sábado, 3 de agosto de 2013

PIDO PARA NO TENER QUE ROBAR: EL GRAN CHANTAJE

“Pido para no tener que robar” era, según un artículo viejísimo de Daniel Samper Pizano, el amenazante pregón de un mendigo que deambulaba por las calles de Cali en la década de los setenta. “Robo para no tener que pedir” fue, como contraparte, el grito de victoria de otro mendigo que, una tarde, aprovechando un descuido del primer mendigo, se alzó con las donaciones que éste había recibido de los vecinos atemorizados.

Y ya que los habitantes de Bogotá pasamos por el “robo para no tener que pedir” de los hermanitos Moreno Díaz, ahora parece que entramos en la era del “pido para no tener que robar” de la administración Petro. Es increíble el descaro y el cinismo al que pueden llegar algunos funcionarios públicos, muchas veces con la complicidad de amplios sectores de la opinión pública y de emisoras radiales complacientes -y harto influyentes-.

El martes 17 de julio en la mañana oía por la radio la manera en la que el más influyente periodista de este país, apoyado en la supuesta honestidad de la actual administración distrital de Bogotá (digo “supuesta” porque no nos consta: los escándalos suelen salir después), excusaba tranquilamente la lentitud y la inoperancia de la Alcaldía Distrital, el deterioro en la seguridad de la ciudad y el absoluto desmadre en todos los órdenes que sufre Bogotá: “Alberto, hay que comprender todas esas fallas, porque por lo menos no roban”. Su otro interlocutor en ese momento, además de Alberto, era nada menos que el secretario de gobierno distrital, Guillermo Alfonso Jaramillo, quien sin que se le temblara la voz, opinó que sí, que claro, que ellos eran lentos e ineficientes, que habían seleccionado perfiles de catedráticos para los cargos (y no de gerentes), pero que ellos no robaban.

Tenemos que agradecer, entonces, los habitantes de Bogotá, que les hayamos tenido que dar toda la torta burocrática que pidieron, repleta –como ellos mismos lo reconocen- de funcionarios no aptos para desempeñar adecuadamente sus funciones, con sueldos y prebendas que pagamos todos nosotros, los contribuyentes, sólo por el simple hecho de que ellos se abstienen de cometer un delito. Tenemos, pues, que sentirnos en el paraíso terrenal porque, en un acto de fe, les creemos que no están saqueando al erario público, así la ciudad sea toda un gigantesco colapso en términos de movilidad, seguridad, vivienda (por cuenta de las estupideces del alcalde los precios del suelo están casi a la par de Manhattan), infraestructura, etc… Pido para no tener que robar.

Todo eso, para no hablar del carrusel de funcionarios que ha desfilado por la Alcaldía desde el mismísimo día de la posesión de Petro: todas las semanas hay una pelotera en la que salen funcionarios y entran otros nuevos, con las consiguientes pérdidas de plata que conllevan este tipo de situaciones. Y llegados a este punto me pregunto: ¿todo eso no es robar también? ¿O qué es entonces eso de contratar gente incompetente que va a las oficinas a calentar un sillón y cobrar un cheque al final del mes? ¿Eso no es robar? ¿No nos roba el alcalde todos los días su propio sueldo ahora que se ha comprobado hasta la saciedad que no tiene la menor idea de administrar una ciudad, y mucho menos -porque esto no es propiamente Sincelejo- una de las monstruosas dimensiones de Bogotá?

Hablé de calentar sillones, pero corrijo: eso -además de cobrar- no parece ser lo único que hacen en la Alcaldía: al parecer también se dedican a las productivas actividades de armar bochinches de cocina y trinar chismes e insultos a través de las redes sociales. Lo que le puso la cereza al patético pastel que se hornea en el Palacio de Liévano fue el reciente escándalo de acoso laboral y sexual que sufrió una de las funcionarias de la Alcaldía, y en el que, al menos indirectamente, parece haber estado involucrada hasta la esposa del alcalde, quien, según oí, también chupa repetidamente de la enorme teta pública que administra su marido. Pido para no tener que robar.
¿Pero, cómo terminamos chantajeados de esa forma tan burda? Eso es lo peor de todo: esta ciudad, en su afán esnobista por parecer diferente a las demás, con esas ínfulas de intelectualidad que se gasta (la Atenas suramericana, ja: la apenassuramericana, más bien), no ha hecho sino, en una seguidilla de fracasos anunciados, elegir a ineptos para que la gobiernen. Entre ellos a un ladrón profesional, responsable, a la larga, de la imaginaria gran labor de una alcaldía que no roba, pero que pide y pide y pide.

Esa pose de sabios griegos sólo ha servido para que unos individuos roben, y otros, como este señor Petro, consigan un barril sin fondo para subvencionar una extensa y demagógica campaña presidencial, a costa del perjuicio de ocho millones de personas ¿Pero –dirá alguien- qué hay de la mala imagen que esos populismos chapuceros deberían traer consigo y que, de paso, debería dar al traste con el chantaje? Eso no parece preocuparle a Petro: él sabe muy bien que en estos tiempos de efectismo mediático, en los que, como dice Umberto Eco, un canal televisivo es más poderoso que un tanque de guerra, nada de eso importa.

De modo que, al final de esta orgía pedigüeña, el problema es que no se vislumbra una salida fácil para el despelote bogotano. La revocatoria pondría a Petro en un papel de víctima que él desempeña a la perfección. Y terminaría jugando a su favor. La destitución, ídem. Queda como único recurso la protesta social, masiva y constante. Pero ésta seguramente no se dará: la pensante masa grecomuisca que no está ahora mismo robando para no tener que pedir, debe estar muy ocupada celebrando el triunfo de Santa Fe. O llorando la derrota.

Mientras su querida Bacatá se cae a pedazos.

@samrosacruz

martes, 25 de junio de 2013

ÁLVARO URIBE, EL "GRAN COLOMBIANO"

Difícilmente el resultado del concurso de History Channel, que buscaba elegir al "gran colombiano" de la historia, podía ser más coherente.  Aclaro que llegué tarde al concurso, tanto en el hecho de simplemente enterarme de su existencia, como en lo referente a la emisión televisada que divulgó los resultados.

 Primero supe por ahí, en alguna red social, que había un concurso que buscaba elegir al colombiano más destacado de la historia. Pero cuando traté de indagar cuáles eran los criterios para elegirlo, sólo encontré una lista, entre absurda y ridícula, de colombianos "más importantes", nominados por quién sabe quién. Después, cuando el domingo pasado llegué a casa en la noche, encontré a unos invitados nuestros viendo el programa que revelaba los resultados, y no tuve más remedio que unírmeles.

De inmediato me actualizaron de las consabidas sorpresas, como que en una de las categorías en que habían dividido al concurso (artes, ciencias y humanidades) había superado el dudoso científico Patarroyo a nadie menos que a Gabriel García Márquez. Después, al mejor estilo de cualquier reality show -con expectantes pausas de reinado de belleza y todo-, conocimos que el absoluto ganador, por una diferencia de casi el doble de los votos sobre el segundo, y a distancia astronómica de los demás, era Álvaro Uribe Vélez.

A mí no me sorprendió el resultado. Pero al periódico El Espectador, que hasta donde entiendo era uno de los aliados del concurso, no sólo le sorprendió, sino que no estuvo de acuerdo. Tanto así que el portal Semana.com, subtituló de esta manera un artículo al respecto: "El Espectador asegura que este es el precio de 'votar la historia' y que Uribe no nos representa." 

