habitual de mafia. Y lo sigo sosteniendo. Sólo que cuando ataca la otra mafia –la mediática, la evidente- lo hace de forma más espectacular. Lo que, a su turno, favorece el hambre sensacionalista de los medios masivos, quienes, de ese modo, pueden dar rienda suelta a su repetitiva función de libreto mínimo y ganancias monstruosas con la tranquilidad de no estar pisando el terreno minado de ningún poderoso: el anonimato del terrorismo no sólo ofrece ventajas al terrorista.

Lo digo, obviamente, por el atentado de que fue objeto el exministro Londoño. La repetición vacía de las imágenes televisadas del exministro caminando ensangrentado, acompañadas de las revelaciones más estúpidas, hacen parecer interesantes las especulaciones que otros cándidos opinadores nos atrevemos a hacer (los verdaderos autores intelectuales de los atentados deben morirse de risa en reuniones en que se leen en voz alta los ríos de tinta -o de bits- que corren en estas circunstancias).

Que fue la extrema derecha, que, con ello, sabotearía la viabilidad del marco legal para la paz. Si Londoño, el principal objetivo del atentado –y quien por poco pierde la vida en éste-, no fuese casi un símbolo de esa orientación política, y uno de los principales líderes de opinión encargados de torpedear la iniciativa del gobierno, la hipótesis tendría sentido. Aunque casos se han visto. Que fue la extrema izquierda (esto es, las Farc), que, así, demostraría un poder bélico perdido en la última década. Razonable, sólo si esa jugada no pusiera en bandeja de plata los argumentos del otro bando, enemigo de un proceso de paz con las Farc. Aunque –es verdad- los salvajes razonamientos y procedimientos de las Farc dan fe de su torpe manejo estratégico.

Sin embargo, suele suceder que manejos que a todas luces parecen torpes o incongruentes son, en realidad, habilísimos.  Y no tienen nada que ver con izquierdas o derechas, sino con algo mucho menos complejo, más primitivo; algo que está grabado en nuestro genoma, heredado de nuestros antepasados, exitosos acaparadores que, por haberlo sido, lograron transmitir su material genético y legar estas generaciones de seres increíblemente mezquinos: la avaricia. Así que esa idea romántica –aunque no menos detestable- de que estos actos de violencia corresponden a una lucha de ideas es ingenua. Lo más probable es que la motivación de los autores intelectuales tenga que ver más con su modesto plan de quedarse con todo. Con absolutamente todo. Es la guerra desigual de los pocos poderosos contra los muchísimos indefensos.

Y para eso –como en cualquier guerra- todo vale. Desde conspiraciones caníbales hasta alianzas con los enemigos en el papel. De manera que la amenaza que representa la superficial disidencia de un elemento vanidoso, que quiere pasar a la historia a pesar de su casi cantado fracaso (como todo lo vanidoso), alcanza para generar mensajes disuasorios por parte de los enemigos de la paz (“Juan Manuel: esas vainas no se hacen ni en broma”). O dicho de un modo más realista: de los amigos de la guerra, de los parásitos de la guerra, de los que viven de la guerra; de los insaciables acumuladores de bienes provenientes del simple hecho de que los demás nos matemos unos a otros.

No importa si es el terrateniente que ve con temor el advenimiento de políticas sociales que den al traste con su negocio especulativo; o el guerrillero que avizora el final de su negocio de narcotráfico en envidiable posición; o el militar retirado que ofrece servicios de seguridad o comercializa dotaciones militares; o el extorsionista o secuestrador que ya no contará con un ejército ilegal que respalde la continuidad de su negocio. El fin es uno solo: conseguir mucha plata, muy rápido y con pocos riesgos; las ideas y las etiquetas son lo de menos. Y también los medios para llegar al fin: terrorismo de bombas y de muertos inocentes, la fórmula más efectiva y fácil para estos matones, carroñeros a su vez de la matanza sistemática, gradual y silenciosa de los otros mafiosos, los grandes, los de cuello blanco: porque de la enorme desigualdad en los ingresos y las oportunidades, propiciada por las élites indolentes, nacen los criaderos de que se nutren las otras mafias.

Y, claro, entre los medios para conseguir el fin figuran, como poderosa arma de distracción y manipulación, los grandes conglomerados de comunicación;  El Tiempo nos trae en su editorial del día después del atentado (titulado “Todos Contra el Terror”), esta infantil moraleja de cuento de hadas -para tranquilizarnos y evitar que pensemos-: “Si de algo sirven episodios anteriores es para predecir que, tarde o temprano, el brazo de la justicia acabará alcanzando a los delincuentes y que sobre ellos caerá implacable el peso de la ley.” Supongo que así como alcanzó ese largo brazo a los asesinos intelectuales de Álvaro Gómez hace 17 años. O de Galán hace 23. O de Gaitán hace 64. O de Uribe Uribe hace casi 100.

