sábado, 19 de mayo de 2012

EL REY DESNUDO


En mi última columna afirmé que hay una estirpe mafiosa, compuesta por grandes empresarios, que resulta mucho más peligrosa que aquella más familiar a nuestra prefiguración habitual de mafia. Y lo sigo sosteniendo. Sólo que cuando ataca la otra mafia –la mediática, la evidente- lo hace de forma más espectacular. Lo que, a su turno, favorece el hambre sensacionalista de los medios masivos, quienes, de ese modo, pueden dar rienda suelta a su repetitiva función de libreto mínimo y ganancias monstruosas con la tranquilidad de no estar pisando el terreno minado de ningún poderoso: el anonimato del terrorismo no sólo ofrece ventajas al terrorista.

Lo digo, obviamente, por el atentado de que fue objeto el exministro Londoño. La repetición vacía de las imágenes televisadas del exministro caminando ensangrentado, acompañadas de las revelaciones más estúpidas, hacen parecer interesantes las especulaciones que otros cándidos opinadores nos atrevemos a hacer (los verdaderos autores intelectuales de los atentados deben morirse de risa en reuniones en que se leen en voz alta los ríos de tinta -o de bits- que corren en estas circunstancias).

Que fue la extrema derecha, que, con ello, sabotearía la viabilidad del marco legal para la paz. Si Londoño, el principal objetivo del atentado –y quien por poco pierde la vida en éste-, no fuese casi un símbolo de esa orientación política, y uno de los principales líderes de opinión encargados de torpedear la iniciativa del gobierno, la hipótesis tendría sentido. Aunque casos se han visto. Que fue la extrema izquierda (esto es, las Farc), que, así, demostraría un poder bélico perdido en la última década. Razonable, sólo si esa jugada no pusiera en bandeja de plata los argumentos del otro bando, enemigo de un proceso de paz con las Farc. Aunque –es verdad- los salvajes razonamientos y procedimientos de las Farc dan fe de su torpe manejo estratégico.

Sin embargo, suele suceder que manejos que a todas luces parecen torpes o incongruentes son, en realidad, habilísimos.  Y no tienen nada que ver con izquierdas o derechas, sino con algo mucho menos complejo, más primitivo; algo que está grabado en nuestro genoma, heredado de nuestros antepasados, exitosos acaparadores que, por haberlo sido, lograron transmitir su material genético y legar estas generaciones de seres increíblemente mezquinos: la avaricia. Así que esa idea romántica –aunque no menos detestable- de que estos actos de violencia corresponden a una lucha de ideas es ingenua. Lo más probable es que la motivación de los autores intelectuales tenga que ver más con su modesto plan de quedarse con todo. Con absolutamente todo. Es la guerra desigual de los pocos poderosos contra los muchísimos indefensos.

Y para eso –como en cualquier guerra- todo vale. Desde conspiraciones caníbales hasta alianzas con los enemigos en el papel. De manera que la amenaza que representa la superficial disidencia de un elemento vanidoso, que quiere pasar a la historia a pesar de su casi cantado fracaso (como todo lo vanidoso), alcanza para generar mensajes disuasorios por parte de los enemigos de la paz (“Juan Manuel: esas vainas no se hacen ni en broma”). O dicho de un modo más realista: de los amigos de la guerra, de los parásitos de la guerra, de los que viven de la guerra; de los insaciables acumuladores de bienes provenientes del simple hecho de que los demás nos matemos unos a otros.

No importa si es el terrateniente que ve con temor el advenimiento de políticas sociales que den al traste con su negocio especulativo; o el guerrillero que avizora el final de su negocio de narcotráfico en envidiable posición; o el militar retirado que ofrece servicios de seguridad o comercializa dotaciones militares; o el extorsionista o secuestrador que ya no contará con un ejército ilegal que respalde la continuidad de su negocio. El fin es uno solo: conseguir mucha plata, muy rápido y con pocos riesgos; las ideas y las etiquetas son lo de menos. Y también los medios para llegar al fin: terrorismo de bombas y de muertos inocentes, la fórmula más efectiva y fácil para estos matones, carroñeros a su vez de la matanza sistemática, gradual y silenciosa de los otros mafiosos, los grandes, los de cuello blanco: porque de la enorme desigualdad en los ingresos y las oportunidades, propiciada por las élites indolentes, nacen los criaderos de que se nutren las otras mafias.

Y, claro, entre los medios para conseguir el fin figuran, como poderosa arma de distracción y manipulación, los grandes conglomerados de comunicación;  El Tiempo nos trae en su editorial del día después del atentado (titulado “Todos Contra el Terror”), esta infantil moraleja de cuento de hadas -para tranquilizarnos y evitar que pensemos-: “Si de algo sirven episodios anteriores es para predecir que, tarde o temprano, el brazo de la justicia acabará alcanzando a los delincuentes y que sobre ellos caerá implacable el peso de la ley.” Supongo que así como alcanzó ese largo brazo a los asesinos intelectuales de Álvaro Gómez hace 17 años. O de Galán hace 23. O de Gaitán hace 64. O de Uribe Uribe hace casi 100.

No parece serio eso del implacable brazo de la ley. Lo que más bien se puede predecir es que los verdaderos autores del atentado seguirán en la sombra. Y nuestra vida seguirá sumida en el embotamiento de las distracciones del fútbol, la moda y la televisión. Con todo esto -y ya que hablamos de fábulas- no estoy diciendo otra cosa diferente a que el rey va desnudo. Así como en el cuento de Andersen todos veían que en realidad el rey iba desnudo, así también aquí todos vemos cosas que sabemos y preferimos callar: la más importante: que hay unos poquísimos dueños del país para los que los demás trabajamos  en condiciones esclavizadoras (unos más que otros, por supuesto).

Lo peor es que (hay que decirlo) el resto, los no mafiosos, defendemos también -mezquinamente- la posición de relativa ventaja que hayamos logrado obtener y dejamos que el resto se las arregle como pueda; conducta que sigue en la misma vía hasta que la pauperización social y económica nos alcanza (cuyo brazo sí que es largo –cada vez más-; y, por cierto, implacable). Mientras tanto, la furia acaparadora, también presente en nuestros genes, la practicamos sin los filtros del razonamiento, la solidaridad y la ética, componentes salvadores en otras sociedades mejores. Las otras motivaciones que aparentemente nos mueven (como, digamos, la religión) son meras coartadas para interpretaciones leguleyas en materia ética y moral que nos descargan de culpas. De modo que, mientras las cosas sigan así, los no mafiosos no diferiremos mucho de los mafiosos. Sólo que ellos seguirán teniendo las bombas. Y las leyes.

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