Que Uribe no nos representa. Entonces se trata de eso, de quién nos representa mejor, de acuerdo -supongo- a una de las acepciones que de "representar"  trae el diccionario de la RAE: "Ser imagen o símbolo de algo, o imitarlo perfectamente." Y, en ese orden de ideas, no me sorprenden los resultados, repito, sino que, contrario a la opinión de El Espectador, y como dije al principio, me parecen de una coherencia insuperable.

Álvaro Uribe, a quien harto conocemos los colombianos, gracias  a sus dos períodos presidenciales, es un sujeto sin sentido del humor, incapaz de reírse de sí mismo, intolerante ante las críticas y las opiniones contrarias. Álvaro Uribe es alguien proclive a arreglar los pequeños desacuerdos a las trompadas ("Sea varón", "Le parto la cara, marica"), y los grandes a físico plomo, como lo demuestran sus acérrimas arremetidas contra cualquier intento de una salida negociada al conflicto colombiano. Álvaro Uribe es un tipo pendenciero. Álvaro Uribe tiene un estilo nepotista y mafioso, y si no baste recordar la defensa ciega a sus secuaces de gobierno -saltándose incluso la ley colombiana-, y la información privilegiada de la que gozaron sus hijos para el éxito en algunos de sus negocios, la cual fue facilitada indirectamente -o directamente, quién sabe- por él, gracias a su cargo de presidente de la república. 


*Caricatura tomada de El Espectador

Para Álvaro Uribe acomodar las normas a los propios intereses es algo normal, por lo que no tuvo reparos en reformar nada menos que la constitución, y así poder ser reelegido para un segundo mandato. Álvaro Uribe es el típico matón del barrio, el vecino problemático que molesta a los demás, que se mete sin permiso en el patio del vecino. Álvaro Uribe es el mal perdedor que siempre le está echando la culpa al árbitro cuando sale derrotado. Álvaro Uribe es el hombre que con tal de conseguir fácil y rápido y a como dé lugar lo que quiere es capaz de asociarse con personajes oscuros, o si no que lo diga alias Job, o las decenas de políticos que apoyaron su campaña y después terminaron presos. Álvaro Uribe es un tramposo que espía a la oposición para ganar la posición dominante. Álvaro Uribe tiene una particular manera de concebir la administración justicia: "Esos muchachos seguramente no estaban allá recogiendo café". Álvaro Uribe es de los que confunden el verbo liderar con el verbo mandar, y por eso no guía a nadie sino que vocifera órdenes perentorias. 

Álvaro Uribe, como el pueblo colombiano, es un conservador recalcitrante que se hace llamar liberal; un cavernario incrustado en el siglo XXI. Y, tal como el pueblo colombiano, es tolerante con la corrupción (no le cupo un escándalo más a sus dos gobiernos) e intolerante con todo lo demás; es mojigato, rezandero, ordinario, irascible, vulgar, chabacano, burdo. Es, como decía alguien, un personaje decimonónico que suspira por feudos y latifundios.

¿Qué más quieren? ¿Es o no es Álvaro Uribe un representante válido del pueblo colombiano? Sí, sí lo es. De este pueblo inculto que a duras penas lee periódicos, y por eso consideró para la distinción del “gran colombiano” a una adolescente que ganó una carrera de bicicletas, y a un pseudocientífico que lleva media vida estafándonos. A diferencia de, por ejemplo, el pueblo mexicano, que eligió a Benito Juárez como el “gran mexicano”. Dice mucho eso de la cultura de un pueblo, el cual sabe lo que pasó en su país hace doscientos años, y, en consecuencia, elige a un personaje de gran peso en su historia. A un personaje como Juárez, que fue un reformista, un adelantado al menos cien años a su época; un personaje que separó la Iglesia del Estado. A un personaje que es la antítesis de nuestro Álvaro Uribe, quien –cómo negarlo- es efectivamente el “gran colombiano”.


Él nos representa a la perfección. Él es Colombia.

@samrosacruz

domingo, 23 de junio de 2013

LA LECCIÓN DE BRASIL

No contento con darnos lecciones en el campo futbolístico, ahora Brasil nos da una lección en otro campo, si bien el fútbol, en esta nueva lección, también constituye uno de los temas -aunque no el principal-.  No soy un estudioso de la realidad brasileña, pero la llamada Revolución del Vinagre me indica que algo está cambiando en ese país. Y que de esa situación algo deberíamos aprender.
Es casi imposible dar crédito a las actuales noticias procedentes de Brasil: de la tierra del fútbol, en donde cualquiera se supone fanático de ese deporte hasta que no demuestre lo contrario, nos llegan imágenes de turbas cometiendo actos vandálicos; de turbas furiosas por la excesiva inversión estatal en la Copa de Confederaciones y en -nada menos- la Copa del Mundo.
Cualquiera diría que lo que pasa es que ellos -los brasileños- están hartos de certámenes deportivos realizados en su suelo a costa de los contribuyentes más pobres. Nada más lejano: me atrevo a decir que pocos de los asistentes al único mundial llevado a cabo en Brasil, en 1950, están vivos aún. De hecho, me cuento entre los muchos que creían  que los brasileños no veían la hora de vengar aquella ancestral afrenta de 1950, cuando Uruguay estropeó una fiesta montada por adelantado. 
Nada que ver con la realidad que estamos viendo.
Es notoria, en cambio, cierta apatía hacia el evento orbital. Apatía de la que, desde el año pasado, informaban algunas encuestas, y que, unida a los nuevos sucesos, revela que la fórmula de pan y circo allí ya no surte el efecto acostumbrado. 
Me pregunto, por otro lado, cuál habría sido el escenario si el mundial estuviese a punto de jugarse en territorio colombiano y la situación del colombiano promedio fuese similar a la del brasileño promedio actual… Y yo mismo me respondo: habría sido un escenario totalmente opuesto: aquí estaríamos celebrando la remodelación de los estadios -como efectivamente ocurrió en el reciente Mundial sub 20-,  sin importar si subían o bajaban las tarifas de transporte público, o si dejaban en los huesos el erario de tal o cual ciudad.
 No sé que ha pasado en Brasil en los últimos, digamos, quince años, pero sí sé lo que ha pasado aquí en Colombia: de unas aficiones futbolísticas tibias -aunque desde entonces robotizadas- hemos pasado a feroces rebaños de tigres de bengala, que obligan a cerrar los comercios el día del partido, e incluso a implantar la medieval ley seca. Unos rebaños que no piensan en nada mas allá del resultado del encuentro. Todo eso a pesar de la espantosa realidad nacional, de la que diariamente no puede evitar dar cuenta ni siquiera una prensa secuestrada por el gran capital: corrupción sin precedentes, criminalidad galopante, desigualdad insensata. Es decir, lo que hay es ferocidad en el ámbito del fanatismo deportivo, y docilidad en la protesta, en el disenso. Como quien dice, docilidad en todo lo demás (siempre y cuando, por supuesto, “todo lo demás” no incluya actividades criminales).
No sé que ha pasado en Brasil -insisto-, pero lo que sí sé es que aquí en Colombia no ha pasado nada lejanamente parecido. Y tampoco o se trata, aclaro, de amargarse y no disfrutar de los entretenidos partidos de, por ejemplo, la Copa de Confederaciones, sino que se trata de que no se le vaya a uno la vida en eso, y termine estupidizado delante de una maldita pantalla de televisión, mientras pueblos de nuestras mismas características, y con quienes compartimos raíces comunes,  pasan raudos a nuestro lado diciéndonos adiós con la mano: “hasta nunca caterva de imbéciles”. Y de eso -insisto- deberíamos aprender una lección.
O, como buenos colombianos, al menos copiarla.
@samrosacruz