No parece serio eso del implacable brazo de la ley. Lo que más bien se puede predecir es que los verdaderos autores del atentado seguirán en la sombra. Y nuestra vida seguirá sumida en el embotamiento de las distracciones del fútbol, la moda y la televisión. Con todo esto -y ya que hablamos de fábulas- no estoy diciendo otra cosa diferente a que el rey va desnudo. Así como en el cuento de Andersen todos veían que en realidad el rey iba desnudo, así también aquí todos vemos cosas que sabemos y preferimos callar: la más importante: que hay unos poquísimos dueños del país para los que los demás trabajamos  en condiciones esclavizadoras (unos más que otros, por supuesto).

Lo peor es que (hay que decirlo) el resto, los no mafiosos, defendemos también -mezquinamente- la posición de relativa ventaja que hayamos logrado obtener y dejamos que el resto se las arregle como pueda; conducta que sigue en la misma vía hasta que la pauperización social y económica nos alcanza (cuyo brazo sí que es largo –cada vez más-; y, por cierto, implacable). Mientras tanto, la furia acaparadora, también presente en nuestros genes, la practicamos sin los filtros del razonamiento, la solidaridad y la ética, componentes salvadores en otras sociedades mejores. Las otras motivaciones que aparentemente nos mueven (como, digamos, la religión) son meras coartadas para interpretaciones leguleyas en materia ética y moral que nos descargan de culpas. De modo que, mientras las cosas sigan así, los no mafiosos no diferiremos mucho de los mafiosos. Sólo que ellos seguirán teniendo las bombas. Y las leyes.

sábado, 12 de mayo de 2012

EL PADRINO


“Detrás de toda gran fortuna hay un crimen” Balzac

Pensaba escribir esta semana sobre el galimatías en que se me ha convertido, con los años, el asunto del fútbol: Barcelona, Real Madrid, Falcao… (¿Cuántas copas hay?). Sin embargo, un incidente con el banco  AV Villas -que más bien es una colección de incidentes- me obliga a exorcizar los demonios de la cólera en su más pura esencia (que fue lo que experimenté cuando traté, por enésima vez, de cancelar una tarjeta de crédito que en mala hora acepté de esa entidad).

Perdónenme que insista en un tema al que me referí en una columna anterior, pero sigo notando una confusión que reina en las mentes de los pocos que creen que no son víctimas de la mafia: mafia y narcotráfico no son lo mismo; a lo sumo coinciden en la parte más notoria –mediática- de la ecuación, pero -para seguir con los términos matemáticos- el conjunto narcotráfico pertenece al muchísimo más grande conjunto mafia: está incluido en él. De hecho el narcotráfico, como delito, es un fenómeno relativamente reciente: a lo sumo tendrá cien años; bien poco frente a la milenaria práctica de la mafia en casi todos los órdenes de la vida, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

En realidad estamos cercados por sistemas mafiosos contra los que poco o nada podemos hacer. Y los bancos son sistemas poderosos que ejercen, de alguna manera, una de las prácticas mafiosas más comunes de todos los tiempos: la extorsión. Es decir, pagamos determinada suma mensual o nos atenemos a las consecuencias; a un abanico bastante amplio de ellas, que pueden ir desde el descrédito (financiero, digamos) hasta la muerte.

Pero eso es después. Al principio todo es amistad (“hoy fío, mañana también”, leí en una valla al entrar por última vez en mi vida –espero- a la sucursal Chicó del banco AV Villas): el mafioso que más tarde, cuando no podamos pagar los absurdos intereses, nos partirá las piernas, al principio es un magnánimo benefactor que nos ayuda a cumplir nuestros sueños, que se preocupa por qué tan alto queremos llegar, que sabe dónde está lo que queremos tener. Invitaciones, tragos, fiestas en el caso de los mafiosos comunes; bebés, familias nucleares, mascotas, carros de gama media en el caso de los otros mafiosos, los más peligrosos.