OBJECIÓN DE CONCIENCIA
Esta figura de la objeción de conciencia, de la que tanto está hablando ahora la Iglesia Católica y el procurador, abre un inmenso abanico de posibilidades que, quien quita, nos podría convertir en una mejor sociedad. He aquí unas objeciones -algunas inspiradas en un e-mail que me llegó- que podrían interponer los jueces de la república para evitar la hecatombe moral a la que, cada día más, nos vemos abocados:
1) Si un padre fuere acusado de vender a su hija en el cotidiano mercado de la trata de blancas, el juez del caso, si fuere católico o protestante, podrá absolver al incomprendido padre, o -en último caso- podrá abstenerse de juzgarlo, objetando que, según Éxodo 21-7, “Cuando un hombre venda a su hija por sierva, no saldrá ésta de la esclavitud como salen los esclavos varones.”.
Es claro que ahí, salvo arrevesadas interpretaciones de tinterillos de poca monta, no existe delito alguno.
2) A los cientos de atracadores que robaren los celulares a empleados de restaurantes de comidas rápidas que, para su infortunio, tuvieren turno en sábado en la noche, el destino les deparará la buena nueva de que, si el juez encargado de juzgarlos fuere católico o protestante, en lugar de ser privados de la libertad -tal como está consagrado en nuestra carta fundamental- éste los exaltará públicamente, puesto que, de ese modo, habrán contribuido a cumplir con el precepto presente en Éxodo 35-2, según el cual “Se trabajará durante seis días, mas el séptimo día será para vosotros día santo. El que en ese día hiciere algún trabajo, morirá.”.
Todo lo anterior en consonancia con la objeción de conciencia que Iglesia y procurador han puesto, como herramienta, en manos de los notarios, para que puedan negarse a casar homosexuales. Basados -supongo- en Levítico 20,13: “Si un hombre se acuesta con otro hombre, como se hace con una mujer, ambos cometen cosa abominable, morirán sin remisión.”. Afortunadamente Iglesia y procurador -magnánimamente- han omitido (por ahora) la última parte de la legislación.
No sé, en todo caso, cómo conjugarán sus objeciones de conciencia, Iglesia y procurador, con Levítico 19-15: “No cometeréis injusticia en los juicios, ni favoreciendo al débil, ni complaciendo al poderoso…”.
Total, dejando a un lado las reducciones al absurdo, en este caso, el del canalla sabotaje al matrimonio entre personas del mismo sexo, baste decir que el nuestro es un Estado laico, en el que objeciones de conciencia basadas en libros viejos se supone que no deberían tener cabida. Cosa diferente sería la objeción de conciencia consistente en negarse a matar a otros seres humanos, pues el asesinato está expresamente prohibido en nuestra constitución y en la de la abrumadora mayoría de las de países respetuosos de los Derechos Humanos.
Obvio, no faltará quienes salgan con el disco rayado de que la constitución no contempla un concepto de familia diferente al conformado por un hombre, una mujer, y la descendencia “entrambos”, como diría Don Miguel. Pero, como ellos -minuciosos estudiosos, estrictos leguleyos- deberían saber, a la luz de la constitución del 91 todos los ciudadanos tienen los mismos derechos.
Y yo, sin necesidad de ser abogado, estoy seguro de que este último principio prevalece.

@samrosacruz

lunes, 10 de junio de 2013

HÁGASE RICO

Voy a contarles como me hice rico. No fue a las patadas, sino con Patada. Sí, Patada (Pame, Tato, David), así le pusimos, en clave de broma, a la sociedad de tres amigos que, en materia de negocios, era la ídem. Se no ocurrían ideas sensacionales que, para nuestra desgracia económica, llevábamos a cabo, porque, indefectiblemente, terminaban en una bancarrota.

Una vez -hijos al fin y al cabo del malandrín país que nos parió-, se nos ocurrió comprar boletas de más para el esperado partido Junior-Boca Juniors, con el objeto de revenderlas a la entrada del estadio Metropolitano de Barranquilla. Una vez urdida y llevada a cabo la primera parte del plan (comprar las boletas), faltaba la segunda (nada menos que venderlas), para lo cual contábamos con nuestra natural vocación de pésimos visionarios. Recuerdo que llegamos al estadio y, antes de un minuto, pasó un viejo -uno de esos curtidos vendedores ambulantes de mangos, que con seguridad no era la primera vez que veía a un trío de Bill Gates de parqueadero, como nosotros-, y nos dijo: "No joda, si aquí hay boletas como mondá en cumbiamba". En efecto: estábamos rodeados de revendedores profesionales que remataban boletas a menos de la mitad de su precio original. Finalmente no nos fue posible deshacernos de las dichosas boletas ni regalándolas.

En otra ocasión -muchachos emprendedores nosotros- decidimos que podríamos enriquecernos montando una venta de cervezas en la Batalla de Flores del carnaval de Barranquilla. Esa vez tomamos la senda de la transparencia, y pedimos un permiso a la Secretaría de Gobierno Distrital, ocupada a la sazón por un tío mío. Permiso en mano, conseguimos unos toneles viejos, hielo en cantidades antárticas, cervezas como para emborrachar al ejército chino, y nos encaminamos, junto a dos ayudantes, a la Vía 40. No pasó mucho tiempo antes de que una vieja cascarrabias -la única competencia legal que teníamos-, con el argumento de que ella era la legítima dueña de la concesión, nos echara a la policía. Así era: por una confusión habíamos llegado a la esquina equivocada (la nuestra era la siguiente). Nunca en mi vida, ni siquiera en una película sueca, he visto tanta diligencia, tanta eficiencia, en unos agentes de la policía: en menos de dos minutos nuestro puesto había sido desmantelado, y nuestras cervezas adoquinaban los jardines de la cuadra. Todo eso ante la mirada indiferente de decenas de vendedores que, sin tener permiso siquiera de sus cónyuges, vendían cervezas alegremente a nuestro lado. Convengamos en que, independientemente del incidente policial, y si de lo que se trataba era de hacerse rico, recurrir a la única opción que tiene más de la mitad de la población colombiana -el empleo informal, el rebusque- no fue la idea más brillante. Eso fue hace doce años largos, y el mes pasado me tomé la última de las cervezas que nos sobraron de tan formidable empresa.

Por físico pudor de homo sapiens omito otros ejemplos de pericia para el fracaso comercial. Sin embargo, debo aclarar, a estas alturas del artículo, que esa aptitud para la quiebra no parece ser innata, sino adquirida: cuando yo era niño, alguien en la casa compró un juego de mesa llamado Bancarrota, que -perfecta antítesis del archiconocido Hágase rico- consistía en malbaratar el capital inicial antes de que los otros jugadores lo hicieran, para así ganar el juego. Esa influencia, a tan temprana edad, pudo ser definitiva. Y si a lo anterior agregamos que estamos en un país de pésimas experiencias en el campo del “emprendimiento”, se completa la ecuación de mi fracaso financiero. 

Todo emprendedor en Colombia, con excepción de hijos de presidentes de la república, que, haciendo gala de una elaborada intuición empresarial, tienen la oportunidad de mandar a hacer decretos que les permitan comprar metros cuadrados de tierra y después venderlos con una módica adición al precio de dos ceros a la derecha, con excepción de ellos, digo, todo emprendedor colombiano termina en la ruina. Bueno, de acuerdo, hay otras excepciones: los emprendedores en política; o los profetas de sectas religiosas recién salidas del horno. 

Volviendo a Patada, aquella sofisticada y aceitada máquina de perder plata, debo reconocer que los negocios no son lo mío. Antes, todos los días se me ocurrían miles de maravillosas ideas de negocios que, por fortuna, casi nunca concretaba. En buena hora perdí la costumbre de creer que en mi cerebro vivía arrendado Warren Buffett. Ahora estoy convencido de que la mejor forma de mantenerme rico -o por lo menos de no perder lo que tengo, porque rico (de plata) no soy- es la de ser la antítesis del emprendedor. Eso, sin duda, me ha salvado de la permanente quiebra financiera. Pero, por otro lado, no puedo negar que de esa época de Patada, cuando perdía dinero a manos llenas, me quedó un multimillonario patrimonio espiritual, conformado por recuerdos que son de los mejores de toda mi vida. Aquello era vivir la vida al lado de dos amigos entrañables, con quienes era un verdadero placer cualquier cosa. A veces hasta el mismísimo hecho de perder plata.

Y esas amistades constituyen la verdadera riqueza de la vida.

@samrosacruz

viernes, 31 de mayo de 2013

CORTINA DE HUMO PARA DUMMIES

En estos países, como Colombia y Venezuela, difícilmente saldremos del atolladero tercermundista en el que estamos atascados, porque, hasta para las mediocres cortinas de humo que elaboran nuestros igualmente mediocres gobernantes, resultamos rematadamente crédulos.
Por un lado Maduro, en Venezuela, donde ya ni siquiera hay papel higiénico, salió con la cortina de humo favorita de los mandatarios de ese país: la amenaza externa de Colombia. Ahora dice que salieron de Colombia, rumbo a Venezuela, unos “expertos colombianos” que tienen la misión de inocularle veneno. Lo que no entiendo bien de su denuncia, es cómo diablos los “expertos colombianos” le podrían inocular el tal veneno ¿Tal vez durante una velada romántica, en la que el experto colombiano vertiere el veneno en la copa de vino de Maduro? ¿O quizás el experto colombiano es un indio amazónico capaz de disparar, a prudente distancia, una cerbatana con un dardo indoloro e invisible? Qué vulnerabilidad la que repentinamente exhibe Maduro ¿Acaso no se supone que tiene unas infalibles agencias de inteligencia, de las que se jacta hasta el punto de retar, en rabiosas peroratas televisadas, a la potencia militar más poderosa de la historia? ¿Por qué entonces ahora se presenta como un gatito asustado e indefenso frente a su modesto vecino colombiano?
Además, si lo miramos bien, ¿cuáles expertos? Si el pueblo venezolano usara un poco la cabeza, se daría cuenta de que esos sofisticados envenenamientos, propios de la Roma medieval de borgias y cornetos, no son precisamente nuestro fuerte. Aquí en Colombia no se envenena a nadie. Aquí se usa el menos sutil método de tirotear a la persona. De acuerdo: un probable envenenamiento con plomo podría darse, siempre y cuando los proyectiles, primorosamente alojados en el cuerpo de la víctima, no destrozaran antes órganos vitales. Con sólo abrir un periódico colombiano, cualquiera se daría cuenta inmediatamente de lo que digo. De hecho, el único envenenamiento que ocupó últimamente las primeras planas, fue el de una bailarina exótica extranjera, acusada de envenenar, al mejor estilo de Las mil y una noches, a su esposo, el propietario de una universidad de Barranquilla. Y, para que no quede ninguna duda al respecto, resulta que, cuando la bailarina extranjera estuvo aquí el suficiente tiempo -como para colombianizarse- cambió de método: ahora está acusada de mandar a acribillar a balazos al esposo de su propia hijastra. Nuestro estilo, presidente Maduro, es italiano, sí, pero no de la Roma medieval, sino de la Nápoles contemporánea.
Por otro lado, está la maravilla del presidente Santos, celebrando, como si fuera el final de la guerra, la invitación hecha a Colombia para hacer parte de la OCDE, organización hasta ayer desconocida por el 99.99% de los colombianos. “Colombia es el país, en la historia de esta organización, que menos ha tardado en lograr esta invitación. Lo logramos en 2 años y medio”, dice un triunfante Santos “¿Y qué?”, pregunto yo. Abramos otra vez el periódico: “Denuncian robo de agentes de la policía durante un operativo”, “Los desplazados en Colombia aumentan pese al proceso de paz con las Farc”, “Huyen del país periodista e intelectuales amenazados” ¿Sigo? Mejor no. El caso es que, a la inutilidad de de la noticia de la invitación (invitación que “sólo se la hacen a los mejores”; que “es un hecho histórico”, según Santos), le faltó agregarle el revelador dato de que, junto a Colombia, fue invitada Letonia; y próximamente lo serán Costa Rica y Lituania, esas megapotencias universales.
Pero sucede que aquí eso lo celebramos con el pecho henchido de amor patrio. Aun dejando como capítulo aparte a los oyentes que llaman a la emisora La W, no deja de ser llamativo el eco de triunfalismo barato que de las inanes declaraciones presidenciales hizo el director de esa emisora (la más influyente de Colombia), Julio Sánchez, quien afirmó, palabras más, palabras menos, que Colombia sólo tardó dos años y medio en ser invitada a la OCDE, mientras que un país como Chile tardó cinco, a pesar de que su economía supera a la Colombiana, no obstante tener Chile un mercado interno menor, y menos recursos naturales.
Es decir, Colombia tardó menos en ser invitada que un súper país como Chile. Y eso es causal de orgullo. Pero, en cambio, no es causal de vergüenza que un país como Chile, con menos posibilidades, esté pisando el primer mundo, mientras nosotros, teniendo en cuenta nuestra monstruosa desigualdad, podríamos tranquilamente inaugurar el cuarto. Curioso: los colombianos somos los afortunados de las invitaciones rápidas, mientras los chilenos deben conformarse con tener mejor calidad de vida y algo medianamente parecido a justicia social ¿No sería preferible que no fuéramos invitados “rápidamente” a nada y, en cambio, tomáramos la dirección opuesta a la ruta infernal de desigualdad, miseria y corrupción que nos empecinamos en transitar?
Presidente Santos: con anuncios pomposos, victorias de pacotilla, y retórica cosmética al respecto, no se soluciona nada; tal como lo han demostrado suficientemente sus tres años de gobierno.
Las tontas declaraciones de los presidentes de estas repúblicas bananeras podrían compilarse en un libro titulado Cortina de humo para dummies. Sin embargo, en estos países de escaso criterio político, y a pesar de la burda factura del engaño, el papel y la palabra aguantan sin mayores problemas todas esas mentiras y falacias, así como lo muestran las encuestas de popularidad presidenciales. Desde las inverosímiles conspiraciones -basadas en el peligro del enemigo externo- denunciadas por Maduro, hasta los logros pueriles -como de hoja de vida de recién graduado- de Santos. Sí, repito, la palabra aguanta todas las mentiras y falacias concebibles.
Allá el idiota que se las crea.
@samrosacruz


martes, 28 de mayo de 2013

LOS TRAMPOSOS


Esta mañana, como casi todos los días, empezó el predecible numerito que montan en la W, y que consiste en que los de "la mesa de trabajo" se muestran ostensiblemente asombrados por la masiva respuesta de la gente ante alguna campaña que ellos mismos han adelantado. La campaña, cualquiera que ella sea -vender carros, recoger plata para una obra benéfica, captar créditos hipotecarios-, siempre supera con creces las expectativas más optimistas soñadas por ellos:

- Alberto, ¿cuántos millones cree que vendió BMW el viernes?

- No sé, voy a decir una cifra que se me acaba de ocurrir: ¿quinientos millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve?

- Pues no, según el último dato, vendió mil doscientos millones, ¡mil-dos-cien-tos-mi-llo-nes!, es decir, no el doble, sino más del doble (risas de incredulidad, interjecciones de sorpresa); y aquí está con nosotros el vicepresidente comercial de BMW, el doctor Fulano...