Una vez que nos han regalado una tarjeta de crédito que no tendrá cuota de manejo por dos años, y que aceptamos a pesar de no necesitarla, podemos darnos como prisioneros de una trama kafkiana de la que sólo nos librará la tenacidad de Gandhi, la paciencia de Job, la astucia de Rasputín, la temeridad de David. Les contaré mi caso sin exageraciones. Esa tarjeta que me regalaron, que no necesitaba y que, sin embargo, acepté, nunca la usaba. Fui víctima de la trampa que consiste en creer que si uno es beneficiario de un crédito es una especie de elegido y, por lo tanto, debe aceptarlo sin chistar. El truco, por supuesto, consiste en que, cuando se acaban los dos años de gracia, el banco empieza a cobrar una cuota de manejo cuyo monto, en el caso mío, preferiría gastar en cualquier otra cosa en el mundo diferente a abultar los colosales bolsillos de un bellaco disfrazado de persona decente.

Y ahí es cuando empieza una empresa formidable, equivalente a construir un canal interoceánico, a enviar una misión tripulada a Marte, a conseguir un taxi en Bogotá: cancelar la tarjeta. Porque el que esté pensando que todo es cuestión de decidir no querer recibir más el servicio debe ser porque nació ayer por la tarde. Como supongo que el banco no quiere cancelarla (para así seguir succionando de la micro teta que yo le ofrezco, que unida a millones de otras micro tetas…) ni siquiera intento hacerlo por teléfono y, en cambio, me desplazo hasta la sucursal que expidió la tarjeta (ir a otra es una pérdida de tiempo reservada para candorosos novatos).

-      -- Señor Samuel, el trámite lo puede hacer por teléfono.
-      -- Ustedes siempre tan amables y considerados, pero ya que estoy aquí…
-      --Señor Samuel, la política del banco estipula que el trámite se debe hacer por teléfono.
-      --Pero yo estoy aquí de cuerpo presente con mi documento de identidad, vine por mi propia voluntad, y quiero cancel…
-  --Sí Señor Samuel, pero… (cara de idiota insuperable, sonrisa congelada, ademán repetitivo de asentimiento con la cabeza, mirada fija -como de búho- sobre mi cara).

Bien, nada que hacer. Me voy a mi casa y me dispongo a sortear el segundo obstáculo que me pone el banco para dejar de pagar por un servicio que no deseo: hacer mi petición a una operadora. Realmente ese es el tercero, pues el menú del audiovillas -el sistema de call center del banco- representa uno monumental, saturado de rutas oscuras, de opciones ambiguas, de digitación repetitiva de datos, de transferencias de un operador a otro (que muchas veces terminan en el corte de la llamada).

-    --  Señor Samuel, no le puedo cancelar la tarjeta porque tiene un saldo.
-   --¿Saldo? Pero si yo cancelé la cuota de manejo que ustedes, por lo demás, cobran por adelantado; es decir me roban: me cobran una porción del servicio que no recibiré y que, por supuesto, ustedes no me devolverán.
-     --Sí señor, pero como canceló un día después de la fecha límite se generaron intereses de doscientos noventa y nueve pesos.
-    --¿O sea que ustedes me cobran cuarenta y ocho mil pesos adelantados por tres meses de servicios de los cuales sólo utilizaré dos días y no lo cruzan con mi deuda astronómicamente menor? Es decir que me deben cuarenta y seis mil novecientos treinta y tres pesos, que contra los doscientos noventa y nueve que yo deb…
-   --Sí Señor Samuel, pero… (no la estoy viendo, pero supongo que: cara de idiota insuperable, sonrisa congelada, ademán repetitivo de asentimiento con la cabeza, mirada fija -como de búho- sobre la pared de su cubículo).

Sé que muchos en ese momento –como yo lo hice- se olvidan del asunto y siguen con sus vidas: hacer una cola kilométrica para pagar doscientos noventa y nueve pesos es tan humillante que el banco lo planea así para que el usuario desista de cancelar la tarjeta (y la micro teta siga ahí). Pero cuando llega una nueva cuenta, con cuarenta y ocho mil pesos más que saldrán de mi bolsillo al sucio bolsillo un criminal, vuelvo a la carga. Pago la factura (esta vez me aseguro de que sea antes del vencimiento) y me enfrento una vez más al menú de audiovillas y a la operadora.

-      --Señor Samuel, su saldo está en ceros pero, antes de cancelarle la tarjeta, es política del banco que usted conteste unas preguntas: un test de titularidad.
-     -- Claro, con mucho gusto…
-  --Señor Samuel (se los juro por lo más sagrado), dígame la fecha y monto exactos de la última transacción de su cuenta de ahorros.
-   --Señorita, esa cuenta de la que usted habla había olvidado que existía, está inactiva desde el año 1997. No tiene relación alguna con mi tarjeta de crédito. Y en cuanto a la fecha y monto exactos de la última transacción que ust…
- --Sí Señor Samuel, pero… (cara de idiota insuperable, sonrisa congelada, ademán repetitivo de asentimiento con la cabeza, mirada fija -como de búho- sobre la pared de su cubículo).