En ese momento entra al aire el doctor Fulano -con una risita de suficiencia que quiere decir "es que yo soy el putas boy de la Westinghouse, el próximo Bill Gates"-, y a continuación se saludan como viejos camaradas, hacen un par de chistes privados (para que no quede duda de que todos ellos pertenecen a la misma rosca que maneja al país), y finalmente se conforma la más vergonzosa sociedad de elogios mutuos que alguien pueda imaginar.

 El turno de hoy, la farsa de rigor, fue para la subasta de camisetas autografiadas por futbolistas europeos organizada por Martín Santos, el hijo del presidente, y cuyo producto se destinará a obras de caridad. Ignoro si el emprendedor delfín -como cabría suponer por la salva de alabanzas de la que fue objeto en el tercer acto del sainete- tuvo que sufrir innumerables privaciones para conseguir las camisetas. No sé, ni he investigado, si para su filantrópica  labor el pobrecito Martín tuvo que colarse como polizón en un barco mercante que lo trasladara a Europa. Desconozco si se vio obligado a pasar eternas noches en vela aguardando a que los futbolistas salieran de sus casas o de algún club nocturno de moda. O, tal vez, su sacrificada cacería de autógrafos le significó algún empellón, o algún insulto por parte de los guardaespaldas de las grandes estrellas del deporte a las que él, almita modesta y caritativa, intentaba abordar. Lo cierto es que la maledicencia y las lenguas viperinas han hecho correr la malintencionada especie de que a los jugadores simplemente les pasaron la camiseta, la firmaron, y se la regalaron al papito de Martín, el presidente de una banana republic (porque nunca se sabe cuando se necesitará un favor de por allá).

Sea como sea, Martincito, joven sensible y humilde, se desprendió de la valiosa posesión familiar en favor de los más necesitados. Para tal efecto, se sirvió -cómo no- del apoyo de los caballeros de la mesa redonda de trabajo, quienes, gracias a su su fino olfato de sabuesos detectores de billetes, consiguieron que un desinteresado filántropo, un santo altruista de esos que se dan silvestres en Colombia, comprara la camiseta subastada en una cifra que -para gran sorpresa de Julio y de su corte- doblaba la expectativa más delirante de Camila Zuluaga.

Una vez concretado el negocio, siguió -por supuesto- una original conferencia telefónica tripartita entre el dueño de la camiseta (Martín Santos), el comprador (la empresa de encomiendas Servientrega, representada por su presidente), y el flamante intermediario (la W, Julito). En ella, Martín Santos nos confió que él no ha podido explicarse por qué su subasta obtuvo esa respuesta tan desproporcionada. Yo tampoco lo entiendo, si tenemos en cuenta que él, Martín, sólo es el hijo del presidente de la república de un país de lambones, lobbistas y empresarios oportunistas, y en el que, por lo demás, el presidente tiene un poder casi imperial. Quién sabe: son fenómenos extraños que se dan de vez en cuando. Grandes enigmas de la vida.

Y ante todo esto, uno no puede evitar preguntarse de dónde sale tanta bondad, tanta sensibilidad humana, en este país. Y quizás la respuesta se encuentre en la tierna confesión del presidente de Servientrega, cuando informó, no sé si con cinismo o con descarada ingenuidad, que las camisetas no quedarán en poder de la empresa, sino en las de colombianos del común ¿Cómo? Pues muy sencillo: "nuestros gurús de mercadeo se encargarán de eso". La más probable traducción de lo anterior es: haremos un concurso cuyo resultado nos reporte el triple de lo invertido en las camisetas: mande usted tres encomiendas por Servientrega y reclame una boleta que...

Porque es allá, en el lucro, donde terminan todas esas obras de caridad que, si en realidad lo fueran, deberían permanecer anónimas. Martín Santos busca ayudar en su campaña reelectoral a su papá (ser hijo de presidente es altamente lucrativo, como lo demostraron ampliamente "Tom y Jerry"). Y, para lo cual, ¿qué mejor estrategia que la de mejorar la imagen de la sagrada familia presidencial? De tal hijo, tal padre, pensarán que pensaremos. Y lo mejor: gratis. Servientrega S.A. (Sin Alma, aclaraba el padre de un amigo mío acerca del verdadero significado de esas siglas de las sociedades anónimas), por su lado, pretende, como lo confirmó su presidente, exprimir hasta la última gota de su inversión en las camisetas (están "los gurús" trabajando en ello a todo vapor). Y, mientras, la W, sigue en lo suyo: en su singular reinvención del periodismo: no contenta con hacer bochornosos publirreportajes, tan comunes en el periodismo contemporáneo, se ha dedicado, a lo largo de veinte años, a un extenso publirreportaje sobre sí misma, el cual ha soportado hasta cambios de cadena radial.

La obra benéfica, como es fácil de ver a estas alturas, no la hará ninguno de ellos, cuyas imágenes ganan indulgencias con avemarías ajenos. Indulgencias que, en este caso, toman la forma de rating, de concursos, de votos. Es decir, de billete. Billete que pagarán otros. Tal era el método de los monjes medievales, lo cual exasperó hasta tal punto a Luthero que terminó publicando las tesis que derivaron en uno de los grandes cismas de la iglesia católica. Desgraciadamente, nosotros, los indignados contra el sumo pontífice de la radio colombiana, no contamos con el apoyo de un rey hereje y poderoso que le haga contrapeso.

La obra benéfica, en conclusión, la terminaremos pagando todos los colombianos. Todos con la excepción de tres personas, quienes sacarán provecho económico de ésta, y de cuyos bolsillos no saldrá un solo centavo: Martín Santos, el presidente de Servientrega, y -por supuesto- Julio Sánchez Cristo.

Ese trío de tramposos.

@samrosacruz

domingo, 19 de mayo de 2013

NON SANCTOS


Dice Woody Allen que él desconoce la fórmula del éxito, pero que está seguro de que la del fracaso es intentar complacer a todo el mundo. Que es, esto último, exactamente lo que pretende hacer todo el tiempo el presidente Santos. De hecho, casi que -extremo de extremos políticos- intentó hacerlo hasta con su mentor, Uribe. El único ser humano excluido sin lugar a dudas de tan prostituta vocación, es su primito querido, Francisco Santos, con quien el mandatario sostiene una legendaria pelea de quinceañeras, de sieteañeras, por ver quien de los dos se hace con el dominio sobre el juguete más antiguo de ambos: el país
Los privilegiados primitos -presidente actual el uno y exvicepresidente el otro-, sobrinos nietos ellos de un expresidente que, según Alfonso López Michelsen -expresidente él también e hijo, a su vez, de otro expresidente-, “fue (hasta su muerte) el hombre más poderoso de Colombia”, están acostumbrados a darle rienda suelta a sus caprichos y vanidades, seguros -como están- de que nadie podrá interponerse en su camino, porque, tal como dije que dijo el expresidente López (el hijo), en el trabalenguas de expresidentes que acaban de leer, pertenecen a la familia más poderosa de esta finca que, desde hace un siglo, es regentada por un par de familias non sanctas. (Que tal este otro trabalenguas, que iría de maravillas en este momento: el país está expresidentado, quién lo desexpresidentará…).
Lo más curioso es que los primorosos primos no se cansan de machacarnos que este país está muy mal, y que hay que arreglarlo. Lo cual es dolorosamente cierto, con el sutil añadido de que, a continuación, sugieren que son ellos, hundidos hasta el cuello en la autoría intelectual de este crimen de lesa humanidad que llamamos Colombia, quienes pueden arreglarlo.
Indignados, contra sus propias dignidades e indignidades de exministros, expresidentes, exvicepresidentes; contra la perversa oligarquía; contra la egoísta clase empresarial; contra la mefística gran prensa; indignados contra todo eso, digo, de lo que ellos -no hay ni que decirlo- hacen más parte que ningún otro ser humano en el mundo, se presentan como los mesías: “para solucionar un problema, primero hay que crearlo”, solía decir el genocida de Kissinger.
Para ser un genocida, por otro lado, no se necesita cometer directamente un genocidio. Puede cometerse, este último, por ejemplo, despilfarrando en la vanidosa novela del nóbel la plata que podría salvar la vida de miles de colombianos. O puede cometerse aspirando a un cargo para el cual uno sabe a ciencia cierta que no está capacitado. La última pretensión de “Pachito”, después de fungir de adalid de los derechos humanos y -a renglón seguido- posar de derechista rabioso, es la de ser -nada menos- presidente de la república. Un hermano mío dice que de niños nos enseñan a que cualquier persona puede llegar a ser presidente de la república, y que -temiblemente- puede terminar siendo cierto.
“Pacho” Santos de presidente, ¿se imaginan? Sé que ya tuvimos a Andrés Pastrana y sobrevivimos, pero, aunque parezca increíble, esto puede resultar aún peor. Se notó en la valla que mandó a poner, la cual sólo demostró que la gente con mucha plata, y sin nada que hacer, puede gastarse fortunas en vaya uno a saber qué.
Juan Manuel Santos reelegido, ¿se imaginan? A pesar de que, a juzgar por su último discurso, ya aprendió -tal vez leyendo a su gran detractor y amigo de infancia, Antonio Caballero, (aquí hasta los opositores pertenecen al mismo curubito)- que el verbo reelegir no es reflexivo, no parece una buena idea tener cuatro años más de cháchara vomitada por encuestas. Además, en las mesas de póker, como se sabe, a la larga se termina perdiendo hasta la mujer.
Esas costumbres políticas -económicas, sociales- non sanctas de los Santos -los primeros primos del país- deberían hacernos, más que decir, gritar “no Santos”. Pero, peones que somos, al fin y al cabo, de su gran finca, somos capaces de todo. No sobra advertir que la sustracción de materia no debería ser un obstáculo: sería preferible que gobernara el voto en blanco.
Finalmente, volviendo a Woody, gran amigo personal mío, así él no lo sepa, podría decir -con él-, acudiendo al resignado -recurrido- recurso del descarte, que no sé quien diablos será el santo milagroso capaz de sacarnos de esta deliciosa temporada en el infierno -que ya cumplió doscientos años-, pero de lo que sí estoy seguro -y lo juro- es de que ni Francisco ni Juan Manuel Santos lo son.
@samrosacruz

miércoles, 15 de mayo de 2013

EL RUIDO Y LA FURIA


Necesitaba que alguien me explicara qué diablos era lo que está pasando, en qué dimensión desconocida estaba atrapado: ayer (¿hoy? ¿antes de ayer?) oí, vi, sentí por todos lados un barullo ensordecedor por el triunfo ciclístico de unos colombianos. El presidente actual, el anterior, los noticieros... Todo el mundo hablaba, chateaba, tuiteaba, gritaba, así qué volé a ver qué colombiano había ganado el Tour de Francia, pero, por más que buscaba en internet, sólo encontraba el triunfo de Rigoberto Urán en una de las veintiún etapas de las que se compone el modesto Giro de Italia (superado en prestigio ampliamente por el Tour de Francia y la Vuelta a España). 

Puesto en términos futbolísticos -que se entienden mejor, aún en este país que repentinamente volvió a considerar al ciclismo como un tema serio y de enorme trascendencia- es como si un equipo, en vez de hacer semejante escándalo por ganar el Mundial de fútbol, lo hiciera por ganar un solo partido de la primera ronda de la Copa América. 

Pero, bueno, después pensé que la respuesta a mi pregunta de por qué esa histeria colectiva, de por qué esos alaridos destemplados por todas partes, residía en el hecho de que Urán, con ese triunfo, había pasado a comandar la clasificación general. Wrong answer: según pude comprobar, el actual líder es el italiano Vincenzo Nibali, seguido muy de cerca (a 41 segundos) por Cadel Evans, y, ya en el pelotón, a más de dos minutos de diferencia, está Rigoberto Urán, el héroe invencible de Colombia. 

Sin embargo, cómo seguía sin entender los extraños berridos de los noticieros y los enormes titulares de los periódicos que hablaban de "El regreso de los escarabajos", me dije "Eureka: con seguridad van punteando en la montaña". Nuevo error, a menos de que Stefano Pirazzi, el actual líder en esa modalidad, sea natural de Aguachica. 

Pero, además, ni la clasificación a la regularidad, ni la clasificación por equipos, ni nada en las estadísticas de la competencia podía explicarme el ruido, el estropicio imperante; los bramidos que proclamaban el día como “histórico” (no van a alcanzar los libros de historia para contarles a nuestros nietos todas estas epopeyas diarias), ni las épicas imágenes de esos aguerridos paladines envueltos en el invicto pabellón tricolor; o esos cantares de gesta que contaban la hazaña en la inmortal voz del juglar Ricardo Urrego, en la delicada poesía de Javier Hernández Bonnet, en la lírica prosa de Ricardo Henao. 

Temeroso de ser objeto de un perverso experimento solipsista por parte de un científico malévolo, me senté, respiré profundo, y la razón y el entendimiento fueron llegando otra vez a mí. Finalmente se me aclaró la mente: "este es un país de orates - pensé-, este es un país de locos furiosos, este es un país de idiotas, este es un país que no va para ninguna parte". En diez segundos todo se había normalizado en mi cabeza, y ya no necesitaba que nadie me explicara nada: había comprendido que tenía razón, una vez más, el bardo inmortal (y esta vez no hablo del gran Carlos Antonio Vélez, sino de Shakespeare): la vida a veces no es otra cosa que una historia contada por un idiota, llena de ruido y furia.

Sobre todo si tienes la amarga desdicha de vivir en Colombia.

@samrosacruz

domingo, 12 de mayo de 2013

FILOSOFANDO EN FACEBOOK


Leyendo el último artículo de Alberto Salcedo Ramos en El Colombiano (De fiesta en Twitter), caigo en cuenta nuevamente de la propensión natural que tenemos muchísimos humanos a ser apocalípticos; a oponer una resistencia tenaz a integrarnos a las nuevas tecnologías -para ponerlo en términos de Umberto Eco, a través de quien caí en cuenta la primera vez gracias a su magnífico ensayoApocalípticos e integrados-. Salcedo, en su artículo, se va lanza en ristre contra nuestra nueva costumbre (de la humanidad occidentalizada) de “encadenarnos” a nuestros teléfonos celulares inteligentes, a través de los cuales, según las perfectas frases de Salcedo, nos convertimos en “marionetas del ciberespacio” y “huimos de (…) nuestros acompañantes de carne y hueso, para danzar con fantasmas” en la “pista de baile ilusoria” de las redes sociales.

Nunca he podido comprobar si, como en efecto creo, la cita es apócrifa, pero circula por ahí la especie de que hace 2500 años ya Sócrates se quejaba de la superficialidad de las nuevas generaciones. Y aunque el artículo de Salcedo no menciona a un grupo humano en particular, estoy casi seguro de que todos, al leerlo, pensamos inmediatamente en un montón de jovencitos (y jovencitas: no sea que me demanden los del Polo Democrático) con la cabeza gacha y moviendo rabiosamente los pulgares.
Ahora, sin embargo, no voy a salir con que eso a mí no me molesta (que se le preste a uno menos atención que a una azafata explicando cómo se ajusta el cinturón de seguridad del avión), pero tengo que sostener que ese fenómeno no tiene nada que ver con “pérdida de valores”, “juventud perdida” (para afirmar esto último, por otra parte, ya contamos con un argumento demoledor: el gusto por el reaggetón), ni ninguna de esas otras frases prefabricadas a las que tanto nos gusta acudir, sino que se debe a simple naturaleza humana: somos una especie altamente sociable (a diferencia de, por ejemplo, el hombre de Neanderthal, extinto, al parecer, a causa de eso mismo), y nos encanta compartir nuestros estados de ánimo: nuestros triunfos, nuestros fracasos. Y hasta nuestro aburrimiento. Sólo que –pequeño detalle- antes no existían teléfonos inteligentes a través de los cuales pudiéramos comunicar al mundo, en el mismo instante en que sucedían, cualquiera de los pormenores de nuestras vidas.