“Y sigue el cuento del gallo capón”, como dirían en Macondo. Porque aún tengo que hacer tres o cuatro procedimientos engorrosos más de ese tipo para lograr cancelar una tarjeta que no quiero de un banco al que no le debo ni un solo peso. Procedimientos que necesariamente tienen que ir acompañados de largas esperas y mortificantes peleas de alaridos, en las que inocentes operadores telefónicos, o dependientes de mostrador, tan atrapados como yo en la red mafiosa, reciben –de parte mía- torvas acusaciones de ser extorsionistas y rateros (sí: este pacífico homo sapiens que ustedes suelen ver, ante la estupidez extrema o la arbitrariedad descarada, desaparece y da vía a un feroz troglodita que vocifera).

El mecanismo ya está inventado hace siglos: el capo siempre pone a sus soldados como carne de cañón.  Éstos se encargan de hacer las amenazas (explícitas, veladas; no importa): si sencillamente, y ante la impotencia de detener la hemorragia de plata, decidimos suspender los pagos, el banco se encarga de recordarnos que nos reportarán a las centrales de riesgo crediticio; con lo cual se nos cerrarán las puertas de todos los otros negocios mafiosos -propiedad de los socios del banquero- sin cuyos servicios ha hecho imposible la vida esa conspiración de ratas de alcantarilla: líneas celulares, servicios de internet, créditos para compra de vivienda, de vehículo, etc…

Yo considero eso como una extorsión con todas sus letras; me obligan a pagar contra mi voluntad por un servicio que no quiero, como le dije a los gritos a la última operadora después de que no aceptó un “porque me da mi soberana gana” como respuesta a la pregunta –requisito, también, para culminar el proceso- de cuál era la causa de la cancelación de la dichosa tarjeta.

Lo peor es que un comportamiento mafioso de esa naturaleza -como el de cierto banquero colombiano- logra, gracias a unas imaginarias “calidades humanas”, la adulación de casi todos los periodistas de este país. Difícilmente veo columnas que denuncien la usura, la humillación y el robo a las que un criminal así somete a millones de familias. Condiciones que terminan abonando de resentimientos el terreno del que saldrán los escobares, los murcias, los castaños. Gente que no está dispuesta a dejarse pisotear sin dar por lo menos la pelea. Porque lo de la tarjeta es sólo la punta del iceberg: gracias a que las leyes y las instituciones de vigilancia hacen parte de la telaraña mafiosa, hay otras miles de arbitrariedades que se cometen libre e impunemente en el sector bancario.

Esa, exactamente, es la motivación del ficticio Vito Corleone para convertirse en el gran capo de la mafia de Nueva York de los años veinte.  Nos lo cuenta Mario Puzo en su novela El Padrino: Vito, humillado por Don Fanucci -el jefe de la Mano Negra- y víctima de la pobreza propiciada por los pezzonovanti (peces gordos; de la política, de la industria, del comercio), decide crear su propio ejército, su propio código de comportamiento -en el que se obedece a sí mismo exclusivamente- para luchar contra unas leyes e instituciones también inoperantes y cómplices del crimen legitimado.

Sin embargo, El Padrino resulta ser la versión para niños de lo que realmente sucede en Colombia. Vito es un pobre aprendiz. Y Puzo un optimista, un escritor infantil. Con todo y su poder Vito siente la intimidación de Tattaglia, la amenaza de Sollozo, la acechanza de Barzini. No vive tranquilo; como tampoco viven tranquilos aquí, mientras no los matan, los escobares, los murcias, los castaños.

Este otro, en cambio, sí vive tranquilo. Es el verdadero Padrino, el titiritero que maneja los hilos desde las tramoyas de los call centers, de las sucursales bancarias, de los funcionarios grises esclavizados que lo esconden y protegen a él, tipo elusivo, bribón y asesino. Pero incluso lo protegemos todos los demás: no tenemos la sangre para declararlo enemigo público (que es lo que es); ni de armar un ejército para defendernos, como los que armaron Vito, Escobar, Castaño.  Su ejército menor son el Ejército Nacional y la Policía Nacional; todos a su servicio. El mayor somos nosotros, siguiéndole el juego de unos créditos que le rogamos indignamente para comprar unas cosas que él mismo nos ha convencido de que necesitamos; admirando su fortuna sucia, viejo ladrón y usurero.

Sé que aconsejan no escribir cuando se tiene la sangre caliente, porque se tiende a ser más visceral que racional. Pero –aunque ustedes no lo crean- esa columna visceral ya fue escrita y desechada. Esta es la racional.