En efecto: se cae de su peso que un cambio en el ADN humano, capaz de trastocar significativamente nuestra manera de relacionarnos, no va a tomar los escasos cinco o diez años que llevamos ennoviados con nuestros celulares: no somos organismos procariotas que alcanzan las 55 generaciones en 24 horas, sino homo sapiens que han recorrido hasta el último milímetro del camino de la vida, iniciado hace 3800 millones de años. Por lo tanto, la solución se reduce a lo meramente cultural, nada distinto, supongo, a, digamos, lo que ocurrió con la invención de la imprenta, que masificó el material de lectura, y, con seguridad, propició frases como: “ahora la gente no habla entre sí por estar concentrada en su libro o su periódico”. Y después con la radio. Y con la televisión, el Satán por antonomasia.
Quizás todo sea cuestión de tiempo para que se desarrolle una nueva etiqueta de las relaciones humanas; una que tenga en cuenta el fenómeno inatajable de las redes sociales. O para que surja un nuevo fenómeno (es también cuestión de tiempo) que nos haga añorar la bucólica época en que la gente compartía su tiempo en silencio con la mirada enterrada en su teléfono celular.
Además de quejarnos (que constituye mucho de la sal de la vida), deberíamos tratar también de integrarnos; de acostumbrarnos a que las cosas serán así en adelante. O por lo menos hasta que se ponga de moda, y sea de lo más chic (pequeño guiño a mi maestro Diego Marín), ignorar las redes sociales. Dejemos, pues, tranquilos a nuestros jóvenes (¿y jóvenas?) y a nuestros niños. (Aunque en este punto no estoy seguro de si esos ataques a los niños de ahora sean útiles como contrapeso a las cacareadas, y proclamadas a los cuatro vientos, sabiduría y prudencia infantiles, cosa tan falsa como la hipótesis garciamarquiana –profusamente apoyada por tirios y troyanos- de que un mundo manejado por mujeres sería mucho mejor: por un lado, los niños son tan, o más –si cabe-, crueles y egoístas como cualquier adulto; y, por otro, el encanto de mundo neoliberal que vivimos hoy no se lo debemos tanto a ningún hombre como se lo debemos a la recientemente fallecida Margaret Thatcher, quien, sin duda, era mujer).

Y, para los que no me creen que esa es la naturaleza humana, -exhibicionista a morir-, y que no se trata de ninguna mutación genética, cierro con una anécdota protagonizada por Luis Miguel Dominguín, aquel torero español, padre del cantante Miguel Bosé. Después de una jornada amorosa con nadie menos que Ava Gardner, uno de los íconos sexuales de su época (en la que, no sobra decirlo, no soñaban con existir ni siquiera los primeros celulares, aquellos de dimensiones ladrillescas), Dominguín se levantó apresuradamente del lecho amatorio, y, cuando la diva le preguntó que adónde iba, él no tuvo ni que pensar la respuesta: “A contarlo”.
@samrosacruz

martes, 16 de abril de 2013

EL GRAN INQUISIDOR


Informa El Espectador que la congregación Misión Paz a las Naciones, a través de su presidente, el pastor cristiano John Milton Rodríguez, firmó en 2010 un documento con el parlamentario Roy Barreras. A la luz de este documento, Barreras se comprometía a “no promover ni apoyar el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni la adopción de niños por parte de estas parejas”. En contraprestación, Misión Paz a las Naciones  se comprometía a organizar reuniones para difundir la propuesta del parlamentario y a apoyarlo en el proceso de votación para las elecciones al Senado de marzo de 2010. No es un fenómeno inusual que las congregaciones religiosas en este país, con tal de sacar adelante sus ideas anacrónicas y sus intereses mezquinos, realicen este tipo de pactos, a los que poco les falta para ser con el diablo (nada más basta echar una ojeada a las informaciones acerca de la reciente muerte del esmeraldero Víctor Carranza).

Por otra parte, las últimas noticias indican que Roy Barreras, quien no es precisamente un modelo de lealtad, cumplirá con su pacto: ha anunciado que no apoyará el proyecto de ley del matrimonio igualitario propuesto por el senador Armando Benedetti. No sorprende: hay en juego muchos votos, factor decisivo en el criterio de muchos políticos. Con todo, sigue llamando la atención -a pesar de que es un hecho repetitivo- que en pleno siglo XXI amplios sectores de la sociedad colombiana, bajo la forma de guías espirituales, funcionarios públicos, dirigentes políticos, o jerarcas religiosos, continúen con su campaña de odio, oscurantista y excluyente, encaminada a malograr la vida de personas cuyo único delito es pensar y sentir diferente. Y que, además, la abrumadora mayoría de las veces lo hagan apoyados en los supuestos preceptos de un hombre cuyo discurso de hace veinte siglos consistía en fomentar todo lo contrario: el amor, la inclusión, la justicia.

Recuerdan estos guardianes de la moral al cuento El gran inquisidor, de Fedor Dostoievski, en el que, después de una venida no programada de Jesucristo a la tierra –concretamente en la Sevilla de la Inquisición-, el gran inquisidor de la ciudad encarcela a Jesucristo en uno de los calabozos del Santo Oficio. ¿Los cargos? Amenazar el status quo imperante (“¿Por qué has venido a molestarnos?”, le pregunta el inquisidor). Tal como en la realidad, la Iglesia del cuento se había dedicado, desde los mismísimos tiempos del emperador Constantino hasta el momento en que se desarrolla la historia, a "corregir" la obra de Jesucristo. De hecho, el gran inquisidor del cuento espeta a Jesucristo con una frase que tranquilamente podría salir de la boca de John Milton Rodríguez, el pastor que quiere gobernar en el fuero íntimo de otros sin más argumentos que su lamentable disfraz moral: “Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros”.  (O de la boca de nuestro flamante procurador).

Y tal como el inquisidor del cuento, nuestros guardianes de la moral, con la aquiescencia de parte del pueblo colombiano, parecen estar convencidos de que la libertad es un don demasiado valioso como para permitírselo al hombre. Saben que la mayoría de la humanidad espera que le den un amo ante quien inclinarse; saben que hay seres humanos que, con tal de no tener que decidir nada, anhelan ser tratados como borregos de un rebaño. (Esas ideas, que aún hoy pretenden imponer en Colombia unos trogloditas que no tienen por faro de la civilización a Suecia sino a Yemen, hace ya siglo y medio le parecían medievales a Dostoievski). 

Lo peor es que, repito, esa dirigencia cavernícola goza del apoyo de una parte del pueblo colombiano que parece amar las cadenas mentales sobre todas las cosas. Porque, para ese pueblo enajenado, es más cómodo que sea, digamos, el Antiguo Testamento, un libro escrito hace miles años, el que decida qué es lo correcto y qué no, y no que sean ellos, homo sapiens dotados de cientos de miles de millones de neuronas, los que tengan que preguntarse qué clase de sabandijas del infierno son, que son capaces de arruinar la vida de otros sólo porque no piensan o sienten como ellos. Porque para ellos es más fácil que sea otro el que decida (el cura, el obispo, el papa), así ello implique que ese otro se arrogue las voluntades de toda una comunidad.

Por esa vocación de siervos mentales, a algunos colombianos les resulta tan fácil pensar que lo fácil es lo correcto; que una humanidad de una homogeneidad inverosímil es a la que debemos aspirar. Una humanidad insípida, pasteurizada, en la que todos tengamos los mismos gustos sexuales; una humanidad sumisa, aterrorizada, sin dilemas morales ni éticos. Un mundo feliz huxleyano en el que ya vengamos programados, y en el que cualquier disidencia al orden establecido deba sofocarse de inmediato. O, como dijo Estanislao Zuleta en su Elogio de la dificultad, un mundo en el que no se pueda “desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar”, sino  “un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo”. Un paraíso inventado, sin una Eva díscola que origine las tristezas y las dificultades sin las cuales nunca cobrarían sentido las alegrías y las  soluciones.

Y, ya que hablamos de paraísos y cadenas, cabe recordar aquí al poeta inglés que, en su obra El paraíso perdido, presenta nada menos que al diablo como un ser contestatario, amigo de la igualdad de derechos; un libertario capaz de cuestionar normas injustas y arbitrarias. Pero lo más irónico de todo, es que -como dijo Borges- a la realidad le gustan las simetrías, y esta vez ha querido que John Milton, el famoso poeta al que nos referimos, y cuya concepción de la maldad por antonomasia, en El paraíso perdido, coincide con la profesión de la igualdad y la libertad, sea homónimo de John Milton Rodríguez, el pastor inquisidor para quien hay hombres y mujeres inferiores que no son libres ni siquiera de decidir con quien quieren unir sus vidas. El mismo pastor que firmó el pacto con Roy Barreras.

Un pacto que más bien parece del diablo con el diablo.


@samrosacruz


jueves, 11 de abril de 2013

ESTAMPITAS Y PAJARITOS


Mucho nos hemos burlado los colombianos de la salida en falso del candidato presidencial de Venezuela, Nicolás Maduro, según la cual el fallecido presidente Chávez se le había aparecido en forma de pajarito chiquitito: “me silbó y me bendijo”, remató el loco de remate de Maduro. Sin embargo, hay que aclarar que Maduro no está solo en materia de epifanías zoológicas: hace poco, el periodista hípico David Papadopoulos afirmó que a él ya se le había aparecido el difunto presidente venezolano, pero en forma de caballo (será mejor no citar aquí las conjeturas que lo llevaron a semejante conclusión). A veces no se sabe si será mejor rebautizar al mandatario fallecido como “Manimal”, aquel personaje televisivo de la década de los ochenta.

Pero todo indica que los colombianos somos muy buenos para ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio, porque en medio de los cientos de chistes que circulan en las redes sociales, y que dan cuenta de la risible declaración de Maduro, es notoria la ausencia de fotomontajes que muestren, por ejemplo, a la Madre Laura ataviada con el uniforme de la selección colombiana de fútbol anotándole un gol de cabeza a su similar de Argentina. Al contrario: la misma emisora radial que ridiculizó la aviar conversión de Chávez, menos de una semana después se embarcó -junto a una poderosa cadena de supermercados- en una campaña a través de la cual se propone regalar dos millones de estampitas de la religiosa colombiana Laura Montoya –la Madre Laura-, cuya próxima canonización tiene esperanzados a muchos (“la primera santa colombiana”).

Es curioso que personas que encuentran absurdo que un ser humano pueda reencarnar en pájaro, estén convencidas de que el espíritu de una mujer fallecida hace 64 años pueda ejercer -como no sea a través de su ejemplo altruista- alguna influencia en nuestras vidas actuales. Personalmente no veo nada de malo en la venta de los 2700 libros biográficos de la futura santa incluidos en la campaña. Lo llamativo, en cambio, son las dos millones de estampitas mencionadas y unos cuantos miles de escapularios tipo manilla, cuyas funciones mágicas de amuletos de la suerte constituyen la única explicación de su existencia. Hecho que, por lo demás, en una charla radial matutina, fue dado a entender por los periodistas de la emisora y el presidente de la cadena de supermercados: esos objetos, según entendí, ayudarían a sus portadores a aprovechar oportunidades que, de lo contrario, se perderían.

Descartando el efecto placebo que un adminículo de esa naturaleza puede proporcionar a las mentes crédulas (aumento de la confianza en sí mismas, por ejemplo), y ateniéndonos sólo a las propiedades milagrosas que sugiere el entrelineado del discurso de los promotores de la campaña, cabe preguntarse cómo exactamente operaría la supuesta ventaja del portador del escapulario o  de la estampita. Es el mismo caso de los números de la suerte que el horóscopo suministra semanalmente: ¿alguien puede explicarme cuál es la gracia de que cada uno tenga su número de la suerte? ¿Cómo podrían ganar la lotería todos al mismo tiempo? O si no, ¿qué credibilidad tendría una asamblea mafiosa de astros que revela el número ganador a una sola persona y estafa con números equivocados al resto? ¿No equivaldría, acaso, a preguntarle la opinión al lotero o a escoger el número al azar? En ese orden de ideas, el dudoso argumento a favor -de que serán dos millones de estampitas las que regalarán (o sea muchísimas)-, en realidad constituye un enorme contrasentido en relación con la ventaja que se pretende conferir a sus portadores.

Igualmente, el hecho de que habrá muchos escapularios de la Madre Laura, implicará que, de ser yo un portador de éste, mi ventaja en –por ejemplo- una entrevista de trabajo se diluiría en la sopa de otros candidatos devotos de la Madre Laura, que seguramente también lo portarán y a los cuales me enfrentaré. La otra alternativa, la extorsión (“si no adquieres el objeto estarás en desventaja frente a los que sí lo hicieron”), sería la única explicación plausible en un país como este, en el que, así las cosas, serían mafiosos hasta los santos.

Obviamente, detrás de todo esto no hay más que una gigantesca operación comercial, apoyada en la ignorancia y superstición de un gran número de colombianos. De lo contrario, en armonía con la “gran generosidad” que los periodistas de la emisora atribuyeron a la cadena de supermercados, y en consonancia con el espíritu desprendido de la Madre Laura, el presidente de esta última organización habría podido anunciar que las estampitas se repartirían en las cajas registradoras de una cadena de supermercados de la competencia. Pero no: el bondadoso presidente de la cadena de supermercados, con una vocecita de monaguillo de pueblo, aclaró que las estampitas sólo se repartirán en –vaya sitio piadoso- las cajas registradoras de sus propios supermercados, a las que, además, habrá que acudir rápido, so pena de quedarse desamparado en este valle de lágrimas.

Supongo que, aún metiendo el ínfimo costo de fabricación de las estampitas de cartón, serán muchos los millones de pesos en utilidades derivados de las ventas oportunistas que harán las sucursales del supermercado a los fervorosos seguidores de la Madre Laura. Todo, absolutamente todo, para esas grandes corporaciones, incluso las íntimas supersticiones religiosas de la gente, termina convertido en el signo pesos.  

El despropósito de una santa que, por el simple hecho de ser paisanos suyos,  prefiere a un grupo de personas sobre otro -en el marco de una religión que presenta a su ser supremo como “un Dios infinitamente justo”- sería suficiente para que la colosal bellaquería del supermercado y la emisora fracasara estrepitosamente. Lamentablemente, lo más probable es que suceda todo lo contrario. El sueño de Kant, acerca del cambio de una humanidad manipulable e ignorante por otra intelectual e ilustrada, aún tendrá que esperar un poco. O, a juzgar por los sucesos de Colombia y Venezuela, tal vez mucho.

Tal como me lo dijo un pajarito.


@samrosacruz